El empleo del Poder Aeroespacial en los conflictos actuales

Superioridad aérea, dominio espacial y lecciones de Ucrania e Irán

Bombardero B-2 en vuelo. La disponibilidad de aparatos furtivos es una de las claves del poder aeroespacial en los conflictos modernos. Ahora bien, está por ver si las plataformas como la de la imagen tienen futuro a largo plazo o si son sustituidas por otras mucho más baratas y numerosas, aunque sus capacidades stealth sean menores
Bombardero B-2 en vuelo. La disponibilidad de aparatos furtivos es una de las claves del poder aeroespacial en los conflictos modernos. Ahora bien, está por ver si las plataformas como la de la imagen tienen futuro a largo plazo o si son sustituidas por otras mucho más baratas y numerosas, aunque sus capacidades stealth sean menores. Imagen: Northrop Grumman.

Los conflictos más recientes confirman que el poder aeroespacial mantiene una prioridad estratégica difícil de discutir. No solo sigue siendo esencial para disuadir en tiempo de paz y para coercer en crisis o conflicto, sino que además se adapta mejor que otros instrumentos militares a entornos operativos cada vez más complejos, acelerados y multidominio. A partir de los casos de Ucrania, Rising Lion y Epic Fury, este análisis sostiene que la superioridad aérea continúa siendo una condición decisiva, aunque hoy deba alcanzarse con métodos distintos a los tradicionales y, a menudo, de forma temporal o localizada. El texto examina también la expansión del papel de los drones, las limitaciones reales de los misiles hipersónicos, la creciente relevancia del dominio espacial y la necesidad de integrar medios aéreos, espaciales, cibernéticos y de inteligencia dentro de campañas sincronizadas. La conclusión es clara: por su agilidad, flexibilidad, capacidad de integración y alcance estratégico, el poder aeroespacial sigue siendo uno de los pilares centrales de la seguridad nacional de países como España y uno de los instrumentos mejor preparados para operar en los escenarios del presente y del futuro.

Índice

Introducción

Los conflictos actuales evidencian que el poder aeroespacial es un elemento esencial y decisivo en el combate y que constituye el elemento fundamental para alcanzar la libertad de acción de las fuerzas propias[2] en un entorno muy complejo que se ha visto alterado, tanto en su contexto como en los medios empleados. Las lecciones identificadas y aprendidas al respecto en los últimos conflictos son clara evidencia de ello y resaltan, aún más, el papel preponderante del poder aeroespacial en crisis o conflicto. En la obra recientemente publicada La evolución del poder aeroespacial. Una herramienta esencial de la seguridad nacional se sostenía, además, que, en el complejo y dinámico contexto que hoy vivimos, el poder aeroespacial constituye no solo una herramienta esencial de la Seguridad Nacional, sino que, por su naturaleza, características y capacidades, en base a su gran flexibilidad y capacidad de adaptación y conectividad, está llamado a ocupar un puesto de privilegio y un papel protagonista en la necesaria adaptación y evolución hacia la operación en entorno multidominio.

Conviene hablar, por tanto, de poder aeroespacial y no únicamente de poder aéreo, dado que el dominio espacial vive un incremento significativo de su protagonismo en operaciones militares, no solo en apoyo de las fuerzas en combate y como facilitador de las operaciones militares, sino como un dominio operativo más cuando se trata de producir el efecto requerido en el adversario.

Para sustentar las afirmaciones realizadas al comienzo de este análisis, resulta útil revisar, aunque sea de forma somera, el empleo del poder aéreo en algunos de los conflictos más relevantes de hoy y, en cada caso, en aquellas fases más importantes en lo relativo a su empleo, especialmente las iniciales, que suelen ser además las fases cruciales para el devenir posterior de los acontecimientos.

EF-18M del Ala 12 con el pod CORE desarrollado por INDRA. Fuente – Ministerio de Defensa de España.

Conflicto en Ucrania

En lo referido al empleo del poder aeroespacial, el conflicto que enfrenta a Ucrania con el régimen agresor del Kremlin[3] y la operación israelí Rising Lion contra Irán en 2025 constituyen una clara evidencia de tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, la trascendencia de disponer de superioridad aérea, aunque sea de forma temporal. En segundo lugar, las graves consecuencias de no alcanzarla al convertir el conflicto en una trágica y desastrosa guerra de atrición, tanto en el empleo de fuerzas terrestres como en lo que acontece en el espacio aéreo, como es el caso de Ucrania. Y, en tercer lugar, el papel decisivo del poder aeroespacial en las operaciones militares.

Ese papel determinante se habría verificado igualmente en la operación estadounidense Midnight Hammer, en junio de 2025, contra Irán, si atendemos a sus objetivos limitados. Y, si nos abstraemos de los objetivos globales y del resultado final del conflicto actual, cabría decir lo mismo de las operaciones Epic Fury, estadounidense, y Roaring Lion, israelí, contra el país de los ayatolás, así como de la operación Absolute Resolve, que concluyó con la captura de Nicolás Maduro.

En lo que respecta al conflicto en suelo europeo, y dejando al margen otras lecciones relacionadas con el empleo del instrumento militar y con el mando y control en entorno multidominio, en lo relativo específicamente al empleo del poder aeroespacial conviene destacar varias lecciones aprendidas o identificadas.

En primer lugar, el poder aeroespacial es un elemento decisivo en el combate y contribuye a lograr la libertad de acción de las fuerzas propias. Su empleo inadecuado transforma la fisonomía de la guerra y la convierte en una guerra de desgaste. Aunque en los entornos operativos actuales resulte más difícil conseguirla, la superioridad aérea sigue siendo crucial. No disponer de ella restringe el empleo del poder aeroespacial y su capacidad de ataque en profundidad[4].

Al inicio del conflicto, las Fuerzas Aeroespaciales Rusas, VKS[5], intentaron desarrollar una campaña aérea al estilo occidental, cuyo fracaso influyó en el resto de dominios y derivó en un bloqueo naval y en un combate de atrición en el dominio terrestre. Lo acontecido en el dominio aéreo corrobora, una vez más, que obtener la superioridad aérea no es una opción, sino una necesidad. En este caso, al no disponer del grado adecuado de control del aire, las fuerzas aéreas de ambos contendientes no han sido capaces de ejecutar, en toda su extensión, misiones de ataque estratégico en profundidad[6], ni de llevar a cabo con eficacia misiones de interdicción y apoyo aéreo cercano.

Como demostraría posteriormente Rising Lion, los entornos concebidos o definidos como A2/AD[7] imponen grandes restricciones a las operaciones aéreas, pero no las imposibilitan en absoluto. Con medios adecuados, adiestramiento y un planeamiento apropiado que tenga en cuenta todos los factores, es posible conseguir el grado de control del aire que permita alcanzar los centros de gravedad y los elementos vitales del adversario. Para ello, es imprescindible disponer de capacidades adecuadas contra el poder aéreo enemigo para misiones OCA y, entre ellas, de supresión o destrucción de defensas aéreas enemigas para misiones SEAD y DEAD en cantidad y calidad suficientes. Estas capacidades deben ir complementadas con un sistema que permita implementar el proceso completo de kill-chain[8], sincronizando todos sus elementos y llevando a cabo una evaluación adecuada de daños en combate. Además de estas capacidades ofensivas, es imprescindible disponer de una potente defensa aérea basada tanto en medios aéreos para misiones de patrulla aérea CAP y fighter sweep como de superficie SBAD, totalmente integrados con las fuerzas de defensa aérea.

En las condiciones particulares de esta guerra, la falta de libertad de acción en el aire ha tenido dos consecuencias muy relevantes. Por una parte, ha obligado a las fuerzas aéreas rusas, y en menor medida a las ucranianas, a realizar ataques desde fuera del alcance de las defensas aéreas enemigas, los llamados ataques stand-off, dificultando la consecución de efectos estratégicos de forma precisa. Por otra, ha convertido la capa baja del espacio aéreo en un espacio congestionado y muy disputado cuyo empleo y gestión exigen un análisis profundo que ya ha dado comienzo en los entornos aliados.

La renuncia de ambos contendientes a combatir, por diversos motivos, por la superioridad aérea ha impedido el empleo efectivo de todas las capacidades del poder aéreo y ha forzado, en su lugar, la utilización de otros vectores de mayor coste y menor disponibilidad, como los misiles, o el empleo masivo de UCAV y drones en misiones con un rol de combate cada vez más relevante a medida que ha ido evolucionando el conflicto[9]. Para lograr un control efectivo del espacio aéreo resulta, por tanto, necesario desarrollar sistemas que aporten suficiente conciencia situacional en esas capas, así como disponer de efectores que permitan combatir los diferentes sistemas en un entorno multidominio.

En segundo lugar, los UCAV en general y, en particular, los drones tipo OWA[10], del inglés One-Way Attack, en ocasiones denominados drones kamikaze, se han mostrado como nuevas armas ofensivas. Resulta imprescindible analizar adecuadamente su empleo, lo que obliga al desarrollo de sistemas defensivos eficaces que anulen o limiten sus efectos[11].

El empleo masivo de UCAV y drones tipo OWA ha alterado el equilibrio ofensivo-defensivo del poder aéreo y constituye una amenaza significativa para las fuerzas propias. Su capacidad de saturar las defensas antiaéreas y de atacar en profundidad, además de su bajo coste y facilidad de producción, ha convertido estos sistemas en una herramienta clave en este conflicto y, previsiblemente, en conflictos futuros.

Asimismo, su utilización masiva ha planteado dos realidades de gran alcance operativo. La primera es que, dado el impacto que su empleo ha tenido en el control efectivo del espacio aéreo, la adquisición de estos sistemas, la adaptación doctrinal para su empleo propio en diferentes cometidos y el desarrollo de capacidades defensivas C-UAS[12] frente a sistemas adversarios constituyen ya una prioridad. La segunda es que, en entornos saturados de UAS, en sus diferentes funciones ISR y de combate, como es el caso de la capa baja del espacio aéreo en zona de operaciones, los grados clásicos doctrinales de control del aire, superioridad aérea y supremacía aérea, diseñados para escenarios más propios del combate entre aeronaves tripuladas, pueden resultar difíciles de alcanzar. Será necesario, por ello, buscar y mantener una adecuada superioridad aérea parcial, en espacio y tiempo, que permita alcanzar los objetivos establecidos en cada caso.

En tercer lugar, este conflicto está constituyendo un verdadero banco de pruebas de nuevos sistemas de armas, en particular en lo relacionado con los misiles hipersónicos. Aunque han logrado efectos limitados en el dominio cognitivo y suponen, sin duda, una amenaza significativa, no han tenido, por el momento, el impacto esperado.

Una característica destacada del conflicto está siendo la rápida evolución de las tecnologías de combate y su aplicación extensiva por ambas partes. Sin embargo, también se ha podido verificar que la ventaja tecnológica previa, a favor de Rusia, no ha supuesto un factor decisivo que le permitiera alcanzar el control del aire. La tecnología, por sí sola, no asegura la superioridad en el espacio de batalla. Debe ir acompañada de una evolución en la doctrina de empleo, de tácticas y procedimientos adecuados, del adiestramiento del personal que la opera y de su integración con el resto de sistemas de armas con los que debe actuar. Solo cuando se cumplen todos estos requisitos puede hablarse de una nueva capacidad de combate. A pesar de la aparición de nuevas armas, este conflicto también ha demostrado que las capacidades tradicionales siguen plenamente vigentes y continúan teniendo un papel fundamental.

En lo relativo al empleo de UCAV y OWA, la necesidad de operar en un espacio aéreo negado, o cuando menos disputado, ha obligado a la utilización de munición stand-off y al empleo masivo de estos sistemas. Rusia se convirtió, además, en marzo de 2022, en el primer país del mundo en utilizar misiles hipersónicos en combate al lanzar uno de ellos contra un depósito subterráneo de armas en el oeste de Ucrania.

Aunque las armas hipersónicas son aquellas que alcanzan una velocidad entre Mach 5 y Mach 25, en realidad este tipo de armamento ya existe desde hace años, dado que los misiles balísticos intercontinentales pueden calificarse como armas hipersónicas. No obstante, estas armas pueden modificar su trayectoria, lo que las hace difíciles de detectar a larga distancia y de interceptar dada su elevada velocidad. En Ucrania, Rusia ha utilizado en numerosas ocasiones el Kh-47M2 Kinzhal contra objetivos de bajo valor estratégico. Desde su entrada en servicio en 2017, este misil ha sido utilizado como propaganda de los avances tecnológicos y militares rusos, incluso directamente por el presidente Putin. De hecho, podría decirse que su mayor impacto en el conflicto ha sido fundamentalmente propagandístico, dado que su tecnología sigue siendo algo inmadura y no se ha podido emplear en cantidades significativas, entre otras razones por su elevado coste y la escasez de existencias.

En lo relativo a la efectividad de este tipo de misiles, aunque es pronto para conocer con exactitud la veracidad de su invulnerabilidad publicitada, puede afirmarse que su empleo se encuentra igualmente afectado por los principios relativos a la masa y a la concentración, que siguen siendo válidos. Sus efectos no podrán ser apreciables mientras no se disponga de ellos en cantidad suficiente como para sustituir los ataques por medios convencionales, o bien se utilicen contra objetivos de alto valor estratégico cuando la relación coste-beneficio permita priorizar su empleo frente a otro tipo de armamento. Por el momento, en Ucrania, a pesar de que los misiles hipersónicos han realizado ataques precisos y letales, su impacto no parece haber sido muy elevado ni a nivel estratégico ni operacional, ni haber tenido mayor influencia en las operaciones aéreas.

En cuarto lugar, contemplado ya como dominio operativo, el espacio se confirma como un capacitador de las operaciones militares, pero incorpora además un factor adicional a las propias operaciones. El incremento de medios satelitales de compañías civiles y su empleo en conflictos, por una parte, y el aumento en la capacidad de algunos actores, por ahora estatales, de llevar a cabo actividades contra las capacidades espaciales con posibles efectos estratégicos, por otra, constituyen elementos a tener muy en cuenta en conflictos futuros[13].

En el actual conflicto en Ucrania, las capacidades espaciales han contribuido de forma muy significativa. En especial, las Fuerzas Armadas ucranianas han recibido apoyos importantes en comunicaciones, imágenes o posicionamiento, con una participación relevante de medios espaciales de compañías privadas. Estos apoyos les han proporcionado información muy sensible y valiosa sobre los movimientos y situación de las tropas rusas, además de la capacidad de realizar ataques de precisión contra objetivos clave y de mantener comunicaciones y compartir información vital para la puesta en práctica de una kill-chain eficaz.

Por su parte, para contrarrestar esta ventaja, Rusia ha llevado a cabo actividades de control del espacio, fundamentalmente de carácter ofensivo, mediante las denominadas capacidades contraespaciales, con ataques en el dominio ciberespacial y en el entorno electromagnético. No obstante, la Federación Rusa no ha utilizado sus armas cinéticas antisatélite, probadas con éxito en 2021, ni tampoco ha podido verificarse el empleo del sistema láser Peresvet, probablemente por la dificultad de alcanzar una negación efectiva de la capacidad adversaria dado el elevado número de satélites existentes y lo inasumible del caos en el espacio que produciría su destrucción física, además de la escalada que tal acción pudiera provocar.

En consecuencia, el espacio ha sido un capacitador fundamental para las operaciones en tierra, sobre todo desde el punto de vista de la inteligencia. Los contendientes han sido capaces de perturbar y, aunque a costa de una clara disminución de la precisión, seguir operando a pesar de no disponer de señal PNT. Asimismo, las empresas comerciales privadas han tenido un papel muy relevante, pauta que parece que continuará en el futuro. De forma genérica, puede decirse que el empleo del dominio espacial en este conflicto ha supuesto un evidente paso adelante y un punto de inflexión, constituyendo la antesala de un incremento de su empleo en futuros conflictos.

MiG-31K de la Fuerza Aérea rusa portando un misil Kh-47M2 Kinzhal sobre Moscú durante las celebraciones del Día de la Victoria de 2018 Fuente - Ministerio de Defensa de la Federación Rusa.
MiG-31K de la Fuerza Aérea rusa portando un misil Kh-47M2 Kinzhal sobre Moscú durante las celebraciones del Día de la Victoria de 2018. Aparatos como estos han recuperado importancia dentro de las campañas de ataque en profundidad con misiles de distintos tipos lanzados desde el aire. Fuente – Ministerio de Defensa de la Federación Rusa.

Operación Rising Lion

En la madrugada del 13 de junio de 2025, aprovechando una clara ventana de oportunidad[14], Israel lanzó la operación Rising Lion de las Fuerzas de Defensa Israelíes contra Irán, un asalto meticulosamente planeado dirigido a paralizar el programa nuclear iraní y a decapitar su liderazgo militar. La precisión y escala de la operación dejaron una huella significativa en la infraestructura nuclear y en la estructura de mando militar iraní. No fue, ni mucho menos, un ataque aéreo más, sino una demostración de inteligencia, potencia de fuego y audacia, ejecutada además con una precisión extraordinaria[15].

La operación se desencadenó en dos acciones distintas, pero mutuamente reforzadas[16]. Primero se produjo el ataque a radares de defensa aérea y nodos de comunicaciones mediante enjambres de pequeños drones explosivos que, según se informó, comandos israelíes habían preposicionado dentro de Irán meses antes. Este ataque desvió la atención de la penetración de cazas israelíes por el oeste de Teherán. Minutos después, más de 200 cazas israelíes, muchos de ellos F-35I Adir con munición lanzada a distancia de seguridad, realizaron ataques de precisión contra más de 100 objetivos de la infraestructura nuclear y militar iraní, incluyendo altos mandos.

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