Las guerras por los recursos

Cambio climático, recursos y guerras civiles

Hambruna en el Cuerno de África en 2011
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A nivel popular, suele creerse que las variaciones climáticas -inducidas por el calentamiento global- y la escasez de recursos naturales, generarán un aumento en el número de conflictos y de guerras (especialmente civiles) y como consecuencia, de la inseguridad internacional. Por contra, el del cambio climático y la escasez de recursos naturales es uno de esos temas que suelen ser malinterpretados, ya que aunque sin duda el clima y los recursos naturales son factores importantes en el contexto de muchos conflictos armados, de ningún modo puede afirmarse científicamente que sean su causa principal.

No obstante lo anterior, aunque en la actualidad los datos y estadísticas disponibles no indican que el calentamiento climático esté induciendo un aumento en el número de guerras y conflictos civiles armados, eso no significa que en los años venideros la tendencia estadística no llegue a mostrar una relación entre cambio climático y aumento en el número e intensidad de las guerras.

En el presente artículo se hará un repaso bibliográfico seleccionado y representativo que servirá para estudiar la influencia de los recursos naturales en la seguridad internacional por los efectos en la estabilidad interna de los estados. Básicamente, 1) consistirá en comprobar si la escasez o abundancia de recursos naturales, causa, fomenta o disminuye los conflictos; 2) por otra parte, en comprobar si la escasez es causada por el cambio climático (desertización, cambios en las precipitaciones, aumento de temperaturas), el crecimiento demográfico, por factores económicos (de oferta y demanda) o por factores sociopolíticos.

Las «revueltas del pan» y las guerras

La cadena causal que suele emplearse para describir y explicar que un acontecimiento climático extremo (por ejemplo una sequía) termina desembocando en guerras civiles e inseguridad internacional, consiste en que tal sequía genera escasez de alimentos, esta escasez de alimentos hace subir el precio de los mismos y en países con una renta no muy elevada ese aumento del precio de los alimentos provoca una revuelta que induce a entrar en una espiral de protesta-represión, polarizando a las facciones enfrentadas y escalando la confrontación hasta llegar a un enfrentamiento armado generalizado y guerra civil. Es una explicación y cadena de acontecimientos que resulta muy intuitiva, a la vez que parece encajar con muchos de los conflictos y guerras civiles que pueden verse a lo largo de la historia y en el presente.

La vinculación entre los precios de los alimentos y el aumento de revueltas, levantamientos y guerra civiles, puede observarse en los dos gráficos del estudio “The Food Crises and Political instability in North Africa and the Middle East» (2011). Esta obra propone la hipótesis de que la autoridad y el orden social, incluso de cruentas dictaduras, se ve desafiado cuando el precio de los alimentos golpea a los sectores menos favorecidos, desencadenando y expandiendo la violencia (food riots o revuelta de alimentos). No obstante, más allá de la intuición de que los precios caros en productos básicos generan descontento, hay que señalar que no hay en absoluto una evidencia empírica que ofrezca detalles del grado de vinculación entre esas variables, con su porcentaje de correlación, planteando hipótesis alternativas, etc, (ya que un incremento muy elevado de los precios de los alimentos podría generar solamente un incremento reducido y poco determinante en el número de revueltas que desemboquen en guerra civil).

De hecho, como indican desde el Observatorio de Crisis de Precios de los alimentos del Banco Mundial en el documento «Food Riots: From Definition to Operationalization» (2014), no puede estudiarse aún con un alto nivel empírico porque no hay una definición operacional de consenso de lo que es una revuelta de alimentos, por lo que no pueden usarse las bases de datos habituales, como las de COW (Correlates Of War) o Polity (que mide el grado de democracia y autoritarismo en cada país), con los que hacer análisis estadísticos que indiquen el grado en que un aumento porcentual en el precio de los alimentos genera un aumento porcentual en las protestas que culminan en una guerra civil. Por todo ello no puede encontrarse respaldo científico al intuitivo argumento de que un clima adverso genera escasez, induciendo a la protesta, la inestabilidad y finalmente la guerra.

Que los conflictos se relacionen con la escasez de recursos no indica, necesariamente, que la culpa sea del cambio climático, sino que puede deberse a otros factores. Fuente “The Food Crises and Political instability in North Africa and the Middle East» (2011).

El cambio climático y la guerra civil de Siria

Una hipótesis similar a la del food riot (en el sentido que los cambios climáticos generan conflictos, guerras, o ser «multiplicador de amenazas» y riesgos) la encontramos en la explicación o relato que suele hacerse de la guerra civil en Siria, cuya causa habría de encontrarse en el cambio climático. Según ese relato, el incremento de las temperaturas que induce el cambio climático habría producido sequías severas, que a su vez producirían migraciones masivas del campo a la ciudad, lo que añadió mucha presión a los conflictos sociales preexistentes en el país desencadenando el ciclo de protestas del año 2011, protestas que a su vez terminaron desembocando en la actual guerra civil.

En ese orden de cosas y siguiendo una línea argumental similar, según un informe del año 2004 del prestigioso think tank CNA titulado «National security and the threat of climate change», los efectos del calentamiento global en la pérdida de tierra fértil, la disminución del acceso a agua potable, la menor producción de alimentos y el incremento de las catástrofes sanitarias, tendrían implicaciones negativas en la seguridad nacional e internacional al aumentar la probabilidad de que los países de bajos recursos tornen en estados fallidos y aumenten como consecuencia el terrorismo, las migraciones y los desplazamientos de población masivos que generarían conflictos y tensiones dentro de los países que los sufren (caso de Siria antes de estallar la guerra civil) o en los países receptores.

No obstante, la realidad de la complejidad social pocas veces puede explicarse con argumentos intuitivos. Tal y como se expone en el artículo “Climate change and the Syrian civil war revisited” (2017), no hay demostración empírica de que la guerra civil en Siria se ajuste al relato de las food riot. En primer lugar no está demostrado que el cambio y disminución de las precipitaciones en Siria durante los años previos a la guerra civil se deban al cambio climático/calentamiento global y no a las variaciones normales de los ciclos climáticos que se dan en Siria. En segundo lugar, la disminución en las lluvias en los años precedentes a la guerra civil no parecen ser demasiado elevadas, y desde luego no lo suficiente como para haber forzado la gran migración a los núcleos urbanos (estimada en un millón de personas), debiéndose dicha migración a otros factores (como la falta de empleo en zonas agrícolas, los mejores servicios disponibles en las ciudades, las oportunidades laborales, etc). En tercer lugar, la tesis de que la migración añadió presión social a unos congestionados y conflictivos núcleos urbanos, desencadenando en el actual conflicto, se topa con la realidad de que el mayor cambio demográfico en Siria en los años anteriores a la guerra civil se debió al crecimiento natural de tres millones de personas y la llegada de un millón y medio de refugiados iraquíes (por la guerra civil posterior a la invasión de Estados Unidos en 2003).

Además, aunque es cierto que en el año 2011 hubo un aumento significativo en el precio de los alimentos que sin duda fue un factor de agitación social, los conflictos y guerras civiles en Siria tienen un largo historial y se deben más a cuestiones de fracturación étnica y religiosa que a variaciones en los precios (recordemos las guerras civiles en Siria en los años 70, que desembocaron en la Masacre de Hama de 1982) Por consiguiente, la hipótesis de investigación de que un aumento de las temperaturas y el cambio climático ha generado, está generando o generará más conflictos y guerras, no parece ceñirse al caso concreto sirio.

Precipitaciones, temperaturas y guerras. Fuente: PNAS «Climate Not to Blame for African Civil Wars» (2012)

A mayor temperatura, menos guerras

Si fuera cierto que el incremento en las temperaturas globales, con el consiguiente aumento en la desertización, lluvias torrenciales que destruyen cultivos, etc, generase un estrés ecológico que aumentaría el descontento, las protestas y las guerras, deberíamos estar observando que el número de guerras también aumentaría en mayor o menor grado. Sin embargo, como demuestra Bruno Tertrais en «The Demise of Ares: The End of War as We Know It?» (2012), el número de grandes conflictos armados de 1989 al 2009 disminuyó considerablemente desde 37 a unos 15, a pesar del aumento de temperaturas y el consiguiente aumento de estrés ecológico (sequías, desertización, etc). Según el propio Tertrais en otra publicación («The Climate Wars Myth» (2011)), lo que enseña la evidencia histórica es que las guerras y conflictos por choques ecológicos y climáticos en realidad están asociados no con un incremento en las temperaturas sino con la disminución de las misma y olas de frío (que reducen la producción agrícola y generan la consiguiente inestabilidad en sociedades cuya economía era casi totalmente agraria y que carecen de la posibilidad de recurrir al comercio global a gran escala para paliar una escasez local puntual), lo que le lleva a tildar de mito la idea de que haya (o vaya a haber en un futuro) un aumento significativo en las guerras causadas por el cambio climático y el calentamiento global (afirma que en el futuro se darán aún menos guerras que en el presente a pesar del calentamiento climático).

No obstante, como dice Tertrais, aunque la evidencia histórica indique que las guerras por el clima estuvieran causadas por el frío y no por el calor, la asociación entre fuertes variaciones climáticas y la violencia, existe. Según los datos agregados en un extenso metaanálisis sobre clima y conflicto escrito por Burke, Hsiand y Edward Miguel y titulado «Climate and Conflict» (2015), la variación de una unidad en la desviación típica en el agregado de variables climáticas, incrementa el conflicto interpersonal en un 2,4%. Es destacable que se refieren a violencia y conflictos interpersonales, no a revueltas por alimentos, guerras o conflictos civiles, etc. Los defensores científicamente más solventes de la hipótesis de la relación entre clima y violencia tratan de distanciarse de la vinculación entre clima y guerra; como por el momento resulta metodológicamente inviable afirmar que los cambios en el clima están aumentando las guerras civiles, descienden a métricas e investigaciones más granulares y micro como la «violencia interpersonal» y a áreas de estudios mucho más pequeñas (el impacto en localidades concretas). En el citado metaanálisis, por violencia interpersonal no debe entenderse conflictos políticos de baja intensidad, sino que se refiere a acontecimientos tan dispares como que una sequía produzca una oleada de cazas de brujas (sic) en aldeas de África Oriental, o un aumento de disputas entre agricultores o entre estos y pastores (en esa misma zona de África), por el acceso al agua, pastos, etc, en una cultura en la que está promulgado el que cierto tipo de conflictos deben dirimirse con cierto grado de violencia.

Pero aunque en varias partes de ese mismo mataanálisis encuentren una relación positiva, no se atreven a afirmar que las variaciones en el clima sean la variable más importante a la hora de explicar estadísticamente las variaciones en la conflictividad, para afirmar que el estrés climático no causa conflictividad, sino que exacerba conflictos y patrones conductas preexistentes (lo que ya es una explicación cultural y social sin determinismo ecológico). Por otra parte, dado que todavía estamos en las fases iniciales del proceso de cambio climático y del calentamiento global, aún es pronto para negar que futuras variaciones más extremas en el clima crucen cierto umbral e induzcan (al menos estadísticamente) a un aumento en el número e intensidad de las guerras.

Sin embargo, en una obra que también desciende a la unidad de análisis local en lugar del nacional, («Climate Change, Environmental Degradation and Armed Conflict» (2007)) sostienen que si en los estudios previos considerados rigurosos se han centrado principalmente en agregados a nivel nacional, en éste estudio el foco para evaluar el impacto del medio ambiente en los conflictos armados internos lo hacen mediante el uso de datos georreferenciados (GIS) y pequeñas unidades de análisis geográficas, en lugar de políticas (dado que un estado que puede tener realidades de geografía física y humana muy variadas); y teniendo en cuenta algunos de los factores más importantes que se supone están fuertemente influenciados por el calentamiento global, como la degradación de la tierra, la disponibilidad de agua dulce y los cambios en la presión demográfica. Si bien el crecimiento y la densidad de la población están asociados con mayores riesgos, los efectos de la degradación de la tierra y la escasez de agua son débiles o insignificantes.

Por contra, los resultados indican que los efectos de los factores políticos y económicos superan con creces los que existen entre los factores demográficos y ambientales a nivel local y los conflictos. Según los autores, no es probable que el estrés ambiental y demográfico sea un factor de riesgo igualmente importante en todas las condiciones económicas, políticas o sociales. Son los factores políticos, sociales y económicos los que explican la capacidad de un país para adaptarse al cambio ambiental, mediatizando el impacto de la escasez de recursos naturales (ejecutando políticas públicas que mejoren las infraestructuras como pantanos o regadío, carreteras para facilitar la exportación e importación de productos básico, etc), como estableciendo en gran medida las oportunidades generales para que los grupos rebeldes tengan éxito (un fuerte aparato de seguridad estatal que reprima y desorganice rebeliones o un entramado institucional que permita la resolución de disputas y conflictos sin llegar al conflicto armado y la guerra).

A tenor de la gráfica, que relaciona los conflictos territoriales acaecidos en la región de Mopti y la variación en las precipitaciones, es imposible establecer relación alguna entre ambos fenómenos. Fuente: «Does Climate Change Drive Land-Use Conflicts in the Sahel?» (2012)

Los factores económicos

Uno de los factores más importantes (aunque no el único) a la hora de explicar el aumento de los precios en los alimentos debe encontrarse en la insuficiente oferta de los propios países en vías de desarrollo, que no ha podido crecer al mismo ritmo que el incremento de la renta y la demanda. Recordemos que según los que defienden las tesis de las food riot, sería la escasez y carestía de recursos renovables, inducida por el calentamiento global, la que estaría provocando la falta de oferta en alimentos y productos básicos, haciendo subir considerablemente su precio, induciendo a su vez a la revuelta, el conflicto y la guerra; pero por contra, como indica Alberto Priego en «La subida de los precios en los alimentos: una mirada al Norte de África» (2013), es la falta de un monto adecuado de inversión agrícola en los países en vías de desarrollo, lo que lleva a un ciclo de en el que no solo se perpetúa el subdesarrollo del campo, sino que debido a la explosión demográfica se empeoran las condiciones de vida local al no poder dar suficiente trabajo a la población joven.

Como además el incremento de la renta que se produce en el conjunto del país se concentra en las áreas urbanas y zonas turísticas, ello provoca que la diferencia de renta obligue a que la población del campo emigre a la ciudad. Ello genera un crecimiento descontrolado de las áreas urbanas y el abandono de zonas de producción agrícola, lo que impide que las cosechas se incrementen adecuadamente, que se cuiden menos las tierras cultivables y que la tierra se erosione, favoreciendo a su vez que se extiendan las zonas desérticas (un proceso de desertización que a su vez espoleado por el calentamiento global y el aumento local de temperaturas, la disminución de unas precipitaciones que además aparecen de forma cada vez más extremas, periodos de sequía más largos, etc). Es decir, que un factor más importante para explicar la subida del precio de los alimentos se debe a cuestiones socioeconómicas y no a factores ecológicos y climáticos.

Otro factor de oferta de enorme impacto es el del precio del petróleo, ya que el diésel supone una parte muy importante de los costos de producción, al ser este el combustible que usa la maquinaria agrícola, pudiéndose observar una gran correlación, por ejemplo, entre el precio de ese combustible y el del trigo y la cebada o del precio del petróleo con el de los alimentos en general.

Por otro lado, en el aumento de los precios de los alimentos, debemos tener en cuenta el factor de demanda que implica el aumento de la renta de los países en vías de desarrollo y de su crecimiento demográfico. Dado que ha de alimentarse a más personas y que estas aumentan el consumo de carne, grasas y productos de origen animal (como es sabido la cadena trófica es muy ineficiente energéticamente en calorías consumidas respecto a las calorías generadas), esto ha generado que muchos de estos países pasaran de ser exportadores netos a tener que ser importadores, lo que ha provocado, como consecuencia económica, el aumento de la escasez relativa y los precios. Por otra parte, el factor de demanda de los mercados mundiales también es un factor de importantes consecuencias locales, ya que la explosión de demanda de maíz para convertirlo en biodiésel empujó en su momento al alza el precio del conjunto de los alimentos.

Además, también deben tenerse en cuenta factores de mercado estructurales (que van más allá de las cantidades de oferta y demanda). La protección arancelaria encarece en gran medida los precios de los alimentos, ya que al incrementarse las importaciones por la carestía en algunos mercados, se termina disparando el precio final, llegando a ser responsable según el IFPRI de hasta tres cuartas partes de los incrementos de precios (Priego, página 143). Los aranceles, además, impiden una división internacional del trabajo más eficiente, desincentivan la inversión, etc. Abundando en esa línea, las cuotas a la exportación que impusieron algunos países productores después de un año de malas cosechas se convirtieron en un factor que posiblemente contribuyese al incremento de los precios de los alimentos.

Como puede verse en el siguiente gráfico, extraído de la obra de Bruno Tertrais, desde el final de la Guerra Fría el número de grandes conflictos armados no ha hecho más que disminuir y lo ha hecho independientemente del cambio climático o del calentamiento global. Fuente: Bruno Tertrais «The Climate Wars Myth» (2011).

Darfur y el África Oriental

En el artículo publicado en Nature «Assessing the relative contribution of economic, political and environmental factors on past conflict and the displacement of people in East Africa» (2018), los autores pusieron a prueba la creencia común de que los conflictos en el África Oriental están motivados por por el cambio climático (sequías, desertización, cambios en precipitaciones, etc), fenómeno que genera a su vez desplazamientos migratorios y posteriores conflictos violentos. Para ello se centraron en los diez principales países de África Oriental, utilizando una nueva base de datos que registra episodios importantes de violencia política y el número total de personas desplazadas durante los últimos 50 años para cada uno de los diez países. Luego compararon estadísticamente estos registros tanto a nivel nacional como regional con los indicadores climáticos, económicos y políticos apropiados.

Descubrieron que variaciones climáticas como la sequía regional y la temperatura global no afectaron significativamente el nivel de conflicto regional o el número total de personas desplazadas. Las principales fuerzas impulsoras del conflicto fueron el rápido crecimiento de la población, el crecimiento económico reducido o negativo y la inestabilidad de los regímenes políticos. El número total de personas desplazadas se relacionó con un rápido crecimiento de la población y un crecimiento económico bajo o estancado, no por efectos climáticos adversos (las tablas y gráficos del artículo son muy esclarecedoras; pueden consultarse online al estar en abierto). Las conclusiones de dicho artículo son coherentes con los hallazgos de Buhaug y otros en «Climate variability, food production shocks, and violent conflict in sub-saharan Africa» (2015).

Por otra parte, en «Is Climate Change the Culprit for Darfur?» (2007), escrito por Alex de Waal, se explica que aunque las sequías y hambrunas que azotaron en los años 80 a Darfur fueron un acontecimiento muy doloroso y grave, no provocaron una reducción malthusiana de la población ni un desplazamiento masivo de la población local. También se explica que el reasentamiento árabe masivo en la región se debió a que se abrieron nuevas zonas de explotación agrícola para los pastores árabes ricos, que se movieron para aprovecharlas. Sin embargo, la guerra no estallaría hasta treinta años más tarde, debido al vacío de poder y la carencia de un entramado institucional que garantizase los derechos de propiedad y las lindes, el usufructo, los derechos de paso, etc.

Refugiados kurdos

La hipótesis neomalthusiana

Quizás el defensor más prominente de la hipótesis y explicación neomathusiana de los conflictos es Homer-Dixon, autor de «The Ingenuity Gap: Can Poor Countries Adapt to Resource Scarcity?» (1995) y «Resource Scarcity, Institutional Adaptation, and Technical Innovation: Can Poor Countries Attain Endogenous Growth» (1996), hipótesis que sería repetida por Robert Kaplan en «La anarquía que viene» (1994). La tesis de Homer-Dixon es una descripción circular o una tautología, y se basa en los conceptos de «brecha de ingenio» y «crecimiento endógeno», según los cuales los países pocos desarrollados adolecen de una escasez relativa de recursos que no permite obtener los excedentes suficientes que permitan el surgimiento de un gobierno eficaz y competente. Esto a su vez impide el desarrollo endógeno de esas sociedades, ya que el mal gobierno no permite cerrar la brecha de ingenio (ingenieros, gestores, capital físico, infraestructuras, etc) que les permita estar menos constreñidos por la escasez de recursos y alcanzar dicho crecimiento endógeno. La escasez genera mal gobierno y esto a su vez induce a conflictos por dicha escasez, en una suerte de lucha por la supervivencia y ley del más fuerte. Por lo tanto, siguiendo la tautología de base neomalthusiana de Homer-Dixon, la sociedades ricas en recursos naturales serían más desarrolladas económica y socialmente y menos propensas a los conflictos.

Sin embargo, como expone Indra de Soysa en el capítulo «The Resource Curse: Are Civil Wars Driven by Rapacity or Paucity?», del libro «Greed and Grievance. Economic Agendas in Civil Wars» (2000), al hacer un análisis metodológico y estadístico de los datos disponibles, en realidad se observa que los países no muy desarrollados que gozan de abundancia y riqueza de recursos naturales tienden a tener más conflictos y a desarrollarse menos socioeconómicamente (página 124). La explicación es que los países ricos en recursos naturales en la división internacional del trabajo se especializan en minería y explotaciones agropecuarias, en lugar de hacerlo sobre bases industriales o de mayor valor añadido. Es un proceso similar al del conocido mal holandés, por el que los países ricos en recursos naturales hacen subir de tal modo el tipo de cambio de sus monedas (debido a esas exportaciones), que el establecimiento en ellos de industria y actividades de alto valor añadido se dificulta, haciéndolos menos competitivos. Al ser economías muy dependendientes de la exportación recursos naturales, son muy sensibles a los cambios en los precios de los ciclos de las materias primas, por lo que en las fases bajistas del ciclo se genera una escasez económica que inflama tensiones sociopolíticas preexistentes.

Además, muchas economías ricas y dependientes de los recursos naturales, tienden a tener gobiernos despóticos que su poder en dichos recursos y que no están interesados en una sociedad próspera e independiente a la que gravar con impuestos. La corrupción y despotismo de esa clase de gobiernos, acentúa los conflictos latentes en la sociedad, y en momentos de caída de las rentas provenientes de esos recursos tienden a desencadenarse revueltas por la debilidad en la que cae el estado.

Que los escritos de Homer-Dixon parecieran tener respaldo científico se debió a graves fallos metodológicos, concretamente incurriendo en el sesgo de selección (de casos que aparentaran darle la razón) y una explicación causal intuitiva, pero que no dejaba de ser una tautología que impide discernir y discriminar realmente qué era una causa y qué un efecto.

La hipótesis neomalthusiana basadas en las obras Homer-Dixon y Robert Kaplan, de que el calentamiento climático que induce a la escasez generará necesariamente más guerras y conflictos aparece pues como dudosa.

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Mali, las sequías y las guerras

Junto al caso de Siria y el de Darfur, el de el Sahel y Malí suelen ser otros de los ejemplos esgrimidos por quienes afirman que el calentamiento global, la desertización y otras variaciones climáticas y ecológicas están causando un aumento en el número e intensidad de conflictos armados y guerras.

Como demuestran en el artículo del Journal of Peace Research «Does Climate Change Drive Land-Use Conflicts in the Sahel?» (2012), aunque los escenarios de cambio climático para el Sahel varían y son inciertos, la predicción más popularizada afirma que progresivamente habrá condiciones más secas con precipitaciones más erráticas. Según algunos, también debería esperarse un aumento de los conflictos violentos por la escasez de recursos. Pero si se investiga a fondo sobre una zona central del Sahel como es el Delta Interior del río Níger en la región de Mopti (Malí) no se encuentra tal relación.

  • Por un lado, los autores del artículo recopilaron y analizaron de datos judiciales sobre conflictos de uso de la tierra del año 1992 a 2009 procedentes del Tribunal de Apelaciones regional en Mopti; para comparar los datos del conflicto y disputas con los de las estadísticas sobre las condiciones climáticas y comprobar la relevancia de las afirmaciones de que la variabilidad climática es un factor importante de estos conflictos.

  • Por otro lado, realizaron un análisis cualitativo de uno de los muchos conflictos de uso de la tierra en esa región de Malí, para encontrar que otros factores distintos de aquellos directamente relacionados con las condiciones ambientales y la escasez de recursos dominan como explicaciones plausibles del conflicto violento. De hecho, el artículo encontró que tres factores estructurales (no climáticos o de escasez de recursos) son los principales inductores de ese conflicto: la invasión agrícola que obstruyó la movilidad de los pastores y el ganado, el comportamiento oportunista de los actores rurales como consecuencia de un creciente vacío político y la corrupción y la búsqueda de rentas entre los funcionarios del gobierno.

Más concretamente, en el estudio de caso del conflicto de pastores en Karbaye, en lugar de estar impulsado ​​por presiones exógenas se demuestra que ese conflicto es el resultado de varias condiciones estructurales que probablemente dieron forma a una gran cantidad de conflictos de uso de la tierra en todo el Sahel.

  • Primero, la invasión agrícola en recursos productivos clave para el pastoreo y en corredores de ganado que obstruyeron la movilidad necesaria de los pastores y animales. Esto llevó a la pérdida masiva de pastos de la estación seca que son esenciales para la supervivencia del sistema pastoral (impulsando el conflicto entre pastores y agricultores). Esa tendencia fue causada principalmente por las políticas y leyes agrícolas que promovieron la agricultura a expensas del pastoreo (no por sequías).

  • En segundo lugar, la descentralización de principios de la década de 1990 provocó un vacío político que llevó a los actores rurales a seguir estrategias oportunistas para reclamar la propiedad de la tierra y los recursos naturales. En tercer lugar, la búsqueda de rentas entre los funcionarios del gobierno (usando la corrupción y la extorsión para obtener dinero y recursos) socavó la confianza de la población rural en las instituciones gubernamentales y la voluntad e interés de los funcionarios para resolver conflictos. Esta falta de confianza probablemente contribuyó a que algunos actores tomaron medidas por su cuenta, incluyendo el uso de la violencia para reclamar recursos. Además, encontraron que estadísticamente no había correlación entre la variación y anomalías climáticas y el número de conflictos y disputas en la zona (que de hecho tuvieron una tendencia a la baja en el periodo estudiado).

Ya en el presente, aunque cuando se piensa en el actual conflicto de Mali lo habitual es pensar en el conflicto de Azawad, Tuareg y el Norte del país (que motivó a Francia a lanzar la operación Serval en 2013 y la operación Barkhane desde 2014), unido al tema yihadista del MUJAO (actualmente Al Mourabitoun), el JNIM, etc, en realidad ese conflicto aunque está lejos de ser resuelto del todo, en buena medida está controlado y las fuerzas tuareg actúan junto a las de Mali en la lucha contra los islamistas. Sin embargo el aumento descontrolado de ataques y acciones yihadistas en Mali tiene más que ver con el conflicto en la zona central del país (ver «Confronting Central Mali´s Extremist Threat» (2019)). El problema en el Mali central (Mopti) ya no son los tradicionales asuntos de los tuaregs contra el gobierno central o las luchas tribales internas entre los propios tuaregs, sino que está centrado en el “problema Fulani” (ver «If Victims Become Perpetrators» (2018) páginas 8-12, de International Alerta), pastores de religión sunita (añorando el Imperio Massina), en conflicto con otras etnias como los Bambara y Dongo (sedentarios) entre otros.

El conflicto en la zona se ha exacerbado por los problemas de escasez debidos a las sequías y otras cuestiones climáticas y de recursos. No obstante, como bien indican en el informe del SIPRI «Central Mali: violence, local perspectives and diverging narratives» (2018) (páginas 6-8) y en el mencionado de International Alerta, la causa verdadera de la lucha por los recursos no es la escasez en sí misma, sino que tiene más que ver con la ausencia de elementos que permitan la negociación, tribunales y un sistema de seguridad neutral que impida la rapiña. Es en ese contexto de inseguridad en el que los fulani se han ido alineando con grupos yihadistas, pero es un mero alineamiento en busca de protección y poder. Como bien se relata en los informes recomendados, la cuestión islamista es más bien retórica y el conflicto se explica esencialmente por cuestiones étnicas tradicionales de la zona y no por un fervor ideológico que lleva a individuos radicalizados por el yihadismo a atentar o formar grupos terroristas e insurgentes.

En el informe del PNAS «Climate Not to Blame for African Civil Wars» (2012), utilizando una serie de medidas alternativas de sequía, calor y guerra civil y varios detalles metodológicos del modelo, se concluye que la variabilidad climática es un mal predictor de conflictos armados. En cambio, las guerras civiles africanas pueden explicarse por condiciones estructurales y contextuales genéricas: exclusión etnopolítica generalizada, economía nacional pobre y colapso del sistema de la Guerra Fría.
Aunque los cambios en los patrones de temperatura y precipitación varían entre las regiones, el continente africano en su conjunto se ha vuelto notablemente más seco y más caliente, como se ilustra en el gráfico que se adjunta. La mayor parte de este fenómeno se produjo a lo largo del Mediterráneo, el norte del Sahara y el sur de África, mientras que partes de África Oriental y el Cuerno de África se han vuelto más húmedas. Según la mayoría de los escenarios del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), esta tendencia continuará. Sin embargo, el mismo período de 50 años ha visto cambios significativos en la ocurrencia de guerras civiles, con una acumulación gradual de conflictos que se extiende más allá del período de la Guerra Fría, seguido de una rápida caída desde finales de la década de 1990. La tendencia respecto a muertes en guerra muestra un patrón ligeramente diferente, con el pico más alto de víctimas anuales en los años poscoloniales iniciales y otro pico menos elevado a mediados de la década de los 80. La primera década del siglo XXI ha sido relativamente pacífica.

A pesar de que la idea del cambio climático como causa de las guerras es muy intuitiva, la ciencia no ha sido capaz de encontrar ninguna relación clara hasta el momento.

La hipótesis de la codicia o agravio

Paul Collier es uno de los principales expertos mundiales en el estudio de los conflictos, introduciendo el método económico de la elección racional para desbaratar el viejo consenso de que las guerras civiles se explicaban por la hipótesis del agravio, proponiendo a su vez la hipótesis de la codicia, y usando luego la metodología econométrica para respaldar sus modelos microeconómicos (consultar por ejemplo «Greed and Grievance in Civil War» (2000), por Collier y Hoeffler).

Siguiendo las coordenadas economicistas podría decirse que la hipótesis del agravio se basaba en el lado de la demanda o del consumidor, ya que la riqueza (o escasez) en los recursos naturales generaba que en las poblaciones poco desarrolladas socioeconómicamente se beneficiase más a unos grupos sociales respecto a otros (por motivos de etnia, religión, nacionalidad, clase social, raza, etc), lo que iniciaba un ciclo de protestas y quejas para solventar el agravio.

Por contra, Collier se centra en el lado de la oferta o la empresa (hipótesis de la codicia). Plantea que las guerras y revueltas terminan sucediendo por el coste de oportunidad y la racionalidad estratégica de iniciar un conflicto, beneficio que sería una mezcla de la renta conseguida por el éxito del negocio y los costes de ejecutar dicha empresa. Los recursos naturales pueden, por ejemplo, espolear el nacionalismo e independentismo no por el agravio percibido sino por los beneficios de los que se hace rapiña mediante el conflicto (como los kurdos o el nacionalismo en Escocia).

Otra vía por la que la hipótesis de la codicia y recursos naturales se manifiesta generando inestabilidad y conflictos es que la élite gobernante, para obtener los máximos beneficios de la explotación de dichos recursos, trata de forma despótica a sectores de la población en las zonas de explotación (o del país) a las que destina pocos recursos. El éxito en la rebelión de dichos sectores agraviados no se explicaría por grado de agravio sufrido, sino porque los beneficios de explotar esos recursos en el caso de tener éxito sean suficientes para compensar el riesgo y enfrentarse a la oposición del gobierno o la facción con la que se disputan dichos recursos. En este orden de cosas, hay una asociación positiva en que los recursos sean portables y fácilmente vendibles en el mercado internacional (diamantes, coltán, etc), para así tener la capacidad económica de iniciar el conflicto.

Por tanto, la riqueza en recursos naturales, ya sea; 1) generando gobiernos despóticos que solo exploten materias primas (y bienes agropecuarios); 2) facilitando la organización y el beneficio de rebelarse o; 3) perpetuando el subdesarrollo mediante el mal holandés, está asociado a una mayor conflictividad. Lo que contradice la intuición de que la escasez por causa del cambio climático generará más conflictos.

Cabe señalar que el hecho de que un país rico en recursos caiga en la dependencia respecto a los monocultivos o algún tipo de mal holandés tiene una explicación sociopolítica y cultural (buenos gobiernos producen buenas decisiones) y no se debe, por tanto, al simple malthusianismo ecológico o de rentas.

El jefe del Mando Africa de Estados Unidos ha llegado a afirmar que Al Qaeda en el Magreb Islámico es la rama financieramente más poderosa de la organización
El auge del terrorismo en varias zonas de África tampoco parece relacionarse claramente con el cambio climático, sino que atiende a otras razones.

Clima y energía

Aunque como hemos visto, la escasez causada por el estrés ecológico es posible que no genere necesariamente más guerras y conflictos, el cambio climático sí podría tener un efecto aumentando la propensión al conflicto cambiando las cadenas de suministros globales de energía.

Un menor consumo relativo de hidrocarburos para fomentar la descarbonización de la economía provocará que los países productores (de los que muchos padecen algún tipo mal holandés o dependencia) obtengan menos renta, lo que indirectamente podría espolear y alimentar conflictos al tener el estado menos recursos para sostener clientelas y un aparato represor eficaz. Además, lugares que antes carecían de recursos naturales que proporcionasen muchas rentas ahora podrían explotarlos (como el litio en América Latina o el cacareado telurio en Canarias), iniciando el ciclo descrito a lo largo del artículo (o las reivindicaciones de Marruecos en la Zona Económica Exclusiva española en las Canarias)

Cuerpos exhumados de víctimas del genocidio de los Isaaq, en Somalia. Autor – Alison Baskerville.

Conclusiones

No hay evidencia de metodología estadística y empírica, ni una teoría con cadena causal plausible, que indique que la escasez de recursos (renovables, no renovables o económicos) por el cambio climático haya aumentado el número de conflictos y guerras (de hecho se reducen). No obstante, un clima muy extremo en el futuro podría romper la tendencia observada y espolear conflictos y guerras tal y como lo hacía antes del advenimiento de la era industrial (recordemos que sí hay correlación histórica entre bajada de temperaturas y guerras).

Aún así, como se ha intentado exponer a lo largo del texto, se trataría de azuzar, espolear o agravar conflictos y divisiones preexistentes de raíz sociopolítica. Es decir, un cambio climático extremo no sería la variable independiente principal a la hora de causar guerras (la variable dependiente), sino que metodológicamente sería lo que se denomina una variable interviniente (que acentúa o atenúa los efectos de la variable independiente). Lo contrario, por poner un ejemplo histórico conocido, sería como decir que la Revolución Francesa fue causada por las malas cosechas de una pequeña edad de hielo, cuando en realidad la causas son sociopolíticas y socioeconómicas debidas a los cambios en la estructura social del Antiguo Régimen y las contradicciones y conflictos que ello generaba.

Autor

  • Guillermo Pulido Pulido

    Grado en Ciencia Política y de la Administración por la UNED. Máster en Paz, Seguridad y Defensa por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado. Doctorando en Estudios Estratégicos de Disuasión Nuclear. Redactando la obra "Mosaic Warfare & Multi Domain Ops". Editor de Revista Ejércitos y autor en The Political Room.

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