La carrera por el cielo ucraniano: Patriot, Aster y Freyja

La lucha entre EEUU y Francia por el dominio del sector

Patriot PAC-3
Patriot PAC-3. Imagen. Lockheed Martin.

La decisión de Francia de conceder a Ucrania licencias para producir misiles Aster, unida al «permiso político» anunciado recientemente por Donald Trump para fabricar interceptores Patriot en Ucrania y al desarrollo del proyecto ucraniano-europeo Freyja, suponen un importante cambio en esta cruenta guerra, constatando el papel que Kiev pretende jugar dentro del ecosistema industrial-militar occidental. Ucrania, consciente de su capacidad tecnológica e industrial y de la revolución que está impulsando, ya no aspira únicamente a recibir sistemas antiaéreos como hasta ahora, sino que busca integrarse en las cadenas industriales que los sostienen. Es más, Kiev intenta dejar atrás una dependencia crítica respecto a los arsenales y decisiones políticas de sus aliados y garantizar, a medio plazo, un flujo más estable de interceptores frente a los ataques rusos con misiles Iskander-M o Tsirkon. Ahora bien, entre que se concede una autorización política y se lleva a cabo una producción militarmente relevante existe una distancia considerable. No podemos olvidar que las licencias de exportación, la protección de tecnologías clasificadas, los acuerdos sobre propiedad intelectual, la certificación de instalaciones, la formación de personal, la siempre difícil financiación y el acceso a componentes críticos convierten cualquier calendario en un ejercicio de largo recorrido. La creciente competición entre Estados Unidos y Europa, empero, podría acelerar inversiones, transferencias y decisiones que en circunstancias normales tardarían años, aunque difícilmente permitirá a Ucrania producir misiles en cantidad suficiente a corto plazo. Lo que está en juego aquí, en cualquier caso, no es sólo la defensa del espacio aéreo ucraniano, sino el control industrial, tecnológico y político de uno de los mercados que definirán la seguridad europea y la capacidad de influencia global de Occidente durante las próximas décadas.

Índice

  • Introducción
  • La apuesta francesa: producir Aster y construir una alternativa europea
  • Las trampas del «permiso político» de Trump

    • ¿Qué significa realmente «fabricar»?
    • Licencias de fabricación, asistencia técnica y control político
    • Tecnologías sensibles
    • Una producción escalonada
    • Buscadores, propulsión y otros cuellos de botella
    • Financiación y viabilidad económica
    • Un calendario incómodo

  • Freyja: una alternativa propia
  • La competición EEUU-Francia (UE): una oportunidad para Ucrania
  • Conclusiones
  • Bibliografía

Introducción

A lo largo de los últimos días, tal y como hemos ido recogiendo en los informes diarios sobre la guerra de Ucrania, han sido noticia la concesión de distintas licencias para producir misiles antiaéreos en Ucrania, lo que abre una nueva fase en la relación entre Kiev y sus aliados occidentales. Desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala, como sabemos, el apoyo militar se ha basado principalmente en la entrega de sistemas procedentes de los arsenales existentes, en la adquisición de misiles y sistemas recién fabricados (en el caso francés, mediante un mecanismo «circular» por el cual París no concedía dinero a Ucrania, sino que financiaba su propia industria) y en los intentos, no muy exitosos, de aumentar la producción en las fábricas de los países donantes. Los recientes anuncios de Francia y Estados Unidos introducen una posibilidad distinta y mucho más ambiciosa que Zelenski y su Gobierno llevaban tiempo reclamando: trasladar a Ucrania parte de la capacidad industrial necesaria para fabricar sus propios interceptores.

El cambio apunta a reducir una dependencia que ha condicionado todas las decisiones ucranianas sobre defensa aérea. Kiev no sólo necesita nuevas baterías, sino también un suministro constante de misiles con los que enfrentarse a los drones, misiles de crucero y, especialmente, a los proyectiles balísticos lanzados por Rusia. Las entregas aliadas han permitido sostener la defensa, pero la disponibilidad de interceptores continúa dependiendo de las decisiones políticas, las reservas y las cadenas industriales de terceros países. Es más, como decíamos, su estrategia militar ha quedado condicionada por la escasez, pues en un momento determinado, entre proteger a sus tropas en el frente y sus centros humanos e industriales, los ucranianos optaron por lo segundo, facilitando los avances rusos que se han cimentado en el empleo masivo de bombas planeadoras lanzadas por los Su-34.

Sea como fuere, y a pesar de los anuncios de los últimos días, hay que tener claro que una autorización política como la concedida por Trump, no equivale a una línea de producción operativa a corto plazo. Conceder una licencia es sólo el primer paso de un proceso que exige acuerdos industriales, transferencia de conocimientos, certificación de instalaciones, formación de trabajadores, financiación plurianual y un suministro estable de componentes críticos. Lo mismo aplica al caso francés, aunque la propuesta gala esté mucho más definida. Y es que aun en el escenario más favorable, ninguno de los proyectos anunciados solucionará la escasez de misiles que atenaza a Ucrania, al menos a corto plazo.

Con todo, el tema es muy relevante. Lo es por razones estructurales. Al fin y al cabo, lo que vemos es cómo Francia pretende vincular a Ucrania con la base industrial europea mediante la producción del Aster; cómo Estados Unidos ha abierto la posibilidad de integrar al país en la cadena del Patriot; y cómo al mismo tiempo el proyecto Freyja ucraniano (que depende de terceros como Hensoldt) aspira a crear una solución antibalística en la que la industria ucraniana conserve la autoridad de diseño al tiempo que se beneficia de su capacidad de producción a bajo coste y de innovación ahora mismo sin parangón. Los tres modelos son compatibles, por supuesto, pero no debemos olvidar que también compiten por financiación, influencia política y futuros contratos y que entre todos conforman un juego de equilibrios que definirá, en buena medida, cuáles son las orientaciones políticas ucranianas en el futuro y cuál la consistencia del sector de la defensa en el Viejo Continente.

La empresa ucraniana Fire Point, responsable entre otros de los misiles Flamingo, es la que está detrás del Freyja
La empresa ucraniana Fire Point, responsable entre otros de los misiles Flamingo, es la que está detrás del Freyja. Imagen: Ministerio de Defensa de Ucrania.

La apuesta francesa: producir Aster y construir una alternativa europea

Si hace unos días Trump y Zelenski hablaban de «permiso político» o «acuerdo político», El Elíseo ha adelantado a la Casa Blanca por la derecha, llevando a cabo un movimiento mucho más concreto. Según ha confirmado hace unas horas la Presidencia de Ucrania, París concederá licencias para producir misiles antiaéreos Aster, empleados por los sistemas SAMP/T, además de misiles de crucero SCALP. El presidente galo, Emmanuel Macron, añadió además durante su declaración, realizada en el marco de la «Coalición de Voluntarios», en paralelo a la cual se anunció también la creación de una nueva «Coalición Europea Antimisiles Balísticos» que la cooperación bilateral incluirá las bombas guiadas AASM, que Ucrania lleva tiempo utilizando contra objetivos rusos. El paquete se completará con nuevos sistemas SAMP/T, radares y otros medios destinados a reforzar la defensa aérea ucraniana.

La combinación nada usual y tan repentina de entregas, licencias y cooperación industrial demuestra que Francia no pretende limitarse a cubrir las necesidades inmediatas de Kiev, sino que pretende influir en la arquitectura militar que Ucrania desarrollará durante la segunda mitad de la década y que afectará, por extensión, a todo el continente. La decisión supone pasar de la transferencia de productos terminados a la participación ucraniana en los procedimientos de fabricación, el mantenimiento, la integración y, potencialmente, la producción de una parte creciente de los componentes. Es decir, que Francia pretende más que nunca atar a Ucrania a su propia industria, consciente de lo que puede aportar en cuanto a escalado y adaptabilidad.

Dicho esto, incluso si el nuevo programa comienza con el ensamblaje de piezas importadas desde Francia e Italia, esto por sí solo permitirá que las empresas ucranianas se introduzcan en la cadena de valor, formen personal especializado y adquieran experiencia en la producción de interceptores modernos, algo de lo que carecen. A largo plazo, esta participación podría reducir los tiempos de producción y la logística, facilitar las reparaciones y adaptar determinados procesos a las necesidades observadas en combate.

El Aster constituye, además, una de las pocas alternativas europeas maduras al Patriot estadounidense y es una de las claves de la futura defensa antimisil en la Unión Europea, que los Veintisiete están tratando de impulsar con varios programas en paralelo. Desarrollado por el consorcio franco-italiano Eurosam, en el que participan MBDA y Thales, es el principal interceptor de la familia SAMP/T. La nueva versión SAMP/T NG está concebida para enfrentarse a aeronaves, misiles de crucero y determinadas amenazas balísticas, según explica la propia Eurosam, aunque lo cierto es que, pese a lo que diga la empresa, todavía está lejos de demostrar el tipo de capacidades demostradas por los Patriot (una de las razones que explican la insistencia ucraniana en recibir hasta 300 de estos misiles antes del invierno).

Pese a todo, para sus fabricantes la cooperación con Ucrania ofrece la oportunidad de demostrar la eficacia del sistema en el entorno operativo más exigente de Europa, así como la de ampliar a futuros la base de usuarios y presentar el Aster como una opción creíble frente a la posición dominante del Patriot. La guerra está acelerando una competición que va mucho más allá de las necesidades inmediatas de Kiev. Los países europeos están aumentando sus presupuestos, sustituyendo sistemas antiguos y creando nuevas capas de defensa aérea. Las decisiones adoptadas ahora determinarán qué fabricantes dominarán ese mercado durante las próximas décadas (suponiendo que se puedan hacer ese tipo de previsiones).

Al fin y al cabo, si los Estados europeos responden a la amenaza rusa únicamente comprando mayoritariamente material estadounidense, la dependencia tecnológica respecto a Washington se consolidará y se dejará vía libre a sus empresas para seguir creciendo y tomando una posición aún más dominante. Francia, aunque de forma en muchos casos egoísta y siempre arrogante, intenta evitar este extremo ofreciendo una alternativa europea que combine sistemas, participación industrial y acceso a una cadena de producción menos condicionada por las prioridades políticas estadounidenses. Eso sí, choca con la oposición o los intereses contrapuestos de muchos de sus socios, comenzando por Alemania…

La concesión de la licencia no significa, en cualquier caso, que Ucrania vaya a fabricar grandes cantidades de Aster de forma inmediata; ni siquiera a medio plazo. El misil pertenece a una cadena industrial franco-italiana compleja y todavía no se conoce qué proporción podrá localizarse en Ucrania, qué componentes seguirán produciéndose en Europa occidental ni cuándo comenzarán las primeras entregas.

Francia, además, tendrá que formar trabajadores, transferir maquinaria, certificar instalaciones y ampliar una capacidad europea todavía limitada. Por otra parte, cualquier localización profunda deberá contar con la participación de las empresas y autoridades italianas implicadas en Eurosam. Es probable que las primeras fases se centren en el mantenimiento, el montaje, las estructuras, el cableado y otros elementos relativamente sencillos, mientras los buscadores, la electrónica y los componentes más sensibles continúan fabricándose en Francia o Italia.

El valor inicial del programa será, por tanto, más industrial y político que cuantitativo. Permitirá, si sale como pretenden sus impulsores (recordemos que todo puede quedar como se dice vulgarmente en agua de borrajas tras las próximas elecciones presidenciales galas) crear capacidades, acumular experiencia y preparar futuras ampliaciones, pero no sustituirá durante los próximos meses (o años) las entregas procedentes de las líneas europeas existentes.

Interceptor Aster 30
Interceptor Aster 30. Imagen: eurosam.

Las trampas del «permiso político» de Trump

La iniciativa francesa ha llegado apenas unos días después del famoso «permiso político» concedido por Donald Trump para que Ucrania produzca interceptores Patriot, previsiblemente pertenecientes a la familia PAC-3. El anuncio posee un enorme valor estratégico, pues hasta hace poco resultaba difícil imaginar que Washington aceptase localizar parte de la producción de uno de sus interceptores más sensibles en un país en guerra. Algo que ya nos dice que hay un interés más allá de la mera ayuda militar; interés que podría tener que ver con mantener un mercado cautivo, evitando que aparezcan alternativas como Freyja de bajo coste y producidas en masa, al tiempo que se intenta evitar que productores europeos ocupen el lugar de los norteamericanos, cuya producción es totalmente insuficiente por el momento para satisfacer la demanda.

La Presidencia ucraniana ha confirmado la decisión estadounidense, aunque la información disponible continúa describiéndola como una autorización adoptada al máximo nivel político, más que como un acuerdo industrial plenamente desarrollado, lo que debería dar que pensar. Esta distinción es esencial, pues al fin y al cabo un voluble Trump podría ordenar que el programa avance, designándolo como prioridad de seguridad nacional y exigiendo de paso que las agencias estadounidenses tramiten las autorizaciones con la mayor rapidez posible. Sin embargo, una declaración presidencial no sustituye automáticamente ni a las licencias de exportación, ni tampoco la autorización para transferir información técnica o clasificada, o los acuerdos sobre propiedad intelectual. Eso por no hablar de los contratos con Lockheed Martin y sus proveedores, la selección de la variante que se producirá, la certificación de las instalaciones o la necesidad de un marco financiación plurianual claro y estable.

¿Qué significa realmente «fabricar»?

Cuando hablamos de fabricar, y más cuando lo hacemos en relación con la industria de defensa, ha de tenerse en cuenta que las posibilidades son muchas, tanto por lo que se refiere al producto final como a las formas en que la producción se lleve a cabo. Washington y Kiev tendrán que decidir, dicho esto, si la futura producción abarcará el PAC-3 CRI, el más avanzado PAC-3 MSE o alguna configuración adaptada específicamente a las necesidades de Ucrania. La diferencia no es menor. El PAC-3 MSE incorpora sistemas de propulsión, electrónica, guiado y control terminal especialmente sensibles, lo que implica mayor protección y también escasez. Y es que cuanto más avanzada sea la variante elegida y mayor sea el nivel de localización buscado, más complejas serán las autorizaciones y más prolongado resultará el proceso.

Además de lo anterior, también será necesario decidir qué significa exactamente «producir en Ucrania». El concepto puede abarcar posibilidades muy diferentes: fabricar contenedores y estructuras, producir componentes mecánicos, ensamblar subconjuntos, integrar misiles a partir de kits estadounidenses, realizar el montaje final o reproducir en territorio ucraniano la mayor parte de la cadena industrial, algo que podría llevar mucho, mucho tiempo; máxime teniendo en cuenta lo que está costando a la propia Lockheed Martin, que cuenta con el expertise y la financiación, aumentar la producción de Patriot en suelo estadounidense.

Las primeras opciones podrían aplicarse relativamente pronto. La última exigiría transferir tecnologías, procesos y conocimientos que Estados Unidos ha protegido durante décadas y que ni siquiera todos los países que producen Patriot bajo licencia (como Japón) controlan plenamente.

Licencias de fabricación, asistencia técnica y control político

La propia Agencia de Cooperación de Seguridad y Defensa de Estados Unidos (la famosa DSCA), define la producción bajo licencia como el resultado de acuerdos entre empresas estadounidenses y gobiernos, organizaciones o compañías extranjeras. La participación del Gobierno estadounidense comprende la aprobación de los casos de ventas militares necesarios y de las correspondientes licencias de exportación. Estos acuerdos suelen imponer límites cuantitativos a la producción y restricciones estrictas sobre cualquier transferencia posterior a terceros países. A veces, draconianos.

Una vez definido el alcance, la cosa no terminaría ahí, ni mucho menos; Lockheed Martin y las entidades ucranianas tendrían que preparar uno o varios acuerdos industriales. La normativa estadounidense recogida en el título 22, parte 124, del Código de Regulaciones Federales exige la aprobación previa y por escrito del Departamento de Estado para que entren en vigor los acuerdos de licencia de fabricación o de asistencia técnica.

El expediente debe identificar de forma precisa el artículo que se fabricará, el equipo de apoyo y pruebas que será exportado, los materiales avanzados incluidos, los conocimientos de diseño y fabricación que se transferirán, la duración del acuerdo y los países o territorios en los que estará autorizada la producción.

No bastaría, por tanto, con una autorización genérica para «fabricar Patriot» como la concedida por Trump de palabra. Lockheed Martin tendría que detallar qué planos, especificaciones, programas informáticos, herramientas, procedimientos y servicios técnicos podrán recibir las empresas ucranianas. También habría que identificar a todos los participantes extranjeros, los subcontratistas, la cantidad aproximada de misiles que podrán producirse, las limitaciones a su uso (un tema no menor) y los mecanismos mediante los cuales Estados Unidos verificará el número y el destino de las unidades fabricadas (lo cual también ha sido motivo de polémica durante estos años, con exámenes rigurosos).

La normativa distingue además entre los acuerdos de licencia de fabricación y los acuerdos de asistencia técnica. Los primeros permiten a una entidad extranjera producir artículos de defensa estadounidenses utilizando datos técnicos y conocimientos transferidos por una compañía norteamericana. Los segundos permiten prestar servicios de defensa, formar personal o divulgar determinada información técnica. En un programa de la complejidad del PAC-3 serían necesarios ambos elementos: una licencia para fabricar y múltiples autorizaciones para formar trabajadores, instalar maquinaria, supervisar procesos y resolver problemas técnicos, que sin duda surgirán.

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