En un mundo donde la competición estratégica entre grandes potencias está redefiniendo los equilibrios globales, la Unión Europea se encuentra detenida ante una encrucijada crucial. La necesidad de reforzar su autonomía en materia de defensa, y de hacerlo evitando depender de terceros en el proceso, choca con las limitaciones de su Base Industrial y Tecnológica de la Defensa y con las realidades de la aceleración tecnológica. Además, el riesgo de apostar por lo militar en detrimento de la tecnología civil, actualmente por delante de la primera, amenaza la competitividad económica futura de Europa. Desde la fragmentación de la industria hasta la escasez de capital humano, pasando por la dificultad de consensuar una visión estratégica clara, son muchos los obstáculos a los que se enfrentan los Veintisiete. En las siguientes líneas proponemos medidas concretas: reorientar la inversión hacia tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial y los sistemas no tripulados, consolidar la industria de defensa mediante fusiones estratégicas, fortalecer la cooperación a través de la PESCO y priorizar capacidades específicas que respondan a las amenazas reales. En un contexto de cambio revolucionario en el que la UE se está quedando rezagada frente a otros actores globales, los Estados miembros deben actuar con audacia y pragmatismo para evitar quedar relegados a un papel secundario. Toca, pues, olvidarse de las malas cartas que nos han tocado y romper la baraja.
Índice
- Introducción
- La necesidad de una visión estratégica clara y realista
- Reorganizar la Base Industrial y Tecnológica de la Defensa
- Capital humano: el gran desafío
- Cooperación interestatal: superar las divisiones nacionales
- Equilibrar la inversión en defensa con la competición económica y la autonomía con la razón
- Una revolución sostenida
- Conclusión
Introducción
En la primera parte de este artículo, analizamos cómo la Unión Europea se enfrenta a un escenario estratégico complejo, donde la necesidad de incrementar la inversión en defensa choca con las limitaciones estructurales de su Base Industrial y Tecnológica de la Defensa (BITDE), así como con la aceleración tecnológica que está redefiniendo las dinámicas militares globales, acortando los plazos de desarrollo e implementación.
También se destacó la creciente influencia de los gigantes tecnológicos civiles en el ámbito de la defensa, especialmente en los Estados Unidos, y cómo esto podría relegar a las empresas tradicionales del sector a un segundo plano, tanto en América como en Europa.
Por último, se plantearon una serie de medidas generales para que la UE pueda adaptarse a este entorno, desde una mejor comprensión de los cambios tecnológicos hasta una reorganización de su industria de defensa.
En esta segunda parte, profundizaremos en estas ideas, explorando cómo la UE podría abordar los desafíos específicos que enfrenta en términos de capacidades militares, capital humano, cooperación interestatal y adaptación tecnológica. También examinaremos cómo el bloque podría equilibrar la necesidad de aumentar su autonomía estratégica con la realidad de un mundo donde la competición económica y tecnológica es tan crucial como la militar. Lo más importante, propondremos medidas concretas para fortalecer la BITD europea, incrementar la capacidad de generación de fuerzas haciendo de paso que estas sean más efectivas y sostenibles, permitiendo reposicionar a la UE como un actor relevante en el escenario global, evitando de paso caer en la trampa de una carrera armamentística insostenible.
La necesidad de una visión estratégica clara y realista
Uno de los mayores obstáculos para la UE en su búsqueda de autonomía estratégica es la falta de una visión clara y consensuada sobre su rol en el escenario global. La «Brújula Estratégica» de 2022, aunque un paso en la dirección correcta, adolece de objetivos excesivamente ambiciosos y difusos, lo que refleja una desconexión entre las aspiraciones de la UE y sus capacidades reales. En un contexto donde los recursos son limitados y la aceleración tecnológica exige decisiones rápidas y certeras, así como acortar plazos, la UE debe priorizar sus esfuerzos en áreas donde pueda marcar la diferencia.
Definir un área de interés estratégica
La UE no puede aspirar a ser un actor global con el mismo alcance que Estados Unidos o China. A pesar del lenguaje oficial de Bruselas, la realidad de unos recursos proporcionalmente menguantes y la marcada falta de voluntad de muchos Estados miembros, son factores demasiado poderosos como para seguir haciendo oídos sordos a la realidad que conllevan.
Su área de interés estratégico debe centrarse en su vecindad inmediata: Europa del Este, el Mediterráneo, el Sahel y, en menor medida, el Indo-Pacífico, donde los intereses económicos y de seguridad son significativos. pero no prioritarios. Esto implica aceptar que la UE no necesita un espectro completo de capacidades militares a pesar de lo que muchos defienden, sino un conjunto limitado pero altamente efectivo de herramientas para disuadir amenazas específicas, como un ataque estratégico subnuclear o una agresión híbrida en sus fronteras.
Por ejemplo, la amenaza rusa en Europa del Este requiere capacidades como sistemas antiaéreos avanzados, misiles de largo alcance y defensas antidron, más que grandes ejércitos mecanizados pensados para guerras de maniobra convencionales.
En el Mediterráneo, la prioridad debería ser la seguridad marítima, así como contar con una capacidad de proyección potente, pero limitada en relación con el número de grupos de desembarco disponibles o el de grupos de combate configurados en torno a portaaviones que les den protección. Además, en el caso específico del Sahel, la UE necesita fuerzas ligeras y flexibles, apoyadas por inteligencia avanzada y drones y la capacidad de proyectar una fuerza bien protegida, teniendo en cuenta que los drones de bajo coste constituyen hoy una amenaza un orden de magnitud superior a la que en su día implicaron los IEDs.
Priorizar las capacidades sobre las plataformas
Como se mencionó en la primera parte, la obsesión por grandes plataformas, como los carros de combate de nueva generación o los cazas de sexta generación, puede ser contraproducente. He hecho, ya lo está siendo. Es el sistema de sistemas lo que debe ser desarrollado, priorizando la masa barata y la fungibilidad sobre las plataformas, lo que implica redirigir e incentivar a una industria que busca rentabilizar lo que ya produce y sabe hacer en lugar de innovar.
La UE debe centrarse en capacidades que maximicen el retorno de la inversión, como la guerra electrónica, los sistemas de mando y control basados en inteligencia artificial (IA), y las plataformas no tripuladas de bajo costo pero alta letalidad. La guerra de Ucrania ha demostrado que los drones FPV y los sistemas de artillería guiada por satélite son más efectivos en ciertos contextos que los carros de combate, cuyo coste de adquisición y mantenimiento es prohibitivo.
Esto no significa abandonar por completo las plataformas tradicionales, sino reevaluar su rol en un entorno donde la «guerra mosaico» -la integración de múltiples sistemas pequeños y distribuidos- está ganando relevancia. Por ejemplo, en lugar de invertir en un hipotético «Leopard 3», en el que ya se traba, la UE debería desarrollar sistemas mucho menos ambiciosos pero modulares, que combinen drones, sensores y armas de precisión, integrados en una red de mando y control robusta.
Reorganizar la Base Industrial y Tecnológica de la Defensa
La BITD europea es uno de los principales cuellos de botella a la hora de lograr una autonomía estratégica real (que no tiene demasiado que ver con la fabulada que sólo existe en la cabeza de ciertos burócratas de la «EU Bubble«). A pesar de contar con empresas de prestigio como Airbus, Leonardo, Thales o PGZ, la industria de defensa europea está fragmentada, son numerosas las duplicidades entre los Estados miembros y sigue siendo la tónica la incapacidad para generar economías de escala.
Y pese a ello, muchas empresas europeas siguen siendo demasiado pequeñas para competir con los gigantes estadounidenses o para responder a las necesidades de producción masiva que exige un conflicto de alta intensidad, lo que obliga a tomar medidas en distintas direcciones.
Fomentar las fusiones y la consolidación, pero sin demasiado ímpetu
Como se señaló en la primera parte, la «Última Cena» de 1993 en Estados Unidos llevó a una consolidación masiva de la industria de defensa, dando lugar a gigantes como Lockheed Martin o Boeing. La UE necesita un proceso similar, pero adaptado a su realidad política y a los tiempos que corren, muy diferentes a los posteriores a la caída del Muro de Berlín.
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