Operación «Epic Fury»: análisis inicial

EE. UU. e Israel atacan el corazón de Irán

Los cazabombarderos embarcados estadounidenses han tenido un papel fundamental durante las primeras fases de la operación "Epic Fury"
Los cazabombarderos embarcados estadounidenses han tenido un papel fundamental durante las primeras fases de la operación "Epic Fury". Imagen: CENTCOM.

El 28 de febrero de 2026, la geopolítica de Oriente Próximo se vio sacudida con el inicio de una ofensiva decisiva por parte de EE. UU. e Israel contra el régimen teocrático iraní: la operación «Epic Fury». Este análisis estratégico desglosa cómo, tras el fracaso diplomático posterior a la Guerra de los Doce Días, las Fuerzas Armadas de ambos países ejecutaron un ataque preventivo destinado a neutralizar la amenaza nuclear iraní, pero también con la ambición de cambiar el régimen teocrático por la vía de la fuerza. Este artículo detalla la profunda infiltración de inteligencia que permitió descabezar a la cúpula del régimen en Teherán, incluyendo al Líder Supremo, y examina la desesperada respuesta de Irán mediante la operación «Promesa Verdadera 4». Se exploran, también, los errores de cálculo que llevaron a Teherán a atacar a naciones neutrales y aliadas del Golfo, como Omán y Emiratos Árabes, precipitando un aislamiento todavía mayor. A través de un estudio pormenorizado de las tácticas de guerra electrónica y las fases del conflicto, este documento ofrece una visión esencial sobre el posible fin de la era de los ayatolás y la reconfiguración de la política y la seguridad regionales, en un área clave del globo.

Índice

  • Introducción
  • ¿Para fabricar un arma nuclear?
  • Inicio del ataque
  • Esquema del ataque

    • Fase 0
    • Fase 1
    • Fase 2

  • La respuesta de Irán
  • Conclusiones

Introducción

La Guerra de los Doce días (12-24 de junio del 2025) iniciada por Israel y apoyada por los EE. UU, parece en retrospectiva un aviso que las autoridades iraníes no captaron en toda su amplitud y profundidad.  Debieron pensar que la dinámica sería como en el pasado, donde Israel tendría y apoyo más o menos limitado, o deficiente, por parte de los Estados Unidos.  Sin embargo, las acciones de los EE. UU en esa guerra decían lo contrario.

Con relación a Occidente (se quiera o no judeocristiano y grecolatino) Israel es al siglo XXI lo que el Estado Cruzado al siglo XI, sin que esto implique ningún tipo de mitificación o adulación. Simplificando mucho, Israel, como aquel estado medieval, es el tapón que sella una botella agitada de vino espumoso que se llama Oriente Próximo. Si eliminamos el tapón, el contenido se desparramará violentamente. Lo prudente para Occidente, desde el punto de vista geopolítico, es por tanto mantener el mantener el tapón y conseguir que la botella deje de agitarse. En opinión de quien escribe, los «Acuerdos de Abraham», impulsados por la primera Administración Trump, tenían como objetivo evitar que la botella de Oriente Próximo se agitara. Ahora bien, como es lógico no todos los actores implicados estaban de acuerdo con el estado de cosas perseguido por Washington, especialmente el Régimen iraní, obsesionado con la destrucción de Israel y, también, con conseguir unificar al mundo chií desde Irán al Mediterráneo.

Irán, financiando, alentando y utilizando a los grupos terroristas gazatíes, volvió a agitar de forma frenética la región con el ataque terrorista contra Israel en octubre de 2023. Un error de cálculo de quienes, probablemente convencidos de su propia propaganda aviesa, no calcularon bien al tener el juicio nublado.  La acción de ese 7 de octubre de 2025 fue excesiva, olvidando que Alá, que todo lo oye, todo lo ve, no ama a los que se exceden[1] (Corán 2:190). La situación fue difícil y pese a los apoyos a la acción terrorista de los grupos armados del «Partido de Alá» (Hezbolá) del Líbano, del gobierno alauí de Siria, la tibieza de la administración Biden y seguidores en el mundo, la ambición de Turquía en esta botella agitada, y el asombro de la Monarquías del Golfo (casi siempre calculadoras a largo plazo, con visión estratégica), todo se malogró para la potencia chií. Gaza se consumió en una guerra urbana que, como todas, es bárbaramente destructiva; las capacidades de Hezbolá quedaron enormemente reducidas, como nunca; la Siria alauí dejó de existir y de la mano de la Turquía suní, el chiismo quedó neutralizado en el Levante Islámico. Iraq, pese a la mayoría chií sigue sin estar, abiertamente, bajo la acción iraní. Irán vio como sus logros estratégicos para llegar al Mediterráneo, pacientemente elaborados desde hace casi medio siglo, quedaron deshechos.

Pero el Régimen de los ayatolás siguió en su empeño, centrándose en la búsqueda del arma nuclear, como única solución ante la incapacidad bélica convencional demostrada con la «guerra de salvas[2]» del junio de 2025 (Guerra de los 12 Días).

Tras la guerra de junio de 2025, parece que Israel, y la nueva Administración estadounidense capitaneada por Trump no cayeron en los errores del pasado. Buscaron una solución diplomática, probablemente pensando en que las autoridades iraníes harían un correcto análisis de la realidad geopolítica y la relación de poder militar tras la referida guerra de los Doce Días.  No obstante, a juzgar por las declaraciones, parecía evidente que Irán no era consciente de la realidad, de forma que volvió a su táctica negociadora de la búsqueda de energía nuclear pacífica, y a la esgrima de un derecho internacional ya pulverizado por Putin en febrero de 2022, con la evidente idea de ganar tiempo…

https://twitter.com/SoarAtlas/status/2029799805120401905?s=20

¿Para un fabricar un arma nuclear?

Seguramente no, al menos a corto plazo, pues después de los ataques de junio de 2025, sus capacidades necesitaban aún meses para recuperarse. Quizás en su desesperación pretendieron llegar hasta finales de marzo, momento en que probablemente tendría en orbita varios satélites más con el apoyo de Rusia[3].

Los iraníes podrían haber alcanzado este último objetivo con lograr dilatar las negociaciones nucleares apenas unas semanas, ganando tiempo suficiente para disponer de un numero de satélites aceptables con el que tener al segundo las coordenadas de distintas unidades navales -con la vista puesta en los portaviones estadounidenses-. Todo de forma que, con un numero adecuado de misiles balísticos, pudiesen intentar con alguna garantía de éxito el hundimiento, incluso el simple alcance,  de uno de ellos; de conseguirlo esta podría haberse convertido en una victoria cognitiva de tal alcance que recuperarían el prestigio en el mundo chií, el miedo del mundo suní y que podría incluso suponer el final de la administración Trump.

La lógica nos dice que el contrario, especialmente los EE. UU, no iba a esperar a mediados o finales de marzo para que los iraníes tuvieran esas capacidades. Por eso se fijó un plazo, probablemente ante la desesperación de Israel, conocedor de primera mano de las posibilidades iraníes y el enorme riesgo que implicaba la demora de un ataque preventivo. Terminado el diplomático y arriesgado plazo, el ataque era inminente, sobre todo por parte hebrea, con toda seguridad el actor que tiene más barrunte del campo adversario que ningún otro.

El ataque parece que se demoró solo unas horas para conseguir la máxima oportunidad de eliminar al mayor número de objetivos humanos de gran valor.  

https://twitter.com/REjercitos/status/2027655022767468908?s=20

Inicio del ataque

Los primeros ataques tuvieron lugar durante las horas iniciales del sábado 28 de febrero, primer día laborable de la semana en la República islámica de Irán. Para algunos de los funcionarios del régimen, después de una noche tensa de vigilia y expectación ante un muy posible ataque que al final se materializó, quizás cuando ya se pensaba que no se efectuaría; para otros, tras el desayuno especial, antes de la salida del sol, con el que se inicia el ayuno diario del noveno mes del calendario islámico, el mes de Ramadan. 

En Israel el ataque se realizó a las primeras horas del día de descanso, el sábado («sabbat») el séptimo día de la semana, con la inmensa mayoría de la población en sus casas, cerca de los refugios antiaéreos de los edificios residenciales o de los refugios públicos.

Estos dos detalles, por si solos, nos obligan a pensar que el día y la hora estaban pensados con antelación. De hecho, el retraso final, de apenas unas horas, podría haber sido para dar tiempo a que se llevase a cabo una reunión en el puesto de mando subterráneo del complejo de gobernación del líder supremo, lo que a la postre supuso la eliminación de un número seguramente mayor del esperado entre los miembros de la cúpula del Régimen, en una única acción. Lo que, por otra parte, es un indicio claro de la notable penetración de la inteligencia israelí, quizás también estadounidense, en la cúpula iraní.

Por otra parte, la complejidad de la operación combinada[4] aérea de  Israel y Estados Unidos, obliga a una coordinación extraordinaria y precisa entre todos los elementos participantes como, por ejemplo, los de guerra electrónica contra los pocos satélites iraníes[5], los de adquisición de objetivos por parte de Israel y los Estados Unidos y los de evaluación de esas acciones de ataque, para reiterar, o no, esfuerzos. Pensemos en la coordinación necesaria de las acciones de los satélites, de los misiles de crucero[6], de las unidades navales o de los aviones de ataque que parten de Israel y de las bases y de los grupos de ataque de portaaviones estadounidenses. Movimientos que precisan además de repostaje aéreo desde los aviones cisterna KC-130H y KC-707 (Re’em) israelíes[7] y los KC-46 (Pegasus) estadounidenses, el reposicionamiento de los mismos efectuadas semanas antes, el movimiento de repuestos, municiones y otros abastos necesarios para las unidades aéreas estadounidense y el refuerzos de las defensas antiaéreas de las bases estadounidenses en la región, que han supuesto unos transportes aéreos importantes con el empleo de numerosos aviones de gran porte como los C-5 y los C-17.

A propósito, en fuentes abiertas, durante la mañana del 28 de febrero se pudo observar como 14 KC-46 (Pegasus) despegaban del aeropuerto de Ben Gurión, primero en dirección sur para después cambiar el rumbo hacia el este, con toda probabilidad hacia diferentes áreas de repostaje de aviones israelíes. Esos medios pueden reabastecer a unas 14 escuadrillas. Ese solo movimiento de los 14 KC-46 (Pegasus) es un indicio claro de la participación, quizás, de casi un centenar de aviones.

Suscríbete para seguir leyendo

¿Ya eres miembro? Inicia sesión

2 Comments

Leave a Reply