Los últimos días han estado protagonizados por Estados Unidos, Israel e Irán, diseñadores y objetivo, respectivamente, de la operación «Epic Fury». España, a diferencia de muchos otros de sus principales aliados, se ha posicionado abiertamente en contra del ataque a Irán, llegando al extremo de negar a los Estados Unidos el uso de las bases compartidas para operar desde allí, entre otros, aviones de reabastecimiento en vuelo. Esta decisión, que puede explicarse de varias maneras, abre la enésima crisis entre el Ejecutivo español y el norteamericano, a la espera de ver en qué forma se dan las represalias estadounidenses. Ahora bien, el problema no estriba en que España, como país soberano que es, decida romper con sus aliados o adoptar cualquier tipo de orientación exterior que podamos imaginar, sino en si lo que podría llegar a ser un suicidio estratégico es o no la consecuencia de una deliberación pausada y de estudiar con detenimiento la posición, imperativos, capacidades y objetivos del país.
La operación «Epic Fury», lanzada por Estados Unidos e Israel tras concluir, después de varios encuentros diplomáticos, que Irán estaba decidido tanto a dotarse de armamento nuclear, como a enfrentarse a una guerra larga como mejor opción para la supervivencia del régimen, ha abierto la caja de Pandora en Oriente Medio. La forma en que ha tenido lugar el ataque inicial, dirigido directamente a por la cúpula iraní, que no ha sobrevivido al envite (lo que habla sobre las capacidades de inteligencia de ambos aliados) y la respuesta del régimen chií, que ha elegido un nuevo triunvirato para gobernar el país, abren numerosos interrogantes acerca de los planes de uno y otro de cara al futuro. Al parecer, Estados Unidos esperaba que después de acabar con Jamenei y sus allegados, y tras unos días de bombardeos, el nuevo Gobierno iraní accediese a conversaciones.
Por el momento no parece ser así, lo que habla de cierto grado de improvisación por parte de unos EE. UU. que podrían verse obligados a una guerra mucho más larga de lo esperado. Además, las represalias iraníes han afectado ya a Emiratos Árabes Unidos, Chipre, Catar, Arabia Saudita o Baréin, algunos de los cuales podrían entrar en el conflicto. Por otra parte, Israel parece estar aprovechando la situación para lanzar también ataques en Líbano contra Hezbolá, uno de los tentáculos de Irán, tras atisbar la posibilidad de lanzar un nuevo (y difícilmente definitivo) golpe a la organización.
En mitad de este enorme jaleo, el Gobierno de España ha llamado al respeto al derecho internacional, un mensaje, todo hay que decirlo, bastante añejo en un mundo de competición entre grandes potencias que, en sus estrategias de seguridad, son capaces de hablar abiertamente del final de esos «tiempos felices». Además, ha prohibido a Estados Unidos utiliza la base de Rota, apoyo clave a las operaciones aéreas de la USAF y la US Navy, lo que ha obligado a Estados Unidos a redirigir sus aparatos hacia otras latitudes, como el Reino Unido. Eleva así un punto más el enfrentamiento con los Estados Unidos de Trump, a los que ha criticado en numerosas ocasiones y cuya exigencia de elevar el gasto en defensa hasta el 3,5+1,5% no acata, afirmando que puede lograr los objetivos marcados con una cifra muy inferior.
Por supuesto, es de esperar que la decisión del Gobierno español tenga consecuencias de algún tipo. Podrían ser económicas, como ya ha ocurrido anteriormente al hacer que el tráfico marítimo evite puertos españoles. Podrían ser diplomáticas, aumentando el grado de aislamiento de un Ejecutivo que ya tiene notables problemas en el exterior y que es muy mal considerado por muchos de sus aliados, que lo califican de poco fiable. Incluso podrían ser securitarias, reafirmando el viraje de los últimos años en favor de Marruecos, país que consideran una apuesta cada vez más segura como punto de apoyo hacia África y el Mediterráneo y que está desplazando en este sentido a España, con todo lo que ello implica y podría implicar para nuestros intereses. En cualquier caso, llegarán, y es aquí en donde comienzan las preguntas incómodas, que todo español debe hacerse.
Antes de ponernos con ellas, debemos recordar algo que hemos dicho en la entradilla: España es un Estado soberano. Esto no debe olvidarse nunca, pues en un mundo en el que todos defienden sus propios intereses, España debe poder hacer lo mismo, aceptando en su caso las consecuencias, siempre que a su entender le compense. Es decir, que debería resultar indiferente la parte ideológica (OTAN sí, OTAN no / guerra sí, guerra no / EEUU sí, EEUU no), basándose el análisis únicamente en el estudio de la posición geográfica de España, en sus fortalezas y debilidades, en sus intereses y en sus objetivos a corto, medio y largo plazo como país. Es difícil aceptar esto, porque las Redes Sociales y los políticas se dedican a caldear continuamente el ambiente, emponzoñando un debate que debería ser mucho más técnico que ideológico. Y, sin embargo, debería ser así.
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