El anuncio de la clase Trump o BBG(X) marca uno de los giros conceptuales más llamativos de la política naval estadounidense en los últimos años: el intento de recuperar, bajo formas tecnológicas nuevas, la lógica del acorazado como buque capital en detrimento de los portaaviones o incluso los submarinos. Una idea a priori descabellada, en tiempos de transición hacia un paradigma de guerra mosaico, pero que podría tener su razón de ser. Idea que, al menos, merece un análisis desde una perspectiva histórica, doctrinal y geopolítica, en el que se tengan en cuenta las intenciones del presidente estadounidense y algunos de sus asesores, la herencia de Mahan, la evolución de los grandes acorazados estadounidenses y el fracaso parcial de apuestas previas como la clase Zumwalt, todo ello además en un nuevo contexto de rivalidad naval con China. Toca, pues hablar sobre dimensiones y desplazamiento, sobre blindaje, sobre una posible propulsión nuclear, el armamento hipersónico y de energía dirigida a bordo, el coste y, por supuesto, sobre las las limitaciones industriales estadounidenses, ya que ponen en tela de juicio la viabilidad de la clase Trump antes de que haya siquiera un diseño final. También es necesario hablar sobre el eventual papel que los BBG(X) podrían tener en la disuasión extendida mediante la posible integración del SLCM-N. Un proyecto, en cualquier caso, que supone un golpe sobre la mesa y una apuesta decidida por el poder naval pero que, también, debe hacer frente a todos los dilemas clásicos que acompañan a este tipo de decisiones: concentración frente a dispersión, prestigio frente a eficiencia y probable impacto estratégico frente a viabilidad real.
The essence of submarine warfare is the offensive! For the commander of a submarine, therefore, the maxim: «He who wants to be victorious on the sea must always attack!» has special meaning
(The Submarine Commander’s Handbook, 1943).
Índice
- Introducción
- Los grandes acorazados: Acero, fuego y poder
- Alfred Thayer Mahan y el poder marítimo
- El ocaso de la artillería naval y de las grandes unidades de combate de superficie
- El contexto geopolítico: China y la iniciativa «Golden Fleet»
- Radiografía de la clase Trump
- Cronograma y costes de la clase Trump
- Un programa controvertido a diferentes niveles
- La dimensión nuclear y la disuasión extendida
- ¿Tiene sentido estratégico la clase Trump?
- Lecciones pasadas y prospectiva futura
- Conclusiones
- Notas
Introducción
El 22 de diciembre de 2025, el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, anunció desde su residencia de Mar-a-Lago la creación de una nueva clase de grandes buques de combate de superficie bajo la denominación de clase Trump. El primer buque de la clase, el USS Defiant (BBG-1), constituirá si llega a ser botado, el núcleo de lo que Trump ha denominado como «Golden Fleet» («Flota Dorada»), una ambiciosa iniciativa de rearme naval orientada a restablecer la supremacía marítima estadounidense en el siglo XXI. El USS Defiant será, de hecho, el mayor buque de combate de superficie -obviando los portaaviones, que son caso aparte- construido por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial y, aunque inicialmente se prevé la construcción de dos unidades, la intención a largo plazo sería la de alistar entre 20 y 25 buques. La construcción comenzaría en torno a 2030 y sustituiría al programa DDG(X), actualmente en marcha[1].
El programa, encuadrado bajo el acrónimo BBG(X) (del inglés Battleship, Guided Missile, Experimental), representa el regreso conceptual del acorazado a la Marina estadounidense (US Navy) y responde a una combinación de factores estratégicos, tecnológicos e industriales[2]. En el plano geopolítico, se inserta en la creciente rivalidad sino-estadounidense por el dominio del Indo-Pacífico y el control de las rutas marítimas globales, siendo identificado por diversos analistas chinos como una iniciativa orientada principalmente a contrarrestar el ascenso naval de la República Popular China. Ya lo dijo Turner: no es cuestión de números y sí de capacidades[3].
Desde el punto de vista técnico-operativo, el BBG(X) superaría en desplazamiento y potencia de fuego a cualquier combatiente de superficie de la flota actual, salvo los portaaviones de las clases Nimitz y Ford. Tendría una eslora aproximada de 262 metros, una manga de 33,5 metros y un desplazamiento superior a las 35.000 toneladas, más del doble que los destructores de la clase Zumwalt. Estaría equipado con el radar AN/SPY-6, 128 celdas MK-41 VLS distribuidas en tres bloques, misiles hipersónicos Conventional Prompt Strike (CPS), láseres de entre 300 y 600 kW y un cañón electromagnético (railgun) de 32 megajulios. Además, combinaría avanzadas capacidades ofensivas, mando y control integrado y operaciones con plataformas tripuladas y no tripuladas.
El diseño inicial contaba con una planta propulsora híbrida basada en turbinas de gas y motores diésel conectados a una red eléctrica integrada, pero dada la elevada demanda energética se ha optado por una propulsión nuclear capaz de alimentar sensores y armas, además de facilitar un margen de crecimiento futuro, pues en estos tiempos de aceleración tecnológica, científica y técnica, resulta casi imposible prever qué sistemas deberán embarcarse a décadas vista. Asimismo, podría operar aeronaves V-22 Osprey y futuros sistemas de despegue vertical. El coste estimado por unidad oscilaría entre 10.000 y 15.000 millones de dólares la unidad, aunque algunas estimaciones de la Congressional Budget Office elevan la cifra del primer buque hasta cerca de 19.000 millones de dólares. Los principales astilleros implicados serían Bath Iron Works y HII Ingalls Shipbuilding, mientras que la administración estadounidense estudia incrementar la automatización y el empleo de sistemas robotizados para cubrir las necesidades de mano de obra industrial.
El proyecto supone un cambio significativo en la estrategia naval estadounidense y refleja el intento de adaptar la doctrina del poder marítimo tradicional a un entorno caracterizado por la proliferación de misiles hipersónicos, sistemas no tripulados y escenarios de guerra multidominio. En este contexto, el BBG(X) aspira a convertirse no solo en una plataforma de combate de gran supervivencia y capacidad ofensiva, sino también en un símbolo político e industrial del retorno de la primacía naval estadounidense en un escenario internacional cada vez más competitivo.
Explicado esto, vamos pues con un análisis que llevaremos a cabo en perspectiva histórica y estratégica, en el que tendremos en cuenta la racionalidad y las contradicciones de este proyecto y en el que hablaremos desde la doctrina de Mahan hasta sobre los dilemas de la disuasión extendida en la era del misil hipersónico y la guerra cognitiva.

Los grandes acorazados: Acero, fuego y poder
La historia de los grandes acorazados es parte, sin duda alguna, de la historia de la ambición humana por dominar los mares. Desde los navíos de línea de madera del siglo XVII hasta los gigantes de acero de la primera mitad del siglo XX, hay una continuidad clara entre estos buques capitales que representaron la máxima expresión del poder naval de cada época. Ningún otro tipo de buque encarnó de manera tan precisa la relación entre tecnología, capacidad industrial, voluntad política y hegemonía estratégica. Fue, por decirlo de alguna manera, el instrumento mediante el cual las grandes potencias proyectaron su influencia, protegieron sus rutas marítimas y se disputaron el control de los océanos.
Según autores como Olmos, los grandes acorazados representaron una solución tecnológica extraordinaria para un modelo de guerra naval que estaba desapareciendo incluso antes de que los últimos de ellos entrasen en servicio[4]. El caso del HMS Vanguard demuestra cómo doctrinas heredadas, inercias industriales y prestigio estratégico llevaron a invertir enormes recursos en plataformas cada vez menos relevantes frente al auge del portaaviones, la aviación embarcada y, ya con el paso del tiempo, los sistemas distribuidos y no tripulados. Y es que la historia naval nos muestra un patrón recurrente del que hemos hablado en muchas ocasiones: se desarrollan en ocasiones sistemas excelentes desde el punto de vista técnico pero desfasados respecto a la evolución real del combate, confundiendo capacidad militar con tradición o prestigio político.
La transición hacia el acorazado moderno comenzó durante las guerras napoleónicas, pero fue la Guerra Civil estadounidense la que aceleró definitivamente el paso del casco de madera al buque blindado. El combate entre el Monitor y el Virginia en 1862 evidenció la obsolescencia inmediata de los grandes navíos tradicionales y desencadenó una carrera naval internacional marcada por la búsqueda de buques cada vez más grandes, blindados y poderosos. La Royal Navy británica lideró inicialmente este proceso, seguida por Alemania, Francia, Japón y Estados Unidos, conscientes de que el dominio marítimo constituía un elemento decisivo de la política mundial.
En Estados Unidos, el desarrollo del acorazado moderno acompañó la consolidación del país como potencia global. Las primeras generaciones de predreadnoughts, como las clases Maine o Mississippi, estuvieron condicionadas por limitaciones presupuestarias y técnicas que redujeron su eficacia. Sin embargo, estas experiencias proporcionaron enseñanzas fundamentales para la evolución posterior del diseño naval estadounidense. El auténtico punto de inflexión llegó en 1906 con la botadura del HMS Dreadnought, cuya concepción revolucionó la guerra naval y dejó obsoletas a las flotas existentes hasta entonces gracias a su blindaje, velocidad y potencia de fuego. Estados Unidos respondió con la clase South Carolina, cuyo innovador diseño de torretas superfiring anticipó soluciones que posteriormente se convertirían en estándar en todos los grandes acorazados.
Eso sí, hay que tener claro que en la época dorada de la construcción de los grandes acorazados, desde aproximadamente 1860 hasta la Primera Guerra Mundial, el gasto en defensa llegó a representar cerca de la mitad del presupuesto del Gobierno británico. Dentro de este esfuerzo, la construcción naval de acorazados constituyó la principal partida del gasto público británico desde finales del siglo XIX hasta 1914, generando además un enorme interés político, mediático y social, en un fenómeno comparable al que hoy suscitan los grandes programas estratégicos de defensa[5].
Durante las primeras décadas del siglo XX, la US Navy evolucionó mediante una sucesión de mejoras progresivas reflejadas en las clases Delaware, Florida, Wyoming y New York. El aumento del calibre de los cañones, la mejora del blindaje y la evolución de los sistemas de propulsión consolidaron el ascenso de Estados Unidos como potencia naval. La clase Wyoming, con doce cañones de 305 mm distribuidos en seis torretas gemelas, fue considerada en 1912 el buque de guerra más poderoso del mundo. No obstante, la Primera Guerra Mundial, dominada por submarinos y minas, limitó el protagonismo de las grandes flotas de superficie.
El apogeo del acorazado estadounidense llegó en el periodo de entreguerras con las clases North Carolina, South Dakota e Iowa. Las restricciones impuestas por los tratados navales de Washington y Londres obligaron a maximizar el rendimiento dentro de límites estrictos de tonelaje y armamento, dando lugar a algunas de las plataformas navales más equilibradas jamás construidas. Estas unidades combinaban gran velocidad, potente artillería de 406 mm y elevados niveles de protección. El USS Washington protagonizó en Guadalcanal, en noviembre de 1942, el único duelo artillero entre acorazados librado por la US Navy durante la Segunda Guerra Mundial, hundiendo al japonés Kirishima mediante el empleo combinado de radar y fuego naval a corta distancia.
Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial también evidenció el declive estratégico del acorazado frente al portaaviones. El hundimiento del HMS Prince of Wales y del HMS Repulse por la aviación japonesa en 1941, así como la destrucción del Yamato en 1945, demostraron que la supremacía naval había pasado definitivamente a la aviación embarcada. Aun así, los acorazados no desaparecieron de inmediato. Es más, sin duda los más familiarizados con el tema recordarán cómo, durante los años ochenta, la US Navy reactivó los cuatro buques de la clase Iowa, modernizándolos con misiles Tomahawk y Harpoon y empleándolos como plataformas de proyección de poder. El USS Missouri y el USS Wisconsin participaron incluso en la Guerra del Golfo de 1991 bombardeando posiciones iraquíes. Así pues, sólo con el retiro definitivo de la clase Iowa en los años noventa se cerró un ciclo histórico de más de un siglo y medio de evolución del acorazado que, lógicamente, ha tenido su impacto en la mentalidad estadounidense.
La desactivación definitiva del último Iowa en 1992 dejó sin reemplazo directo a una plataforma capaz de proporcionar fuego naval masivo, sostenido y autónomo sin depender de la aviación embarcada ni de bases terrestres cercanas. En este contexto, el programa BBG(X) aparece como un intento de reinterpretar el concepto del acorazado en clave tecnológica contemporánea, lo que implica sí o sí mayor precisión y alcance y, también, capacidad de defenderse por ejemplo frente a misiles balísticos e hipersónicos y enjambres de drones.
Sea como fuere, frente a las 58.000 toneladas y los nueve cañones de 406 mm de los Iowa, la futura clase Trump ofrecerá 128 celdas de lanzamiento vertical, misiles hipersónicos y armas de energía dirigida capaces de operar en escenarios multidominio. La historia de los grandes acorazados no habrá concluido, por tanto, con la baja de los Iowa, sino que habría quedado interrumpida temporalmente hasta su posible reaparición bajo un paradigma tecnológico radicalmente distinto.

Alfred Thayer Mahan y el poder marítimo
Para comprender el significado estratégico de la clase Trump, resulta imprescindible remontarse al conocido autor y marino estadounidense Alfred Thayer Mahan, cuya obra The Influence of Sea Power upon History (1890) sentó las bases doctrinales de la US Navy durante más de un siglo. Para Mahan, el dominio marítimo constituía la condición esencial de la supremacía nacional: controlar las rutas oceánicas, negar el acceso al adversario y proyectar poder desde el mar hacia el interior continental eran los pilares fundamentales del poder de las grandes potencias. En este esquema conceptual, los acorazados representaban mucho más que simples plataformas de combate; eran instrumentos centrales de la política exterior y símbolos visibles de la capacidad industrial y estratégica del Estado.
La influencia de la doctrina mahaniana fue decisiva en el desarrollo de la flota estadounidense de comienzos del siglo XX. Inspiró tanto la construcción de los grandes acorazados predreadnought como la célebre circunnavegación de la «Gran Flota Blanca» entre 1907 y 1909, impulsada por Theodore Roosevelt como demostración global del incipiente poder naval norteamericano; una operación que perseguía simultáneamente fines disuasorios, diplomáticos y psicológicos, estableciendo un precedente que encuentra claros paralelismos en el actual concepto de «Golden Fleet» promovido por Donald Trump. La idea de que una marina poderosa constituye no solo un instrumento militar, sino también una herramienta de prestigio internacional y coerción estratégica, permanece plenamente vigente más de un siglo después[6].
Desde otra perspectiva teórica, Carl von Clausewitz afirmó en Vom Kriege que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Trasladada al ámbito naval, esta idea implica que los grandes buques de guerra son también manifestaciones materiales de la voluntad política del Estado. En consecuencia, un acorazado contemporáneo dotado de misiles hipersónicos, sistemas de energía dirigida y capacidades avanzadas de mando y control no solo desempeña una función táctica, sino que transmite un mensaje geopolítico explícito: la determinación estadounidense de mantener su primacía marítima frente al crecimiento acelerado de la Marina del Ejército Popular de Liberación chino (PLAN) y la revitalización parcial de la Marina rusa. Este doble carácter político y militar constituye una de las claves fundamentales para interpretar la lógica estratégica detrás del programa BBG(X).
La formulación más claramente mahaniana pronunciada recientemente por un alto mando naval estadounidense corresponde al almirante Daryl Caudle, Jefe de Operaciones Navales, durante su comparecencia ante el Subcomité de Defensa de la Cámara de Representantes en mayo de 2026: «In particular, in the Pacific — an ocean three times the size of the Atlantic — I need those types of legs and endurance to serve as a capital ship that comes with that firepower to be able to deliver that combat payload» («En concreto, en el Pacífico -un océano tres veces más grande que el Atlántico-, necesito ese tipo de autonomía y resistencia para poder actuar como buque insignia dotado de la potencia de fuego necesaria para emplear esa carga de combate») [7].
En estas palabras resuena el núcleo conceptual defendido por Mahan en 1890: el dominio marítimo solo puede ejercerse desde el propio mar y requiere plataformas capitales dotadas de autonomía, resistencia y capacidad ofensiva suficiente para operar a grandes distancias. Más de un siglo después, la US Navy parece regresar a ese mismo razonamiento para justificar el programa naval más ambicioso y controvertido de su historia reciente.

El ocaso de la artillería naval y de las grandes unidades de combate de superficie
Entre el retiro definitivo de los Iowa en los años noventa y el anuncio de la clase Trump en diciembre de 2025, la US Navy exploró distintas alternativas para cubrir el vacío dejado por los grandes combatientes de superficie. El programa de destructores de la clase Zumwalt (DDG-1000), concebido a finales de los noventa como heredero conceptual de los Iowa, constituye un ejemplo ilustrativo de los riesgos asociados a la ambición tecnológica y a la inestabilidad programática[8]. Inicialmente, la US Navy proyectó la adquisición de más de treinta unidades equipadas con una arquitectura furtiva, el cañón Advanced Gun System (AGS) de 155 mm capaz de disparar proyectiles guiados a más de cien millas náuticas y una planta propulsora eléctrica integrada de nueva generación. Por sus dimensiones y capacidades, muchos analistas llegaron a compararlos con los modernos cruceros de batalla.
Sin embargo, el programa terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más paradigmáticos de escalada de costes en la adquisición de sistemas navales complejos; la quintaesencia del «arsenal barroco». El precio unitario superó los 7.000 millones de dólares y la serie quedó reducida a únicamente tres buques, mientras la US Navy optaba por continuar la producción de destructores Arleigh Burke, en un esfuerzo que continúa todavía hoy, con más de 70 unidades ya entregadas. El principal problema afectó al propio concepto artillero del programa: la munición guiada del AGS alcanzó un coste superior al millón de dólares por proyectil, lo que llevó a su cancelación y dejó al sistema sin capacidad operativa real. Como consecuencia, los Zumwalt fueron posteriormente reconvertidos para emplear misiles hipersónicos CPS en sustitución de los cañones originalmente previstos.
El programa DDG(X) (del que también hemos hablado en estas páginas), concebido posteriormente como relevo de los Arleigh Burke, se encontraba aún en fase conceptual cuando fue cancelado abruptamente en diciembre de 2025 para dar paso al proyecto BBG(X). Esta sucesión de ambición tecnológica, dificultades presupuestarias, redefiniciones doctrinales y cancelaciones refleja tanto la complejidad inherente al desarrollo de sistemas navales avanzados como la persistente fascinación estratégica estadounidense por los grandes buques de combate de superficie.
La conexión entre el Zumwalt y el BBG(X) no es únicamente doctrinal, sino también tecnológica. El anterior Secretario de Marina, John Phelan, afirmó durante la Sea-Air-Space 2026 que «BBG(X) builds on lessons learned from DDG(X)» («El BBG(X) se basa en las lecciones aprendidas del DDG(X)»)[9]. La principal limitación del DDG-1000 fue precisamente su incapacidad para alimentar de manera eficaz los sistemas para los que había sido concebido, especialmente el railgun electromagnético y los láseres de alta potencia. Aunque el sistema Integrated Power System (IPS) generaba 78 megavatios, esa capacidad resultó insuficiente para sostener el rendimiento operativo requerido. El programa del railgun consumió más de 500 millones de dólares antes de su cancelación en 2021.
El BBG(X), en cualquier caso, intenta resolver ese problema desde su misma concepción mediante el empleo de propulsión nuclear, capaz de proporcionar la energía necesaria para sistemas de armas de elevada demanda, sin comprometer en ningún caso ni su velocidad ni su autonomía. En este sentido, el nuevo programa no solo puede interpretarse como el sucesor conceptual de los Iowa, sino también como una segunda oportunidad tecnológica para materializar capacidades que el Zumwalt nunca llegó a desarrollar plenamente. No sabemos, eso sí, si terminará convirtiéndose en una Ghost Fleet, en el marco de una futura Tercera Guerra Mundial[10].

El contexto geopolítico: China y la iniciativa «Golden Fleet»
El anuncio de la clase Trump solo puede comprenderse por completo dentro del contexto de creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China. En septiembre de 2025, Donald Trump propuso por primera vez la construcción de nuevos acorazados pesadamente armados para la US Navy y, el 22 de diciembre de ese mismo año, el Departamento de Guerra presentó formalmente el concepto BBG(X) como pieza central de la iniciativa denominada «Golden Fleet». El programa busca simultáneamente revitalizar la industria naval estadounidense y responder al rápido crecimiento de la PLAN, en un escenario de competencia entre grandes potencias que recuerda, con evidentes diferencias tecnológicas, a las carreras navales de comienzos del siglo XX.
Durante las dos últimas décadas, la PLAN ha evolucionado desde una fuerza costera defensiva hacia una armada de proyección oceánica con capacidad global. La incorporación de tres portaaviones, de destructores Tipo 055 equipados con 112 celdas de lanzamiento vertical y de una creciente fuerza submarina nuclear ha alterado significativamente el equilibrio naval en el Indo-Pacífico. Diversos análisis estadounidenses sostienen que la US Navy se encuentra cada vez más condicionada por el alcance de los sistemas de misiles chinos, especialmente en escenarios de alta intensidad lejos de bases avanzadas. Esta situación ha impulsado la búsqueda de plataformas de superficie con mayor autonomía, capacidad defensiva y potencia de fuego (de largo alcance), superando las limitaciones del actual sistema MK 41 VLS y de los destructores convencionales.
Los ejercicios de simulación estratégica realizados por distintos centros de análisis estadounidenses concluyeron además que las fuerzas navales chinas conservarían una elevada capacidad ofensiva incluso después de las primeras salvas de misiles, lo que refuerza la necesidad de plataformas capaces de absorber daños y mantener una gran capacidad de combate sostenido. En este contexto, el BBG(X) pretende combinar defensa aérea de gran profundidad, capacidad hipersónica y resistencia operativa prolongada, actuando como un auténtico capital ship adaptado al combate multidominio del siglo XXI[11].
Sin embargo, el programa ha generado importantes críticas dentro de la propia comunidad estratégica estadounidense. En febrero de 2026, el Center for Strategic and International Studies (CSIS) publicó un informe titulado The Golden Fleet’s Battleship Will Never Sail, en el que cuestionaba la viabilidad del proyecto debido a sus costes, plazos y dependencia de tecnologías todavía inmaduras[12]. El análisis señalaba además las limitaciones de la base industrial naval estadounidense para sostener un programa de semejante magnitud. Estas críticas reflejan una tensión fundamental entre el valor político y simbólico del BBG(X) como instrumento de señalización estratégica y las dudas existentes sobre su materialización efectiva como capacidad operativa real.
En este marco, las declaraciones del anterior Secretario de Marina, John Phelan, describiendo el futuro acorazado de la clase Trump como «el buque de guerra más grande, más letal, más versátil y de mejor aspecto del mundo», revelan una dimensión adicional del programa: su función simbólica y psicológica, muy en línea con la forma de pensar y actuar del propio Trump. En este sentido, la iniciativa «Golden Fleet» no buscaría únicamente incrementar una serie de capacidades militares, sino también proyectar una imagen visible de poder nacional y liderazgo marítimo global, evocando deliberadamente el legado histórico de la «Gran Flota Blanca» de Theodore Roosevelt.

Radiografía de la clase Trump
Las especificaciones preliminares del USS Defiant (BBGN-1), primera unidad de la clase Trump, fueron divulgadas oficialmente el 22 de diciembre de 2025 y recogidas posteriormente en Jane’s Fighting Ships[13]. El buque tendría un desplazamiento superior a las 35.000 toneladas, con algunas estimaciones situándolo entre 27.000 y 36.000 toneladas estándar, una eslora aproximada de 256 metros, una manga de 32 metros y un calado de 7,3 metros. Estas dimensiones lo sitúan en parámetros comparables a los grandes acorazados de la Segunda Guerra Mundial, como los Iowa, aunque con una arquitectura interna completamente orientada a la integración de tecnologías del siglo XXI.
La velocidad prevista superaría los 30 nudos, situándolo entre los grandes combatientes de superficie más rápidos jamás construidos. La decisión tecnológica más relevante del programa fue confirmada por el almirante Daryl Caudle ante el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes en mayo de 2026: el BBG(X) utilizará el reactor nuclear A1B, el mismo que equipa a los portaaviones de la clase Gerald R. Ford. La US Navy ha adoptado una estrategia de máxima reutilización tecnológica (pull-through), incorporando sistemas ya desarrollados y validados para la clase Ford, incluidos el reactor, parte de la arquitectura energética, sensores y sistemas de combate. El elemento realmente nuevo del programa sería, por tanto, el casco y su integración operativa como capital ship.
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