El 3 de enero de 2026, la Operación Absolute Resolve culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, marcando todo un hito. Más allá de su incuestionable éxito táctico, esta misión militar ha redefinido en buena medida la integración tecnológica en las operaciones multidominio contemporáneas. Mediante una sincronización perfecta de maniobras cinéticas tradicionales, guerra electrónica y ciberataques, las fuerzas estadounidenses lograron neutralizar los sofisticados sistemas de defensa aérea venezolanos levantando un inexpugnable muro de ruido electrónico. Sin embargo, el factor verdaderamente disruptivo de la campaña radica en la revolucionaria integración del modelo fundacional de inteligencia artificial Claude dentro de los flujos analíticos y de decisión estratégica. ¿Cómo logró el aparato de defensa estadounidense asimilar una IA de origen civil para orquestar complejas operaciones en redes clasificadas?. ¿Qué consecuencias operativas y doctrinales derivan de la tensión latente entre los gigantes tecnológicos y el estamento militar?. Descubre la anatomía de esta operación pionera, las claves de la superioridad algorítmica norteamericana y las lecciones que de ello se derivan.
Índice
- Introducción: la Operación Absolute Resolve en el contexto estratégico
- Dominio del Espectro y Superioridad en el Ciberespacio
- Preparación del entorno: desde la inteligencia del espectro y penetración de redes hasta el resultado final
- El apagón de Caracas a debate
- Lecciones doctrinales de Absolute Resolve
- El futuro de las operaciones multidominio: la inteligencia artificial
- De modelo fundacional a capacidad militar: la integración de Claude en el ecosistema de defensa estadounidense
- Conclusión
- Bibliografía
- Notas
Introducción: la Operación Absolute Resolve en el contexto estratégico
El 3 de enero de 2026, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos llevaron a cabo en Caracas la operación Absolute Resolve, cuyo objetivo fue la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro. Más allá de su impacto político inmediato, la operación ha sido interpretada por numerosos analistas como un punto de inflexión en la integración de capacidades tecnológicas avanzadas en campañas militares contemporáneas.
La operación combinó maniobras cinéticas tradicionales (ataques aéreos de precisión sobre instalaciones militares y la inserción de fuerzas especiales) con una arquitectura de soporte multidominio que incluía capacidades avanzadas de cibercomando y guerra electrónica, destinadas a la neutralización de los sistemas de mando y control (C2) venezolanos. Concretamente, a la degradación simultánea de los sistemas de radar y comunicaciones.
Resulta innegable que la operación fue un éxito táctico, pues permitió la captura de un objetivo de alto valor político y alcanzó un impacto considerable. No obstante, lo realmente disruptivo y que distingue a Absolute Resolve de precedentes históricos previos son las informaciones que sugieren la posible utilización de modelos fundacionales de inteligencia artificial en los procesos analíticos asociados a la misión.
La operación no se basó simplemente en el empleo de herramientas digitales o de sistemas automatizados especializados, algo ya habitual en entornos militares, sino en la integración de un modelo de inteligencia artificial de uso comercial, originalmente diseñado para usos civiles, en los flujos de trabajo de la operación.
Precisamente la convergencia entre éxito operativo, impacto simbólico y transformación tecnológica ha convertido la operación en un caso de estudio clave para comprender la evolución de los conflictos. O, dicho de otro modo, Absolute Resolve no destaca únicamente por lo que logró, sino por cómo lo logró.
Aunque los detalles precisos de cómo Estados Unidos emplearon la inteligencia artificial y cuál fue el alcance funcional de ésta aún permanecen bajo estricta confidencialidad gubernamental, el episodio ha redefinido las expectativas y preguntas sobre el rol que la IA puede llegar a alcanzar en los procesos de toma de decisiones estratégicas.
Dada la magnitud del precedente y sus implicaciones para el futuro de las operaciones militares, el presente artículo se propone realizar un análisis de la misión, abordando en primera instancia cómo se desarrolló desde un punto de vista de guerra electrónica, para posteriormente observar el posible uso y alcance que Claude habría podido tener en la operación (Reuters, 2026).
Dado que la niebla de la guerra todavía no se ha disipado, trataremos de distinguir entre los hechos supuestamente corroborados y las hipótesis razonables sobre el alcance funcional que pudo llegar a tener la inteligencia artificial en Absolute Resolve.
Dominio del Espectro y Superioridad en el Ciberespacio
Con la información que ha ido trascendiendo en los meses posteriores a la operación, puede sostenerse que la ejecución de Absolute Resolve constituye un caso ilustrativo de la evolución doctrinal en el empleo integrado de las Actividades Ciber-Electromagnéticas (Cyber Electromagnetic Activities, CEMA), reflejando cómo la doctrina militar contemporánea de Estados Unidos y la OTAN parece ir abandonando la tradicional separación entre el empleo de capacidades cibernéticas y el control del espectro electromagnético en la planificación y conducción de operaciones militares.
En este sentido, ambos dominios parecen haber convergido hacia un mismo entorno operativo en el que la manipulación del espectro electromagnético, la intrusión en redes digitales y la degradación de sensores forman parte de una estrategia integrada orientada a negar al adversario la capacidad de percibir, decidir y coordinar sus fuerzas.
Precisamente, un síntoma de esta convergencia lo encontramos en la creación de una Célula de Efectos No Cinéticos (“non‑kinetic effects cell”) dentro del Estado Mayor Conjunto estadounidense (Joint Staff), impulsada por el general Dan Caine, presidente del Joint Chiefs of Staff, cuyo objetivo es integrar y sincronizar las capacidades cibernéticas, espaciales y de guerra electrónica en la planificación operativa desde las fases iniciales del proceso de decisión.
A diferencia de modelos anteriores, donde los especialistas en ciberseguridad operaban en estructuras relativamente aisladas, este enfoque ha conseguido incorporar a los operadores ciber y del espectro electromagnéticco dentro del núcleo de la planificación militar, permitiendo que los efectos no cinéticos sean diseñados y coordinados de forma simultánea con las acciones cinéticas (Harper, 2026).
En la operación Absolute Resolve se refleja de forma clara esta innovación en la concepción operacional, ya que, mientras las aeronaves de asalto estadounidenses se iban aproximando a territorio venezolano, se activaban las capas superpuestas de efectos proporcionados por el U.S. Cyber Command y el U.S. Space Command, destinadas a degradar la conciencia situacional del adversario, creando así un corredor operativo seguro para la fuerza de ataque.
El objetivo no era destruir físicamente las defensas venezolanas, sino neutralizar temporalmente su capacidad de detección y coordinación, permitiendo que la fuerza operara en un espacio aéreo teóricamente defendido (Atlamazoglou, 2026). Este planteamiento se ajusta a las doctrinas operativas contemporáneas de supresión de defensas aéreas enemigas (Suppression of Enemy Air Defenses, SEAD) y, en su caso, de destrucción de defensas aéreas enemigas (Destruction of Enemy Air Defenses, DEAD), que en la actualidad amplían su alcance mediante la integración de operaciones en el espectro electromagnético (Electromagnetic Spectrum Operations, EMSO) y capacidades cibernéticas –complementando así el enfoque tradicional basado en la neutralización física de radares, baterías de misiles y nodos de mando mediante munición de precisión.
Preparación del entorno: desde la inteligencia del espectro y penetración de redes hasta el resultado final
La integración doctrinal de las capacidades ciber-electromagnéticas estadounidenses sólo adquiere pleno significado cuando se analiza su aplicación práctica en el campo operativo.
En el caso de Absolute Resolve, la neutralización temporal de las defensas venezolanas no fue el resultado de una acción puntual la noche del 3 de enero, sino la culminación de un proceso prolongado de preparación del entorno operativo. Un proceso de meses que combinó inteligencia del espectro electromagnético, penetración de redes digitales y análisis detallado de la arquitectura de defensa aérea del adversario, para alcanzar un conocimiento preciso de las defensas venezolanas, sus redes digitales y de su arquitectura electromagnética (frecuencias radar, enlaces de comunicaciones, nodos de mando y sensores).
Para comprender la relevancia de estas actividades de inteligencia y preparación del entorno, es necesario considerar la lógica de funcionamiento de los sistemas integrados de defensa aérea (Integrated Air Defense Systems, IADS). Estos sistemas combinan sensores de vigilancia, radares de adquisición y seguimiento, baterías de misiles superficie-aire, centros de mando y control y redes de comunicaciones que permiten coordinar la detección, identificación y neutralización de amenazas aéreas. Cuando funcionan de forma integrada, los IADS crean una arquitectura defensiva escalonada capaz de detectar aeronaves a gran distancia y asignar rápidamente interceptores o misiles a los objetivos identificados.
Sin embargo, su elevada dependencia de redes de comunicaciones, enlaces de datos y sensores electromagnéticos también los convierte en sistemas especialmente vulnerables a operaciones dirigidas contra el espectro electromagnético y el ciberespacio, donde la degradación temporal de sensores o nodos de mando puede desorganizar el conjunto del sistema sin necesidad de destruir físicamente sus componentes (Mattes, 2021).
Venezuela poseía uno de los sistemas de defensa aérea integrados (Integrated Air Defense System, IADS) más sofisticados de América Latina, basado principalmente en tecnología rusa y china, cuyo inventario incluía sistemas de largo alcance S-300VM, misiles de alcance medio Buk-M2E, radares chinos JY-27A y miles de sistemas portátiles de defensa aérea (MANPADS).Sin embargo, la noche del 3 de enero, esta red de defensa resultó completamente ineficaz ante la superioridad electromagnética de EE.UU.
La vigilancia persistente de plataformas furtivas como el RQ-170 Sentinel, que operaron desde instalaciones estadounidenses en Puerto Rico, recopilando emisiones electromagnéticas procedentes de los radares venezolanos (incluidos los sistemas S-300VM, Buk-M2E y los radares chinos JY-27A) permitió a las fuerzas estadounidenses identificar patrones de funcionamiento, patrones de radiación y posibles brechas en la cobertura radar generadas por la geografía montañosa del área de Caracas. En términos operativos, esto permitió a las fuerzas estadounidenses la capacidad de identificar “valles de sombra electromagnética”, donde las emisiones de radar eran menos eficaces y podían ser explotadas por aeronaves de inserción que emplearan técnicas de vuelo a baja cota (nap-of-the-earth).
A las 02:01 hora local del 3 de enero de 2026, la fuerza de asalto comenzó su incursión. La complejidad de esta fase no puede subestimarse: según diversas estimaciones, más de 150 aeronaves lanzadas desde 20 bases diferentes en el hemisferio occidental tuvieron que coordinarse en tiempo y espacio para converger sobre un objetivo único.
El núcleo de la campaña de guerra electrónica fue proporcionado por el EA-18G Growler, la principal plataforma de ataque electrónico de la Armada de Estados Unidos. Un avión diseñado específicamente para detectar, localizar y degradar sistemas electrónicos, incluyendo radares de defensa aérea y redes de comunicaciones militares. Sus sensores pueden identificar emisiones de radiofrecuencia enemigas y responder mediante interferencia dirigida, saturando los receptores adversarios o introduciendo señales falsas en los sistemas de detección
Durante el transcurso de Absolute Resolve, los Growler habrían operado sobre el espacio aéreo venezolano creando corredores de interferencia electromagnética destinados a degradar la capacidad de detección del sistema de defensa aérea. Estas interferencias generaban ruido en los receptores venezolanos, permitiendo el tránsito de bombarderos B-1B, cazas F-22 y F-35, así como de los helicópteros encargados de la inserción de Delta Force, mientras que los radares S-300VM y Buk-M2 encontraban dificultades para discriminar entre las señales reales y el ruido electromagnético introducido artificialmente (Luberisse, 2026).
Según diversos analistas militares, el éxito de la inserción dependió en gran medida de la capacidad del equipo de guerra electrónica para enmascarar la firma electromagnética de la formación de ataque dentro del ruido de fondo generado por un entorno urbano densamente poblado como Caracas, dificultando así la identificación de los vectores de aproximación por parte de los operadores venezolanos (Lyons-Burt, 2026).
Los helicópteros MH-60M Black Hawk y MH-47G Chinook del 160th Special Operations Aviation Regiment (SOAR) fueron los encargados de transportar a los operadores de Delta Force, así como a agentes del FBI y la DEA. Para evitar una detección prematura, estas aeronaves mantuvieron un estricto control de emisiones (EMCON) y volaron a altitudes inferiores a los 100 pies sobre el nivel del mar, lo que les permitió permanecer por debajo del horizonte de radar de las estaciones costeras venezolanas. Paralelamente, el uso de comunicaciones de baja probabilidad de detección (Low Probability of Detection, LPD) redujo aún más el riesgo de interceptación electrónica durante la fase de aproximación.
Una vez que la fuerza llegó al recinto de Maduro sin ser detectada, sorprendió a la unidad de seguridad presidencial venezolana, que se vio incapaz de utilizar sus radios portátiles para solicitar refuerzos de las unidades militares cercanas estacionadas en Fuerte Tiuna.
Algunas fuentes describen las capacidades de guerra electrónica desplegadas por Estados Unidos como un “muro de ruido electrónico” que inundó el espectro local, impidiendo que los sensores de radar y los sistemas de mando y control venezolanos transmitieran datos de forma coherente entre los distintos componentes del sistema de defensa aérea. Como resultado, las comunicaciones quedaron fragmentadas en nodos aislados, dificultando la coordinación entre los radares de origen chino y las baterías de misiles de fabricación rusa que conformaban el sistema de defensa aérea venezolano (Singh, 2026; Luberisse, 2026).
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