Diez lecciones de la guerra de Ucrania

Del retorno de la guerra industrial a la democratización de las armas de precisión

Infantes ucranianos entrenando en áreas boscosas. Fuente: Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania
Infantes ucranianos entrenando en áreas boscosas. Fuente: Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania.

En febrero de 2022, cuando las columnas blindadas rusas avanzaron hacia Kiev, pocos imaginaron que tres años después el mundo seguiría debatiendo las lecciones de un conflicto que ha transformado nuestra comprensión de la guerra. Lo que comenzó como una operación que Moscú esperaba resolver en días se ha convertido en un laboratorio vivo de tácticas, operaciones, estrategias y tecnologías. También de resiliencia, de movilización y de innovación en el sentido más amplio de la palabra. El análisis del conflicto ruso-ucraniano revela una transformación fundamental en el carácter de la guerra moderna, caracterizada por una fusión sin precedentes de tácticas de desgaste de la era industrial con tecnologías disruptivas de la era de la información. Cuando está cerca de finalizar el año 2025, todavía es mucho lo que queda por estudiar acerca de esta conflagración, la mayor en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. En las siguientes líneas recogemos diez lecciones de la guerra de Ucrania, un conflicto que tras más de tres años de lucha encarnizada, sigue sorprendiendo y que daría, desgraciadamente, para extraer muchas otras lecciones más.

Índice

  • Introducción
  • Guerra de desgaste Vs guerra de maniobra
  • Sobre la transparencia del campo de batalla
  • Sistemas Autónomos e Inteligencia Artificial (IA)
  • Doctrina, y más cosas…
  • El Dominio de la Información y la Guerra Cibernética
  • Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR)
  • Logística, Sostenimiento y capacidad Industrial
  • Los dominios aéreo y marítimo
  • Resiliencia nacional y movilización
  • En realidad, hay muchos más temas sobre los que trabajar
  • Bibliografía básica

Introducción

Los tres últimos años y medio de guerra en Ucrania (un conflicto al que hemos dedicado ya cuatro libros, a la espera al menos de un quinto) han dejado claro que los sistemas autónomos, en particular los drones de bajo coste, han democratizado el poder aéreo (aunque operen en puridad en el dominio terrestre) y han convertido el campo de batalla en un entorno letal y transparente, exponiendo la vulnerabilidad de las fuerzas concentradas y los puestos de mando tradicionales. No ha sido, ni mucho menos, la única lección de un conflicto, el ucraniano, que pese al estancamiento generalizado de los dos últimos años, superado apenas por los agónicos avances rusos gracias a innovaciones como los grupos de reconocimiento en profundidad o DRGs, sigue dejándonos novedades.

La logística y la capacidad industrial han demostrado ser factores decisivos, revelando profundas vulnerabilidades en los modelos occidentales tipo «just in time», en los que se puso tanta esperanza tras el final de la Guerra Fría, al verse casi como la cuadratura del círculo; una promesa de ahorro y eficiencia sin parangón, que se ha demostrado inútil en una guerra que demanda cantidades asombrosas de todo tipo de materiales, municiones y suministros. Problema agravado, además, por el rápido agotamiento, al inicio del conflicto, de unas reservas de municiones que eran de todo punto insuficientes.

La logística es, quizá, la gran lección de esta guerra (y de todas, sorprendentemente), no tanto en su variante operacional, como en la industrial. Hasta el punto de que Ucrania ha subrayado una vez más la necesidad urgente de una transición hacia una base industrial de defensa resiliente y capaz de sostener operaciones de combate a gran escala.

Hay, sin embargo, mucho más. En estos tres años largos, el dominio de la información se ha consolidado como un espacio central del campo de batalla (y fuera de él). Un ámbito en el que las comunicaciones estratégicas, las operaciones de desinformación y la «armamentización» de la inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) han sido cruciales para moldear la percepción pública propia y ajena y obtener apoyo internacional.

Las lecciones, empero, exceden lo anterior. El éxito de Ucrania se ha sustentado en la adaptabilidad, el mando descentralizado de tipo misión (mission command) y una estrategia que ha involucrado, aunque de forma desigual, a toda la sociedad. Por el contrario, los fracasos iniciales de Rusia se atribuyen a una rígida doctrina centralizada, una subestimación del adversario y una lenta capacidad de adaptación, punto de partida desde el cual han sabido adaptarse y mejorar, hasta el punto de haber logrado durante los dos últimos años retener la iniciativa, si bien asumiendo un coste exacerbado.

Sea como fuere, y aunque las próximas líneas son un ejercicio incompleto y hasta cierto punto inconexo, las lecciones que aquí compartimos deberían ser un llamado a la acción para las fuerzas militares de todo el mundo, obligando a una reevaluación completa del grado real de preparación frente a un un futuro de posibles conflictos de alta intensidad, tecnológicamente avanzados y sostenidos en el tiempo, pero también sorprendentes, asimétricos y con un papel central de la opinión pública y una dispersión sin precedentes de las unidades.

https://www.revistaejercitos.com/opinion/la-logistica-estupido/

Guerra de desgaste Vs guerra de maniobra

La guerra en Ucrania ha desafiado los enfoques doctrinales convencionales, demostrando ser una combinación única de tácticas pasadas y emergentes, no en vano hemos visto desde ataques blindados de lo más tradicionales a asaltos en patinete eléctrico o por parte de tropas a pie que se reabastecían, literalmente, del material de sus compañeros caídos. Por todo ello, este conflicto está redefiniendo en muchos sentidos la interacción entre maniobra y desgaste, en un contexto de creciente (ya casi total, aunque hay espacio para el camuflaje y la sorpresa, como cuando se emplean ductos para avanzar a cubierto) transparencia del campo de batalla.

Pese a ello, la guerra de Ucrania ha reafirmado la importancia de las tácticas de armas combinadas, si bien de formas nuevas y con los drones como elemento casi ubicuo. Lo que no ha hecho, a pesar de que por momentos parecía que sí, es constatar la superioridad de la maniobra sobre el desgaste, o viceversa, sino que ha demostrado su interdependencia y la alternación entre distintas fases, según la ayuda afluía o los avances técnicos permitían implementar nuevas TTPs.

De esta forma, se pasó de operaciones muy móviles en Járkov o Jersón, o al inicio de la guerra, a fases de estancamiento y guerra de posiciones. Así, batallas como la de Bakhmut ejemplifican una estrategia de desgaste deliberada por parte de Ucrania, destinada a erosionar la capacidad de combate rusa, aceptando un alto coste a cambio de infligir pérdidas aún mayores al enemigo. Sin entrar en el resultado, que sigue siendo motivo de controversia, sí cabe decir que para entonces Rusia todavía no había logrado acercarse en materias como la drónica o el Mando y Control a Ucrania, algo que una vez hecho, permitiría retomar la maniobra, aunque fuese en la mayor parte de los casos táctica y asumiendo una enorme atrición.

En el caso de las fases de movimiento, las acciones ucranianas en Jersón y particularmente en Járkov (no así en Kursk, aunque hubo interesantes novedades relacionadas con los sistemas no tripulados) demostraron una ejecución magistral del arte operacional, utilizando el engaño y la creación de dilemas para lograr avances rápidos y la liberación de vastos territorios. Pasados casi cuatro años desde el inicio de la guerra, el movimiento ha vuelto al frente, aunque a un ritmo mucho menor y basado en las bombas planeadoras destinadas a allanar el terreno a los DRGs; una forma distinta de superar el estancamiento que poner de relieve la importancia del poder de fuego y de las armas de precisión de bajo coste.

Es normal, visto lo anterior, que el conflicto haya generado un intenso debate sobre si la defensa se ha vuelto dominante y, también, respecto a en qué nivel o niveles ocurriría esto. Lo que sí está claro, pues esta guerra tiene particularidades que la hacen difícilmente extrapolable a otros escenarios, al menos en su totalidad, es que ha estado marcada por la dificultad de ambas partes para lograr avances decisivos, especialmente contra posiciones defensivas bien preparadas y minadas; todo lo cual debería ser una buena noticia para la OTAN, pues subrayaría la práctica imposibilidad de llevar a cabo operaciones ofensivas sin superioridad aérea previa, algo que en Ucrania ni uno ni otro han tenido.

https://www.revistaejercitos.com/articulos/carne-de-canon/

Sobre la transparencia del campo de batalla

La proliferación de sensores, especialmente drones ISR y satélites comerciales, ha creado un campo de batalla casi transparente, con implicaciones significativas para la supervivencia de las unidades, independientemente de su tamaño. Lo que en un principio, con los drones comerciales, supuso un varapalo inesperado para las columnas rusas, ha llegado al punto de afectar a las unidades más pequeñas y dispersas, incluso al nivel de los infantes individuales, contra los cuales se pueden empeñar varios drones FPV de ser necesario, dada la relación de costes, mientras otros de mayor tamaño se dedican a la observación, la coordinación, o incluso labores de relé y nodriza, cada vez más comunes.

Este punto es importante, pues los drones nodriza y relé permiten maximizar el alcance y son elementos multidominio por naturaleza, como cuando se utilizan para combinar drones terrestres o navales con aparatos aéreos. Además, la incorporación de bovinas de fibra ha permitido multiplicar el alcance y la supervivencia, permitiendo la interdicción a distancias de más de 40 kilómetros (se están probando modelos con 60 kilómetros de fibra óptica, aunque se duda por el momento sobre su viabilidad).

La capacidad de detectar y atacar concentraciones de tropas y equipos casi en tiempo real ha forzado a ambas partes a operar en formaciones dispersas y pequeñas para sobrevivir. Los grandes puestos de mando y nodos logísticos se han convertido en objetivos de alto valor y extremadamente vulnerables, blanco de FABs, AASM, cohetes guiados, misiles Iskander y, en general, de cualquier vector de precisión que permita aprovechar la disponibilidad de información.

En relación con lo anterior, la dependencia de las comunicaciones ha hecho que la firma electromagnética termine por convertirse en un factor crítico. Se ha informado de numerosos casos de fuerzas rusas y ucranianas siendo localizadas y atacadas debido a una mala gestión de la firma, incluido el uso de teléfonos móviles no seguros. Eso en los niveles más bajos (táctico y operacional), pues en el estratégico nadie puede dudar de que la capacidad estadounidense de estudiar el EORBAT ruso llegó a ser crítica en algunos momentos, al adelantar movimientos tras detectar concentraciones, por ejemplo.

Nada de lo anterior sería posible sin los avances que se han producido en términos de conexión de sensores a tiradores («any sensor, best shooter»), facilitada por aplicaciones de software ágiles, como el archiconocido Delta ucraniano. Sistemas que han reducido drásticamente el tiempo entre la detección y el ataque, aumentando la letalidad del fuego de artillería y drones y, lo mejor, a una fracción del coste de sistemas equivalentes en pruebas o servicio en otros ejércitos, gracias al empleo de soluciones COTS y la labor de voluntarios, entre otros.

https://www.revistaejercitos.com/articulos/la-inteligencia-artificial-y-la-guerra-hasta-el-ano-2045/

Sistemas Autónomos e Inteligencia Artificial (IA)

La guerra en Ucrania ha sido descrita como «una guerra de drones». Estos sistemas, junto con la IA que cada vez más los alimenta, no son meros complementos, sino que se han convertido en un componente central de cualquier combate, misión, operación o campaña, alterando muchas de las dinámicas fundamentales del conflicto.

Ucrania, en particular, ha demostrado una capacidad innovadora para desarrollar y desplegar una vasta y sofisticada fuerza de drones, a pesar de no tener un programa gubernamental activo antes de 2014. Huelga decir que esta capacidad innovadora ha tenido un impacto estratégico que trasciende el campo de batalla ucraniano, con consecuencias como la democratización del poder aéreo. Entiéndase la expresión, pero es que no se nos ocurre otra mejor cuando lo que hemos visto es cómo drones comerciales de bajo coste, adaptados para uso militar, han permitido a unidades pequeñas obtener una conciencia situacional sin precedentes y capacidades de ataque de precisión a distancias hasta hace poco reservadas a la artillería de tubo mayor alcance (a la que casi superan), las bombas guiadas o la artillería cohete.

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