En un mundo donde el cambio tecnológico se precipita a velocidades vertiginosas, el historiador Henry Adams ya intuyó a principios del siglo XX una “ley de la aceleración” que marcaría el rumbo de la humanidad. Desde las innovaciones disruptivas del siglo XIX, como la locomotora o el teléfono, hasta los albores de la aviación y la física atómica, el progreso humano ha seguido una curva que desafía nuestra capacidad de comprensión y gestión. Pensadores como Adams, Burnham, Toffler o Kurzweil han reflexionado sobre esta dinámica exponencial, que no solo transforma la tecnología, sino también la guerra, la logística y la propia sociedad. En este artículo, exploramos cómo la aceleración del progreso, desde las armas individuales hasta la complejidad logística moderna, está redefiniendo las reglas del conflicto y plantea preguntas inquietantes sobre un futuro que avanza más rápido de lo que podemos asimilar.
Aceleración
“Así, tomando el año 1900 como punto de partida para remontar la serie, nada era más fácil que suponer un período de diez años de retraso hasta 1820, pero más allá de ese punto el estadístico fracasaba, y sólo el matemático podía ayudar. A Laplace le habría parecido un juego de niños fijar una relación de progresión en la ciencia matemática entre Descartes, Leibnitz, Newton y él mismo. Watt podría haber calculado en libras el aumento de potencia entre los motores de Newcomen y los suyos. Volta y Benjamin Franklin habrían expresado su progreso como creación absoluta de potencia”[1].
El texto con el que abrimos este artículo, que forma parte de un libro de próxima publicación, se lo debemos al historiador estadounidense Henry Brooks Adams, descendiente de dos presidentes norteamericanos, ganador del premio Pulitzer y, seguramente, la primera persona que puso negro sobre blanco la idea de una hipotética “ley de la aceleración”. Brooks, quien vivió entre 1838 y 1918, hizo esta propuesta en 1904, incluyendo el texto posteriormente en una obra titulada “La educación de Henry Adams”, una recopilación de escritos autobiográficos. En el penúltimo de ellos, titulado precisamente “Ley de la aceleración”, hacía una serie de comentarios filosóficos sobre el progreso humano, llegando a hablar incluso sobre la necesidad de una nueva mente social. Lo más reseñable es que Adams se mostraba consciente ya entonces de que los conocimientos de 1900 no servirían apenas de nada en el año 2000, debido a los avances científicos y técnicos. Para entonces, el siglo XIX le parecería a un estadounidense tan lejano como el siglo IV se lo parecía a él.
Adams pudo ser el primero en reflejar en su obra la idea de la aceleración, pero sin duda no fue el primero en pensar sobre ella, ni tampoco sería el último en reflexionar acerca de una dinámica que en un momento en el que el ser humano conquistaba el aire -algo que había ocurrido en 1903, pocos meses antes de que Adams escribiese sus reflexiones-, debía parecer evidente. Hasta el punto de que hay quienes sostienen que:
“[…] el alcance del cambio tecnológico percibido en las décadas de 1890 y 1920 probablemente parecía considerablemente más rápido para el ciudadano promedio que en la década de 1970, ya que esas épocas anteriores implicaron innovaciones socio tecnológicas enormemente disruptivas como la dinamo eléctrica, el telégrafo, el teléfono, el automóvil, la radio, la cadena de montaje, etc.”[2].
Es difícil no estar de acuerdo, incluso viviendo una época tan fascinante como la actual. Durante el siglo XIX habían sido inventadas la locomotora, la fotografía, la anestesia, el teléfono, la lámpara incandescente, la dinamita, el generador eléctrico, el gramófono, el radiocontrol, la pasteurización, el dirigible y hasta la Coca-Cola. Las ciencias avanzaban al rimo de la teoría de números de Gauss, la teoría de la evolución de Darwin, la teoría atómica de Dalton o la teoría microbiana de la enfermedad, gracias a la labor de John Snow (quien tuvo también mucho que ver en el desarrollo de la anestesia) o Luis Pasteur. Durante los primeros años del siglo XX, además, se inventaron electrocardiógrafo, la lavadora, el acero inoxidable, el avión y hasta la cremallera. Todo mientras la física atómica despuntaba como rama de esta ciencia, con el descubrimiento de la radiactividad en 1896, el electrón en 1897 o el núcleo atómico en 1906. Y, por supuesto, Einstein publicaba por esas fechas su teoría de la relatividad especial (1905), formulando además la equivalencia de la masa y la energía y posteriormente su teoría de la relatividad general (1915). Era pues totalmente lógico que los contemporáneos intuyesen que la historia se había acelerado y mirasen al futuro con expectación; también que la fascinación por el progreso alumbrase monstruos, como ocurre cada vez que este supera en su velocidad de avance a la capacidad de las sociedades a la hora de gestionarlo.
Después de Henry Adams, sería el arquitecto y urbanista Daniel Hudson Burnham -conocido por ser el diseñador del Flatiron Building de Nueva York- quien, en 1910, durante una conferencia pronunciada ante el Real Instituto de Arquitectos Británicos bajo el título “Una ciudad del futuro bajo un gobierno democrático”[3], volviese a hacer referencia a la aceleración. En concreto, Burnham afirmó que “el progreso no reside únicamente en la cantidad de hechos o tipos de conocimiento: reside aún más en la proporción geométrica de la sofisticación, en el crecimiento geométrico de la esfera del conocimiento, que cada año abarca un porcentaje mayor de personas a medida que pasa el tiempo”. El estadounidense, quien era también un conocido ambientalista, proclamaba además con optimismo que el aire de la ciudad del futuro será limpio o que el uso de la locomoción animal estaba llegando a su fin, mientras alababa el cambio que traería consigo la electrificación.
Al margen de los anteriores, han sido muchos más los personajes, algunos de ellos muy destacados, que han hablado de una forma u otra sobre la aceleración. Es el caso del matemático polaco Stanislaw Ulam, quien tomó parte en el proyecto Manhattan y propuso posteriormente el diseño Teller-Ulam para las armas termonucleares. Ulam citó en uno de sus escritos una conversación con el húngaro John von Neumann, quien acuñó además el término «singularidad». Los dos colegas tuvieron la oportunidad de charlar, al parecer, sobre “el progreso cada vez más acelerado de la tecnología y los cambios en el modo de vida humano, lo que da la impresión de acercarse a alguna singularidad esencial en la historia de la raza más allá de la cual los asuntos humanos, tal como los conocemos, no podrían continuar”[4].
Además de ellos, merecería prácticamente un capítulo aparte el futurólogo estadounidense Alvin Toffler, quien tanto en “El shock del futuro” como en “La tercera ola”, hacía varias referencias a la idea de la aceleración. De hecho, en este último título hablaba explícitamente de tres olas de cambio, cada una de ellas llegada tras un periodo más corto que el anterior (aunque no llegaba a hablar de estasis o equilibrio puntuado) y ponía en relieve la forma en que cada una de estas olas de cambio, como las denominaba, había “sepultado culturas o civilizaciones anteriores y las ha sustituido por formas de vida inconcebibles hasta entonces”[5]. Añadía, además, a modo de predicción[6]:
“La primera ola de cambio -la revolución agrícola- tardó miles de años en desplegarse. La segunda ola -el nacimiento de la civilización industrial- necesitó sólo trescientos años. La Historia avanza ahora con mayor aceleración aún, y es probable que la tercera ola inunde la Historia y se complete en unas pocas décadas. Nosotros, los que compartimos el Planeta en estos explosivos momentos, sentiremos, por tanto, todo el impacto de la tercera ola en el curso de nuestra vida”.
Alvin Toffler falleció en 2016, a los 87 años. Lo haría apenas tres años antes que Heidi, su mujer y coautora de varias de sus obras, incluyendo “La tercera ola”, aunque la coautoría le fuera reconocida posteriormente. No tuvieron tiempo, por tanto, de ver muchos de los avances que ya anticipaban en sus escritos, ni tampoco de tomar perspectiva para dibujar con mayor nitidez algunas de sus compartimentaciones históricas. No obstante, fueron quizá los que más claramente atisbaron el tipo de cambios que la revolución en las telecomunicaciones o Internet podrían llegar a acarrear incluso cuando ARPANET todavía no habría cambiado el protocolo NCP por su sustituto TCP/IP y, por supuesto, muchísimo antes de que Tim Berners-Lee desarrollase la World Wide Web.
El problema de Adams, como el de Burnham, el de Toffler y el de tantos otros, es que la aceleración es extremadamente difícil de cuantificar y que, aunque realmente se estuviese produciendo en lo que respecta al progreso tecnológico, nada permite asegurar que el ritmo de incremento observado hasta una determinada fecha sea perpetuo, pues podría detenerse en cualquier momento por diversas razones. Además, incluso dentro de lo que podría considerarse un crecimiento acelerado, hay grados, pues no es lo mismo un ritmo en el que, por ejemplo, la capacidad de computación se doble cada año que otro en el que se doble cada dos años, a pesar de que uno y otro son crecimientos exponenciales. Y no es que no se hayan hecho intentos de demostrar que la aceleración existe, no. Más bien al contrario. Por ejemplo, el arquitecto y futurista Richard Buckminster Fuller -quien popularizó la cúpula geodésica-, habló a finales de los años 30 de la «Ephemeralization», un término sin traducción a clara a otros idiomas (aunque en español suele emplearse «Efemeralización») con el que quería referirse a la capacidad de la tecnología de permitir el progreso consumiendo para ello cada vez menos recursos gracias a la optimización. Su idea, recogida en el libro “Nine Chains to the Moon” (1938) se resume en la sentencia final del capítulo dedicado a la «Efemeralización», en el que concluye afirmando que[7]:
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