La guerra en Ucrania ha acelerado una redistribución de funciones entre los distintos sistemas de fuegos, afectando particularmente a la artillería convencional o clásica, aquella que se servía de la masa y de una precisión relativa, actuando en su mayor parte por saturación. La Fuerza Aeroespacial rusa hace hoy un uso intensivo de kits UMPK que convierten bombas de caída libre en bombas planeadoras con alcances de entre 70 y 200 kilómetros. Esto les permite golpear desde el exterior de la cobertura antiaérea ucraniana, utilizando para ello cargas explosivas de hasta más de 1.300 kilogramos, lo que deja la precisión en un segundo plano. En paralelo, la proliferación de drones FPV —con un creciente uso de variantes filoguiadas por fibra óptica para eludir la guerra electrónica— ha comprimido los tiempos de contrabatería y ha llevado las armas de precisión con un alcance que ronda ya los 50 kilómetros, al nivel táctico más bajo. Todo lo anterior, aunque no eliminará por completo del campo de batalla ni la artillería de tubo ni los MLRS, sí cambia por completo el reparto de funciones, abriendo una nueva etapa en el paso a un régimen maduro de las armas de precisión.
Índice
- Índice
- Del volumen de fuego al fuego en capas
- Bombas planeadoras: ¿Qué las hace tan atractivas?
- Los drones FPV, un cambio mayor
- El papel de la guerra electrónica en la transición de la artillería al dron y la bomba planeadora
- ¿La desaparición de la artillería?
- Hacia una arquitectura de fuegos más compleja
- Conclusiones
- Bibliografía
Del volumen de fuego al fuego en capas
La artillería más tradicional engloba obuses remolcados y autopropulsados de diferentes calibres (152/155 mm, 122 mm, etc.), junto con los MLRS (HIMARS/GMLRS, BM‑21/30 y derivados). Estos sistemas sirven, en el campo de batalla, para aportar un volumen de fuego sostenido que junto a su alcance y cadencia suman un conjunto muy difícil de igualar. Como hemos podido ver a lo largo de la guerra de Ucrania, especialmente en algunas de sus fases, como las que se vivieron durante los combates por Severodonetsk y Lysychansk, con cifras de disparos diarios medidas en decenas de miles, esta capacidad ha sido muy útil en algunos momentos. No hay que olvidar, que la artillería permitía la interdicción en el caso de las municiones de mayor alcance, el aturdimiento y la dislocación de unidades, atacar objetivos endurecidos, etc.
Sin embargo, en fases más recientes de la guerra de Ucrania se han venido generalizado dos familias de efectores que han reordenado las funciones dentro del campo de batalla: 1) los drones de bajo coste —tanto de control radio como filoguiados— letales en el fuego de contrabatería por su precisión y creciente alcance, con el añadido de la ligereza y la menor exposición en relación con los obuses; 2) las bombas planeadoras, como las de la familia UMPK rusa, que permiten a aviones como los bombarderos tácticos Su‑34 lanzar grandes cargas desde distancias importantes (4 por viaje, por lo general), evitando así en buena medida el riesgo que suponne las defensas antiaéreas.
Los kits UMPK (acrónimo ruso para «módulo unificado de planificación y corrección») agregan alas desplegables y guiado INS+GNSS a bombas “tontas”, en un concepto análogo al JDAM‑ER occidental. La versión UMPK estándar se asocia a alcances de 50–70 km en función de altura y velocidad de lanzamiento, con lo que la plataforma continúa siendo importante, lo que ha conferido de paso una nueva vida a los Su-34, muy criticados y castigados en fases anteriores de la guerra. En cualquier caso, la cosa no termina aquí, la versión de ala ampliada UMPK‑PD eleva el alcance a cifras que rondan el centenar de kilómetros. Además, en tiempos más recientes se han visto variantes propulsadas cuyo alcance doblaría la cifra anterior, 200 km, aunque su madurez y despliegue extensivo están menos documentados y deben tratarse con cautela. Lo que es peor, desde Rusia ya han anunciado sus planes para desplegar a corto plazo variantes de 400 kilómetros de alcance, lo que conferiría a estos ingenios un alcance estratégico.
Por su parte, los FPV han evolucionado en muy pocos años, gracias a los altos ciclos de iteración que está permitiendo esta guerra y a la propia «aceleración» para pasar desde municiones improvisadas a una suerte de “artillería orgánica” de pelotón/compañía. La tendencia a filoguiarlos con fibra óptica permite además sortear el jamming masivo que caracteriza al teatro ucraniano, logrando control y vídeo estables a distancias superiores a los 20 kilómetros (se están probando bovinas de 60 kilómetros), a costa, eso sí, de limitaciones cinemáticas (maniobra, velocidad y radios de giro, entre otras cosas para no dañar el cable).
La consecuencia de ambas tendencias ha sido el paso progresivo a un ecosistema de fuegos en capas mucho más denso y elaborado que hasta ahora. En él: 1) la artillería de tubo conserva el papel de masa y persistencia aunque con cambios, pues la artillería ligera como los montajes soviéticos de 122mm están desapareciendo del campo de batalla; 2) los cazabombarderos y bombarderos tácticos, dotados con bombas tontas con kit UMPK o sus contrapartes occidentales, asume la demolición “stand‑off”, atacando objetivos endurecidos, trincheras, concentraciones, etc. y; 3) los FPV/loitering aportan precisión y masa a distancias que ya igualan a la de la artillería ordinaria, con un coste menor, una capacidad de reacción mucho mayor (aunque sólo sea por el volumen y el doble papel de cada dron como atacante/recolector de información) y una letalidad multiplicada.
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