Más allá de la guerra de trincheras: la lucha por la supervivencia en un campo de batalla transparente

Cómo la transparencia del campo de batalla y los drones están obligando a los ejércitos a luchar bajo tierra

Soldado saliendo de una posición defensiva subterránea
Soldado saliendo de una posición defensiva subterránea. La guerra de trincheras, a pesar de lo que puedan sugerir algunas imágenes, está cambiando rápidamente. Imagen: Estado Mayor de Ucrania.

La extrema letalidad del campo de batalla moderno, impulsada por la ubicuidad de los drones y el alto desarrollo de los sistemas de reconocimiento-fuego, ha forzado una transición desde la guerra de maniobras hacia la guerra de posiciones. Las trincheras clásicas a cielo abierto, en las que cientos de infantes se agolpaban en condiciones insalubres, han quedado obsoletas. Por el contrario, en la guerra actual la supervivencia se logra a través de la dispersión, exigiendo la construcción de auténticas redes de posiciones defensivas, excavadas profundamente y con cubiertas robustas. Las instalaciones críticas, como los Puestos de Mando, los depósitos de suministros o municiones o incluso los puestos para los operadores de drones se entierran también a varios metros bajo la superficie, empleando a menudo módulos prefabricados o reconvirtiendo infraestructuras preexistentes. Además, la gestión rigurosa de las firmas electromagnéticas ha dejado de ser algo deseable para convertirse en una prioridad. Pese a todo, los cambios que estamos observando no son más que la antesala de un futuro en el que las posiciones defensivas serán un conjunto de nodos inteligentes, dispersos y autónomos, conformando una red que hará uso intensivo del camuflaje multiespectral, la modularidad y la posibilidad de producir secciones in situ, la guerra electrónica y la sensorización.

Índice

  • Índice
  • Introducción: la guerra de trincheras desde 2014
  • De la guerra de maniobras a la guerra de posiciones

    • ¿Restaurar el movimiento?

  • Puestos de mando: un cambio de paradigma

    • Adaptaciones ucranianas
    • Adaptaciones rusas

  • El futuro previsible
  • Conclusiones
  • Anexo: los sótanos de Azovstal
  • Bibliografía

Introducción: la guerra de trincheras desde 2014

El conflicto en Ucrania, desde que Rusia lanzara la guerra del Dombás en 2014, ha demostrado una y otra vez que las trincheras, las posiciones fortificadas bajo tierra y la guerra subterránea son elementos cruciales para la supervivencia y el éxito militar; una verdad que no ha hecho sino confirmarse desde entonces, con un papel cada vez más destacado no sólo en Ucrania, sino también en muchos otros puntos del globo, como ocurre con Oriente Medio.

La necesidad de protegerse bajo tierra, el principio de «cavar o morir», sin duda se estableció mucho antes de la invasión a gran escala de 2022, sentando las bases para el tipo de guerra posicional y de desgaste que dominaría el campo de batalla desde entonces. Una tendencia que lejos de remitir ha ido a más, como demuestran la apuesta por cubrir completamente las trincheras y los escasos testimonios gráficos en los que podemos ver la complejidad y grado de desarrollo alcanzado por estas, por los puestos de mando y, en general, por las numerosísimas instalaciones subterráneas de todo tipo que salpican el frente y sus inmediaciones, a distancias de hasta varias decenas de kilómetros.

La experiencia de la guerra de trincheras en el Dombás, que comenzó en 2014, cimentó la cultura de la fortificación en la región, especialmente para las Fuerzas Armadas de Ucrania (AFU), que mantuvieron una línea de contacto casi estática durante casi una década. Este conflicto, al que ya dedicamos un extenso artículo en su momento, lejos de ver únicamente la construcción de trincheras al aire libre, fue mucho más allá, dada la presión que ya entonces ejercía la artillería, combinada con drones todavía muy rudimentarios, pero ya capaces de proporcionar datos de tiro a los obuses, morteros y MLRS de una y otra parte.

Conjunto de trincheras con posiciones reforzadas a un lado de la carretera y tras la línea de árboles. Este tipo de posiciones, construidas durante la guerra del Donbás, permitían que en caso de que el enemigo avanzase por la vía o bien tratase de alcanzarla en perpendicular, concentrar una gran potencia de fuego sobre las tropas contrarias. Además, normalmente se sembraban minas en puntos de paso obligado para maximizar el efecto de la emboscada.

Entonces, Ucrania apostó por construir una «gran muralla», compuesta «desde dentro hacia afuera, de una valla con sus puestos de observación y cámaras, una pista de tierra con sensores de presión, un terraplén con aberturas, y en estas, obstáculos contra carros y una valla improvisada». La misma contaba, además, con «con casamatas capaces de aguantar el impacto directo de un obús de 152mm, el máximo calibre de la artillería tradicional rusa». Las trincheras que protegían las vías de comunicación y nodos clave, además, estaban sembradas de «nidos de ametralladoras resguardados por sacos terreros o cajas de munición (morteros o artillería) usadas rellenas de tierra», que eran reforzados por el despliegue de blindados en las inmediaciones, con campos de minas en los alrededores y con precarias posiciones bajo tierra, desde las que se observaba al enemigo con periscopios, tal cual se estilaba durante las guerras mundiales.

En realidad, no había cambiado demasiado. Todavía era un tipo de guerra en el que los drones no permitían lanzar ataques, sino que se utilizaban para la observación, así como en la que los francotiradores, dada la distancia mínima entre las posiciones de ambos bandos, ostentaban un papel protagonista.

Estación de guerra electrónica camuflada a las afueras de Donetsk, construida entre 2014 y 2015. La guerra electrónica jugó ya entonces un importante papel, tanto ofensivo como defensivo. Sin embargo, desde esas fechas la disposición y camuflaje de las posiciones han tenido que mejorar sustancialmente.

La práctica fue más allá del campo abierto, extendiéndose particularmente a ciudades como Avdiívka, que por su posición tan cercana al frente fueron transformándose a lo largo de la década paulatinamente, hasta terminar por ser un conjunto de ruinas, plagadas eso sí de extensas fortificaciones, intercaladas de puestos de mando subterráneos dispersos por toda su geografía. Algo normal, pues ya desde antes de 2022, la doctrina militar rusa recogía para sus infantes la obligación de excavar inmediatamente una vez llegados a una posición estática. Y dado que la obligación era también la de mejorar la posición siempre que fuese posible, en poco tiempo lo que era un agujero en el suelo parapetado por una montaña de escombros terminaba por ser una posición mucho más sólida, apuntalada por troncos de árboles o incluso reforzada por bloques de hormigón prefabricados, si se encontraba el adecuado apoyo de ingenieros.

Es más, en los primeros compases de la invasión rusa a gran escala, los ucranianos no sólo recurrieron a este tipo de posiciones, sino que emplearon toda una variedad de instalaciones que, convenientemente reconvertidas, se demostraron muy útiles, incluyendo:

  • Refugios de la Guerra Fría militares y civiles reutilizados: A lo largo de la guerra se han reconvertido túneles, búnkeres, sótanos reforzados y refugios de defensa civil de la era de la Guerra Fría, dotándolos de infraestructura de comunicaciones, al tiempo que adecuándolos a sus nuevas funciones.

  • Sistemas urbanos subterráneos: Los últimos casi cuatro años de conflicto han sido testigos del uso de instalaciones mineras, túneles, sistemas de alcantarillado, redes de metro (en el caso de Kiev) y numerosos sótanos para, en muchos casos comunicándolos entre sí, disponer de redes de fortificaciones resilientes, prácticamente ciudades subterráneas en algunos casos.

  • Instalaciones industriales: Si bien el caso más conocido es el de los sótanos de la planta siderúrgica Azovstal de Mariúpol, la guerra ha dejado muchos ejemplos de minas, túneles y refugios industriales convertidos en depósitos de suministros, puestos de mando o instalaciones médicas.

  • Steel Bunkers: Mención aparte merecen otros tipos de refugios utilizados con profusión, como las estructuras modulares de protección prefabricadas que desde 2022 comenzó a suministrar la empresa Metinvest, bajo la iniciativa denominada Steel Front, impulsada por el magnate Rinat Akhmetov. En este caso concreto, se trata de refugios prefabricados de láminas corrugadas de acero, adaptados para su uso como puntos de estabilización subterráneos u hospitales subterráneos, entre otras funciones. Diseños que se han ido perfeccionando y adaptando a nuevas funciones y que están equipadas con ventilación, suministro de agua, drenaje y sistemas integrados de Guerra Electrónica.

En resumen, para cuando Rusia inició su invasión, Ucrania disponía ya de suficientes mimbres como para, llegado el caso, hacer una rápida transición hacia una guerra de trincheras con un importante papel de las instalaciones subterráneas; algo que terminaría por suceder con el paso del tiempo, aunque como veremos, de forma desigual.

Colocación de dos «barriles» fabricados por la empresa Metinvest. Como puede verse, son estructuras prefabricadas en láminas corrugadas, que se sitúan a una profundidad variable y que por su versatilidad, permiten cumplir con funciones muy diferentes.

De la guerra de maniobras a la guerra de posiciones

Al inicio de la invasión, el uso de la infraestructura subterránea existente fue fundamental para la continuidad del poder político en Ucrania, teniendo por tanto un papel estratégico. También para la resistencia a nivel táctico. En el primer caso, a pesar de los numerosos lanzamientos de misiles por parte de Rusia en las primeras horas de la campaña, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pudo seguir trabajando con seguridad desde el interior de un búnker de la era soviética situado en el subsuelo de Kiev, previniendo el vacío de poder que podría haberse producido de trasladarse a otra localidad o al exterior. Es más, el hecho de que permaneciese en la capital, llegando a aparecer en directo durante las primeras noches para desmentir los bulos rusos que pretendían convencer a los ucranianos de que el presidente había abandonado el país, se demostró fundamental.

A partir de ahí, mientras tácticas como la inundación deliberada del río Irpin, lograda al detonar parte de una presa, servían para crear una barrera fluvial que permitiría detener el avance ruso desde el aeropuerto de Hostomel hacia al noroeste de la capital, los numerosos búnkeres y sótanos de Kiev permitieron reforzar el dispositivo defensivo de la principal ciudad ucraniana. Recordemos que durante un periodo de varios días, la posibilidad de tener que combatir calle por calle fue más que real, aunque finalmente no fue necesario llegar a tal extremo dado el varapalo sufrido por una Rusia cuyas líneas logísticas estaban totalmente sobre extendidas y cuyos BTGs (Grupo Táctico de Batallón) estaban siendo destrozados en carreteras y caminos.

Ejemplo de utilización de distintos sótanos en ambiente urbano. Fuente: US TRADOC.

El ejemplo más notorio de guerra subterránea y de empleo de instalaciones preexistentes para la defensiva en las fases iniciales de la guerra lo encontramos sin duda en Mariúpol. Allí, la red de túneles que conectaba la infraestructura industrial de la planta de acero de Azovstal se convirtió en un activo importante para los defensores ucranianos. Hasta el punto de que la dificultad de llevar a cabo operaciones subterráneas llevó al presidente ruso, Vladimir Putin, a cancelar el asalto planeado a la planta en abril de 2022, optando por un largo y cruento asedio.

Dejando a un lado Mariúpol, y una vez fracasado el plan de invasión, que resultó en pérdidas masivas de equipos y hombres, Rusia intentó en varias ocasiones operaciones en profundidad, por ejemplo en Izium. Pese a ello, la llegada de armamento moderno a Ucrania, como los HIMARS y el desarrollo que en poco tiempo conoció la drónica, así como la competencia táctica de las AFU permitieron frenar una y otra vez los ataques rusos. Es más, Ucrania incluso pasó a la ofensiva con operaciones como las de Járkov o Jersón, poniendo en un brete a las tropas rusas al norte del Dniéper.

Si bien Rusia logró, gracias a Surovikin y a una combinación de habilidad militar y amenaza de escalada, retirar a sus hombres de la zona, de cara al verano de 2023 la posibilidad de que las AFU lanzasen una gran ofensiva -anunciada a bombo y platillo, en cualquier caso- destinada a liberar el «pasillo terrestre» y Crimea, forzó a Rusia a acometer cambios.

Disposición de las líneas defensivas rusas en lo que se llamó «Línea Surovikin». Fuente: Elaboración propia.

Ante la amenaza de que las nuevas brigadas ucranianas, dotadas de carros de combate y blindados modernos y entrenadas en suelo europeo, pudiesen superar las maltrechas líneas rusas, Surovikin convenció a Putin de la necesidad de una movilización parcial, así como de construir una serie de defensas fijas a lo largo de buena parte del frente, con una densidad inusitada hasta la fecha. La guerra cambió así definitivamente de una guerra de movimientos a otra de posiciones.

Rusia, de cara a este nuevo contexto, construyó un extenso sistema de defensa escalonada, conocida como «Línea Surovikin», que incluía múltiples líneas de trincheras, campos minados mixtos (AT y AP), y «dientes de dragón» (barreras de hormigón). Estas defensas, que se extendieron en algunas zonas hasta 30 kilómetros de profundidad, fueron un factor clave, junto con el apoyo de fuego de artillería masiva, para detener la contraofensiva ucraniana de 2023.

El fracaso de la ofensiva ucraniana, carente de sorpresa, de preparación del terreno, de concentración suficiente de medios y demasiado retrasada en el tiempo, y la batalla de Bakhmut, en la que Rusia intercambió «carne de cañón», asumiendo enormes pérdidas, por tiempo y atención de las AFU, pero también por militares con experiencia y por tanto de alto valor, condujo a la postre a que los ucranianos, que progresivamente se encontrarían en una creciente desventaja material y numérica, apostasen también por la construcción de defensas fijas. Lo hicieron de forma muy desigual, como demostraría con el tiempo lo ocurrido con la caída de Avdíivka, ciudad tras la cual las defensas ucranianas estaban incompletas, lo que permitiría a Rusia avanzar en dirección a Myrhorad y Pokrovsk o el curso del río Vovcha.

Disposición en profundidad de las defensas rusas a lo largo de la «Línea Surovikin». Fuente: Elaboración propia.

Ahora bien, es injusto achacar el cambio de signo de la guerra únicamente a la ineficiencia ucraniana en este ámbito. Lo que los datos nos dicen es que las defensas a cielo abierto, es decir, las trincheras clásicas, fueron progresivamente dejando de ser adecuadas frente a las nuevas tácticas y armas. La llegada de las bombas planeadoras, la capacidad creciente de los drones rusos a la hora de hacer ISR cada vez más al interior de las líneas ucranianas, permitiendo después que las municiones merodeadoras tipo Lancet batiesen a la artillería de las AFU, así como muchas posiciones fijas, o innovaciones tácticas como el empleo de lo que ahora llamamos DRGs (Diversionno-razvedyvatel’nye gruppy o Grupos de Sabotaje y Reconocimiento), surtieron efecto. Por resumirlo al máximo, podemos decir que en Rusia, conscientes de que cualquier intento clásico con preparación artillera (suponía acercar los obuses al frente) y ataques blindados y acorazados, estaba condenado al fracaso, optaron por aprovechar los elementos asimétricos que tenían a mano: drones, bombas planeadoras y biomasa.

Sobre los dos primeros aspectos, ya hemos hablado suficientemente tanto en libros como en artículos en esta misma revista. El tema de la biomasa, requiere alguna explicación breve. En primer lugar, la disponibilidad constante de «carne de cañón» (Rusia lleva tiempo reclutando una media de 30.000 hombres al mes) hizo posible lo que se denominó escarceo continuo (continuous skirmishing), con unidades muy pequeñas (de escuadra a sección) buscando puntos débiles en las defensas ucranianas o identificando posiciones de tiro que luego serían atacadas por tropas especializadas. Además, para transitar la «zona de muerte», de unos 10 o 20 kilómetros hasta la línea de frente, dotaron a sus infantes de quads, motocicletas o incluso patinetes eléctricos, en un movimiento que provocó hilaridad en las redes sociales, pero que en realidad se demostró muy efectivo al hacer cada blanco más móvil, al tiempo que seguía siendo muy poco rentable en comparación con un blindado. Por supuesto, el coste humano para Rusia ha sido enorme, pero no parece que eso sea importante y, de hecho, han sido capaces de mantener el flujo de voluntarios, por el momento sin necesidad de una movilización adicional.

Todo lo anterior, unido a las mejoras en los sistemas de gestión del campo de batalla y, más allá, en el conjunto del sistema de reconocimiento-fuego (un sistema que integra sensores, drones de ataque y sistemas de fuego terrestre (como los Iskander, MLRS…) y aéreos), han hecho que esa «zona de muerte» o «zona de exterminio» no deje de crecer, de forma que a finales de 2025, y con la salvedad de algunos usos puntuales de «tanques tortuga» o «tanques puercoespín», el movimiento de vehículos se considera difícil o imposible en un radio de 15 kilómetros del frente, obligando a los soldados de infantería a marchar a pie entre 10 y 15 kilómetros hasta sus posiciones.

Como resultado directo de esta letalidad, la doctrina de fortificación ha cambiado radicalmente. Las fortificaciones ya no buscan la concentración de tropas, ya que los grandes puntos fuertes para 30 a 100 personas que se veían hasta hace un año se han vuelto extremadamente vulnerables y corren el riesgo de convertirse en trampas mortales. La nueva doctrina se centra en la supervivencia a través de la dispersión, requiriendo redes de posiciones diseñadas para pequeñas unidades tácticas de tres a ocho personas y, en la inmensa mayoría de los casos, excavadas profundamente bajo tierra. Del mismo modo, las defensas urbanas típicas, que antes empleaban edificios altos o instalaciones industriales, como acerías, también han ido quedando en desuso, en tanto prácticamente cualquier edificación puede ser derribada empleando no sólo bombas planeadoras, sino minas contracarro lanzadas desde drones, municiones termobáricas, etc.

Las posiciones defensivas fijas a cielo abierto, para unidades de entidad sección a compañía, como esta situada cerca de Maríinka (47.91175204665612, 37.60199308963893), han ido quedando progresivamente en desuso, dada la imposibilidad de sobrevivir frente a los drones, las bombas planeadoras y las nuevas tácticas de infiltración.

La ingeniería militar ucraniana ha respondido a las nuevas circunstancias, adoptando diseños de baja visibilidad y mucho más fluidos. Por una parte, aprovechando por ejemplo las líneas de árboles para camuflar las posiciones. Por otra, amparándose en la protección que ofrecen «terrikons» (escombreras) y pequeñas colinas naturales, algo que se ha demostrado muy útil en distintos puntos del frente, desde Bilohorivka en el sector de Siversk hasta Toretsk, en donde las dos escombreras (48.38836589398618, 37.830203048360794) al suroeste de la ciudad ganaron merecida fama, permitiendo a los ucranianos aguantar la defensa en la zona durante meses. El uso de minas, por las mismas razones, también ha sido una constante.

Las defensas antes a cielo abierto, en cualquier caso, han dejado de serlo. Ahora, incluso las posiciones más frágiles disponen de una cubierta superior robusta con un mínimo de un metro de tierra compactada, aunque se recomienda para su construcción una profundidad mucho mayor, de forma que el personal pueda comer, dormir y sobrevivir inmune al fuego. Se utiliza la madera de forma extensiva en la construcción, ya que ofrece menos riesgo de fragmentación por la metralla que el hormigón en caso de impacto.

Lo anterior, por otra parte, se ve complementado con el uso de numerosos obstáculos físicos, como densas capas de bobinas metálicas casi invisibles que tienen como función dificultar el uso de motocicletas o buggies, enredándose en sus ruedas y convirtiéndolos en objetivos vulnerables para los drones kamikaze. No olvidemos que las fortificaciones no deben ser un fin en sí mismas, sino que han de integrarse con sistemas de vigilancia y respuesta y un adecuado uso de las reservas, ya que sin ellos, terminan por convertirse en trampas para el personal allí desplegado.

Siguiendo con la transición hacia el empleo de posiciones defensivas y puestos de mando subterráneos, tan común a día de hoy, lo que encontramos al analizar el campo de batalla ucraniano es una profunda adaptación hacia la dispersión y el endurecimiento no sólo en el frente, sino también en la retaguardia. La «zona de exterminio» se ha profundizado hasta 35-40 kilómetros debido al empleo de drones FPV filoguiados con alcances cada vez mayores, al uso táctico de drones de largo alcance tipo Shahed, a la proliferación de FABs con kit UMPK (que se lanzan desde unos kilómetros a retaguardia, para evitar la acción de los cazas y la AA ucraniana) y demás factores. Además, la precisión de los sistemas de ataque, unida a la potencia de fuego de algunos de ellos, ha demostrado que incluso las estructuras reforzadas y subterráneas no son invulnerables, lo que supone una presión añadida para los ingenieros militares, que deben seguir diseñando estructuras más dispersas y construidas a una profundidad creciente.

https://twitter.com/simpatico771/status/1995186998584209446?s=20

Y no se trata sólo de los Puestos de Mando o los refugios para los equipos de drones, en absoluto. El carácter que ha ido tomando la guerra de Ucrania ha obligado a una adaptación crucial en el sostenimiento médico. Debido a la vulnerabilidad de las rutas de evacuación frente a los drones y la práctica de ataques intencionales contra hospitales situados en superficie, Ucrania ha venido desarrollando una red descentralizada de instalaciones médicas subterráneas. Estas estructuras, que utilizan refugios existentes, pero también los famosos «barriles», incluyen puntos de estabilización y triaje e incluso, en algunos casos, son capaces de proporcionar médica de Role 2 (gestión avanzada de trauma y cirugía de emergencia). Esta es, por cierto, una lección crítica que nos deja este conflicto, y de la que están tomando buena nota los servicios médicos de ejércitos como el norteamericano, pues de cara a conflictos de alta intensidad y larga duración, como los que podrían librarse en Indo-Pacífico, será crucial.

La guerra subterránea, de hecho, irá mucho más allá en el futuro, pues la guerra de Ucrania cuenta con particularidades que la hacen difícilmente extrapolable en algunos aspectos. No hay que olvidar que, con la salvedad en fases iniciales de los alrededores de Kiev, Jersón o Járkov, apenas se ha luchado en grandes ciudades, siendo la mayoría de las que han sido escenario de combates urbanos, ciudades medianas o pequeñas.

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