“Los aliados más leales de Estados Unidos”. Durante décadas, así entendieron la mayoría de los líderes políticos y militares europeos el papel de Europa en el escenario mundial. En mi opinión, eso siempre fue insuficiente; claramente lo es ahora, cuando el presidente de Estados Unidos trata a sus fieles aliados como si fueran rivales tortuosos. Pero si no somos, o no solo, seguidores de los estadounidenses, ¿cuál es entonces nuestro papel? No se trata solo de una cuestión académica; conocerse a uno mismo es el punto de partida de toda estrategia. Y, sin estrategia, ¿qué se puede hacer en la Cumbre de la OTAN en La Haya?
El hecho mismo de que los europeos nos sintamos tan incómodos hoy en día demuestra que ser simplemente aliado de alguien no puede considerarse una Gran Estrategia. Si solo eres aliado de EE. UU., la perspectiva de ser abandonado por este país genera, lógicamente, cierta angustia existencial. Si hubiéramos considerado un papel más allá, tratar con Trump habría sido muy incómodo, sí, pero al menos habríamos tenido una base sólida, en forma de una definición europea compartida de nuestros propios intereses y prioridades, sobre la que basar nuestra relación con él, como iguales.
Una paradoja de nuestra propia invención
Europa se ha visto atrapada en una situación sin salida. Tras la Segunda Guerra Mundial, sintiéndonos demasiado débiles para defendernos de la Unión Soviética, solicitamos a Estados Unidos una alianza y una garantía de seguridad. Luego, para mantener el compromiso estadounidense, los europeos permanecimos conscientemente débiles. No es que no invirtiéramos lo suficiente en defensa; eso es un mito. Los europeos occidentales supieron construir estados de bienestar y fuerzas armadas fuertes a un tiempo, pero sin la inteligencia, el mando y control, las comunicaciones seguras y otros recursos estratégicos que nos habrían permitido operar independientemente de Estados Unidos.
Podría decirse que, como consecuencia de lo anterior, la OTAN se integró demasiado, de forma que en lugar de impulsar a los europeos a organizarse para su propia defensa, como opinaba que debía hacerse el primer SACEUR, el general Eisenhower, la Alianza creó una dependencia militar permanente de Estados Unidos. Esto, por supuesto, terminó beneficiándose a Washington, que nunca dejó de pedir más contribución a Europa, pero tampoco hizo nada por tener aliados más autónomos.
Desde que empecé a trabajar en este campo, a finales de los 90, como entusiasta de la estrategia europea, me opuse a esta dependencia de Estados Unidos. Mucha gente me recalcó lo atlantistas que eran y lo equivocado que estaba yo al no serlo también. Mi respuesta siempre fue la misma: puede que seas atlantista, pero la pregunta es: ¿seguirán siendo atlantistas los estadounidenses para siempre? Ahora sabemos la respuesta: no. A Trump y a los partidarios del MAGA no les interesa la Alianza Atlántica.
Y ahí está la paradoja: si seguimos dependiendo militarmente de EE. UU., esta administración reducirá su contribución a la OTAN. Si los europeos no pueden defenderse, ¿por qué debería EE. UU. hacerlo por ellos? Es, sin duda, un razonamiento lógico. Ahora bien, si por el contrario construimos la ansiada autonomía militar, los EE. UU. dirán que ahora podemos defendernos, con lo que podrán reducir su contribución a la OTAN. Es decir, que hagamos lo que hagamos, EE. UU. reducirá su compromiso. Y una vez que ciertos activos estadounidenses se hayan marchado, es probable que ningún gobierno estadounidense, ni republicano ni demócrata, los recupere, dada la atención multipartidista sobre China.
Pero esta paradoja solo existe en nuestras mentes. Y lo hace sólo porque no concebimos otro rol estratégico para nosotros que el de aliado leal con miedo al abandono. Por eso intentamos apaciguar a Trump prometiéndole gastar el 5% del PIB en defensa: el 3,5% en defensa propiamente dicha y el 1,5% en infraestructura, resiliencia, etc. Pero no funcionará. A Trump no solo no le importa la OTAN; le importa mucho la UE, porque la ve como un rival económico e ideológico a vencer. El «5%» no le impedirá librar una guerra económica contra la UE ni interferir en nuestra política interna para apoyar a la extrema derecha. Tampoco lo impulsará a aflojar sus vínculos con Putin.
Un porcentaje para la independencia
Mucho más importante que el juego de porcentajes, y la verdadera respuesta para superar la disyuntiva, es elegir un nuevo rol estratégico para Europa. Debemos considerarnos un polo dentro de un mundo multipolar, al mismo nivel que Estados Unidos, Rusia y China, y dotarnos urgentemente de la capacidad de decidir y actuar con autonomía en los ámbitos político, económico y militar. Una vez que nuestros líderes políticos y militares lo asimilen, comprenderán que, de hecho, no existe ninguna disyuntiva; que no debemos temer ser abandonados, sino defender nuestros propios intereses. Y es que por el momento, a diferencia de todos los demás, somos el único actor clave que se convence sistemáticamente a sí mismo de que es más débil de lo que es.
Conozco el argumento de que Europa no puede defenderse sin Estados Unidos. Mi respuesta: es imposible, hasta que sea necesario, y entonces lo haremos. ¿O alguien está considerando simplemente rendirnos? Obviamente, en nuestro estado actual de fragmentación y falta de preparación, cualquier guerra sería muy costosa. Ganaríamos, incluso contra Rusia, pero a un enorme coste en vidas, material y puede que incluso territorio. Por eso, decidir quiénes somos realmente es solo el punto de partida de un esfuerzo urgente para crear un paquete completo de fuerzas que pueda ganar cualquier guerra a un precio mucho más aceptable. En última instancia, si es necesario, debemos ser capaces de defender Europa y estabilizar su periferia sin requerir la ayuda de ni un solo soldado estadounidense.
Así que sí tenemos que aumentar nuestro gasto en defensa. Pero al mismo tiempo debemos basar nuestro compromiso en lo que necesitamos para disuadir o defendernos de cualquier agresión contra nosotros. No en una cifra que Trump simplemente se inventó y que carece de base. Además, debemos ser muy cautelosos, pues muy pronto muchas voces dejarán de distinguir entre el 3,5% y el 1,5%, y esperan el gasto básico en defensa pase a ser del 5% del PIB. La verdadera clave, no obstante, pasa por destinar una parte significativa de los recursos adicionales a adquirir aquellos recursos estratégicos que nos darán autonomía militar y pondrán fin a nuestra dependencia de Estados Unidos.
Atlántico
Lo realmente extraño es que Europa se haya acomodado con las décadas en esta dependencia, a pesar de que la OTAN es una Alianza trasatlántica y de que, por lo tanto, existe literalmente un océano entre Estados Unidos y Europa. En el fondo, incluso el atlantista más convencido dudaba de si, en una guerra total, Estados Unidos realmente arriesgaría su territorio y su gente para salvar a los europeos. Que nos hayamos vuelto tan completamente dependientes de Estados Unidos, a pesar de esto, es una clara señal de nuestra falta de estrategia. Si ahora solo pensamos en cómo apaciguar a Trump, seguiremos dependiendo para siempre de una gran potencia que nos ve como un actor cada vez meno relevante. Es hora de una iniciativa estratégica europea.
Nota del editor
El presente artículo fue publicado originalmente en la web de Egmont – Royal Institute for International Relations de Bélgica.
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