Cuanto más se ha prolongado la guerra de Rusia contra Ucrania, más importante se ha vuelto para la seguridad de toda Europa. En este sentido, aunque es cierto que Ucrania no es miembro de la UE ni de la OTAN (todavía), también lo es que el perímetro defensivo de la UE y de la OTAN no se encuentra en la frontera entre Polonia y Ucrania o entre Rumanía y Moldavia; es el frente entre Ucrania y Rusia.
Índice
- La amenaza rusa
- El desafío estadounidense
- Determinación europea
La amenaza rusa
El motivo es que, si al final de la guerra, la convicción interna de Rusia (no su postura pública) es que ha ganado, no se detendrá ahí. Una idea que queda totalmente clara cuando se examinan los propios documentos estratégicos de Rusia disponibles en abierto: Moscú ve a todas las antiguas repúblicas soviéticas de la misma manera que ve a Ucrania. Para Rusia, se trata de Estados subordinados que han escapado y, por lo tanto, deben ser atraídos o coaccionados para que regresen a su exclusiva esfera de influencia.
Por lo tanto, si Rusia llegara alguna vez a la conclusión de que Europa le da vía libre en Ucrania, indudablemente intensificaría sus esfuerzos también contra otros Estados, mediante acciones híbridas, si es posible, pero por la fuerza militar si fuera necesario. Moldavia y Georgia, que son los que más se han alejado de la órbita rusa y ya son blanco de feroces campañas híbridas, sufrirían sin duda una intensificación de la presión de Rusia. Y si, en última instancia, Rusia concluyera que Europa no solo no defiende a sus socios, sino que está demasiado intimidada como para unirse y luchar incluso por sí misma, entonces Moscú podría verse tentado a lanzar una agresión directa contra los países de la UE y la OTAN. En la mente de Putin, los Estados bálticos, que fueron anexionados por la fuerza por la URSS, sin duda también pertenecen a Rusia. Así pues, el expansionismo militar ruso debe detenerse ahora, en Ucrania, lo más al este posible.
El desafío estadounidense
Además, Ucrania cuenta actualmente con un millón de hombres y mujeres en armas, que suman del lado de la UE y de la OTAN en el equilibrio de poder con Rusia. Si Ucrania fuera derrotada, ese ejército de un millón de efectivos desaparecería de la ecuación, y el equilibrio de poder cambiaría de repente y de forma drástica a favor de Rusia. Tanto más cuanto que la contribución estadounidense a la defensa colectiva de Europa se ha vuelto más dudosa en los últimos tiempos. Una realidad que es el resultado no solo del deseo de la administración Trump de que Europa asuma la responsabilidad de su propia defensa convencional, sino también del hecho de que Trump solo presiona a Ucrania, y nunca a Rusia, para llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra. Para Trump, la paz en Ucrania no es un fin en sí mismo, sino un medio que le permita normalizar las relaciones con Putin. Si hubiera sido por él, seguramente habría sacrificado hace tiempo la mitad de Ucrania o más, como demuestra su plan de 28 puntos que favorecía por completo a Rusia. Afortunadamente, Europa tiene suficiente capacidad de influencia (sanciones contra Rusia y apoyo a Ucrania a los que Trump no puede renunciar porque no los controla) para evitar que el plan de Trump se imponga a Kiev. Pero debido a que el propósito estratégico de Trump es un acuerdo con Rusia, Europa debe asumir que esta administración estadounidense no irá a la guerra con Rusia por Ucrania bajo ninguna circunstancia; al mismo tiempo que tampoco puede dar por sentado que Trump seguirá apoyando a Ucrania indefinidamente.
Trump no se equivoca de por sí al querer poner fin a la guerra, porque Europa no tiene nada mejor que ofrecer que congelar la actual línea del frente y convertirla en una línea de control (sin reconocer legalmente ninguna anexión). La victoria, entendida como la liberación de toda Ucrania, solo es posible si Rusia implosiona, pero eso es demasiado impredecible para servir como una suposición sobre la que basar una estrategia. La otra opción sería que los miembros europeos de la OTAN y la UE se uniesen a la guerra, pero no lo harán, porque el objetivo de detener (y debilitar) a Rusia en Ucrania es precisamente disuadir a Rusia de iniciar una guerra directa entre grandes potencias; que Europa inicie esa guerra por sí misma iría en contra de toda la lógica de su estrategia de disuasión y defensa. El desafío es llegar a un acuerdo que ciertamente no sería justo (porque dejaría el veinte por ciento del territorio ucraniano bajo ocupación rusa), pero que debería ser duradero, en el sentido de que no haría a Ucrania aún más vulnerable, sino que disuadiría una tercera invasión rusa.
Determinación europea
Putin tiene las cartas, por tomar prestada la expresión de Trump. Europa y EE. UU. no pueden obligarle a negociar en serio. China podría, poniendo fin a su relación económica, pero no lo hará, ya que considera a Rusia un socio indispensable para contrarrestar a EE. UU. Para Pekín, no es estrictamente necesario que Rusia gane, pero tampoco puede ser derrotada. Al mismo tiempo, China nunca romperá sus relaciones con Europa y EE. UU. por el bien de Rusia, de ahí que tampoco pueda permitirse que la guerra se intensifique hasta convertirse en una guerra entre grandes potencias, porque entonces ya no podría fingir ser neutral. Mientras Rusia no se mueva en esa dirección, es probable que China simplemente mantenga su postura actual.
Putin podría optar por un acuerdo: podría consolidar sus considerables avances territoriales y, mediante la normalización de las relaciones con EE. UU., revertir en cierta medida su cada vez mayor dependencia de China. Si se alcanza un acuerdo, Europa debe situar a la Ucrania soberana que sobreviva firmemente en el camino hacia la adhesión a la UE. La adhesión a la UE es vital para Ucrania. Se trata de una guerra total: si Rusia gana, se anexionará grandes partes de Ucrania y convertirá el resto en un Estado títere. Si Ucrania sobrevive, ya no será viable como Estado colchón entre la UE y Rusia; debe unirse a la Unión. Es posible que deba encontrarse una fórmula sui géneris que permita a Ucrania unirse a la Unión sin obtener inmediatamente poderes de decisión y beneficios en todos los ámbitos políticos. Pero una cosa debe quedar absolutamente clara: sea cual sea la fórmula elegida, en el momento en que Ucrania se una a la UE, se aplicará el Artículo 42.7. Un ataque a cualquier Estado miembro de la UE es un ataque a todos.
Por lo tanto, si se llega a un acuerdo, Europa debe ofrecer una garantía de seguridad a Ucrania. Eso significa que si Rusia viola el acuerdo, la propia Europa deberá unirse a la guerra. Nada que no sea eso puede calificarse de garantía de seguridad. Una garantía de seguridad puede ser una declaración: en marzo de 1939 Gran Bretaña y Francia garantizaron la seguridad de Polonia, y cuando la Alemania nazi la invadió, declararon la guerra. Pero una garantía declaratoria solo es creíble si el historial propio demuestra acciones decisivas; y ese, por desgracia, no es el caso de Europa. La Coalición de Voluntarios que ya está preparando planes tendrá, por tanto, que desplegar previamente fuerzas terrestres, navales y aéreas en Ucrania para mostrar determinación y reforzar la disuasión. Como se ha indicado anteriormente, dada la estrategia de Trump, Europa debe asumir que si Putin descubre el farol y ataca a Ucrania, esta administración no se unirá a la guerra. Europa, incluida Ucrania, debe prepararse para librar sola la próxima guerra convencional.
Sin embargo, Putin también podría optar por continuar la guerra. Es fácil imaginar cómo Trump, si la guerra continúa, encontrará un motivo para culpar a Zelenski: «Te di una oportunidad de paz, no la aprovechaste, ahora estás solo». Entonces, únicamente Europa seguiría apoyando a Ucrania, y es probable que Putin piense que en ese escenario prevalecerá en el campo de batalla. Creo firmemente que se equivoca: con o sin EE. UU., con el apoyo de Europa, Ucrania mantendrá la línea. Pero el triste hecho es que los mensajes unilaterales de Trump podrían animar precisamente a Putin a continuar la lucha.
La guerra ruso-ucraniana ya es una guerra europea, porque en última instancia la seguridad de la UE y de todos los miembros europeos de la OTAN está en juego. Y sea cual sea el curso que tome el conflicto, lo más probable es que sean los europeos en solitario quienes apoyen a Ucrania, y posiblemente luchen junto a ella. Una gran responsabilidad, pero una que Europa puede y debe asumir.
Nota del editor
El presente artículo fue publicado originalmente en la web de Egmont – Royal Institute for International Relations de Bélgica.

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