Las estrategias asimétricas se han convertido en uno de los componentes estructurales de la competencia estratégica contemporánea. Este artículo examina cómo los conflictos actuales se organizan como auténticas arquitecturas de confrontación en las que interactúan, de manera simultánea, medios militares convencionales, instrumentos cibernéticos, campañas informativas, coerción económica y actores no estatales. A partir de una reflexión histórica y conceptual, el texto plantea que muchas de las dinámicas hoy presentadas como novedosas poseen antecedentes claros en la tradición estratégica, aunque la globalización, la digitalización y la difusión tecnológica han multiplicado su alcance y velocidad de impacto. Sobre esa base, el trabajo analiza tres escenarios especialmente representativos: la guerra entre Rusia y Ucrania, la rivalidad entre Israel, Irán y Estados Unidos, y las dinámicas de seguridad vinculadas al crimen organizado y a la militarización de la seguridad en América Latina. El argumento central sostiene que las estrategias indirectas han dejado de ser una anomalía táctica para convertirse en una forma estable de competencia geopolítica, cada vez más desarrollada en entornos multidominio situados por debajo del umbral de la guerra abierta.
Índice
- Introducción
- Perspectiva histórica sobre las estrategias asimétricas
- Marco conceptual
- La información y la propaganda como instrumentos de confrontación
- Ucrania y la interacción entre guerra convencional y estrategias híbridas
- El conflicto entre Israel, Irán y Estados Unidos
- Dinámicas de seguridad híbrida en América Latina
- Conclusiones
Introducción
Durante gran parte de los siglos XIX y XX, el análisis de la guerra estuvo dominado por el estudio de enfrentamientos interestatales relativamente simétricos. Desde la perspectiva clásica de los estudios estratégicos, la guerra se concebía principalmente como un enfrentamiento directo entre Estados que empleaban sus fuerzas armadas para alcanzar objetivos políticos definidos.
Sin embargo, el entorno internacional posterior al final de la Guerra Fría ha puesto en cuestión varios de los supuestos asociados a esta visión tradicional. Aunque los conflictos convencionales no han desaparecido, el panorama estratégico contemporáneo muestra una creciente presencia de actores no estatales, métodos de confrontación indirectos y herramientas de presión que trascienden el ámbito estrictamente militar.
En la actualidad, la competencia entre actores internacionales se desarrolla simultáneamente en múltiples ámbitos. El espacio informativo, el ciberespacio, los mercados energéticos, las cadenas de suministro tecnológicas y los entornos sociales se han convertido en escenarios en los que también se despliega la rivalidad estratégica.
Este desplazamiento hacia formas de confrontación multidimensionales no constituye un fenómeno completamente nuevo. A lo largo de la historia, los actores con menor capacidad material han recurrido con frecuencia a estrategias indirectas para compensar su desventaja frente a adversarios más poderosos. Las tácticas de hostigamiento utilizadas por comunidades periféricas frente a grandes imperios o las guerras de guerrillas en contextos de ocupación militar ilustran esta lógica histórica.
Lo que diferencia al contexto actual es la escala y la velocidad con la que estas dinámicas pueden producir efectos estratégicos. La globalización, la digitalización y la difusión de tecnologías relativamente accesibles han reducido significativamente las barreras de entrada para la proyección de poder.
En consecuencia, actores estatales y no estatales pueden combinar instrumentos militares, económicos, informativos y tecnológicos dentro de estrategias prolongadas de competencia. Este tipo de configuraciones complejas puede entenderse como arquitecturas de conflicto, en las que diversas herramientas de poder se integran dentro de un mismo proceso estratégico.
Una de las primeras cuestiones que conviene abordar es si resulta más adecuado hablar de guerra o de conflicto híbrido, o si es preferible emplear el concepto de estrategias asimétricas. De la guerra híbrida, en sentido estricto, solo su nombre parece nuevo. A lo largo de los siglos, la llamada guerra clásica ha estado plagada no solo de batallas, sino también de operaciones de engaño, influencia política, hostigamiento irregular y empleo combinado de fuerzas convencionales e irregulares.
La batalla de Troya, con el uso del caballo de madera como método de sorpresa y engaño, suele citarse como antecedente remoto. También puede mencionarse la Guerra de la Independencia, en la que Wellington combatió a los mariscales de Napoleón mediante una guerra convencional mientras utilizaba a las guerrillas españolas para golpear la retaguardia francesa y sus líneas de comunicación. Del mismo modo, durante la Primera Guerra Mundial, el ejército británico al mando de Allenby operó en Palestina combinando un amplio asalto frontal con la infiltración de fuerzas irregulares beduinas y árabes bajo el liderazgo de Lawrence de Arabia en la profundidad del dispositivo turco.
En ese sentido, la combinación de instrumentos no es nueva en el arte de la guerra. Lo que sí es diferente hoy son las condiciones en las que esa combinación se produce. Las nuevas tecnologías, el peso de la interdependencia global, la velocidad de la circulación de la información y la aparición de actores distintos de los Estados han transformado el panorama estratégico de forma profunda.
Como ocurre con toda terminología emergente, no existe acuerdo pleno ni sobre su uso ni sobre su significado. En cualquier caso, su materialización constituye una realidad incuestionable que afecta de forma seria al desenvolvimiento de los Estados, de las sociedades y de sus instituciones. No parece atrevido afirmar, siguiendo a Guillem Colom, que para muchos el conflicto híbrido es el producto natural de la adaptación de la guerra irregular, en términos generales contraria a los usos y costumbres de la guerra, y asimétrica, encaminada a explotar las vulnerabilidades de las fuerzas regulares, al mundo actual.
Existe, además, una variedad terminológica considerable para designar este fenómeno: amenazas híbridas, influencia híbrida, adversario híbrido, guerra no lineal, guerra no tradicional, guerra especial o, como figura en la Estrategia de Seguridad Nacional 2021 de España, estrategias híbridas. Por ello, parece más adecuado emplear en este trabajo el concepto de estrategias asimétricas. A partir de esta premisa, el presente artículo plantea la siguiente pregunta: ¿cómo están influyendo las estrategias asimétricas en la transformación de la competencia estratégica en el sistema internacional contemporáneo?
Perspectiva histórica sobre las estrategias asimétricas
La asimetría ha sido una constante en numerosos conflictos históricos. Cuando existe una diferencia significativa de recursos entre los contendientes, el actor más débil suele evitar enfrentamientos directos y busca formas alternativas de confrontación que permitan compensar esa desigualdad. En esencia, se trata del conflicto entre un actor muy poderoso y otro más débil.
Los estudiosos de la guerra han tendido a poner nombres modernos a estrategias antiguas. Sin embargo, la idea de llevar la confrontación a ámbitos distintos del campo de batalla tradicional acompaña al ser humano desde sus orígenes. El concepto, en sí, no es nuevo. Puede rastrearse desde Viriato frente al Imperio romano hasta la guerra en España contra la invasión francesa entre 1808 y 1813.
En la Antigüedad, comunidades situadas en la periferia de grandes imperios desarrollaron tácticas basadas en la movilidad, el conocimiento del terreno y el desgaste gradual del adversario. Estas estrategias permitían dificultar la consolidación del control imperial sin necesidad de librar batallas decisivas.
Durante la época moderna y contemporánea temprana, dinámicas similares aparecieron en conflictos coloniales y guerras de frontera. Sin embargo, fue en el siglo XX cuando las estrategias asimétricas adquirieron una visibilidad estratégica especialmente significativa. Las guerras de descolonización y los conflictos insurgentes mostraron que incluso potencias militares tecnológicamente superiores podían enfrentar dificultades considerables frente a adversarios descentralizados capaces de prolongar el conflicto y movilizar apoyo político o social.
Estas experiencias contribuyeron al desarrollo de un amplio debate académico orientado a comprender las condiciones bajo las cuales actores con menor poder material pueden desafiar eficazmente a adversarios más fuertes.
Marco conceptual
Para entender mejor el concepto de estrategias asimétricas, conviene analizar previamente algunos de los términos más frecuentemente utilizados en la literatura académica sobre estas materias.
Conflicto asimétrico
La noción de guerra asimétrica se utiliza para describir situaciones en las que los actores enfrentados poseen capacidades militares, tecnológicas o económicas muy diferentes. En tales contextos, el actor con menores recursos suele evitar el combate convencional directo y recurre a métodos alternativos que buscan explotar debilidades estructurales del adversario.
Sin embargo, el concepto de guerra lleva asociadas una serie de connotaciones que aconsejan prudencia terminológica. Normalmente se define la guerra como instrumento extremo de poder político que utiliza violencia organizada entre actores colectivos para alcanzar objetivos estratégicos. En la situación actual, ese elemento de violencia organizada es lo suficientemente amplio para abarcar conflictos distintos del clásico enfrentamiento bélico interestatal. Por ello, parece más adecuado emplear el concepto de conflicto asimétrico y reservar la expresión estrategias asimétricas para las tácticas propias de este tipo de confrontación.
Entre las tácticas asociadas a este tipo de estrategia se encuentran la insurgencia, la guerra de guerrillas, el sabotaje, el terrorismo, la guerrilla urbana, las acciones de propaganda, la guerra psicológica o las operaciones de información. En lugar de perseguir una victoria militar decisiva, estas acciones buscan desgastar progresivamente la voluntad política del oponente.
Este tipo de conflictos suele tener una fuerte dimensión política y social, en la que factores como la legitimidad, la percepción internacional o el apoyo de la población pueden influir significativamente en la evolución del enfrentamiento.
Conflicto híbrido
Continuando con el razonamiento anterior, resulta preferible utilizar el término conflicto híbrido para referirse a la combinación de diferentes métodos de confrontación dentro de una misma estrategia. En este tipo de situaciones, los actores emplean simultáneamente medios militares convencionales, tácticas irregulares y herramientas no militares.
Las campañas híbridas pueden incluir operaciones militares tradicionales, actividades cibernéticas, campañas de desinformación, presión económica o acciones encubiertas. La integración de estos instrumentos genera entornos operativos complejos en los que resulta difícil distinguir claramente entre guerra y paz.
Conflicto en la zona gris
La literatura estratégica contemporánea ha desarrollado también el concepto de zona gris para describir actividades coercitivas que se sitúan entre la diplomacia tradicional y el conflicto armado abierto. Estas acciones incluyen campañas de influencia, espionaje cibernético, coerción económica o provocaciones militares limitadas.
Este fenómeno, en buena medida, ha llegado de la mano del acceso masivo a la información. No tanto, en una primera impresión, por los efectos de la globalización y la rapidez de las comunicaciones, como por la popularización del conocimiento de lo que sucede en el mundo.
La humanidad ha conocido guerras cruentas y prolongadas, pero muchas de ellas apenas afectaban a la población de áreas geográficas alejadas de los teatros de operaciones, simplemente porque no existía una conciencia clara de lo que ocurría más allá del entorno cercano. La Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, la Guerra de los Treinta Años o incluso los siglos de la Reconquista española son ejemplos de fenómenos bélicos de gran duración cuyos efectos sobre la percepción pública exterior eran muy limitados.
Esa situación cambia de forma radical con la aparición de los medios de difusión o, si se prefiere, de los medios de comunicación, en especial de la prensa escrita. La aparición en el Reino Unido del que suele considerarse el primer diario en sentido moderno, The Daily Courant, en 1702, marcó el inicio de una nueva etapa en la circulación de información. La prensa escrita, impulsada por el desarrollo industrial, la mejora de las comunicaciones y la ampliación de la alfabetización, se convirtió no solo en un instrumento de difusión cultural, sino también en un factor de formación de opinión.
En lo que respecta a España, entre los primeros periódicos destacó El Diario de los Literatos de España, aparecido en 1737. Más adelante, en Francia y en otros países europeos surgieron publicaciones que se caracterizaron por su combate político contra la restauración del absolutismo. En la segunda mitad del siglo XIX aparecieron las agencias de noticias y publicidad, como Reuters en 1851, y ya a finales del siglo se consolidó la llamada prensa de masas.
La información y la propaganda como instrumentos de confrontación
La información empieza a ser un elemento de conocimiento y, por tanto, de formación de opinión. Precisamente por ello ha sido utilizada de manera recurrente como instrumento de confrontación. Con la difusión de la información con ese fin aparece la propaganda.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la prensa fue utilizada por los ejércitos beligerantes de manera que no mostrase en ningún momento toda la realidad del campo de batalla, con el objetivo de mantener viva la esperanza de la población. El ejemplo más conocido es el de la propaganda nazi.
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