Activar el artículo 42.7 del Tratado significa que nosotros, los veintisiete Estados miembros de la UE, estamos en guerra. Ahora que hablar de operacionalizar el 42.7 se ha puesto de moda, esto debe quedar absolutamente claro. No se trata de enviar a un puñado de expertos en ciberseguridad; se trata de la guerra. Y una agresión por parte de un competidor par exige represalias contundentes, una economía de guerra continental y una Gran Estrategia combinada UE-OTAN dirigida por un auténtico Gabinete de Guerra. El 42.7 no debería activarse por nada que no llegue a ese umbral, o perderá su significado moral y su valor disuasorio.
La primera frase del art. 42.7 es muy poderosa: «Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance». Es una expresión del vínculo profundo entre los miembros de la Unión. Sus intereses vitales están inextricablemente unidos; por eso no hay límite a su solidaridad, y recurrirán al instrumento último para ayudarse mutuamente: la guerra.
Ese lenguaje remonta su origen al Tratado de Dunkerque de 1947 entre Gran Bretaña y Francia, la primera alianza europea de la posguerra. En 1950 se utilizó el mismo lenguaje en el artículo V del Tratado de Bruselas, que creó la Unión Occidental entre Gran Bretaña, Francia y los países del Benelux. Esta, a su vez, se convirtió en la Unión Europea Occidental cuando Alemania Occidental e Italia firmaron el Tratado de Bruselas modificado en 1954. Los dirigentes políticos y militares sabían muy bien por qué firmaban: para disuadir o para ganar una guerra contra la Unión Soviética.
En la práctica, la planificación de la defensa territorial colectiva se desplazó pronto a la OTAN. No obstante, los signatarios concedían gran importancia al artículo V, como demuestra el hecho de que, aunque la UEO llevaba mucho tiempo inactiva, la organización sólo fue disuelta formalmente una vez que tuvieron la certeza de que este compromiso de defensa colectiva quedaba preservado mediante su inclusión en el Tratado de Lisboa. En 2009, por tanto, la propia UE se convirtió en una alianza.
Hoy, sin embargo, muchos parecen ver la activación del art. 42.7 como un paso procedimental, que principalmente desbloquea opciones procedimentales adicionales, y quizá algunas medidas de apoyo muy específicas, como los Equipos de Respuesta Híbrida. Pero el poder de nuestra burocracia no disuadirá a ningún agresor. Con esta actitud, el 42.7 se vuelve inútil, y la noción de solidaridad pierde todo significado. Una actitud tan insensible hacia un artículo central de nuestra Unión es irresponsable.
Guerra
El art. 42.7 se ha activado una vez, a petición de Francia, tras los atentados terroristas en París del 13 de noviembre de 2015. Por primera vez desde entonces, a comienzos de mayo de 2026, la UE organizó muy oportunamente un juego de guerra para poner a prueba el 42.7 frente a otro escenario: un ataque híbrido letal contra un Estado miembro por parte de una potencia extranjera. ¿Qué podemos aprender de esto?
La primera conclusión es simple pero fundamental: se trata de la guerra. Al igual que el art. 5 de la OTAN, el art. 42.7 no debería activarse por nada que no llegue a ese umbral, o perderá su significado moral y su valor disuasorio. Si la cuestión puede resolverse desplegando una docena de expertos en amenazas híbridas, obviamente no es una guerra, y ninguno de los dos artículos debería invocarse. Pueden utilizarse otros instrumentos, como la «cláusula de solidaridad»: el art. 22 del TFUE.
La guerra puede consistir en una agresión armada clásica, o en un ataque híbrido tan letal o disruptivo que lo consideremos un acto de guerra. La OTAN ha ampliado explícitamente la interpretación del art. 5 en este sentido para reforzar la disuasión; la UE debería hacer lo mismo.
Aquí existe claramente un elemento de juicio: no todo ataque híbrido es un acto de guerra. Por eso el procedimiento actual de activación del 42.7 es deficiente; incluso peligroso. En 2015, el Consejo anunció que la activación no requiere una decisión explícita del Consejo: al invocar el 42.7, Francia lo activó ipso facto. Pero ¿qué ocurre si los Estados miembros discrepan sobre la gravedad o el origen de un ataque híbrido? Cualquier acción emprendida por el Estado miembro atacado tendrá implicaciones para todos. Al igual que en la OTAN o antes en la UEO, no se puede dejar la constatación del estado de guerra y la elección de las acciones a adoptar en manos de un solo Estado miembro; esto debe ser una decisión colectiva explícita.
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