La guerra de Ucrania ha puesto sobre la mesa una realidad incómoda para cualquier ejército moderno: la ventaja militar ya no depende solo de tener mejores sistemas, sino de ser capaz de adaptarlos antes de que el adversario los neutralice. Ese es el núcleo de este artículo, que analiza cómo drones, sensores, software, guerra electrónica, producción industrial y procedimientos tácticos entran hoy en ciclos de cambio tan rápidos que la obsolescencia puede llegar dentro de la misma campaña, y no entre una guerra y la siguiente. A partir de la idea de latencia adaptativa, entendida como el tiempo que transcurre entre detectar un problema y desplegar una respuesta útil, el autor muestra que la clave no está en copiar el último invento del frente, sino en construir organizaciones capaces de aprender, decidir, producir, integrar y escalar con más rapidez que el enemigo. Ucrania y Rusia aparecen así no solo como contendientes militares, sino más bien como arquitecturas dedicadas a la adaptación y enfrentadas entre sí, cada una con sus fortalezas y límites. El resultado es una reflexión de gran calado sobre innovación, industria, adquisición, doctrina y aprendizaje institucional, con una conclusión especialmente pertinente y dura para la Unión Europea y sus Estados Miembros: en la guerra acelerada del presente no basta con innovar; hay que hacerlo antes de que la ventana de oportunidad se cierre.
Índice
- Introducción
- La obsolescencia ya no espera a la siguiente guerra
- Aceleración, asincronía e hipercomplejidad
- Tres dinámicas de adaptación en la guerra de Ucrania
- FPV, guerra electrónica y fibra óptica: la ventaja perecedera
- La adaptación rusa: copiar, institucionalizar y escalar
- Brave1 y DOT-Chain: comprimir la distancia institucional
- Rendimiento adaptativo, latencia y ventanas de ventaja operativa
- Por qué Europa puede innovar y llegar tarde
- Conclusiones
- Bibliografía
Introducción
Durante unos meses, modificar una frecuencia podía devolver la utilidad a un dron degradado por la guerra electrónica. La ventaja duraba poco. En cuanto el adversario ajustaba sus equipos, aquella solución perdía eficacia y obligaba a ensayar otra respuesta. Ninguna era definitiva. Cada una abría una ventana temporal, suficiente para alterar las condiciones del combate hasta que una nueva contramedida volvía a cerrarla.
Esta secuencia, repetida en el frente ruso-ucraniano con drones, sensores, software, fuegos o logística, revela algo más profundo que la difusión tecnológica. La obsolescencia ya no tiene por qué esperar a la siguiente guerra. Puede aparecer dentro de una misma campaña e, incluso, antes de que el procedimiento burocrático destinado a corregirla haya entregado una solución.
Este artículo sostiene que la ventaja militar depende crecientemente de la relación entre dos tiempos. El primero es la latencia adaptativa o el intervalo existente entre la identificación de un problema y la generación y difusión de una respuesta en el campo de batalla. El segundo es la ventana de ventaja operativa o el periodo durante el cual esa respuesta proporciona una superioridad relevante antes de ser imitada, neutralizada o superada. Existe ventaja adaptativa cuando la organización completa el primer proceso antes de que el adversario cierre el segundo.
Partiendo del marco de aceleración, hipercomplejidad y microinnovación desarrollado por Christian Villanueva (2026), el artículo interpreta la guerra de Ucrania como una competición entre arquitecturas rivales de aprendizaje, producción e integración. La principal lección para Europa no consiste en querer copiar el último gadget observado en el frente, sino en aprender a cambiar sin fragmentarse, escalar sin congelarse y adaptarse antes de llegar tarde.

La obsolescencia ya no espera a la siguiente guerra
Durante buena parte de la Era Industrial, muchos cambios militares seguían secuencias relativamente reconocibles. Una tecnología alcanzaba suficiente madurez; alguna organización la combinaba con nuevas doctrinas, estructuras y métodos de empleo; y el resto trataba después de imitarla o neutralizarla. Incluso en etapas de cambios disruptivos, los ciclos de diseño, producción y asimilación se medían en años (Colom-Piella, 2008). La guerra aceleraba la innovación, pero muchas soluciones conservaban una utilidad suficiente para estabilizarse, escalar y producir efectos acumulativos. El carro de combate, la radio, el radar o el portaaviones evolucionaron con rapidez dentro de marcos industriales y organizativos que todavía permitían distinguir entre una generación, una doctrina y la siguiente (Murray y Millett, 1996; Rosen, 1991).
Ese supuesto resulta hoy menos seguro. La guerra de Ucrania ha convertido numerosos ámbitos del combate en una sucesión casi continua de medidas, contramedidas y contradaptaciones. Sistemas, tácticas, técnicas y procedimientos que inicialmente proporcionaban una ventaja a uno de los contendientes han sido degradados, modificados y nuevamente contestados dentro de la misma campaña. No estamos ante la victoria definitiva de una tecnología sobre otra, sino ante una competición circular en la que cada solución altera temporalmente el problema que pretendía resolver (Fasana, 2025; Watling y Reynolds, 2025).
Esta dinámica obliga a revisar la forma tradicional de extraer lecciones de los conflictos. Identificar qué sistema funciona, incorporarlo a una lista y trasladarlo a un programa de modernización sigue siendo necesario, pero ha dejado de ser suficiente. Cuando concluye la adquisición, puede haber cambiado la amenaza. El riesgo no consiste únicamente en comprar tarde, sino en adquirir una respuesta estática para un problema móvil y descubrir que su ventana de ventaja operativa se cerró durante el proceso.
La experiencia ucraniana también desmiente la asociación automática entre innovación y superioridad tecnológica. Muchas de las soluciones que más han influido en el frente no nacieron de grandes programas ni incorporaban tecnologías radicalmente nuevas. Su valor procedía de la combinación de componentes comerciales, software accesible, fabricación distribuida, conocimiento directo del combate y una tolerancia al fallo difícilmente imaginable en tiempos de paz. En sentido contrario, algunos sistemas occidentales técnicamente excelentes han encontrado límites derivados de su coste, disponibilidad, dependencia logística, dificultad de reparación, arquitectura cerrada o escasa capacidad de modificación. Como recuerda Jordán (2014a), la innovación militar no equivale a adoptar una tecnología, sino a desarrollar nuevas formas de combatir o de integrar conceptos y medios. Exige combinar tecnología, doctrina, organización, personal e industria hasta producir una ventaja operativa sostenible (Colom-Piella, 2008, 2016, 2024).
Esta distinción es relevante porque las fuerzas armadas occidentales continúan evaluando la modernización mediante categorías heredadas de tiempos de paz: prestaciones, costes, niveles de madurez, requisitos, créditos y calendarios de entrega. Todo ello seguirá siendo imprescindible. Sin embargo, estas variables dicen poco acerca de la capacidad para modificar un sistema después de desplegarlo, introducir una nueva biblioteca de firmas, sustituir un componente, actualizar el software, difundir una táctica, técnica o procedimiento o aumentar la producción antes de que la solución pierda relevancia. Una fuerza puede poseer material extraordinario y aprender con lentitud. También puede poseer un tupido ecosistema de demostradores, aceleradoras y prototipos y fracasar, pese a ello, cuando intenta convertirlos en capacidad militar.
La pregunta relevante no es qué tecnología dominará la próxima guerra, cuestión probablemente irresoluble, sino qué condiciones permiten a una organización detectar, seleccionar, producir, integrar y volver a modificar una solución antes que su adversario. No se trata de glorificar la improvisación, sino de asumir que, en un entorno acelerado, la adaptación deja de ser una corrección ocasional y se convierte en una función permanente de la fuerza.
Aceleración, asincronía e hipercomplejidad
El debate sobre las Revoluciones Militares y la Revolución en los Asuntos Militares intentó identificar los momentos en que la convergencia entre tecnología, doctrina y organización alteraba profundamente la conducción de la guerra. Su utilidad fue indudable, pero su éxito terminó debilitándolo. El concepto se amplió hasta que casi cualquier novedad podía calificarse de revolucionaria y todo documento de transformación parecía anunciar una ruptura histórica. La proliferación de etiquetas – guerra en red, multidominio, algorítmica o cognitiva – ha consolidado una paradoja: cuando todo es disruptivo, la disrupción deja de distinguir entre mejora incremental, adaptación táctica y transformación sistémica. La literatura sobre innovación lleva tiempo advirtiendo que el cambio militar depende tanto de la cultura, la difusión, la competencia burocrática y el aprendizaje como de la tecnología disponible (Adamsky, 2010; Farrell y Terriff, 2002; Grissom, 2006; Horowitz, 2010).
Christian Villanueva (2026) propone abordar este problema mediante cuatro ideas relacionadas: información, complejidad, equilibrio puntuado y aceleración. La innovación no seguiría una trayectoria lineal, sino una sucesión de periodos de acumulación y relativa estasis interrumpidos por fases de cambio intenso. En los primeros proliferan microinnovaciones técnicas, doctrinales u organizativas – muchas de ellas surgidas desde abajo – que aumentan la eficiencia sin alterar necesariamente la dirección del sistema. En determinados momentos, su acumulación e interacción generan propiedades nuevas y cambios de mayor alcance. La aceleración científica y técnica comprime, además, la distancia entre invención, aplicación y difusión, acortando progresivamente los intervalos de estabilidad. Esta lectura complementa la idea de Jordán (2014b) de que las innovaciones militares son procesos prolongados y reconocibles por fases, aunque en el entorno actual esas fases tiendan a solaparse y comprimirse.
La guerra de Ucrania constituye un laboratorio especialmente fértil para esta interpretación. No demuestra que estemos ante una nueva Revolución en los Asuntos Militares; tampoco que la artillería, la maniobra, la protección o la masa hayan dejado de importar. Lo que sí muestra es una extraordinaria sucesión de microinnovaciones. Ambos contendientes alteran cargas, frecuencias, antenas, algoritmos, firmas, procedimientos, técnicas y relaciones con sus bases industriales. Muchas de estas modificaciones tienen una vida breve, pero su acumulación está cambiando la forma de observar, atacar, proteger, sostener y mandar la fuerza. En algunos nichos, innovar ya no es una actividad separada del combate: forma parte de su ejecución cotidiana.
Ahora bien, la aceleración no significa que todo cambie al mismo ritmo. El software puede actualizarse en horas o días; la configuración de un dron, en semanas; una táctica, en meses; una doctrina formal, en años; una plataforma compleja, en décadas; y una cultura profesional, todavía más lentamente. La aceleración tecnológica no sincroniza estos procesos, sino que amplía la distancia entre ellos. El campo de batalla se mueve a una velocidad, la industria a otra, los ciclos de obtención de grandes programas a una tercera y la institución a una cuarta. El resultado no es una fuerza uniformemente rápida, sino un sistema atravesado por asincronías. El enfoque de los tres horizontes empleado por Jordán (2021) resulta útil para visualizar esta superposición: la organización debe sostener las capacidades del presente, gestionar la transición y explorar el futuro sin permitir que ninguno de esos ritmos bloquee a los demás.
Esa convivencia de velocidades explica buena parte de la hipercomplejidad. Un sistema no es complejo únicamente porque contenga muchos elementos, sino porque sus interacciones producen efectos que no pueden deducirse observando cada componente por separado. Añadir un sensor puede mejorar la conciencia situacional y, simultáneamente, aumentar la firma electromagnética, el tráfico de datos, la carga cognitiva y la dependencia de la red. Incorporar un nuevo dron puede reforzar el reconocimiento de una compañía y multiplicar baterías, repuestos, frecuencias y necesidades formativas. Digitalizar una cadena de fuegos puede acelerar la transmisión de blancos y crear nuevas vulnerabilidades. Ahí reside la trampa descrita por Villanueva: la superioridad informativa puede degenerar en saturación; la conectividad, en fragilidad; y la precisión, en una cadena de dependencias que el adversario tratará de romper. El reto no consiste en renunciar a la complejidad, sino en conservar la capacidad de comprender, reconfigurar y sostener el sistema.
Aquí aparece una paradoja central: cuanto más rápida es la innovación local, mayor puede ser la fragmentación del conjunto. La variedad genera soluciones, pero también incompatibilidades; la descentralización acerca al usuario y al desarrollador, aunque multiplica estándares y dependencias. Acelerar sin arquitectura puede reducir la latencia de una unidad mientras aumenta la del sistema.
La adaptación militar exige mantener en tensión cuatro funciones. La variación genera alternativas; la selección descarta las fallidas; la estandarización permite difundir y sostener las útiles; y la modularidad evita que esa estandarización congele el sistema. Una organización que solo varía se fragmenta; una que selecciona mal despilfarra; una que no estandariza carece de escala; y una que congela demasiado pronto fabrica su propia obsolescencia.
Las “organizaciones proteicas” planteadas por Villanueva ofrecen una metáfora sugerente para este problema: estructuras capaces de reconfigurarse según la misión y el entorno. Pero una orgánica proteica no puede confundirse con una organización desorganizada, ni una doctrina adaptable con la ausencia de doctrina. Las fuerzas armadas necesitan lenguaje compartido, interoperabilidad, disciplina, responsabilidades y procedimientos suficientemente estables para actuar bajo presión. La cuestión no es elegir entre rigidez y liquidez, sino determinar qué debe permanecer estable y qué tiene que poder cambiar. La finalidad estratégica, los principios de empleo, la seguridad, las interfaces y la arquitectura general pueden requerir continuidad; las configuraciones, aplicaciones, cargas, frecuencias, agrupamientos y tácticas deben admitir modificaciones mucho más rápidas.
Tres dinámicas de adaptación en la guerra de Ucrania
Afirmar que la guerra obliga a adaptarse con rapidez corre el riesgo de convertirse en una obviedad. Todos los ejércitos aprenden de algún modo, todas las campañas generan modificaciones y ninguna organización desea llegar tarde. Para que el argumento sea útil hay que observar dónde se acumula la latencia, cómo se reduce y qué costes introduce. La guerra de Ucrania permite observar tres dinámicas distintas: una predominantemente técnico-táctica, otra organizativo-industrial y una tercera institucional. Consideradas conjuntamente, muestran que la adaptación no termina cuando aparece una solución, sino cuando esta atraviesa la organización y alcanza el combate mientras todavía conserva ventaja.
FPV, guerra electrónica y fibra óptica: la ventaja perecedera
La expansión de los drones de vista en primera persona (First Person View – FPV) constituye el ejemplo más visible. Su importancia no deriva únicamente del bajo coste o de la precisión que ofrecen a pequeñas unidades, sino de combinar componentes comerciales, conocimiento artesanal, empleo táctico descentralizado y modificaciones frecuentes. Como ha señalado Juan Luis Chulilla en numerosas ocasiones, un FPV puede cambiar de carga, cámara, antena, frecuencia o sistema de control sin necesidad de rediseñar una plataforma completa. Esta modularidad imperfecta, basada más en la disponibilidad de componentes comerciales que en estándares formales, permite a operadores y talleres responder con rapidez a problemas concretos.
La guerra electrónica fue cerrando muchas de esas ventanas. Cuando un enlace quedaba interferido, se cambiaban bandas, antenas, potencias y procedimientos. Los sistemas de detección obligaban a alejar a los pilotos, reducir o proteger emisiones, emplear repetidores o automatizar algunas fases del vuelo. La degradación de la navegación impulsó soluciones basadas en visión, referencias inerciales o inteligencia artificial. Los drones guiados mediante fibra óptica eliminaron la dependencia del enlace radioeléctrico durante la aproximación, pero introdujeron peso, restricciones de maniobra, huella logística y nuevas vulnerabilidades. A su vez, redes, barreras, armas ligeras, interceptores y tácticas de ocultación trataron de reducir su eficacia. El ciclo no se cerró: simplemente adoptó otra forma (Fasana, 2025; Watling y Reynolds, 2025).
Lo relevante no es determinar qué tecnología terminará imponiéndose, porque no existe un desenlace técnico separado de la acción enemiga. La ventaja surge de una relación temporal. Una configuración puede ser inferior en términos absolutos y resultar más útil si llega al frente mientras la vulnerabilidad permanece abierta. Otra puede ofrecer prestaciones muy superiores y perder todo interés si requiere tantos meses de validación que el adversario modifica su defensa antes del despliegue. En este contexto, la capacidad de actualización forma parte de la calidad militar del sistema, porque determina durante cuánto tiempo conserva su ventaja operativa.
La evolución de los FPV también expone la paradoja adaptativa. La diversidad permite encontrar configuraciones adecuadas para sectores distintos, pero multiplica repuestos, firmware, baterías y necesidades formativas. El taller cercano al frente puede resolver el problema de una compañía y agravar el del sistema logístico. Imponer prematuramente un modelo único tampoco ofrece una solución: facilitaría la adaptación enemiga y amplificaría cualquier interrupción de suministro. Se necesita una arquitectura capaz de preservar la variedad útil, eliminar soluciones deficientes y sustituir componentes sin reconstruir el conjunto.
La experiencia ucraniana sugiere, en consecuencia, que el verdadero sistema de armas no es el dron. Es el ecosistema formado por operador, diseñador, fabricante, proveedor, software, datos de empleo, procedimiento de compra y capacidad de modificación. Cuando una de esas relaciones se rompe, la plataforma pierde buena parte de su valor. Varias empresas occidentales que ofrecieron equipos cerrados, costosos o difíciles de adaptar comprobaron que una especificación excelente no compensaba la distancia respecto al usuario. Como explica Tollast (2025), la flexibilidad y modularidad de buena parte del ecosistema ucraniano han facilitado funciones diversas y ciclos rápidos de adaptación, aunque a costa de fragmentación y de una acusada dependencia de las cadenas de suministro asiáticas.
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