La nueva declaración conjunta ruso-china: Xi Jinping y Vladímir Putin en busca de un nuevo orden mundial

La declaración conjunta ruso-china no anuncia una alianza militar al estilo de la OTAN, pero sí confirma algo quizá más importante: Moscú y Pekín están cada vez más coordinados en su desafío al orden internacional liderado por Estados Unidos
La declaración conjunta ruso-china no anuncia una alianza militar al estilo de la OTAN, pero sí confirma algo quizá más importante: Moscú y Pekín están cada vez más coordinados en su desafío al orden internacional liderado por Estados Unidos. Imagen: Ejércitos/IA.

La declaración conjunta ruso-china no anuncia una alianza militar al estilo de la OTAN, pero sí confirma algo quizá más importante: Moscú y Pekín están cada vez más coordinados en su desafío al orden internacional liderado por Estados Unidos. No en vano, el documento presentado hace apenas unas horas mezcla las críticas a las sanciones occidentales con la defensa de la multipolaridad y las referencias a Taiwán, Ucrania, Eurasia o el control de armamentos, el espacio y la memoria de la Segunda Guerra Mundial. Todo ello con un mismo objetivo: presentar a Rusia y China como defensores de un mundo más soberano, libre, próspero y estable y menos dominado por Washington. La realidad, sin embargo, es más compleja. China lleva claramente la voz cantante dentro de esta relación, mientras Rusia, debilitada por la guerra de Ucrania y su aislamiento de Occidente, depende cada vez más de Pekín. Aun así, ambos comparten una idea de fondo: quieren limitar el poder político, militar, financiero y tecnológico de Estados Unidos y sus aliados y, aunque no sean capaces de presentar un bloque sin fisuras ni puntos débiles, continúan avanzando en su propósito.

Índice

  • Introducción: algo más que una declaración bilateral
  • Soberanía, multipolaridad y seguridad indivisible
  • Coordinación más profunda sí; alianza simétrica, no
  • Pensando a largo plazo
  • Bibliografía

Introducción: algo más que una declaración bilateral

La declaración conjunta ruso-china publicada tras la visita de Vladímir Putin a Xi Jinping es más que un simple comunicado estratégico. De hecho, podría considerarse más bien como un documento destinado a certificar el alineamiento estratégico entre dos potencias que, no obstante, no son comparables entre sí.

Dicho esto, la importancia de este último escrito reside menos en la novedad de cada una de sus fórmulas (muchas de ellas son viejas conocidas que proceden de declaraciones previas y que se basan en la retórica china sobre la “comunidad de futuro compartido” así como en la crítica rusa al orden occidental imperante) que en el hecho de que reúne todos esos elementos en un mismo texto. Un documento en el que lo mismo se habla de sanciones que de multipolaridad, de Taiwán, de la seguridad euroasiática, se recuerda la Segunda Guerra Mundial, se toca el control de armamentos, se cita la defensa antimisiles, se incluye el espacio ultraterrestre, se hace una referencia a la no proliferación nuclear, armas químicas y biológicas y otros tantos temas, todos ellos relevantes.

Del mismo modo, también es importante el momento en el que llega este documento. Al fin y al cabo, Putin ha llegado a Pekín tras la reciente visita de Donald Trump y en un contexto de prolongación de la guerra de Ucrania, dependencia creciente de Rusia respecto a China y deterioro de los mecanismos clásicos de control de armamentos; algo que afecta las tres potencias, que entre bambalinas intentan negociar algún tipo de acuerdo que evite la ruptura completa de todos los tratados y esquemas previos.

Pekín, en realidad, intenta proyectar una imagen de centralidad diplomática que no se sostiene en la práctica. Es cierto que China conversa con Washington, pero también que no sacrifica su asociación con Moscú, hasta el punto de que recientemente se ha sabido que ha entrenado a dos centenares de militares rusos, parte de los cuales posteriormente han ido a luchar a Ucrania en una guerra que, sin el apoyo chino, Rusia ya habría cerrado tiempo atrás.

El doble juego chino, en realidad, va más allá y también afecta a la propia Rusia. Así, aunque por un lado asistimos a la escenografía de una relación política “sin precedentes”, por otro dicha relación se ve afectada por límites prácticos, materializados en la falta de avances concluyentes en el gasoducto Power of Siberia 2. Estancamiento que, se mire como se mire, es en buena medida consecuencia de una realidad cada vez más obvia: Rusia sólo puede representar un papel secundario dentro de esta asociación, por muchas que sean las ansias del Kremlin (lo que abre la puerta a los Estados Unidos, con quienes intentan llegar a acuerdos al mismo tiempo, en busca de cierto equilibrio).

Explicado esto, el texto del que hablamos sirve en cualquier caso para consolidar una narrativa compartida sobre el orden internacional: Occidente (especialmente los EE. UU.) se aparece a chinos y rusos como una fuente de inestabilidad, de sanciones, de militarización y como un ente en busca de la hegemonía. Es por ello por lo que el texto busca establecer una agenda de coordinación ruso-china en áreas y materias tan sensibles como Eurasia, Taiwán, Naciones Unidas, BRICS, OCS, control de armas o espacio. Por último, en otro esfuerzo que no es nuevo, intenta atraer a lo que suele denominarse como Sur Global a través de un lenguaje que hace hincapié en la soberanía, la no injerencia, el desarrollo y el rechazo a las sanciones unilaterales.

Por el momento resulta muy difícil afirmar que este texto pueda ir mucho más allá de lo que han ido otros anteriores, a pesar de estar mejor articulado. Su alcance real dependerá, en realidad, de la capacidad de Moscú y Pekín para convertir esa convergencia declarativa en instrumentos económicos, militares y diplomáticos sostenibles en el tiempo. Eso sí, sería un error reducir su contenido a mera propaganda, aunque sólo sea porque codifica una visión coherente, competitiva y cada vez más institucionalizada del orden mundial. O de un orden mundial concreto, incipiente y desiderativo, que no es lo mismo.

https://www.revistaejercitos.com/focus/la-crisis-del-new-start-y-la-disuasion-multiinestable/

Soberanía, multipolaridad y seguridad indivisible

Después de la introducción, toca pasar al meollo del texto. En él, Rusia y China describen el mundo como un sistema en desorden, marcado por conflictos locales, rivalidad geopolítica, crisis de gobernanza y un evidente y creciente deterioro de la seguridad. Frente a ello, se presentan como defensores de la Carta de Naciones Unidas, del multilateralismo y de la igualdad soberana, lo que no deja de ser un tanto maniqueo, pero muy útil a sus intereses, como al de casi todos los que suelen invocar estos temas.

La formulación, como es habitual, es deliberadamente atractiva para países que recelan de las sanciones occidentales, de la condicionalidad política y de las intervenciones militares, cada vez más probables en vista de lo ocurrido en Ucrania, en Irán o en Venezuela. En cualquier caso, el uso ruso-chino de todos estos conceptos es selectivo. Así, texto invoca la soberanía e integridad territoriales en términos generales, pero evita cualquier referencia directa a la invasión de Ucrania. Eso sí, a cambio sí explicita el respaldo ruso al principio de “una sola China” y a la posición de Pekín sobre Taiwán.

En este sentido, no cabe engañarse, las alusiones a la «soberanía» funcionan siempre menos como principio universal que como escudo frente a presiones occidentales y como legitimación de las respectivas esferas de interés. Moscú avala la reclamación china sobre Taiwán mientras que Pekín, sin reconocer formalmente las anexiones rusas en Ucrania, apoya los esfuerzos de Rusia para garantizar su “seguridad”, “estabilidad” e “integridad territorial”. Y lo mismo haría en otros tantos lugares como Georgia o Moldavia, llegado el caso. Han encontrado, pues, una fórmula cuidadosamente ambigua que permite a China sostener su narrativa oficial de respeto al derecho internacional pero sin abandonar a Rusia en su confrontación con Occidente y viceversa.

La segunda capa del documento es eminentemente geoeconómica. La declaración condena sanciones unilaterales, las restricciones secundarias, los aranceles discriminatorios y, por supuesto, pues la cuestión sigue candente a propósito de Rusia, la confiscación de activos soberanos. Todo lo cual, además de a las preocupaciones de Moscú, responde también a la preocupación china por la utilización que hacen los Estados Unidos del dólar como arma, a la imposición de controles a la exportación de determinadas tecnologías (con los semiconductores en primer lugar) y a la posibilidad de que una crisis sobre Taiwán implique la adopción de sanciones secundarias. Eso sí, una vez más hay diferencias, pues si aquí para Moscú la cuestión es casi existencial, para Pekín, es como mucho preventiva. China, por decirlo de alguna forma, observa el precedente ruso como una advertencia sobre la vulnerabilidad de sus propios activos financieros en caso de ruptura estratégica con Estados Unidos y Europa.

La nueva declaración conjunta ruso-china también reserva unas líneas a la ideología. Es por eso por lo que incorpora referencias a proyectos chinos como la Comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad, la Iniciativa de Seguridad Global y la Iniciativa de Civilizaciones Globales. Estas fórmulas no son simples adornos, sino que articulan el vocabulario con el que Pekín intenta sustituir las categorías liberales (derechos humanos, democracia, responsabilidad de proteger, alianzas basadas en valores) por otras que le son más cómodas, centradas en soberanía, desarrollo, diversidad civilizatoria y seguridad “indivisible”. Rusia se suma a este marco porque le ofrece una cobertura conceptual para impugnar el orden euroatlántico, que sigue considerando su principal amenaza. De hecho, la “arquitectura de seguridad euroasiática” propuesta desde Moscú queda en muchos sentidos armonizada con la Iniciativa de Seguridad Global china, ya que en la práctica buscan reducir el margen de actuación de Estados Unidos, la OTAN y sus socios en Eurasia e Indo-Pacífico.

Además de lo anterior, la declaración conjunta ruso-china introduce varias referencias a la Segunda Guerra Mundial, a Núremberg y al Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, así como a la lucha contra el nazismo, el fascismo y el militarismo, en un lenguaje que no es para nada nuevo. Rusia utiliza desde hace años la memoria de la “Gran Guerra Patria” para legitimar su política exterior y desacreditar a Ucrania y a sus apoyos occidentales. China, por su parte, emplea la memoria de la guerra contra Japón para reforzar su posición en Asia Oriental y cuestionar el rearme nipón, que curiosamente está forzado en su mayor parte por el propio auge chino. En este sentido, la declaración fusiona ambas memorias haciendo hasta cierto punto una pirueta, de forma que el orden posterior a 1945 se presenta como ese patrimonio que Rusia y China dicen defender frente a Occidente.

La quinta capa, en muchos sentidos la más interesante, es estratégico-militar. El documento dedica gran atención al tratado New START, a la defensa antimisiles estadounidense, a los misiles de alcance intermedio, a la estabilidad nuclear y a la militarización del espacio. La crítica al proyecto estadounidense “Golden Dome” es un punto central, de hecho. Moscú y Pekín lo presentan como un sistema de alcance global capaz de interceptar misiles en todas las fases de vuelo, incluso antes del lanzamiento y, por tanto, como una enorme amenaza a la estabilidad estratégica. Al fin y al cabo, según razonan, si una potencia cree que puede neutralizar la capacidad de represalia nuclear del adversario mediante defensas antimisiles y ataques preventivos de precisión, su incentivo de cara a lanzar un primer golpe se multiplica a la par que la disuasión se erosiona. Eso sí, al mismo tiempo rusos y chinos quieren limitar la libertad tecnológica y doctrinal de Estados Unidos mientras continúan modernizando sus propios arsenales nucleares, sus misiles hipersónicos, sus capacidades antisatélite y, por supuesto, sus sistemas de defensa aérea y antimisiles. Al menos, eso sí, la declaración defiende un instrumento jurídicamente vinculante contra el emplazamiento de armas en el espacio, que todos los actores entienden ya que será uno de los principales escenarios de la rivalidad estratégica a lo largo de las próximas décadas.

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