El entorno geopolítico mundial ha cambiado notablemente en los últimos tiempos. De un mundo inestable y multipolar con múltiples conflictos regionales, hemos pasado en menos de un lustro a un entorno que parecía relegado a los libros de historia, con actores globales de intereses enfrentados y claramente beligerantes y agresivos. Algunos de estos actores han disipado cualquier duda previa convirtiendo los augurios en una flagrante e ilegal agresión a alguno de sus vecinos; es el caso de Rusia, a la que se dejó hacer en Chechenia, Siria, Moldavia, Crimea o el Dombás y que, como suele suceder en estos casos, decidió aprovechar la tibia actitud occidental (debida en gran medida a la dependencia energética de Moscú) para aumentar sus ambiciones.
Índice
- Conceptos sobre estrategia
- El nuevo panorama estratégico
- El enfoque integral de conflictos
- Impacto estratégico de las operaciones militares
- España en el ámbito estratégico
- Mecanismos de gestión de crisis
- Preparando la guerra basada en decisiones
- El Mando de Defensa Estratégica
- Capacidades asociadas
- Reflexiones finales
- Notas
Conceptos sobre estrategia
Desde los tiempos de Sun Tzu, pasando por Clausewitz hasta llegar a André Beaufre (Introducción a la estrategia, 1980) o Bartlett, Holman y Somes (The Art of Strategy and Force Planning, 1995), son multitud los estudiosos que han querido desentrañar las claves universales de la estrategia. Karl von Clausewitz (1780-1831), por ejemplo, define la estrategia como «el arte de emplear las batallas como medio para lograr el objetivo de la guerra», interpretado este objetivo como finalidad postrera de índole política. Igualmente define los tres factores de la nación en armas para el ejercicio de la guerra: la pasión, la voluntad y la razón.
En esta trilogía o trinidad de la guerra el pueblo invoca la pasión, el porqué de acudir a la guerra; el gobierno es la representación de la razón y evoca el para qué (objetivo) de la guerra; y finalmente las fuerzas armadas responderán del cómo, cuándo y dónde ejercerla. Clausewitz así responsabiliza del éxito de la guerra a la convergencia de estos tres factores.

Años después, Helmuth Karl von Moltke (1800-1891) logró una definición de estrategia más cercana al arte operacional y próxima al punto de vista de un soldado, al denominarla como «la adaptación práctica de los medios puestos a disposición de un general al logro del objetivo fijado». Al mismo tiempo define la relación entre el poder político y la cúpula militar como: «La responsabilidad de un comandante militar frente al gobierno por el cual es empleado, aplicando lo más provechosamente posible, al interés de la alta política de la guerra, la fuerza que le es concedida y en el teatro de operaciones que se le asigna».
Tratadistas de la estrategia más recientes, como el general francés André Beaufre, involucran en la misma todos los campos de acción del Estado, comúnmente divididos en militar, económico, diplomático y social, introduciendo en la trinidad de Clausewitz el factor económico. Aunque esto es algo que podemos otorgar a otro gran estratega militar francés de renombre universal, como es Napoleón Bonaparte, cuya frase más célebre cita así: «Se necesitan tres cosas para hacer la guerra: dinero, dinero y más dinero».
Como consecuencia de estos factores se genera una estratificación de la estrategia tanto en plano vertical como horizontal (pirámide de Beaufre) que se inicia en el más alto nivel de decisión del Estado o nivel político; se desarrolla por los diferentes campos de acción antes indicados, incluida la estrategia militar general (que define las pautas de los diferentes elementos componentes de la acción militar: tierra, mar y aire), hasta llegar al nivel operacional, ejecutado por los comandantes en el teatro de operaciones, y finalmente al ejercicio de la táctica.
Estos son principios básicos del pensamiento bélico, pues las guerras las hacen los pueblos y sus líderes, y suelen ejercer como guía para la formación de los profesionales de las armas o incluso de los políticos, estrategas circunstanciales a razón de su cargo. Pero cuando hablamos de pensamiento estratégico no lo hacemos solo sobre conducción de la guerra en los dos escalones más altos (el nivel político está por encima de la estrategia militar propiamente dicha) del poder de decisión; también estamos midiendo la capacidad que tiene una nación para poner todos los recursos de la misma en el ejercicio de la guerra. Esto es algo que definió por primera vez Basil Liddell Hart (célebre historiador y estratega británico, precursor de la guerra acorazada) bajo el término de «Gran Estrategia», para distinguirla de la estrategia militar propiamente dicha.
Cuando hablamos de recursos nos estamos refiriendo a las relaciones internacionales y/o alianzas, materias primas, producción industrial, fortaleza económica y mano de obra, especialmente el personal movilizable o en edad militar. Movilizar un país no es tarea sencilla; a veces conlleva adoptar estatus que limitan la libertad individual de los ciudadanos, suspende temporalmente sus derechos y les recuerda sus obligaciones. Desde la nacionalización del tejido productivo (en manos privadas) al racionamiento de recursos energéticos para impulsar el esfuerzo de guerra. Y, por supuesto, la nación en armas supone dejar de lado los ejércitos profesionales e imponer el reclutamiento masivo de personal en las fuerzas armadas.
Todo esto lo estamos viendo en Europa a raíz del nuevo escenario, aun sin haber entrado en guerra; desde la desconexión energética del potencial enemigo a la reconversión de industrias primarias, como la siderometalúrgica, a la producción de armas y munición (aumentando los stocks de la misma para una guerra larga y cruenta no tenida en cuenta con anterioridad). Pero si algo ha generado controversia es la vuelta a los ejércitos de reemplazo, en este caso como complemento a los contingentes profesionales, estableciendo en varios países un servicio militar bien obligatorio, bien de carácter voluntario. La opción de incrementar los contingentes humanos es una de las capacidades estratégicas más conocidas, pero no es la única.
De hecho, desde el fin de la Guerra Fría, y como causante directo de ello, existe una superioridad notable de las fuerzas OTAN en la mayoría de baremos que miden la capacidad estratégica, como son:
- Capacidad económica e industrial.
- Control de las rutas de abastecimiento marítimas.
- Capacidad de despliegue lejano (transporte estratégico).
- Capacidad de represalia nuclear.
- Dominio electromagnético.
- Superioridad en el ámbito aeroespacial.
Sin embargo, se han detectado carencias en otros dominios cognitivos, como la toma de decisiones, la fortaleza de la acción político-militar entre los socios y el control informativo. Igualmente, dentro de los dominios no físicos, las carencias en ciberseguridad han sido notables, sobre todo si tenemos en cuenta la mayor dependencia de los medios digitales de nuestras sociedades respecto a nuestro enemigo. Los servicios básicos y el control de los mismos mediante redes es hoy una de las principales vulnerabilidades que enfrenta Occidente. Es por ello que actores como Rusia y China han puesto el objetivo en estos elementos para desestabilizar y obtener ventaja en la llamada zona gris, donde los actos agresivos no alcanzan el grado de agresión militar directa, son previos a la guerra y se basan en la función influencia; es decir, lograr que los enemigos no actúen por temor a las consecuencias o lo hagan erróneamente en contra de sus propios intereses.

El nuevo panorama estratégico
El fracaso de las fuerzas armadas rusas en Ucrania ha sorprendido a propios y extraños, mientras la valerosa resistencia ucraniana daba tiempo a las potencias europeas a alinear objetivos e intereses en su favor; con una acción política decidida que ha pasado de la desconexión energética de Rusia a un rearme sin precedentes. Esta actitud choca con la de la administración norteamericana, garante de la seguridad europea durante décadas y orientada desde hace años a otro de los frentes de creciente inestabilidad global, como es el resurgir de China como actor militar y su gran influencia en los mercados económicos y tecnológicos, siendo un fuerte competidor en el mercado de chips electrónicos, redes de comunicación y tecnología aeroespacial.
Esta competencia, disfrazada de problema geopolítico alrededor de la isla de Taiwán, y la creciente influencia de China en algunos de los gobiernos más relevantes de la esfera occidental, pusieron en alerta al Departamento de Estado de EE. UU. y al Pentágono, que lleva años impulsando una nueva carrera de armamentos para permitirse así cierta desconexión de los problemas de Europa; obligándola a hacerse cargo de su propia defensa con acuerdos de inversión sin precedentes y cuyo último exponente es el famoso incremento de gasto en defensa del 2 % pactado en 2016 al 5 % para 2035. Esta decisión, impulsada con firmeza por la administración Trump, unida al deseo personal del presidente norteamericano por poner fin a la guerra de Ucrania como colofón a su mandato, ha provocado malestar en varios gobiernos europeos, que ven a EE. UU. demasiado complaciente y alineado con las tesis de Moscú, sabedores de que las concesiones no son el camino para aplacar a su presidente plenipotenciario, Vladímir Putin.
No ha sido la única fuente de fricción, llegando EE. UU. a amenazar a algunos de sus socios con exigencias absurdas que afectan incluso a su integridad territorial [1], así como la farisea actitud hacia Ucrania, haciéndola responsable por momentos de un conflicto que empezó Rusia sin provocación previa, y queriendo explotar el conflicto con fines económicos; desde forzar acuerdos comerciales abusivos con los recursos naturales de Ucrania (tierras raras) a obligar a Europa a comprar las armas norteamericanas en su esfuerzo de ayuda militar directa (suministro de armamento) al gobierno de Zelensky.
Hasta ahora, el presidente de Ucrania ha sorteado como ha podido las trampas diplomáticas de su inconsistente aliado para forzar un alto el fuego, y ha empezado a mirar a Europa para rehacer su arsenal con importantes contratos, sobre todo de aviones de combate con Francia y Suecia. La egoísta postura norteamericana, recientemente refrendada en la nueva política de seguridad nacional 2025 bajo el lema electoral que aupó al presidente Trump a la Casa Blanca (America First), está teniendo ya un efecto bumerán, despertando cierta reciprocidad en algunos gobiernos europeos, llegando incluso a Bruselas, hostigada dialécticamente por parte del entorno afín al gobierno federal. Tal es así que la UE está impulsando las iniciativas de defensa de sus miembros mediante programas de cooperación, créditos y políticas laxas en cuanto al límite de gasto de sus miembros y su cómputo para cumplir con el pacto de estabilidad presupuestaria y su objetivo de déficit. Es por tanto un aumento del presupuesto no solo encaminado a lograr un refuerzo de la capacidad militar, sino también a incrementar el peso de su industria de armamentos y la independencia de los sistemas de armas norteamericanos, sospechosos de poner trabas a su uso en combate si no responden a los intereses del proveedor.
De esta forma podemos resumir las actuaciones de los países europeos, coordinados a través de la UE y sus organismos de defensa y desarrollo industrial militar, en tres áreas clave que tienen una gran importancia estratégica:
- El impulso a la industria propia y la independencia en el suministro de armas.
- La desconexión energética del antagonista por excelencia de los intereses propios (Rusia).
- El aumento de capacidades y la presencia avanzada en la frontera este de Europa.
Este último paso es el que presenta más aristas, ya que está centrado en la estructura y mecanismo de solidaridad de la OTAN, en gran parte dependientes de EE. UU., como ya tratamos en estas páginas al hablar de la defensa ABM. Igualmente, pocos países han hecho una revisión de capacidades militares que suponga un verdadero aumento de la disuasión y la acción militar. Entre ellas podemos citar:
- El refuerzo de la capacidad nuclear del Reino Unido, que incorpora armas nucleares tácticas de EE. UU. lanzables por cazabombarderos F-35, teóricamente para aumentar su flexibilidad de respuesta y control de una escalada.
- El fortalecimiento de las fuerzas terrestres de Polonia, con una inversión sin precedentes, secundada por el Heer alemán, con gran tradición en el uso y fabricación de sistemas terrestres, claramente influenciado por el objetivo industrial antes citado.
- Una política de incremento de los stocks de consumibles (munición) para afrontar conflictos de alta intensidad y duración, especialmente de proyectiles de artillería, bombas de aviación y misiles de crucero.
- El aumento del poder naval de varios socios con tradición marítima y potentes astilleros, incluido el acceso a buques de propulsión nuclear, especialmente en el caso de Italia [2], pese a no usarlos como vector de armas nucleares (como hacen Francia y Reino Unido), y que tuvo su prólogo con otro socio occidental en el Pacífico, como es Australia y su programa AUKUS.
Este punto es especialmente interesante, pues lejos de ceñirse a su propio entorno estratégico, los países europeos parecen haber llegado a un acuerdo con EE. UU. para compartir las responsabilidades en el frente del Pacífico, un entorno tan lejano para casi todos ellos (solo Francia tiene presencia e interés en esa región por sus posesiones de ultramar) que obliga a revisar sus capacidades estratégicas.
Es curioso que tras el fracaso de Rusia en Ucrania y después de su inoperancia en escenarios como Chechenia, Georgia, Siria o Armenia, y con el tremendo desgaste sufrido por sus fuerzas militares, se estén elaborando planes para combatir la amenaza convencional, obviando las ventajas que se conservan en el más amplio espectro de las capacidades estratégicas. También es cierto que la propia constitución rusa impide poner al país en armas por aventuras exteriores como las citadas, razón por la que el personal de leva ruso (potencialmente enorme) no ha participado en la operación especial, nunca llamada invasión o guerra, de Ucrania. Solo en caso de que la OTAN pusiera a Rusia al borde del abismo en cuanto a su soberanía territorial, esta movilización sería una realidad; pero es evidente que en ese caso no podemos abstraernos de que nuestro enemigo es una potencia nuclear.
No parece que la pérdida masiva de vidas humanas en un campo de batalla sea la solución a dicho conflicto, sino las citadas superioridades en inteligencia (aquí el factor preventivo es fundamental), potencial ofensivo y, sobre todo, en la capacidad defensiva contra ataques estratégicos, sean de origen terrestre, naval o aéreo (tríada nuclear). Al contrario que los regímenes totalitarios, las democracias occidentales no pueden tolerar la reciprocidad; es decir, asumir el mismo número de bajas que el enemigo, aceptar el daño infligido a la población civil o el sacrificio inútil de soldados. Así pues, la capacidad de represalia nuclear no es suficiente, pasando a trabajar en mecanismos para relativizar la amenaza del enemigo, evitando una escalada por la vía de la superioridad en la efectividad de los arsenales y en pos de una posguerra aceptable [3].
La primera aproximación a este concepto llegó de la administración Reagan, que sustituyó la destrucción mutua asegurada por un sistema de defensa estratégica que otorgara superioridad al arsenal nuclear propio y cierta capacidad de supervivencia al apocalipsis. Anunciada en 1983, fue conocida como Iniciativa de Defensa Estratégica o SDI (Strategic Defense Initiative); aunque popularmente se la llamó «Guerra de las galaxias», al basarse en avanzados sistemas de detección por satélite e interceptores espaciales. Esta filosofía fue apoyada por otras doctrinas que habían de conjugar la superioridad numérica de la Unión Soviética en los campos de batalla con tecnología y sistemas de gran poder desequilibrante y que nos han llevado a la situación actual; como las armas stand-off, la supresión de defensas, la superioridad electromagnética, las tecnologías furtivas o las redes de datos (hasta Internet fue en su inicio un programa militar). Estas iniciativas y la certeza por parte de la entonces Unión Soviética de no poder competir en esta nueva carrera de armamentos supuso de facto el colapso de la misma y el fin de la Guerra Fría.
A día de hoy la nunca completada SDI (fue desestimada por la administración Clinton) ha tomado nuevo impulso con la administración Trump, que la ha llamado «Cúpula dorada», mientras su interés por extender su protección a Europa se diluye. Es evidente para el lector que este tipo de carencias no se van a solucionar con una movilización masiva de conscriptos o batiendo trincheras con millones de proyectiles de artillería. Todo lo contrario, Europa debe evitar que los grandes ejércitos y la toma del territorio continental sea un factor estratégico, desterrándolo del ideario de los miembros de la OTAN. Lógicamente, los países limítrofes con Rusia y alguno de sus aliados o proxys, como Bielorrusia, no tienen la misma visión estratégica que Francia, Italia o Reino Unido, centrados en los espacios marítimos lejos del barro y los campos de minas.
No obstante, proteger el territorio aliado y a sus habitantes de las hordas rusas y sus ya habituales crímenes de guerra se puede definir como un objetivo estratégico, lo que no es óbice para que en términos militares se haya de lograr con acciones muy alejadas de las líneas fronterizas. El concepto no es nuevo; ya en la década de los 70 se definió una doctrina para detener el temido golpe que podría dar una primera oleada convencional soviética. Dado que esta se consideraba imparable, la denominada FOFA (Forward Forces Attack) apostó por una aproximación indirecta, como era detener las subsiguientes oleadas que, haciendo un salto de escalón, relevaran a las desgastadas y exhaustas fuerzas de asalto iniciales. Acabar con estas fuerzas en sus puntos de partida y aislar el frente de las necesarias fuentes de suministros (combustible, munición) no se haría mediante contraataques acorazados ni con construcciones defensivas, sino mediante un correcto uso del poder aéreo y las armas de largo alcance. Una visión bastante acertada que hoy parecemos haber olvidado, pese a ser más efectiva que nunca [4].
Del mismo modo que la situación actual hace poco probable que las tropas rusas vuelvan a ondear su bandera en el Bundestag en Berlín, tampoco parece razonable pensar que los ejércitos aliados puedan llegar a Moscú mediante una campaña de destrucción total como la que acaeció en la Segunda Guerra Mundial, un caso único y probablemente irrepetible. El concepto de ataque aéreo estratégico, que rindió finalmente a Alemania y Japón y forma parte de la esencia del nacimiento de la USAF como fuerza independiente, parece ahora imposible sin provocar una respuesta nuclear. No debemos olvidar que en conflictos posteriores, incluso en condiciones favorables, este tipo de ataques se han saldado con rotundos fracasos; así ha sido con el intento ruso de someter Ucrania mediante masivos ataques de represalia a sus ciudades, acabando así con su voluntad de lucha, como lo fueron para EE. UU. las campañas de bombardeo sobre Vietnam del Norte.
Esta visión sociológica de los conflictos, separada del objetivo militar en sí mismo, ha cambiado mucho en los últimos años, alumbrando diferentes teorías sobre la acción militar, especialmente tras los fracasos en Irak y Afganistán, pese a tomar el control (no efectivo) del terreno y no padecer derrotas relevantes en los campos de batalla. Una de ellas es la del enfoque integral de conflictos y la otra las operaciones basadas en efectos.

El enfoque integral de conflictos
Esta teoría se la debemos al general retirado David Petraeus, tras analizar los fracasos de sus predecesores en el largo conflicto de lucha contra el terrorismo. Para Petraeus el problema no radicaba en el combate en sí mismo, ya que las fuerzas americanas contaban con mejores armas, más medios logísticos, más inteligencia operativa y mayor grado de adiestramiento, sino en el planteamiento estratégico del conflicto.
El objetivo final era arrebatar el control del territorio a los islamistas responsables de multitud de grupos terroristas en Europa y EE. UU., batiéndolo en origen. El fracaso de la aproximación directa, según Petraeus, era que no se entendía la naturaleza del enemigo, que se hacía fuerte moralmente en la lucha desigual y desesperada contra el invasor. De esta forma planteó un enfoque distinto, donde los actores locales, la ayuda a la población y el control efectivo de los asentamientos civiles restaran el respaldo que los milicianos y terroristas necesitaban; asimismo debía socavar la base donde estos grupos obtenían su reclutamiento, basado en el odio hacia el infiel y el deber de inmolarse por la yihad o guerra santa. El apoyo a los líderes tribales, las tareas de reconstrucción y la organización de una milicia gubernamental, para que los iraquíes y afganos combatan a los terroristas, eliminando el factor racial y religioso del enfrentamiento, era una de las bases de este enfoque.
Sin duda no siempre puede aplicarse, y a la postre ha resultado un fracaso, ya que con la retirada de las fuerzas americanas de estos escenarios se ha vuelto a una guerra civil donde el bando que tiene motivaciones más irracionales y menos que perder siempre se impone. De esta misma forma ha culminado el conflicto en Siria, obligando a los actores extranjeros a retirarse. Petraeus aplicó así algunos de los principios de la estrategia de Beaufre, que a su vez derivan del concepto operacional de aproximación indirecta de Liddell Hart y son muy interesantes, al incorporar las experiencias de los años de guerra contrainsurgencia que Francia llevó a cabo durante gran parte del siglo XX (Vietnam, Argelia y el Chad), muy similares a las que posteriormente afrontaron los Estados Unidos. Estos principios son:
- Priorizar la maniobra, la psicología y la guerra política sobre el combate frontal, debilitando al enemigo desde dentro o desde flancos inesperados para forzar su rendición sin una batalla decisiva.
- La guerra es una confrontación de voluntades respaldadas por la fuerza, donde la meta es imponer la propia sobre la del adversario, no necesariamente destruirlo físicamente.
- Mantener siempre la libertad de acción, evitando quedar atrapado en las decisiones del enemigo.
- Elaborar modelos estratégicos para diferentes contextos, enfatizando siempre la adaptación al escenario y a los recursos disponibles.
- Guerra psicológica o guerra clandestina como forma de desgastar la moral del adversario.
- Pirámide Estratégica: división de la estrategia en niveles de decisión (político, estratégico, operativo), que ya hemos referenciado con anterioridad.
Podemos decir que el enfoque integral del general Petraeus, que ya figura en nuestra doctrina con el nombre de «Acción integrada», era una forma de estrategia indirecta y se apoyaba en operaciones basadas en efectos o EBO (Effects-Based Operations), al conjugar de manera sinérgica acciones militares y no militares en pos de un único objetivo. Esto puede sonar muy bien, pero no tiene nada de novedoso, ya que se basa en la tradicional facultad física causa-efecto, salvo por lo de la sinergia de esfuerzos convergentes en un único fin. En realidad, la EBO deriva de una teoría anterior de carácter estrictamente operacional que postuló por primera vez el general David A. Deptula tras la guerra del Golfo de 1991 (Persian Gulf War); defendía que el ataque simultáneo a los puntos fuertes del enemigo (había que gozar de la superioridad militar que lo permita) tenía un efecto sinérgico mayor que un plan de operaciones clásico y estructurado de forma secuencial (ejecutado por pasos y modificado en virtud de su evolución).
Así pues, el ataque devastador pasaba a ser la forma de acción principal, buscando el combate decisivo de la misma forma que el V Cuerpo norteamericano logró asestar dicho golpe contra la Guardia Republicana de Sadam Husein en 1991. No es de extrañar que las fuerzas americanas fracasaran en los conflictos posteriores, pese a lograr dicho golpe, como la rápida toma de Bagdad en 2003, ante un concepto mucho más antiguo y ejecutado de forma brillante por sus enemigos: rehuir el combate decisivo, tal como postulaba Beaufre, en favor del hostigamiento y la guerra psicológica gracias al mimetismo (físico y social) con el entorno, exactamente igual que en Vietnam.
Estos fracasos y la incapacidad de EE. UU. de dirigir su tremenda superioridad militar en una dirección clara (destrucción del enemigo convencional) acabaron por alumbrar un nuevo enfoque, denominado en algunas publicaciones como guerra de cuarta generación, que se basa en sortear la superioridad enemiga en armamento convencional con una combinación de acciones militares de carácter disimilar, como terrorismo, sabotaje y ciberguerra. Quien mejor ha entendido esta nueva forma de hacer la guerra es obviamente quien ha fracasado a la hora de aplicar los conceptos tradicionales y se encuentra en dicha inferioridad, como es Rusia. Mientras que Occidente se embarca en un rearme propio de una guerra de tercera generación (de alto poder destructivo) que Moscú no va a afrontar ni permitir, pues las teorías descritas no son realmente aplicables en un escenario de armas nucleares tácticas.
En el caso de China, esta idea va mucho más allá, al pretender no solo desestabilizar al enemigo para debilitar su eficacia bélica, sino destruirlo en su esencia misma de Estado democrático (China no lo es) conocedora de los resquicios y debilidades del sistema a la hora de sobrevivir en condiciones adversas (e imponer sacrificios); esta visión, innovadora y verdaderamente inquietante, fue desarrollada por dos funcionarios del PLA y publicada con el nombre de Unrestricted Warfare (Guerra sin restricciones). En esencia pretende acabar con la prosperidad que emana del modelo político liberal, haciendo así más factible la competencia de China en el entorno económico mundial. La idea no es descabellada, pues ya se está comprobando en la lucha contra el integrismo islámico y sus herramientas, inasumibles en Occidente, como el terrorismo; que tiene incluso defensores a causa del relato victimista basado en la opresión colonial e incluso posterior, especialmente por el único actor regional de corte occidental (y Estado democrático), como es Israel.
Es más, el origen ideológico radical, religioso o étnico de todas estas organizaciones les da carácter supranacional (su influencia supera a la de los Estados desde donde operan), lo que obliga a los países aliados a complicados equilibrios diplomáticos en forma de acuerdos que carecen de los automatismos del famoso artículo cinco del Tratado del Atlántico Norte [5]. Estos actores, que no se rigen por la sociedad de naciones (entre otra cosa porque no son Estados), se retroalimentan del odio y, por tanto, en una brillante pero cruel asimilación de la EBO, explotan el poder destructivo de su enemigo en beneficio propio. Este elemento es sencillamente irrebatible en Occidente, que no solo no admite las bajas propias, sino que debe justificar también el daño proporcional infligido al enemigo. Cuando esto no es así, como con el uso descontrolado de la fuerza por parte de Israel (Franja de Gaza) o la ofensiva norteamericana contra Venezuela (derrocando a un dictador pero sustentando su régimen en beneficio propio), el Estado de Derecho se debilita y la estrategia china antes mencionada empieza a cobrar más sentido. Esto nos lleva al primer valor estratégico de todo conflicto y que es de índole estrictamente política: el control del relato y el soporte jurídico a la acción militar. De este modo, las operaciones de información, la cooperación cívico-militar y el control de la opinión pública se han convertido en factores estratégicos de primer orden.

Impacto estratégico de las operaciones militares
Uno de los modelos de mayor actualidad sobre la aplicación de la estrategia nos la ofrecen Bartlett, Holman y Somes; basado en la concatenación de necesidades, fines y medios con los que se cuenta para ejercer, así como las limitaciones y los riesgos a la hora de implementar una estrategia adaptada a las posibilidades reales. Aplicar el modelo Bartlett implica no priorizar el entorno de seguridad como factor principal, sino que se valora el nivel de seguridad que puede permitirse un Estado en el ejercicio de la acción militar según sus limitaciones, que son las que definirán sus capacidades y los objetivos abarcables.
En cuanto a la entidad de estas operaciones, son en esencia las mismas que se ejecutan en otros ámbitos menos ambiciosos. Así, un ataque aéreo, un asalto aerotransportado sobre una población o un desembarco anfibio en una isla no dejan de ser en sí mismas acciones tácticas en un teatro de operaciones restringido y con una capacidad de destrucción limitada. Es fácil entender que el alcance de, por ejemplo, una operación helitransportada como la del Valle de Ia Drang (Vietnam, 1965) nunca habría tenido el impacto que pretendió Rusia con el fallido asalto de Hostómel (Ucrania, 2022). De hecho, solo los componentes de la tríada nuclear (misiles balísticos, grandes bombarderos y submarinos lanzamisiles) disponen de capacidades técnicas y operativas específicas para la acción estratégica, así como la letalidad e impunidad (en el caso de los misiles) para ofrecer cierta garantía de éxito más allá de un brillante planeamiento (el arte de la estrategia) y ejecución; de ahí deriva su carácter disuasorio único y el temido «efecto» de represalia no proporcional a cualquier agresión, como se ha debatido incansablemente al respecto de Ucrania y los fantasmas de una derrota rusa.
El resto de sistemas de armas y la gama de operaciones militares convencionales supedita su carácter al efecto causado, que sí se mide en términos tácticos, operacionales o estratégicos. Si revisamos los ataques aéreos sobre Irán [6], han tenido un factor estratégico mucho más evidente que conflictos anteriores en esta misma región, al afectar a la incipiente capacidad del régimen de los ayatolás para desarrollar y usar armas nucleares. El factor nuclear subyacente no es óbice para que entendamos la diferencia en el efecto estratégico que una sola campaña aérea ha tenido para variar (o mantener) el equilibrio de fuerzas en Oriente Medio. Que el poder aéreo haya sido diferencial después de múltiples fracasos anteriores se debe al objetivo mismo de la campaña. Unas instalaciones nucleares (secretas y altamente defendidas), un cuerpo de ejército (como la famosa Guardia Republicana de Irak), una serie de refinerías de crudo (campaña de Ucrania) o las bases aéreas del enemigo (Guerra de los Seis Días) son objetivos tangibles de tipo operacional, algunos incluso económicos, pero con amplio calado estratégico.
Sin embargo, la pretensión de descabezar al gobierno de Irán, con un ataque específico contra los líderes de la revolución islámica para provocar una crisis dentro del régimen e incluso derrocarlo, fue demasiado optimista, obteniendo el mismo efecto que en tantas ocasiones anteriores, que fue ninguno. Parece confirmarse que uno de los vectores principales del poder estratégico, como es el poder aéreo, obtiene mejores resultados cuando se usa contra objetivos militares concretos y no como herramienta cognitiva [7].
Otro de los factores fundamentales del ámbito estratégico de la guerra es la distancia; la capacidad de ofender al enemigo donde este menos lo espera, evitando santuarios seguros para sus fuerzas militares, recursos económicos, población o territorio, es en sí misma una poderosa herramienta disuasoria, al no poder medir nuestro enemigo las consecuencias de cualquier acción (factor riesgo del diagrama de Bartlett) por limitada que esta sea. La capacidad de una nación para atacar a sus enemigos más allá de un frente de combate, sobrepasando cualquier factor de riesgo calculado, es la que le otorga disuasión estratégica. Algunos sistemas de armas, como los referidos bombarderos o los submarinos nucleares, debido a sus características, especialmente la autonomía de operación, ofrecen en sí mismos capacidades estratégicas; otros, en cambio, dependerán de dónde sean preposicionados y/o empeñados para lograr un efecto estratégico, como puede suceder con los portaaviones.
En muchas ocasiones la distancia ni siquiera es medible físicamente; ciberataques a las estructuras críticas, negación de las comunicaciones, sanciones económicas o desestabilización política son herramientas de agresión de ámbito estratégico, si bien buscan aquello que hemos negado al poder aéreo, como es la influencia (voluntad política y social del enemigo) o la advertencia, evitando una escalada de carácter destructivo. Porque evitar conflictos es un arte diplomático que también utiliza la herramienta militar, especialmente en misiones de pacificación, interposición y presencia avanzada, evitando males mayores. Generalmente este tipo de proyección es igual de exigente que la acción bélica directa y se basa siempre en la capacidad logística estratégica, cuyo único factor diferencial es de distancia y persistencia. Proyectar fuerzas a TO lejanos y sostenerlas allí requiere de capacidades solo a la altura de unos pocos países, y presenta desafíos muy diferentes a la guardia territorial o de fronteras, pues requiere trasladar todo lo que las fuerzas implicadas puedan necesitar lejos de las bases de partida o, más complejo aun, establecer un sistema de suministro local mediante la construcción de infraestructuras y sistemas de producción o requisa [8].

España en el ámbito estratégico
El caso español, como siempre, es peculiar, pues ha puesto pegas al incremento del gasto aprobado por la OTAN, argumentando que el 2,1 % del anterior acuerdo era suficiente para sostener las capacidades comprometidas. Sin duda esto podría ser cierto cuando se han hecho malabares para sustentar las FAS con presupuestos que apenas alcanzaban el 0,85 % del PIB, pero no puede considerarse serio si se pretenden aumentar las capacidades actuales. Teóricamente, el objetivo español va en consonancia con el del resto de países, colaborando en multitud de iniciativas supranacionales y apostando claramente por productos propios, en lo que ha llamado un «Plan industrial y tecnológico para la seguridad y la defensa». Ya de por sí podemos considerar esta una apuesta en I+D considerablemente más costosa en términos presupuestarios que todos los planes precedentes.
Del compromiso asumido en favor de la paz y la estabilidad mundial, basado en la prevención de conflictos y escaladas bélicas que comprometan la economía o los intereses españoles, han surgido unas Fuerzas Armadas expedicionarias de alto valor estratégico en lo que se refiere a proyección logística y presencia, pero que adolecen de falta de poder resolutivo o efectividad militar para afrontar un conflicto de alta intensidad con un enemigo en paridad como puede ser Rusia o China. Como es lógico, en este asunto nos tenemos que remitir a la nueva Directiva de Defensa Nacional (DDN 2025), que determina cuáles son las amenazas a la seguridad y el bienestar de la sociedad española. En muchos aspectos no son amenazas militares directas, pero sí pueden ser conjugadas mediante recursos militares o tienen relación directa con las capacidades militares a las que podemos acceder.
En ningún caso esto es más cierto que en la política energética, donde la falta de recursos naturales tradicionales, como gas o petróleo, unido a la animadversión de parte de la sociedad a la energía nuclear, ha dejado al país en una situación de enorme incertidumbre, especialmente tras comprobar en sus propias carnes la inestabilidad de un modelo basado en las energías renovables. El organismo para asesorar al presidente del gobierno sobre este tema es el Comité Especializado de Seguridad Energética, dependiente del Departamento de Seguridad Nacional y presidido por el secretario de Estado de Energía.

Obviamente, de nada sirven sus advertencias si se impone una tesis ideológica alrededor de la política energética amparada en la crisis climática y la Agenda 2030, impulsadas en su momento por la Unión Europea. Es curioso que, aun cuando la propia UE ha catalogado la nuclear como energía verde, y siendo actualmente la vicepresidenta europea de Transición Energética, Teresa Ribera, partidaria de la misma (lo contrario a lo que defendía siendo ministra de Transición Ecológica en el gobierno de España), la postura española no haya evolucionado en este aspecto. Esta falta de comprensión o el interés partidista de convertirlo en un dogma en contra de las posibilidades de la energía nuclear ha privado a las Fuerzas Armadas de un instrumento básico para su dimensión estratégica, que además está relacionada con las amenazas emergentes, como Rusia (de la que aún dependemos energéticamente) o China.
El caso del gigante asiático es especialmente preocupante, ya que la amenaza se cierne sobre los mercados, las comunicaciones y el dominio de las rutas marítimas a nivel global. Esta estrategia basada en efectos, que tan inteligentemente está ejecutando China, conlleva grandes desafíos, que en el plano convencional exigen las capacidades de una marina de guerra realmente oceánica que utilice propulsión nuclear. Cabe reseñar en este punto que la posición española está comprometida entre la cooperación comercial con Pekín y la hostilidad creciente entre las dos grandes potencias del océano Pacífico, desde la propia China para con sus vecinos (con importantes reclamaciones unilaterales no respaldadas por el arbitraje ONU) a los EE. UU.; que basculan peligrosamente de aliado estratégico preferencial a enemigo del ideario liberal promovido por las democracias europeas y socio interesado de cualquier régimen totalitario que beneficie sus intereses.
Esto se ha podido comprobar con las «excelentes» relaciones que mantiene con Putin (en contraposición con la hostilidad hacia Ucrania, el agredido y constituido en democracia liberal) y ciertos países del Golfo Pérsico. No está España exenta de culpa, desde sus negocios con Arabia Saudí y Turquía (durante mucho tiempo obstaculizados por Alemania) a su posición con la citada China, por no hablar de nuestro indisimulado apoyo al régimen venezolano [9] o la política hostil hacia Israel a razón del conflicto en Palestina. No vamos a entrar a valorar estas decisiones soberanas del gobierno de España, pero es justo recalcar que han alejado considerablemente al país de la esfera de influencia de Washington.
La política de defensa española se basa en las capacidades que se estipulan como necesarias para mantener la disuasión y, en caso necesario, ejercer la acción militar para garantizar nuestra soberanía e integridad territorial, así como ejercer de instrumento de nuestra política exterior. Esta planificación basada en capacidades (Capability-Based Planning o CBP) se adoptó en el año 2005, viniendo a relevar a la anterior PBA o planificación basada en amenazas; así pues, España, en sintonía con el resto de países occidentales, no se prepara para escenarios concretos, sino que elabora unas capacidades militares adecuadas y flexibles con las que afrontar gran variedad de escenarios de crisis o conflicto. El proceso se inicia con la emisión del Concepto de Empleo de las FAS (CEFAS) que establece el marco estratégico, su posible evolución, los escenarios generales de actuación y la forma de empleo de las FAS.
La Estrategia Militar orienta el modo en que las Fuerzas Armadas deben alcanzar los objetivos de la defensa y apoyan a la Estrategia Nacional de Seguridad. A continuación, las autoridades responsables del planeamiento de los recursos determinan el marco de referencia en los ámbitos de personal, financiero, tecnológico e industrial necesarios, quedando reflejados todos estos factores en la Directiva de Planeamiento Militar (DPM). Con este marco referencial se determinan las capacidades militares necesarias para materializar la estrategia militar; como resultado de la concurrencia del planeamiento militar y el planeamiento de recursos se redacta el Objetivo de Capacidades Militares (OCM). Un correcto OCM debe permitirnos superar, sin cambios profundos y costosos, nuevos desafíos como la impensable entonces vuelta de Rusia al panorama geopolítico o la creciente tensión en el Pacífico, aunque la realidad nos dice que esto no es así.

La acción militar está dirigida por el JEMAD, su Estado Mayor Conjunto (EMACON) y los mandos inferiores que conforman la estructura operativa de las FAS. Entre las unidades operativas distinguimos aquellas de carácter conjunto (Ciberespacio, Operaciones Especiales e Inteligencia Militar), asumiendo además el control operativo (no orgánico) de los mandos permanentes (aéreo, espacial, naval, terrestre y cibernético) para la acción conjunta, así como los mandos componentes, que bajo la dirección de MOPS (Mando de Operaciones de carácter conjunto) ejecutarán las acciones militares que se les demande dentro de su ámbito de actuación.
Es preciso detenernos en este punto para explicar la diferencia entre el EMACON y el MOPS. El primero es el órgano auxiliar del JEMAD para ejercer la acción de mando (incluido gabinete técnico, asesoría jurídica, etc.), establece la estrategia militar y aborda el planeamiento y los cambios necesarios en la fuerza y la relación de capacidades militares (como los que se proponen en este trabajo); igualmente realiza la evaluación de los órganos bajo su mando y propondrá los cambios necesarios para aumentar su eficacia. Por su parte el MOPS es el órgano a disposición del JEMAD para el planeamiento operativo, conducción y seguimiento de operaciones militares y puede configurarse como Cuartel General Conjunto Multinacional (ES-OHQ) de carácter operacional al mando directo del GJMOPS. Como podemos apreciar, hay una estructura dual en el nivel estratégico que responde por un lado a la necesidad de ofrecer una respuesta inmediata ante amenazas no compartidas (definidas así por no tener garantizados los mecanismos de asistencia y defensa mutua) y otro para la planificación y conducción de operaciones en un entorno de guerra abierta y completamente integrada en la Alianza Atlántica.

Persiste pues en la estructura militar una planificación basada en amenazas, lo que da lugar a algunas capacidades necesarias para conjugarlas, como las guarniciones permanentes en territorios inhóspitos y deshabitados que podrían ser ocupados ilegalmente por alguno de nuestros vecinos [10]. Hay que reseñar que solo en el caso del Ejército del Aire el mando permanente MOA (Mando Operativo Aéreo) es una célula específica del más completo mando componente aéreo MACOM (Mando Aéreo de Combate) y ejerce su labor de vigilancia del espacio aéreo español a través de la Jefatura del Sistema de Vigilancia y Control Aéreo (JSVICA) con los grupos de control aéreo de Zaragoza, Madrid y Gran Canaria; integrados en la OTAN dentro del Allied Air Command (Ramstein, Alemania) y coordinados desde el CAOC Torrejón (Centro de Operaciones Aéreas Combinadas) para el área sur-mediterráneo de la alianza.
Igualmente, del CG del Ejército del Aire depende el MESPA (Mando del Espacio, al frente de un general de división), que divide su actividad entre el Mando Operativo Espacial (MOESPA) y el Mando Componente Espacial (MCESPA), destinados a dirigir, coordinar y ejecutar operaciones militares en el espacio. También corresponde al MESPA el control del Subsistema de Inteligencia Táctica Aeroespacial (SITAC), actualmente responsabilidad de CESAEROB o Centro de Sistemas Aeroespaciales de Observación; que si bien trabaja principalmente con información satélite, puede recurrir a otros elementos que forman el SITAC, como los UAV MALE, explotados generalmente por el CINTAER (Centro de Inteligencia y Targeting Aeroespacial), organismo que elabora la inteligencia operativa para las misiones A/S del MACOM, especialmente con el sistema Taurus (misil de crucero de largo alcance). El general jefe del MESPA es a su vez el comandante del MOESPA y del MCESPA, así como coordinador de la acción del EA con la civil AEE (Agencia Española del Espacio); siendo su centro neurálgico el COVE (Centro Operaciones de Vigilancia Espacial), situado en la B. A. de Torrejón y que recientemente ha implantado un nuevo Sistema de Conocimiento y Control de la Situación Espacial (CCSE), de la empresa GMV. Entre las principales funcionalidades del sistema destacan el cálculo y propagación orbital, la generación y mantenimiento de un catálogo de objetos espaciales, la predicción de reentradas atmosféricas, la planificación de campañas de observación, el cálculo de sobrevuelos, el análisis de degradación de señales GNSS y el procesado de datos de sensores de vigilancia espacial.

Los otros dos dominios físicos, a cargo de la Armada y el Ejército de Tierra, tienen sus mandos operativos completamente disgregados. Así, la Armada dispone de un mando marítimo de carácter permanente con sede en Cartagena (Fuerza de Acción Marítima) y otro mando componente (puede configurarse como mando conjunto) para la conducción de operaciones navales, como es el Cuartel General Marítimo de Alta Disponibilidad o CGMAD (situado en Rota), que contará con los medios de la FLOTA que se determinen (como FUCOM, FLOSUB, FIM, etc.) y que en su máximo nivel (3 estrellas) se pone a las órdenes de ALFLOT, aunque generalmente es de nivel dos (vicealmirante JCGMAD, anterior ALNAV) integrándose en la OTAN como SPMARFOR HQ (Spain Maritime Force Headquarter).
Por su parte, el Ejército de Tierra ha configurado el MCANA (Tenerife) como mando operativo terrestre, a cargo de las fuerzas de presencia avanzada en los archipiélagos y territorios africanos (COMGECEU, COMGEMEL y COMGEBAL) con las que ha de prevenir y conjugar cualquier acción hostil en los territorios de mayor riesgo. Es llamativo que un CG que durante años se ha justificado en aras del aislamiento de las Canarias y la dificultad de las comunicaciones con la península se convierta hoy en el responsable de coordinar la acción de efectivos situados a miles de kilómetros de su órgano de mando y control (C2). Por otra parte, el Ejército mantiene el Cuartel General Terrestre de Alta Disponibilidad (CGTAD) de nivel cuerpo de ejército, como mando componente terrestre (LCC o Land Component Command) o mando conjunto eminentemente terrestre, al frente del que está un teniente general y que tiene un componente multinacional asignado a la OTAN, con personal de diferentes países (el español opera con doble boina) conocido como HQ NRDC-ESP.
Excepción hecha de las fuerzas específicas para la defensa de los espacios de soberanía, el grueso de la fuerza tiene carácter eminentemente expedicionario y responde a la política española de prevenir conflictos y desplegar fuerzas de interposición o pacificación allá donde lo demanden organismos supranacionales, desde la ONU a la acción diplomática de la UE, como la lucha contra la piratería en el océano Índico (Op. Atalanta) o combatir las mafias de tráfico de personas en el Mediterráneo (Op. Sophia). No obstante, el actual clima de pre-guerra ha dado mayor protagonismo al combate generalizado dentro de la OTAN y su reciente misión de presencia avanzada en el este de Europa o EFP (Enhanced Forward Presence), con fuerzas terrestres pesadas y contingentes de defensa aérea (Air Policing) en países que carecen de suficiente capacidad soberana para ello. Dentro de estas capacidades de proyección de fuerzas se definen unos contingentes expedicionarios tipo, ya sean de tierra, mar o aire, pues se dirigen todos desde un sistema de mando centralizado como es el EMAD. En teoría las capacidades operativas máximas definidas en la última revisión responden a los siguientes niveles de ambición:
- División de combate para el Ejército de Tierra.
- Escuadrón de caza-ataque para el Ejército del Aire.
- Grupo de combate anfibio para la Armada.
Para ello cuenta con los medios de proyección logística estipulados, basados principalmente en el transporte marítimo (mediante buques del MdD o contratando a navieras civiles) y, en menor medida, medios aéreos como los recientemente adquiridos Airbus MRTT y los ya conocidos A400M, un modelo mixto táctico-estratégico bastante limitado. Estos medios aéreos son gestionados de forma conjunta por el EATC (European Air Transport Command, con sede en Eindhoven, Países Bajos), una organización destinada a explotar y coordinar los esfuerzos en transporte aéreo de siete países europeos.
Una vez en el teatro de operaciones, la fuerza militar debe tener la capacidad de combatir y garantizar su propia protección. Doctrinalmente, la capacidad de despliegue de la fuerza terrestre ha de tener el apoyo de un componente aéreo representado por el Ejército del Aire y una defensa antiaérea orgánica que debe escalar, dada la responsabilidad integral del Ejército de Tierra en este apartado, a un sistema IAMD (Integrated Air and Missiles Defense) con la llegada de los sistemas Patriot PAC 3. Esta combinación es además el principal activo para la defensa del espacio aéreo y elemento básico de una red A2/AD que garantice la soberanía nacional, sumando los elementos de control marítimo y defensa de costas.
Por su parte, la capacidad del Ejército del Aire para colaborar en esta tarea está pendiente de renovación, tanto en los aviones de combate (Programa Halcón) o de patrulla marítima como en los misiles lanzados desde el aire, en su versión antibuque (Harpoon) y en el más amplio espectro aire/superficie, con el sistema Taurus. La guerra de Ucrania nos ha demostrado que el stock de este tipo de armas es completamente irrisorio si pretendemos sostener el pulso a potencias de primer nivel.
Pero cuando hablamos de proyección estratégica el mayor protagonismo corresponde a la Armada; esta rama de las FAS es tradicionalmente el activo más importante para cualquier nación a la hora de afrontar un conflicto de carácter estratégico, cuando no a prevenirlo, desde la antigüedad hasta nuestros días. La Armada actual basa su acción en la capacidad de proyectar contingentes a un escenario lejano como parte de un esfuerzo multinacional, pero con una finalidad estratégica o casuística poco trabajada. Es decir, parece tener claro el mecanismo para proyectar el poder naval sobre tierra, pero no la finalidad última de semejante poder, limitándose a poner dicha capacidad al servicio del EMAD, EUNAVFOR o MARCOM (Allied Maritime Command, en Northwood, Reino Unido).
La pregunta obvia es no tanto los medios que hay que renovar con urgencia (especialmente la aviación naval) para lograr un desembarco anfibio exitoso, como el efecto estratégico que pretende lograr con una cabeza de playa en algún lugar no especificado del globo. Este aspecto es vital, pues el desembarco de una fuerza terrestre aislada en una zona hostil puede convertirse más en un problema estratégico que en una solución. Este efecto pernicioso es bastante sencillo de entender si nos ceñimos al conflicto latente con Marruecos por la soberanía de Ceuta y Melilla, de facto dos cabezas de playa españolas en la costa de África. Sin espacio para maniobrar o tan siquiera desplegar, estos enclaves se consideran indefendibles desde un punto de vista exclusivamente terrestre (control del territorio). En esta situación, un desembarco anfibio, lejos de aliviar la situación detrayendo efectivos enemigos del frente o reforzando el mismo (justificación habitual), no hace sino otorgar al enemigo otro punto vulnerable de espaldas al mar donde desplegar su incontestable superioridad terrestre para asestarnos un golpe demoledor.
Pero no todo es negativo; la capacidad de lanzar operaciones limitadas sobre la costa, con objetivos tácticos limitados, puede ser un gran activo estratégico, necesario incluso para garantizar nuestros objetivos políticos y militares. Las operaciones especiales, golpes de mano a la infraestructura económica y política del enemigo, la toma de puntos de especial relevancia para la navegación, la evacuación de personal de zonas de conflicto o la ayuda ante catástrofes son misiones que mantienen viva la proyección naval sobre tierra. No obstante, todas ellas serán imposibles sin el control marítimo, conjugando las amenazas tanto hacia la marina de guerra como a la marina mercante. El dominio del mar no puede ser global como era hace siglos, al menos para una potencia media como España [11]; pero sí responsabilidad de algunas de las mayores alianzas del planeta, a las que pertenecemos y con las que hemos de colaborar, como la OTAN o la UE.
Las carencias de «alta mar» de España en este caso son notorias: ni el grupo aeronaval tiene la entidad (aérea) para ejercer este cometido, ni la flota submarina es capaz de operar en este rol, al carecer de propulsión nuclear. Por si fuera poco, la capacidad MPA planeada (en proceso de adquisición) en base a turbohélices C-295 está orientada al control de costas, no pudiendo operar en las grandes superficies oceánicas como hace la US NAVY y los socios que operan MARPAT de largo alcance [12]. Pero no solo es un problema de falta de medios materiales o capacidades militares (de ámbito naval), sufrimos la carencia de una doctrina marítima con vocación para ejercer el dominio del mar. Sin duda, este interés histórico hacia el mar se perdió al tiempo que las posesiones de ultramar y la posterior inestabilidad política de principios del siglo XX, que obligó al país a plegarse sobre sí mismo hasta el punto de desarrollar una doctrina supeditada al control de los territorios insulares (el famoso eje Baleares-Estrecho-Canarias) y ajena a la proyección oceánica. En los últimos años se ha avanzado para revertirlo, pero las carencias económicas y una política de defensa basada en las operaciones de paz han mantenido a la flota como una de las ramas más descuidadas de nuestro Objetivo de Capacidades Militares (OCM).

Mecanismos de gestión de crisis
España, como país no beligerante, es una nación remisa a emprender acciones militares, evitando en la medida de lo posible el conflicto abierto y sus efectos siempre adversos; la primera aproximación que haremos, pues, trata sobre prevención y disuasión. Esta se logra mediante capacidades militares indisimuladas que advierten a nuestro potencial enemigo de lo contraproducente que es atacarnos de algún modo (directo o indirecto), pero sobre todo mostrando la voluntad férrea de emplearlas si se diera el caso, incluido un frente sólido de acción política que emana tanto del ejecutivo como del legislativo (Cortes Generales).
Identificar el carácter de la amenaza, especialmente cuando es no convencional, se ha convertido en el logro más difícil por parte de nuestros órganos de decisión. Tal es así que ni siquiera tenemos configurado el Departamento de Seguridad Nacional como un órgano colegiado, sino consultor (secretaría técnica), al contrario que el Consejo de Seguridad Marítima (CNSM), de Ciberseguridad (CNC) o de Seguridad Aeroespacial (CNSA); reportando al Consejo de Seguridad Nacional (CSN), presidido por el jefe del ejecutivo. Al CSN corresponde estudiar las líneas de acción o COAs (Courses of Action) presentadas por el JEMAD como respuesta (exclusivamente) militar a una crisis. A partir de ahí se elaborará un CONOP o Concepto de Operación (que determina cuál es el efecto buscado y qué hacer para lograrlo) que plasme las conclusiones deliberadas en CSN, y un OPLAN (Plan de Operaciones) que desgrana el cómo se va a ejecutar; todos estos documentos son en la actualidad responsabilidad del JEMAD.
Respecto a las capacidades militares en sí, no todas tienen el mismo valor para la gestión de crisis ni todos los escenarios responden de la misma forma; un ejemplo de ello lo tenemos en las sanciones económicas aplicadas a Rusia, que o bien han fracasado o no han tenido influencia palpable en el desarrollo del conflicto. Del mismo modo, escenarios más cercanos, como el libio o el sirio, nos demuestran la escasa capacidad coercitiva que tiene la acción meramente política en el poder de decisión de sociedades desestructuradas que se financian a través de entramados ilegales como el narcotráfico o directamente de Estados terroristas. Esta simplicidad del enemigo potencial responde en general a Estados fallidos cuyos conflictos internos acaban por salpicarnos y nos obligan a intervenir, con una mano atada a la espalda, para minimizar los riesgos a nuestra propia seguridad. Decapitar la cabeza de la serpiente, las naciones que utilizan la llamada zona gris a través de sus tentáculos en estas regiones en conflicto cuasipermanente (especialmente en África) como Rusia o Irán, es un desafío enorme, diríamos que imposible.
Por eso debe limitarse el efecto pernicioso de la acción militar y centrarnos en el ámbito cognitivo, asumiendo la incapacidad disuasoria representada por la represalia proporcional y/o la intervención militar directa. Igualmente debe implementarse, y esto es muy difícil de entender por la clase política en tanto que ejercen el cargo por mandatos muy breves, el valor estratégico del factor tiempo. La inmediatez para resolver una crisis, en caso de saldarse en fracaso, dificulta la acción ponderada que vendrá posteriormente para conjugar el efecto negativo de potencias agresivas en estos escenarios. Esto ya lo hemos vivido en los múltiples conflictos de la guerra contra el terrorismo, en donde incluso las victorias militares han chocado con una nefasta gestión de la posguerra; por ejemplo, las acciones de represalia de Israel para con los ataques de Irán y sus proxys, que no han evitado sino alentado que estos se sigan produciendo durante años.
Y es aquí donde aparece una variable que nos recuerda la iniciativa de defensa estratégica de Reagan, y que ha permitido a Israel minimizar la amenaza que representa su vecino: un entramado defensivo contra proyectiles balísticos (ABM o Anti Ballistic Missile) que ha sido más eficaz y «efectivo» que todo el poder ofensivo, que es mucho, que atesoran las FDI. No sería la única forma de desarticular la capacidad ofensiva de un enemigo potencial, poniendo especial énfasis en la inteligencia, la guerra electrónica y cibernética o la guerra clandestina, como ha sucedido con las acciones del Mossad contra los líderes terroristas. Esto implica aumentar considerablemente nuestra capacidad satélite, de análisis de señales, de ciberdefensa (y ataque cibernético) y un entramado de inteligencia humana (HUMINT) con capacidad ejecutiva basado en el CNI, con el modelo israelí como espejo en el que mirarse. Hablamos de aumentar capacidades en estas áreas, obviamente; pero en muchos casos ni siquiera corresponden a efectivos tangibles y, sobre todo, no atienden a objetivos físicos sino funcionales. Este elemento es muy importante, pues hablamos de lograr un efecto, sean cuales sean las herramientas que necesitemos y las acciones que debamos emprender sobre la «capacidad enemiga» para lograrlo, lo que nos retrotrae a la planificación basada en amenazas. Si conoces a tu enemigo y te conoces a ti mismo asegurarás la victoria (Sun Tzu).
Si esta estrategia de contención fracasa, no quedará más remedio que combatir, poniendo en orden de alerta nuestras fuerzas militares y asumiendo las consecuencias de ello. No obstante, aun dentro de un conflicto abierto hay posibilidad de aplicar una doctrina de contención, como la que el Pentágono pretende aplicar sobre China, encerrando a las fuerzas enemigas en su mar interior como forma más efectiva de evitar su salida a mar abierto en donde será más difícil de combatir (y requerirá más medios); para ello ha elaborado una nueva doctrina de combate denominada Multi-domain operations o MDO.
El concepto de operaciones multidominio es una derivación estratégica de las operaciones basadas en efectos englobada dentro de la acción conjunta, como forma de integrar todos los dominios en un solo sistema de combate para lograr un efecto sinérgico. Toda guerra es multidominio desde el momento que implica a todas las ramas de las fuerzas armadas y ejecuta operaciones militares en todos los dominios físicos y no físicos; la diferencia con esta nueva teoría es que todos trabajan unidos y coordinados por un EMACON de alto nivel. Hay que decir que este concepto ha generado mucha controversia, llegando a confundirlo con la capacidad de los ejércitos de «injerencia» en otros dominios para obtener beneficios propios en la acción militar. Conceptos como las MDTF (Multi Domain Task Force) del US ARMY no son sino un intento del ejército norteamericano de mantener una cuota de protagonismo dentro de la acción conjunta a través de nuevos medios (fuegos profundos) similares a los que ejecutan las fuerzas aéreas y navales sobre objetivos que no están en contacto, dado lo discontinuo del plano físico existente en el teatro de operaciones Pacífico.
Un ejemplo más apropiado para explicar esta teoría lo tenemos en las redes A2/AD, estructuras defensivas que reúnen elementos de diferentes dominios para establecer un entramado con una dirección común y un objetivo específico que no es de carácter físico, sino que pretende lograr un efecto: negar literalmente el acceso físico del enemigo a la zona asignada para su defensa. La clave de este entramado no está en los sistemas de armas ni en quien los opera, sino en la dirección conjunta en todos los niveles de mando, con capacidad transversal para emitir órdenes o transmitir información sobre objetivos que no son responsabilidad directa de las PUs tácticas (burbujas de fuegos, objetivos asignados, despliegue, etc.). La esencia de las operaciones multidominio está, pues, en la capacidad de las unidades militares para actuar en favor de otras sin tener conciencia del efecto o necesidad que hay en sus acciones. Un claro ejemplo lo tenemos en la capacidad que tenga un comandante general para ordenar una acción de fuego de sus fuerzas terrestres sobre la UDAA enemiga, aunque no esté previsto en su plan de fuegos ni favorezca explícitamente su maniobra.
Es evidente que este tipo de acción SEAD (Suppression of Enemy Air Defenses) estará encaminada a favorecer una incursión aérea sobre el frente o más allá del mismo, sin que el jefe de la fuerza terrestre tenga conocimiento de ello. El problema de esta metodología es que devuelve un excesivo control de las operaciones militares a un mando centralizado, contraviniendo el principio aceptado en la actualidad del «mando orientado a la misión», que no es sino delegar en los mandos inferiores la libertad de acción, desde unas directrices básicas y una transmisión de los objetivos de mayor nivel (conocimiento operacional) para que los mandos tácticos logren los objetivos demandados, estableciendo sus propios planes de operaciones y la conducción de las mismas, asumiendo el «estado de la situación» de los niveles superiores gracias a herramientas C3I y el citado acceso transversal a los nodos de información. Esto puede funcionar desde el ámbito operacional al táctico, pero no es apropiado para la conducción estratégica del combate multidominio, siendo necesarios mecanismos de control de la batalla que mantengan a otras unidades supeditadas al objetivo principal. Esta capacidad de interferir en las operaciones de «arriba hacia abajo» y coordinarlas sin transmitir órdenes por interminables cadenas de mando es la esencia de la acción multidominio y es una parte importante de la nueva guerra basada en la toma de decisiones o DCW (Decision-centric Warfare).

Preparando la guerra basada en decisiones
Esta teoría es bastante compleja y tiene como base la superioridad en el enfrentamiento por la vía de la toma de decisión, elaborando una serie de Líneas de desarrollo (Lines of Development, LoD) para elaborar capacidades militares que incrementan la capacidad de decisión propia y reducen la del enemigo. Las capacidades militares están, en este caso, supeditadas a la capacidad de decisión del mando conjunto, denominado formalmente Joint All-Domain Command and Control (JADC2); habilitar líneas de acción y ponerlas en práctica en virtud de la evolución del conflicto, así como influir en la voluntad del enemigo a iniciar acciones bélicas gracias a nuestras capacidades militares distribuidas y resilientes, no conjugables fácilmente con medios tradicionales (monolíticos) y que se ha denominado fuerza mosaico.
Aunque no es el objetivo de este trabajo revisar los principios tácticos y operacionales del concepto de fuerza mosaico, es aplicable en el ámbito estratégico bajo conceptos más comprensibles de dispersión de la fuerza, distribución de tareas y descentralización de las capacidades, gestionados gracias a sistemas muy sólidos de comunicaciones (redes) y acceso a la información. La solidez de esta estructura distribuida es la que permite al mando elaborar múltiples opciones de respuesta (COAs). Si se compara con el modelo basado en predicciones (acción y efecto), la DCW mantiene la capacidad de establecer múltiples efectos simultáneos en virtud de la respuesta del enemigo, limitando sus opciones de decisión (respuesta).
Es, pues, la última y más avanzada doctrina integradora de las anteriores, combinando capacidades, efectos y decisiones a través de estructuras en red; todo un desafío más fácil de decir que de lograr, cuando precisamente está aumentando exponencialmente la heterogeneidad del armamento y las formas de «ofender» al enemigo a todas las escalas, especialmente con el uso de los drones, de fácil acceso para actores estatales y no estatales; por lo que las opciones para ejecutar acciones militares soslayando las capacidades defensivas tradicionales no dejan de crecer. Es más, estamos a punto de perder la guerra de la accesibilidad, al pretender negar el uso de armas baratas como los drones con conceptos altamente avanzados y costosos, lo que debilita nuestra capacidad de actuar en el citado factor tiempo y puede obligarnos a ceder ante el enemigo por el agotamiento de nuestras «capacidades militares». La persistencia en las operaciones seguramente sea el factor más importante para sostener una guerra, siendo un medidor estratégico de la capacidad de un país para salir victorioso.
Para lograr todos estos objetivos debemos impulsar un cambio estructural, una forma diferente de gestión de crisis, empezando por una nueva composición del CSN, más reducido y de acceso restringido, evitando la difusión no deseada de información confidencial (por espionaje extranjero, filtraciones accidentales o comportamientos sediciosos de altos cargos de la administración). Es obvio igualmente que una planificación basada en efectos no corresponde al mando militar, pues carece de elementos de juicio para elaborarla (conocimiento del enemigo), sino al DSN; por eso es importante que el director del departamento tenga poder ejecutivo con la categoría de secretaría de Estado (a no confundir con la Secretaría de Estado de Seguridad del Ministerio del Interior). Esta figura tendría competencias similares al consejero de seguridad nacional de EE. UU., y se independiza claramente de las funciones de gestión y preparación correspondientes al ministro de Defensa. A él corresponderá el control directo del CNI y de la dirección operativa (recientemente suprimida) a cargo del Centro de Situación, Análisis de Riesgos y las medidas relativas a la «estrategia total» en materia de energía, industria, movilización o transportes; áreas que la OTAN mencionó como inversiones relativas a seguridad y que son el objetivo del 1,5 % pactado en la última cumbre de 2025 (3,5 % + 1,5 % del PIB).

El Mando de Defensa Estratégica
Dentro de la acción estratégica cobra especial relevancia el operativo destinado a defender los espacios de soberanía; lo que se define como área de operaciones conjunta o JOA (Joint Operations Area) corresponde en este caso a todo el TN, los espacios marítimos de responsabilidad y las líneas de comunicación entre los diferentes teatros (TO) que lo componen (Península, Mediterráneo Occidental, Canarias/Atlántico). Para llevarlo a cabo se establece un plan de acción definido por la OTAN como Standing Defence Plan o SDP y que es conocido en España por el nombre de OPLAN (Operations Plan) Marco.
Este OPLAN debe garantizar la integración multidominio de las operaciones militares y operar, en caso necesario, de forma independiente de las estructuras activadas de la Alianza Atlántica, así como evitar la sobrecarga de trabajo del Estado Mayor Conjunto y su MOPS (Mando de Operaciones) al actuar como célula activada permanente. Hablamos de un mando operativo único que asuma un control temporal de la JOA, bajo la responsabilidad de su comandante; esto significa que en un momento dado, cuando se hayan activado el grueso de las fuerzas militares, debe darse la transferencia de responsabilidad sobre la JOA al MOPS, logrando así continuidad a la acción militar y poniendo en liza todo el conjunto de capacidades militares y los planes de contingencia establecidos al efecto.
Por contra, aliviaremos la complejidad de la cadena de mando (estructura piramidal) entre las fuerzas actuantes y el nivel de decisión estratégica, entendiendo que el factor tiempo es primordial ante una crisis, pero sin renunciar a la gestión conjunta de los efectivos activados. Actualmente, los llamados mandos operativos (permanentes) de los diferentes ejércitos tienden a actuar de forma independiente, algo que empieza a ser prohibitivo en los niveles estratégico e incluso operacional, pero que es fácil de entender en cuanto a gestión de grandes contingentes actuando en cada dominio con sus formas de actuación propias, razón de ser de los mandos componentes.
Uno de los pilares del OPLAN Marco se basa en la observación y control efectivo de los espacios de soberanía en un entorno tridimensional: espacio, aire, tierra, superficie marina, espacio subacuático y hasta lecho marino; cada vez más demandante de vigilancia y protección debido a su importancia en las comunicaciones (cables submarinos) y suministro de hidrocarburos (oleoductos y gasoductos). Algunos de los sensores o sistemas están plenamente dedicados a esta labor (como los EVA) mientras otros serán miembros circunstanciales de un sistema de vigilancia que aglutina todos los medios presentes en la JOA, como pueden ser los buques que naveguen por las aguas de nuestra ZEE y los dispositivos civiles de control de inmigración (SEMAR, SVA, SM, Frontex, etc.). Esta red de alerta y control debe ser capaz de dar una respuesta inmediata, para lo que el mando superior debe tener la capacidad de autorizar un uso proactivo del poder militar a su disposición, del que asumirá un mando plenamente integrado con el menor número de etapas posible en la cadena de mando.
Actualmente, las Operaciones de Presencia, Vigilancia y Disuasión (OPVD) requieren en gran medida de mecanismos de activación, despliegue (y dispersión) e integración de los diferentes operativos, lo que se realiza varias veces al año para mejorar el adiestramiento, con motivo de actos relevantes que requieran un dispositivo de seguridad especial y en caso de crisis o amenaza incipiente (plan de contingencia). Para estudiar las responsabilidades de un nuevo mando conjunto debemos repasar en primer lugar las amenazas que debe afrontar, que en el caso de la defensa del TN son muy concretas y limitadas (en tiempo y forma), quedando el resto de las misiones de las FAS en otro plano de actuación muy diferente, ya referenciado con anterioridad. Dado que el oeste del continente europeo es un entorno pacífico donde todos sus miembros son aliados y socios de España, la principal fuente de desestabilización y el mayor riesgo a nuestra seguridad se sitúa en el continente africano.
Por el alcance de las armas actuales, el conjunto de países que pueden suponer una amenaza directa son Marruecos, Argelia y Túnez; siendo Marruecos el único con frontera terrestre con España y el que tiene mayores litigios con nuestro país. No obstante, no debemos subestimar la amenaza latente de Argelia, un país que mantiene una frágil estabilidad interna, influenciado notablemente por Rusia y en confrontación directa con el vecino alauita. Es además una potencia militar emergente con capacidades militares de gran poder desestabilizador, especialmente en el mar. De hecho, los miles de kilómetros de costa de nuestro país obligan a considerar a todos los actores marítimos con presencia en nuestras aguas, tanto en su vertiente mediterránea como atlántica, amén de la responsabilidad global que supone controlar el estrecho de Gibraltar, uno de los más transitados y de mayor importancia comercial del mundo. A día de hoy controlar el tráfico marítimo en este importante enclave corre a cargo principalmente del Ejército de Tierra y su Regimiento de Costa n.º 4, con dos observatorios en el municipio de Tarifa.
En cuanto a la capacidad de defensa contra misiles balísticos o BMD, hay que extender necesariamente el espectro de conflicto a todo actor que disponga de esta capacidad, independientemente de su posición geográfica; aunque es poco probable que seamos objetivo de ICBM (misiles balísticos intercontinentales), hay una amplia gama de misiles de alcance corto y medio que desde el Mediterráneo Oriental, este de Europa o los espacios marítimos anexos pueden alcanzar objetivos en la península. Para hacer frente a estas amenazas se propone un Mando Conjunto de Defensa Estratégica o MDES, relevo funcional de MOESPA al ser idéntico en misión y forma de actuación: un mando no desplegable asignado al control de sistemas de vigilancia desde TN.
El actual centro de control del MOESPA es el COVE, pero la necesidad de fusionar la información de los diferentes centros componente invita a convertir al JOC (Joint Operations Center) del MDES en un SFP (Sensor Fusion Post) a partir de los COVE, ARS y COVAM, donde podrán incluirse también de forma directa sensores de ciertos equipos operativos e incluso instituciones civiles, mediante tráfico de datos seguro. Previsiblemente este entramado estará gestionado por un sistema IA que fusione la información y descarte duplicidades o falsos ecos. Por contra, el actual MCESP carece de sentido práctico, más al aplicar la normativa de aprovechamiento del espacio ultraterrestre fijada en el Tratado de la ONU de 1967, refrendado por España, que especifica el uso común (no soberano) del espacio con fines pacíficos y su no militarización; razón por la que se carece de medios con el que establecer operaciones militares ofensivas en el dominio espacial, aunque ya se están elaborando planes para poner en órbita defensas espaciales.
Así se planea en Francia, por citar un referente cercano, que ha lanzado el programa TOUTATIS; un sistema de satélites de órbita baja capaz de monitorizar la actividad de otros ingenios espaciales, identificar aquellos que sean hostiles y destruirlos. El Ejército del Aire ha planteado un sistema similar, denominado NEMO, al que define como satélite policía, con la misma función que el francés pero del que aún no hay detalles. También existe un programa de jamming o perturbación de satélites basado en sistemas de energía dirigida (electromagnética) de hasta 300 GHz, conocido por JUDAS. Estos sistemas, aún en fase conceptual, sí justifican la existencia de un mando componente espacial o MCESPA, ya que debe organizar y dar continuidad a operaciones espaciales integradas en los OPLAN conjuntos.
Actualmente solo opera el CESAEROB, transmitiendo toda la información elaborada (IMINT) al MACOM, por lo que puede operar supeditado a este mando componente o al CIFAS, transmitiendo este las solicitudes directamente a través del MESPA (mando orgánico). Igualmente CESAEROB es el encargado de explotar los servicios de comunicación por satélite (SATCOM), siendo en este caso coordinado por el MCC (Mando Componente del Ciberespacio). Hasta que el MCESP no sea una realidad tangible, es suficiente con un mando orgánico del espacio (MESPA) para la preparación y sostenimiento de los sistemas espaciales. En cambio, las operaciones espaciales se dirigirán a través del MDES, como mando operativo de primer nivel (al mando de un teniente general) asociado a la defensa de los espacios de soberanía en un entorno multidominio, esto es: espacio aéreo y ultraterrestre, espacios marítimos y entorno litoral.
Es importante señalar que MDES no necesita interferir con el MACOM/CAOC (en tanto es un NATO Joint Force Air Component), pero es necesario que los ARS activados mantengan un sistema replicado de información sobre el MDES-JOC, ya que aunque el sistema de control aéreo esté bajo responsabilidad del primero, no es así para los sistemas IAMD o SITAC, por lo que hay que asegurar mediante pasarelas las órdenes de alta prioridad que MDES-JOC estime necesarias, especialmente sobre reserva del espacio aéreo (ARES); con la categoría de reservado, segregado o prohibido. De hecho, el control espacial es fundamental para hacer un seguimiento de misiles balísticos, los sistemas interceptores (endo o exoatmosféricos), así como de los restos de objetivos destruidos y su PPI (Punto Probable de Impacto), pues al contrario que las aeronaves tripuladas, no se puede esperar que atiendan a órdenes sobre rumbo, velocidad o altitud.
Para lograr este control dispondrá de una red de sensores que urge mejorar; se necesitan nuevos escuadrones de vigilancia espacial o EVE, ya que hoy solo cuenta con un radar de seguimiento de objetos orbitales o S3TSR (Spanish Space Surveillance and Tracking Surveillance Radar o Radar Español de Vigilancia y Seguimiento Espacial). Igualmente hay que poner en servicio satélites que operen a diferentes frecuencias (especialmente por infrarrojos) y nuevos sistemas de monitorización de la actividad espacial potencialmente hostil. Todo este entramado será integrable en NATINAMDS (NATO Integrated Air and Missile Defence System) a través del CAOC, con una célula de seguimiento de las operaciones de MDES (sin delegación de autoridad), pero no se le asignaría este último, que queda así fuera de la estructura militar de la alianza.
Una vez se hiciera la transferencia de la JOA al MOPS y los distintos mandos componentes (que para eso están), la función del MDES seguiría ligada al control de los sistemas espaciales como componente operativo en este dominio, dando así continuidad a su función de mando, cosa que ahora no está garantizada para algunos de los actuales CG permanentes, especialmente el naval y el terrestre. Igualmente, si el MOPS se articula como ES-OHQ dentro de la OTAN, atenderá presumiblemente la misma JOA definida unilateralmente, pues elementos tan importantes como la red de defensa aérea (radares) es de carácter fijo, pero si no es así y/o el grueso de las fuerzas militares queda comprometido en otros escenarios operativos de la alianza, MDES garantiza una respuesta unilateral en manos de JEMAD (o por delegación en el TG JMDES) ante amenazas a los intereses exclusivamente españoles dentro de nuestra JOA. No solo existe territorio soberano excluido del Tratado del Atlántico Norte, es que en caso de crisis en Europa y ante cualquier síntoma de debilidad o descapitalización militar (degradación o proyección de nuestras fuerzas), nuestros enemigos potenciales podrían aprovechar la coyuntura para atacarnos.

Capacidades asociadas
El MDES no es un mando orgánico, sino que se le asignan operativamente los centros y organismos necesarios para ejercer su función: COVE, COVAM (Armada) y COPVD (Centro de Operaciones de Presencia, Vigilancia y Disuasión) del Ejército de Tierra; que viene a relevar al MOT (Mando Operativo Terrestre) en tanto no tendrá tampoco carácter orgánico, solo ejerce TACON (Tactical Control) sobre las unidades de la fuerza terrestre activadas en las áreas fronterizas de especial relevancia, como son Canarias, Baleares, Ceuta, Melilla, Chafarinas y los diferentes peñones e islotes de la costa africana. De su entidad y periodo de activación dependerán en gran medida los MPLTO de las COMGE y MCANA [15], pero no les inhabilita para realizar otro tipo de operaciones completamente integrados en la fuerza (esto ha sucedido siempre con BRILCAN).
El COPVD estará al mando de un coronel y su PLMM, formada a partir de uno de los regimientos con capacidades orgánicas de vigilancia, especialmente del RACTA 4, RAAA 74, REW 32 y RINT 1. Del mismo modo, la dirección del COVAM corresponderá a un capitán de navío y los ASR están bajo la responsabilidad de un coronel del Ejército del Aire. No obstante, dentro de las capacidades coercitivas disponibles sobresale el servicio de alerta aérea o QRA (Quick Reaction Alert), conocido popularmente por Scramble, que realizan las diferentes alas de caza, con seis aviones preparados para despegar (tres en plazo de 15 minutos y tres en 60 minutos). Más complejo es integrar en él los elementos de la Armada y el Ejército de Tierra con capacidad DCA (Defensive Counter Air), pues no están disponibles las 24 horas del día los 365 días del año.
Esto debe cambiar necesariamente si se escala al concepto IAMD; con al menos un sistema de defensa antimisil activable en 15 minutos desde la detección de una amenaza balística, ya que ese es el tiempo de alerta para misiles de alcance medio o MRBM. En el caso del ET, la UDAA permanente es asignada por rotación dentro del MAAA, si bien debería integrar siempre un sistema de armas ABM-C (Anti-ballistic missile capability) para ser realmente eficaz en todo el espectro IAMD. Los únicos sistemas de este tipo en servicio son los Patriot norteamericanos, en proceso de renovación del modelo 2+ al 3+, con misiles PAC 3 MSE, que equiparán a cuatro baterías. No son suficientes para un despliegue 7/24 por lo que personal de varios RAAA deberá tener formación en ellos, aunque no los tenga de dotación [13].
No obstante, el Patriot tiene solo capacidad de intercepción terminal, orientado a un despliegue táctico en ZO. Existen sistemas más avanzados, como el THAAD, Arrow o AEGIS Ashore (SM-3); algunos de estos interceptores son exoatmosféricos (capaces de interceptar misiles en trayectoria media) siendo el SM-3 compatible con nuestras fragatas AEGIS, pero son extremadamente costosos. Una solución interesante la representa el SM-6, al ser un misil más económico y muy polivalente (contra blancos aéreos, navales y terrestres), amén de integrable en los sistemas legacy, como los citados AEGIS y Patriot, aunque para ello hay que equiparlos con los radares multibanda de última generación GhostEye (programa LTAMDS) de Raytheon.
La UDAA terrestre puede ser reforzada por uno o varios buques AEGIS de los Tipos F100 Álvaro de Bazán y F110 Bonifaz, siempre que se instale el software para defensa ABM, ya que de lo contrario no podrán guiar misiles contra blancos balísticos (sí para el resto de objetivos). Hacerlo en todos los buques puede ser muy caro, por lo que habría que dedicar uno por escuadrilla de escoltas para ejercerlo de forma alterna, inmovilizando los buques para otras funciones. Esta es una de las razones por las que se descarta el SM-3 y las fragatas como sistema primario ABM, pudiendo ser un apoyo puntual contra amenazas de otro tipo, especialmente armas de crucero e hipersónicas, cuyas trazas pueden transferirse al buque desde otros medios a través de un IFC-CA (Integrated Fire Control-Counter Air). Otros medios asignables al MDES pueden ser los UAV MALE y los aviones ELINT o PMA (recientemente aprobados), que pueden ser movilizados en caso de una alerta previa; de hecho son sistemas que podrían operar en un servicio de alarma similar a los cazas de combate, algo habitual en los operativos SAR.
Respecto a la defensa de costas, es obvio que no podemos cubrir 8000 km de litoral ni con buques ni con aeronaves y mucho menos defenderlo con obuses de 155 mm, por más que cuenten con DT para batir objetivos móviles. Es mucho más rentable usar UXV (o redes de sensores fijos) y satélites, mientras que los fuegos necesariamente han de basarse en misiles S/S de largo alcance. Gracias a los SM-6 block IB podríamos localizar y batir con precisión objetivos terrestres y navales hasta a 500 km de profundidad, obviando la necesidad de desplegar en el litoral y cubriendo grandes áreas con menos recursos; igualmente conservan su capacidad de despliegue estratégico, por lo que cubrimos una de las carencias de los contingentes expedicionarios, como son los LRPF (Long Range Precision Fires).
Pero las capacidades por sí solas no son garantía de seguridad; cualquier programa de armamento, siempre diseñado como salvaguarda de capacidades industriales y generación de empleo, debe tener en cuenta la necesidad de ser sostenido en España, sin dependencia de terceros. Este sostenimiento (munición, repuestos y software) es más importante que la manufactura (crecimiento) de los sistemas de armas en sí mismos, tan complejos que su manejo por parte de conscriptos o reservistas es prácticamente imposible. Los misiles de todo tipo, incluidos los de efecto estratégico, son sistemas que pueden ser utilizados más fácilmente por los ejércitos durante un conflicto largo y cruento, al tiempo que pueden ser fabricados o ensamblados con mayor rapidez que aviones de combate, buques o blindados. El misil SM-6 propuesto en estas líneas, así como los Patriot, Taurus Evo (puesto en producción nuevamente en Alemania), NSM o VALERO (presentado recientemente por Indra) deben estar respaldados por un programa industrial para garantizar su disponibilidad y capacidad operativa continuada. Esta es probablemente la lección militar más valiosa que podemos extraer del actual conflicto de Ucrania, donde el volumen de misiles empleados ha superado todas las previsiones y alarmado a los EM occidentales.

Reflexiones finales
El concepto de estrategia va más allá de la planificación militar, implicando a todos los poderes y estructuras del Estado. Una doctrina estratégica eficaz debe ser capaz de prevenir conflictos y salvaguardar los intereses del país de forma global, no solo su integridad territorial, aunque este sea el factor básico sobre el que bascula todo lo demás. Las doctrinas de empleo y los sistemas de gestión de crisis no dejan de evolucionar, siendo necesario mantener actualizados los mecanismos de defensa, especialmente en momentos de gran incertidumbre donde las otrora verdades inmutables sobre geopolítica se tambalean.
Adaptarse a esa incertidumbre y actuar de forma inteligente, combinando inversiones racionales con una voluntad firme de salvaguardar nuestro modelo de convivencia, sin buscar rédito político en la fractura de sus principios éticos y jurídicos, van más allá del estamento militar o de la acción política; son responsabilidad, como nos recuerda Clausewitz, de toda la sociedad. Esta voluntad debe sobreponerse a los sacrificios que supone construir un instrumento de seguridad nacional eficaz y resolutivo; de hecho nace con el concepto mismo de país que construimos y tomar conciencia de la fragilidad de la prosperidad que disfrutamos. No existe defensa nacional sin nación, como no hay recompensa sin esfuerzo, ni estrategia de éxito, ya sea en la guerra, en la empresa o en la vida, sin un objetivo claro. En estos tiempos de mudanza, que diría el más famoso hidalgo de la literatura universal, solo una idea clara de la posición que España, tan quijotesca a veces, debe ocupar en el mundo nos permitirá acertar en nuestras decisiones y garantizará nuestra supervivencia en un entorno cada vez más inestable, agresivo y despiadado.
Notas
[1] Afrentas difíciles de explicar no solo entre aliados, sino contrarias al derecho internacional, como cambios en la frontera con Canadá o la anexión de Groenlandia.
[2] Pese a no tener experiencia previa y priorizar el escenario mediterráneo, Italia está planteando la construcción de sus buques capitales, portaaviones y submarinos, con propulsión nuclear.
[3] Se pretende evitar la destrucción masiva de seres inocentes y, en último término, de ecosistemas enteros que sin duda afectarían de forma global.
[4] De hecho esta es la aproximación que ha hecho el mando militar ucraniano y la causa de que esté atacando las refinerías y bases militares en el interior de Rusia, llegando incluso a destruir buques fuera del mar Negro.
[5] A raíz de los atentados del 11S en New York, EE. UU. invocó este artículo por el cual toda la OTAN tuvo una fuerte implicación en el conflicto de Afganistán, donde se asentaba entonces Al Qaeda, proclamada responsable de aquel hecho terrible.
[6] Nos referimos al ataque combinado de las fuerzas de Israel y EE. UU. de junio de 2025.
[7] Durante la guerra de Vietnam, según fue empeorando la situación para los norteamericanos y el ejército de Vietnam del Sur, los objetivos tácticos (Rolling Thunder) quedaron aparcados en favor de una campaña para amedrentar a Vietnam del Norte (Linebacker), siendo un estrepitoso fracaso.
[8] Recibir suministros del territorio conquistado era una práctica habitual en la antigüedad. En tiempos recientes, las reglas de enfrentamiento (respeto a la población civil y sus propiedades) y la pobreza de los pueblos bajo conflicto han impedido una logística determinante basada en este factor.
[9] Tras la reciente intervención militar de EE. UU., que el gobierno español ha tachado de ilegítima, y la detención del presidente Nicolás Maduro, el país es dirigido por un gobierno provisional afecto al anterior régimen.
[10] Recordemos el caso de Perejil de 2002; no ha habido desde entonces ningún cambio en el entorno geopolítico que rebaje el nivel de amenaza.
[11] En realidad incluso la todopoderosa US NAVY está encontrando dificultades para lograr esto, dados sus compromisos por todo el globo.
[12] El modelo de referencia actualmente es el P-8 Poseidon, un producto norteamericano que se ha impuesto a otras opciones europeas en la mayoría de países de la alianza, contraviniendo así la estrategia política e industrial marcada.
[13] De esta forma se ha conseguido mantener el despliegue de los Patriot en Turquía durante más de una década sin interrupción.
[14] ARS es el acrónimo compuesto de: ACC (Air Control Centre), RPC (RAP – Recognized Air Picture – Production Centre) y SFP (Sensor Fusion Post).
[15] Para obtener ciertas garantías de mando y control de las fuerzas del archipiélago en caso de aislamiento (niebla de guerra), MCANA tendrá la capacidad de organizarse como JTF (L) – HQ.

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