Cisnes negros y tecnología militar: la guerra en 2050

Los cisnes negros son sólo algunos de los muchos eventos que periódicamente nos sorprenden y que son consecuencia de nuestra incapacidad para adelantarnos al futuro. Algo especialmente grave cuando hablamos de la guerra que viene
Los cisnes negros son sólo algunos de los muchos eventos que periódicamente nos sorprenden y que son consecuencia de nuestra incapacidad para adelantarnos al futuro. Algo especialmente grave cuando hablamos de la guerra que viene. Imagen: Ejércitos/IA.

¿Estamos pensando en la guerra en 2050 basándonos en proyecciones lineales o estamos realmente preparados para lo inimaginable? La historia militar demuestra que la mayor amenaza para la defensa y la seguridad no reside únicamente en el arsenal del adversario, sino en nuestra propia incapacidad cognitiva para anticipar los cisnes negros y otras criaturas capaces de demoler las certezas estratégicas, operacionales y tácticas en un instante. En un entorno actual definido por una aceleración tecnológica sin precedentes, donde la computación, la Inteligencia Artificial y la convergencia de varias tecnologías y herramientas más van comprimiendo los tiempos hasta hacer que lo que antes necesitaba de años ahora se haga en semanas, confiar en la mera extrapolación del presente es una receta segura para el desastre. Este análisis profundiza en los sesgos que nublan la prospectiva estratégica y se aventura a explorar tecnologías «esotéricas» -desde la computación con organoides neuronales hasta los sensores de gravimetría cuántica- que podrían llegar a revolucionar la forma de luchar en unos pocos años. Por encima de todo, invita al lector a desafiar la lógica convencional y descubrir cómo prepararse para un futuro donde lo único seguro es la ruptura de la normalidad.

Contenidos

  • Introducción
  • Los animales fantásticos y la defensa
  • Sobre la aceleración, los cisnes negros y otras criaturas
  • El futuro simple y el futuro perfecto
  • Tecnologías potencialmente capaces de alumbrar cisnes negros y otras bestias
  • Reflexión final
  • Notas

Introducción

Décimo Junio Juvenal, poeta romano que vivió a caballo entre los siglos I y II, incluyó en sus Sátiras la frase «rara avis in terris nigroque simillima cygno» (un ave rara en la tierra y muy parecida a un cisne negro). Por entonces los europeos todavía pensaban -y así continuaron haciéndolo durante mucho tiempo- que los cisnes eran y sólo podían ser blancos. Esta creencia, basada en la sólida evidencia de millones de observaciones a lo largo de miles o decenas de miles de años, saltó por los aires en el siglo XVII. Entonces, el explorador neerlandés Willem de Vlamingh descubrió la existencia de los cisnes negros reales (Cygnus atratus) mientras se aventuraba por Australia Occidental allá por 1697.

El descubrimiento del holandés no pasaría de ser más que una mera anécdota, de no ser por un pequeño detalle: dejaba literalmente negro sobre blanco la fragilidad más básica del razonamiento inductivo: no importa cuántos millones de cisnes blancos hayas visto, pues eso no confirma que todos los cisnes sean blancos. Es más, basta con ver un solo cisne negro para invalidar la regla. Desde entonces, la frase pasó de significar más o menos que algo era imposible, a algo muy diferente: que una verdad percibida (y admitida por todos) puede ser refutada en un instante.

Desde el siglo XVII, muchas cosas han cambiado, quedando además la expresión como poco más que un recuerdo. Al menos hasta que Nassim Nicholas Taleb la retomó, introduciéndola de nuevo en el acervo popular (y financiero) tras publicar El Cisne Negro (2007). Este autor estadounidense y libanés utilizó esta hermosa metáfora para criticar los modelos de gestión de riesgos que se utilizaban por entonces en Wall Street, argumentando que el mundo está dominado por lo extremo, lo desconocido y lo muy improbable. Y lo hizo con tan buena fortuna (pues se enriqueció tanto con la venta de libros como con la compra de acciones a la baja) que se anticipó a la crisis financiera de 2008 apenas un instante antes de que esta se llevase por delante el futuro y los ahorros de millones de personas. Desde entonces, se han escrito ríos de tinta sobre los cisnes negros. La expresión, de hecho, volvió a saltar a la palestra a finales de 2019, cuando el coronavirus COVID-19 sacudió el planeta, colapsando los sistemas sanitarios de medio mundo, tensionando las líneas de suministros y segando la vida de millones de personas.

Los cisnes negros, por más famosos que se hayan vuelto en los últimos años, no son más que una de las muchas criaturas que han proliferado en el imaginario popular y académico. A ellos se unen otros como los rinocerontes grises[1], los reyes dragón[3] o los elefantes negros[2] , por citar sólo tres. En todos los casos, no son más que denominaciones más o menos atractivas que hacen referencia a fallos en nuestra lógica, a sesgos cognitivos, a la incapacidad -tan humana- para proyectar más allá de la linealidad y, en definitiva, de hacer una prospectiva de calidad, incluso cuando se dispone de los mejores medios para ello. Normal en un mundo en el que algunos de los mejores predictores no precisamente tecnólogos de larga trayectoria, expertos en wargaming, o analistas de brillante currículum, sino apostadores online que operan en plataformas como Polymarket o Kalshi[4].

Los cisnes negros, como el resto de fauna de este tipo, son la consecuencia como decimos de una serie de sesgos muy difíciles de eliminar, por muchas precauciones que se tomen. Los seres humanos, cazadores por naturaleza, estamos demasiado habituados a proyectar linealmente a partir de una serie de señales (cientos de miles de años buscando huellas, olores, restos de pelaje enganchados en matorrales o ramas rotas dejan una marca indeleble), lo que nos complica eso de pensar «fuera de la caja». También el dar a pequeñas señales que parecen secundarias o poco relacionadas con lo que buscamos, la importancia que realmente tienen. De ahí que luego, cuando algo importante ocurre y echamos la vista atrás, en muchos casos nos llevemos las manos a la cabeza, tras caer en la cuenta de que las advertencias estaban ahí y no las vimos o no supimos verlas.

Entre los sesgos más conocidos, además del citado sesgo de anclaje, que con hace confiar demasiado en la primera pieza de información a nuestra disposición (lo que conocemos), limitando nuestra capacidad de imaginar escenarios diferentes, están también otros como el de confirmación. En este caso, cuando pensamos en el futuro, lo hacemos por lo general de forma involuntaria buscando aquellas señales que validan una idea preconcebida; nuestro «futuro favorito» por decirlo de alguna manera. Otros sesgos, como el de disponibilidad, nos hace sobreestimar aquello que nos ha impactado más o que tenemos más cerca, haciendo que de cara al futuro busquemos escenarios similares. Es, sin ir más lejos, lo que está ocurriendo con muchos a propósito de la Guerra de Ucrania, de forma que ven en los próximos conflictos, como podría ser una guerra en Indo-Pacífico, repeticiones a escala del enfrentamiento aun en marcha, en lugar de valorar la posibilidad de que ocurra alto radicalmente diferente.

Los ejemplos son muchos más, desde sesgos de optimismo a sesgos de pensamiento de grupo, de normalidad o del presente, a falacias, que también las hay, como las del coste hundido, que nos llevan a seguir apostando por algo cuando consideramos que ya hemos comprometido demasiados recursos o esfuerzos en ello como para dar marcha atrás. En cualquier caso, esta introducción no tiene más objeto que dar al lector unas breves pinceladas acerca de lo endiabladamente complicado que es acertar, cuando se trata del futuro, dadas nuestras limitaciones «estructurales» como humanos que somos.

Los animales fantásticos y la defensa

Cuando los cisnes negros y otras criaturas sobrevuelan el mundo financiero, o incluso el sanitario, las consecuencias pueden ser severas, y en ocasiones mortales, como hemos visto. Cuando lo hacen el sector de la defensa, llegan a ser a ser catastróficas, como ocurrió con la Primera Guerra Mundial y como podría ocurrir, de fallar la disuasión, con la tercera.

Pensemos en el caso de la Primera Guerra Mundial por un momento. Los autores ni siquiera están todavía de acuerdo acerca de si se trató de un cisne negro o, por el contrario, de un rinoceronte (o elefante) gris. Es cierto que durante muchos años hubo tensiones en Europa. A pesar de la larga «paz armada», o precisamente porque esa «paz» no fue sino una carrera armamentística de libro en la que los dilemas de seguridad crecieron en tamaño y peso hasta hacerse insoportables, el sistema terminó por colapsar en agosto de 1914. Y lo hizo de la forma más inesperada: con el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando. Un evento puntual que desencadenó una reacción en cadena, sumiendo al Viejo Continente en un conflicto que lejos de durar apenas unas semanas, como muchos pensaban, se prolongó durante cuatro largos y atroces años, transformando el mundo y arrastrando con ella varios imperios por el sumidero de la historia.

Sin embargo había señales. Muchas. En primer lugar, de lo que ahora llamaríamos riesgo geopolítico. Así, en un mundo repartido entre un puñado de potencias y en franco cambio económico y tecnológico gracias a la Segunda Revolución Industrial, una nueva potencia, Alemania, reclamaba su «lugar bajo el sol», en la forma de un imperio propio suficiente para garantizar su futuro. Un cambio de situación que implicó numerosas tensiones y, como hemos dicho, una carrera armamentística sin parangón hasta entonces. Además, hubo crisis previas, por ejemplo en Marruecos o en los Balcanes. El sistema de alianzas, por otra parte, no estaba diseñado tanto para generar disuasión, como para buscar una guerra. En decir, que la Primera Guerra Mundial no fue tanto una sorpresa como una terrible negligencia por parte de una serie de líderes incapaces de ver lo que se les venía encima. Tampoco de gestionarlo, como se explica de forma tan brillante en Los cañones de agosto, de Bárbara Tuchman.

Casi más relevante, los ejércitos fueron a la guerra sin atender por completo a las lecciones de los conflictos precedentes, como la guerra de Secesión estadounidense o la guerra Ruso-Japonesa. El ejemplo más evidente es el de Francia, en donde cientos de miles de poilus fueron movilizados en las primeras semanas, marchando al frente sin el concurso de sus relucientes ametralladoras. Consideradas demasiado pesadas por una oficialidad que pensaba que la guerra sería rápida y móvil, como lo había sido la Franco-Prusiana, se habían adquirido por imposición del Legislativo, comenzando a utilizarse sólo una vez quedó dramáticamente constatado el equívoco inicial.

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