Crisis de Ucrania, crisis de Europa

El (des)equilibrio del terror

En la prensa generalista se tiende a analizar la crisis de Ucrania en términos demasiado superficiales. Se habla de un Putin agresivo y una Ucrania indefensa o de todo lo contrario, en función del medio. Se habla de la importancia del gas ruso, de la necesidad de respetar la legislación internacional, se pide prudencia y diálogo. Por supuesto, se hace referencia a las divisiones existentes en la propia Ucrania, a los intereses estadounidenses, europeos, rusos e incluso chinos, así como a mil temas más. Muy pocas veces, sin embargo, se acude a la raíz del problema: 1) el creciente desequilibrio entre las fuerzas armadas rusas y las estadounidenses, extensible a los arsenales nucleares; 2) el sentimiento de ansiedad que esto genera en Rusia y; 3) la ventana de oportunidad que ofrece una Unión Europea que no se hace cargo de su parte de la disuasión.

Todos hemos escuchado hablar del equilibrio del terror. Este término, acuñado durante los primeros años de la guerra fría, terminaría por sernos familiar gracias a la MAD (Mutual Assured Destruction), consecuencia del desarrollo de capacidades de segundo ataque creíbles. Efectivamente, después de unos años de complejas interacciones y de desarrollos teóricos y técnicos desiguales, en los 60 se llegó a una situación de estabilidad con la que se podía convivir. Incluso se llegó a firmar, en mayo de 1972, el Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos, mediante el cual ambas superpotencias aceptaban quedar desprotegidas voluntariamente para evitar que la disuasión dejase de ser efectiva.

Para el gran público, así como para muchos periodistas e incluso expertos en Relaciones Internacionales, la firma de este tipo de acuerdos de limitación de armamentos es algo intrínsecamente bueno. Los acuerdos SALT son un buen ejemplo, pues al establecerse un límite en el número de ICBM y SLBM, se ponía coto a la carrera armamentística. Además, sirvieron en buena medida para sancionar la llegada de una era de distensión en la que el riesgo de enfrentamiento nuclear sería mucho menor. Todo aparentemente positivo. Eso sí, siempre y cuando nos quedemos en la superficie del problema.

Las cosas, por desgracia, nunca son tan sencillas. Pierre Lellouche (1985) advertía cómo «El foso que existe entre la «necesidad» (en el sentido casi médico de este término) del Arms Control) en Occidente, y la pobreza de los «resultados» que se pueden esperar razonablemente, crea una formidable vulnerabilidad en detrimento de las democracias». También nos explicaba que «es la tecnología la que dicta no solamente las armas, sino las estrategias y, también, el régimen de Arms Control que se deduce de ella». En este caso concreto, a tenor de la insistencia con la que Alemania Federal pidió a los Estados Unidos el despliegue de los misiles Pershing II para oponerse a los SS-20 soviéticos, que habían dado una notable ventaja ofensiva a la Unión Soviética, el autor francés tenía toda la razón. El anuncio del futuro despliegue tanto de misiles balísticos como de crucero estadounidenses en suelo europeo provocó la crisis de los Euromisiles, pero por entonces las democracias europeas todavía eran capaces de pensar en términos de poder, incluso en Alemania, algo que ahora parece imposible (Franke, 2021).

Fueron los propios alemanes occidentales quienes solicitaron a los Estados Unidos el despliegue de misiles Pershing II como forma de contrarrestar la ventaja ofensiva soviética provocada por la entrada en servicio de los SS-20.

La situación en los 80 era, por muchas razones en las que nos vamos a entrar, diferente de la actual. Lo que no ha cambiado es la relación entre la estabilidad estratégica y los avances tecnológicos, además de la capacidad o incapacidad económica e industrial para transformarlos en sistemas de armas tangibles. Como explica Guillermo Pulido (2019b), «la estabilidad estratégica nuclear no se alcanza simplemente con los estados enfrentados desplegando cualquier tipo de armamento nuclear, sino que la estructura y características de la fuerza nuclear debe de cumplir una serie de requisitos o características muy específicos para que la situación estratégica sea estable». En el caso del que hablamos, el estancamiento ruso en en el ámbito nuclear y la previsible erosión de su poder convencional en relación con los Estados Unidos, están íntimamente ligados con lo que ocurre en Ucrania. La salida de Estados Unidos del tratado ABM ya supuso una tensión importante para las fuerzas nucleares rusas, que han intentado compensar la instalación de sistemas antimisil con nuevos desarrollos. La entrada en servicio de nuevos sistemas convencionales, así como de nuevas doctrinas, desarrolladas al amparo de la Tercera Estrategia de Compensación podría ser definitiva para Rusia.

El mundo que viene, tal y como recogen cada vez con más insistencia las estrategias de seguridad nacional y de defensa de los principales actores internacionales, así como las publicaciones académicas, se caracterizará por la competición persistente entre grandes poderes (Tovar, 2021). En concreto, se hace alusión a Estados Unidos y China como principales protagonistas de este juego, con Rusia como tercera en discordia, pero sin disponer en ningún caso de los mismos instrumentos de poder que los anteriores. Tal y como hemos explicado en alguna ocasión (Villanueva, 2019), sin dejar de ser una potencia global con sólidos argumentos, pierde año a año poder relativo frente a las dos superpotencias que se perfilan en el horizonte.

La competición entre Estados Unidos y China, llevada al ámbito militar y tecnológico, amenaza con provocar una Revolución Militar en toda regla, tema del que hemos hablado en estas páginas y que Guillermo Pulido explica de forma magistral en «Guerra multidominio y mosaico». Una revolución de la que Rusia, que está todavía adoptando algunos de los principales componentes de la RMA de la Información, como los relativos al uso de municiones guiadas y comunicaciones en red (Matías, 2022), quedará presumiblemente apartada o, en el mejor de los casos, solo podrá adoptar de forma precaria.

Las armas estratégicas no van a quedar al margen de los avances, más bien al contrario. Hasta ahora han sido la autocontención estadounidense, poco interesada en aumentar su inversión en este área, junto con los tratados en vigor, los garantes de la estabilidad en este ámbito, más que los progresos rusos. No obstante, si China continúa introduciendo cambios en su estrategia nuclear y multiplica el número de ojivas en servicio, será prácticamente inevitable que Washington actúe en consecuencia y se desate una nueva carrera armamentística. Carrera muy difícil de frenar, en tanto China no muestra ningún interés por participar en conversaciones a tres bandas con los Estados Unidos y Rusia, ni está claro en absoluto que busque la paridad estratégica o tenga otro tipo de intenciones.

Estados Unidos podría responder mediante la puesta en servicio de vectores y ojivas más modernos y precisos, tejiendo una red más densa de sistemas ABM, desplegando sistemas de nuevo cuño o cuantas opciones queramos imaginar. Esto no hará más que tensionar a una Rusia que ya está al límite de sus capacidades en este campo, como demuestra su apuesta por armas de tercer ataque como el torpedo nuclear Poseidon (Vilches, 2018) o mediante el desarrollo de la cuarta ola de su doctrina estratégica (Pulido, 2019a). Precisamente, tal y como nos explica este autor:

La hipotética cuarta ola nace de la creciente presión que sufre el arsenal nuclear estratégico ruso (el que libraría una guerra nuclear global “tradicional”) ante los progresos técnicos materializados y potenciales en las capacidades estratégicas norteamericanas. Dmitry Rogozin, viceprimer ministro y una personalidad muy influyente en asuntos de seguridad en Rusia, en 2013 afirmó que las simulaciones indicaban que un ataque con el grueso de los misiles de crucero norteamericanos (unos 3.000-4.000 y solo con ojivas convencionales), podría destruir entre el 80-90% del potencial nuclear ruso. A ello se añaden los desarrollos norteamericanos en nuevos misiles de crucero furtivos, ICBM de ojiva convencional y gran precisión como los desarrollados bajo el paraguas genérico del Conventional Prompt Global Strike, armas hipersónicas de alcance global, etc; así como el desarrollo de sistemas antimisiles que destruyesen una fracción importante de los vectores y ojivas supervivientes rusos. Es decir, Rusia se quedaría sin fuerza de Segundo Ataque (esencial para lograr la estabilidad estratégica).

Desaparecería pues en la práctica el equilibrio del terror, una situación nada deseable y que, lejos de lo que piensan muchos, es factible, como demuestra la abundante bibliografía al respecto.

Esta situación no es muy diferente en lo relativo a las armas convencionales. Si algo demuestra el despliegue al que estamos asistiendo en las últimas semanas es que la inmensa mayoría de los equipos rusos son lo que se conoce como legacy. No se trata aquí de caer en el maniqueísmo de decir que Rusia es militarmente incapaz, pues más bien es el contrario, es un gigante militar que sabe sacar un gran partido a equipos de los 70 y 80 convenientemente modernizados. Sin embargo, pese a los importantes avances que el país ha hecho en muchos aspectos, resulta evidente que no puede introducir nuevos equipos en cantidad suficiente (ahí están los casos del Sukhoi Su-57, el T-14 Armata…), teniendo que apostar por las modernizaciones por una parte y por aquellos ámbitos en los que contaba con cierta ventaja (guerra electrónica, artillería…) por otra. Con todo, incluso en estos campos sus capacidades quedarán en entredicho ante la nueva hornada de sistemas estadounidenses, lo que no supone sino una tensión añadida para un país que ve cómo sus rivales directos van casi dos generaciones por delante en algunos aspectos.

En paralelo al proceso anterior, la progresiva expansión de la OTAN violando los compromisos orales -ya que no se llegó a firmar ningún tratado sobre la no incorporación de antiguos miembros del Pacto de Varsovia a la Alianza- es también una amenaza para Rusia. No se trata aquí de señalar culpables, ni de entrar en el debate manido de si la organización se expande siguiendo oscuros propósitos o si los nuevos miembros se lanzan a sus brazos en busca de seguridad. Únicamente de señalar el hecho objetivo. Dicho esto, la posibilidad de que Ucrania se incorpore a esta organización es una línea roja para un Kremlin que hará cualquier cosa para evitar esta posibilidad. Sin embargo, las exigencias planteadas por Moscú a los Estados Unidos van mucho más allá de Ucrania y están motivadas por el desequilibrio creciente del que hemos hablado en los párrafos anteriores.

El elemento distorsionador en todo este proceso es la Unión Europea. Los ejércitos de los Estados miembro son cada vez más inútiles a la hora de generar capacidades militares de consideración. Sin credibilidad convencional y carentes de una disuasión nuclear creíble, más allá de la extendida que puedan proporcionar Washington o París (siempre cuestionadas), suponen un problema para los Estados Unidos y una oportunidad para Rusia. Sabedores de que los Estados Unidos buscan concentrar todos sus recursos en Indo-Pacífico, en Rusia creen poder aprovechar la actual brecha de capacidades respecto a la UE, lanzando una guerra preventiva. Preventiva, además, en dos sentidos muy diferentes y, al parecer, en este caso complementarios.

El primero, más inmediato y también fundamental, tiene que ver con la concepción rusa de la coerción estratégica (Pulido, 2019c) -que incluye compeler mediante el castigo o la amenaza de este- y no solo disuadir. También con las fases del conflicto tal y como las concibe Rusia, expuestas en el mismo artículo. En paralelo con las medidas no militares, tal y como se ilustra en el cuadro que compartimos a continuación, se comenzaría con el despliegue estratégico de medios militares, momento al que estamos asistiendo. Tras esto, llegaría el momento de iniciar las operaciones militares, acompañadas de otras medidas como las operaciones de información o el cambio en el liderazgo político. Así pues, una acción militar preventiva sería la herramienta utilizada por Rusia para evitar una deriva no deseada por parte de Kiev, de consecuencias potencialmente desastrosas para los intereses rusos.

La guerra No-Lineal. Adaptado por Samuel Morales a partir del artículo de Valery Gerasimov en VPK «El valor de la ciencia radica en la anticipación».

En términos más amplios, para la Historia ha quedado el concepto empleado por George W. Bush antes de la invasión de Irak en 2003. No obstante, la de Bush Jr. no fue más que una concepción bastante torticera de un concepto que explica Lawrence Freedman (1992) en oposición al de guerra anticipativa. Sobre la guerra guerra preventiva nos dice que «El presupuesto de guerra preventiva era la preocupación por un desplazamiento histórico del equilibrio militar. Todo momento anterior a la materialización de ese cambio sería favorable para golpear, y todo momento posterior sería desfavorable». Estamos, para Rusia, en una situación análoga, de ahí que haya lanzado un órdago con la intención de forzar un cambio en la arquitectura de seguridad europea. Es así como se entienden las demandas rusas, presentadas en un documento de máximos inaceptable para los Estados Unidos. También aquí se enmarca la impresionante acumulación de medios militares: Rusia está dispuesta a ir a la guerra para asegurar sus objetivos en Ucrania, verdaderas líneas rojas sobre las que una y otra vez han advertido antes de que se consume ese «desplazamiento histórico del equilibrio militar» del que hablaba Freedman.

Por supuesto, esto no quiere decir que Rusia pretenda ir a la guerra contra la OTAN ni lanzar un ataque preventivo contra los miembros de la organización, pero sí que está dispuesta a correr el riesgo de un conflicto con tal de restablecer un equilibrio erosionado, tal y como expone Hofman (2022).

Volviendo sobre la Unión Europea, si los socios mantuviesen fuerzas armadas suficientes como para disuadir a Rusia, nada de esto estaría ocurriendo. Es la incapacidad europea y su renuencia a dotarse de medios de poder duro lo que abre una ventana de oportunidad a Rusia, por más que esta sea temporal. Si los estados europeos contasen con elementos de poder duro, Rusia no tendría más remedio que asistir como espectador a la deriva pro-occidental de Ucrania, forzada por una situación de estabilidad estratégica. Esto, si bien no evitaría los roces, obligaría a Rusia a actuar por debajo del umbral del conflicto, manteniéndolo en todo momento limitado a la zona gris (Baqués, 2019).

Por el contrario, en Bruselas reina el desconcierto y las capitales, incapaces de trazar una estrategia común más allá de la amenaza de «terribles» sanciones económicas, no disponen de medios con los que disuadir a Rusia. Sólo queda consagrarse a los Estados Unidos, único interlocutor que Rusia acepta -como lamentablemente ha comprobado Josep Borrell cada vez que ha intentado que la voz de los 27 se escuche-.

En el caso de los Estados Unidos, por más que las demandas rusas tal cual se han planteado sean inaceptables, no todo es negativo. No van a comprometerse con un país como Ucrania, con el que no tienen ningún tratado de defensa mutua firmado, más allá de aplicar sanciones económicas a Rusia o facilitar la llegada de armamento al ejército ucraniano. Al fin y al cabo, de producirse un conflicto, sería limitado, independientemente de lo ambiciosa que se muestre Rusia. Seguramente los cambios en la arquitectura de seguridad europea derivados de un conflicto serían vistos en Washington como un mal menor. Podrían, bien encauzados, incluso ofrecer ciertos beneficios:

  1. La demostración de que el poder duro y no el normativo sigue siendo fundamental forzaría a los europeos a invertir más en su propia defensa;
  2. Los Estados Unidos podrían concentrar más medios (financieros y materiales) en Indo-Pacífico;
  3. Las divisiones en el seno de la Unión Europea se harían más profundas, especialmente entre el este, más pro-atlantista y el oeste, haciendo imposible que las iniciativas relacionadas con la defensa terminen por alumbrar a un posible competidor.
  4. Países, como Suecia o Finlandia, seguramente optasen por estrechar sus lazos con la OTAN e incluso por solicitar la. En resumen, se produciría un reequilibrio que podría llegar a ser beneficioso para los intereses estadounidenses, a costa eso sí, de sacrificar la integridad de Ucrania.

Por supuesto, la situación en abstracto no debe hacernos olvidar que hay vidas en juego en todo esto. De producirse un conflicto que ahora mismo parece inevitable, serán miles los damnificados y se producirá una situación que podría enquistarse de múltiples formas. Ahora bien, la mejor garantía para que estas situaciones no se den continúa siendo la búsqueda constante de la estabilidad estratégica. Esto solo es posible a través de una disuasión adecuada y proporcionada a la amenaza, algo que en Europa no queremos entender.

Si hemos llegado a esta crisis no es tanto por la actitud estadounidense -que los rusos catalogan de imperialista- o por la actitud rusa -que busca minimizar las pérdidas y garantizar su seguridad mediante la creación de una esfera de influencia- como por la autocomplacencia y el idealismo europeos, completamente ajenos a la realidad del poder. Este y no otro es el precio del (des)equilibrio del terror.

Bibliografía

  • Freedman, L. (1992). La Evolución de la Estrategia Nuclear. Ministerio de Defensa.
  • Lellouche, P. (1985). El futuro de la guerra. Ministerio de Defensa.
  • Tovar, J. (2021). La política internacional de las grandes potencias. Síntesis.

Autor

  • Christian D. Villanueva López

    Christian D. Villanueva López es fundador y director de Ejércitos – Revista Digital sobre Defensa, Armamento y Fuerzas Armadas. Tras servir como MPTM en las Tropas de Montaña y regresar de Afganistán, fundó la revista Ejércitos del Mundo (2009-2011) y posteriormente, ya en 2016, Ejércitos. En los últimos veinte años ha publicado más de un centenar de artículos, tanto académicos como de difusión sobre temas relacionados con la Defensa y con particular énfasis en la vertiente industrial y en la guerra futura. Además de prestar servicios de asesoría, aparecer en numerosos medios de comunicación y de ofrecer conferencias ante empresas e instituciones, ha escrito capítulos para media docena de obras colectivas relacionadas con los Estudios Estratégicos, así como un libro dedicado al Programa S-80.

4 Comments

  1. No crees que si ganan Le Pen o Zemmour en Francia en abril 2022 se produciría un cisma entre las posiciones de Francia y Alemania y eso alteraría el equilibrio de fuerzas y los objetivos en el seno de la Unión haciendo que el Amazonas cambie su curso de manera sustancial? O crees que la UE seguiría pensando en términos «Socialdemócratas» y en el «poder blando» como modo de estar en el mundo. Gracias.

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