La nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 (National Security Strategy of the United States of America) estadounidense, articula un cambio fundamental en la política exterior de la primera potencia mundial, esta vez bajo el principio rector de «America First». Hablamos de un documento que supone un cambio radical, incluso en el lenguaje, y que rechaza de forma contundente las políticas del país posteriores a la Guerra Fría, criticando a las élites por perseguir un globalismo insostenible, por permitir que los aliados eludieran sus responsabilidades de defensa, por debilitar la base industrial y la clase media norteamericana y, en definitiva, por haber dejado al país en una posición más vulnerable. En su lugar, propone un enfoque pragmático y realista centrado exclusivamente en la protección y promoción de los intereses nacionales fundamentales de Estados Unidos, si bien se trata de un texto plagado de afirmaciones polémicas que no dejará indiferente a nadie marcando además directivas claras para cada región. De esta forma, en el Hemisferio Occidental, se reafirmará la Doctrina Monroe a través de un «Corolario Trump» para restaurar la preeminencia estadounidense y contrarrestar la influencia extranjera. En Asia, el objetivo declarado pasa por ganar la competencia económica a largo plazo con China, principalmente a través de la innovación tecnológica y la realineación de las relaciones comerciales, mientras se mantiene una disuasión militar creíble para prevenir conflictos. Para Europa, la política busca ayudar al continente a redescubrir su «autoconfianza civilizacional» y a asumir la responsabilidad principal de su defensa, al tiempo que se negocia el fin de la guerra en Ucrania…
Índice
- Índice
- Introducción: ¿qué es una Estrategia de Seguridad Nacional?
- Las estrategias previas
- Las novedades de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025
- Trump, el salvador
- Referencias a los fracasos posteriores a la Guerra Fría
- Objetivos nacionales
- Un principio rector: «America First»
- Y muchos elementos secundarios
- Prioridades estratégicas
- Estrategias regionales
- Conclusiones
Introducción: ¿Qué es una Estrategia de Seguridad Nacional?
Una Estrategia de Seguridad Nacional es un documento marco mediante el cual un Estado define cómo entiende sus riesgos y amenazas principales, qué intereses considera vitales y qué objetivos políticos pretende proteger o alcanzar generalmente a medio y largo plazo, así como los medios que está dispuesto a emplear para ello. A pesar de lo que el nombre pueda sugerir, en absoluto es un texto de vocación militar. Más bien es una guía de gobierno que busca conectar la política exterior, la defensa, la inteligencia, la economía, la innovación tecnológica, la seguridad interior y, cada vez más otros ámbitos como la ciberseguridad, la protección de las cadenas de suministro o la resiliencia de las propias sociedades, clave en tiempos de campañas de desinformación.
En principio, todo documento de este tipo debería servir para responder a las siguientes preguntas, alineando medios, modos y fines:
- 1) Qué hay que proteger y por qué. Aquí aparecen los intereses nacionales, que pueden ir desde la integridad territorial y la protección de la población hasta la estabilidad económica, el acceso a recursos críticos, la protección de infraestructuras esenciales o la preservación de un determinado orden internacional. O, como en el caso de Rusia, la supervivencia de un «alma nacional», es decir, un conjunto de valores o una forma de entender el mundo que le son propios y preciados;
- 2) De qué hay que protegerse. En este punto se describen amenazas tradicionales, como la agresión de otros Estados, junto a riesgos contemporáneos más difusos: terrorismo, crimen organizado transnacional, desinformación, ataques cibernéticos, dependencia tecnológica, crisis sanitarias, impactos climáticos o inestabilidad financiera;
- 3) Cómo se ha de actuar, es decir, qué combinación de instrumentos se utilizará y en qué prioridades se invertirán recursos.
La utilidad principal de este tipo de documento es, por tanto, aportar coherencia a unos Estados que se han ido complejizando y que deben manejar una enorme variedad de instituciones e instrumentos con competencias fragmentadas y presupuestos competitivos. Una estrategia común ayuda a coordinar ministerios, Fuerzas Armadas, servicios de inteligencia, herramientas diplomáticas y actores económicos, reduciendo la improvisación y ofreciendo un lenguaje compartido muy útil a la hora de tomar decisiones.
Eso por una parte. Por la otra, todo documento de este tipo tiene un componente de disuasión, ya que sirve para comunicar tanto a la ciudadanía como a aliados y adversarios cuál es la lectura oficial del entorno internacional y cuáles son las líneas rojas o prioridades del país. Recordemos, a propósito, que la disuasión tiene tres pilares: medios, lenguaje y voluntad, influyendo estos documentos particularmente en el del lenguaje, que debe ser unívoco para que cualquier posible competidor no incurra en errores de apreciación.
Además, y en este caso se ve perfectamente, en contextos democráticos estos documentos funcionan a veces como mecanismos de rendición de cuentas, ya que permite evaluar si las acciones gubernamentales previas se ajustaron a los objetivos declarados o ha sido necesario introducir correcciones. En el caso de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de los Estados Unidos, se podría decir que más que servir para rendir cuentas, es un ajuste de cuentas, como veremos.
Dejando a un lado las pequeñas maldades, este tipo de documentos no son ni una profecía ni un plan operativo detallado. Cuando están bien hechas, son una suerte de brújula y han de ser lo suficientemente estables como para orientar políticas de medio y largo plazo, pero lo bastante flexible para adaptarse a shocks inesperados. De esta forma, el grado de calidad dependerá de que; 1) reconozca o no los límites reales del poder del que se dispone (este documento incide en ello); 2) valore correctamente los riesgos y; 3) logre traducir las ambiciones en capacidades y políticas viables. Cuando es demasiado genérica, se vuelve retórica; cuando es excesivamente ideológica, puede distorsionar el análisis de amenazas; y cuando no se acompaña de recursos y reformas institucionales, queda en papel mojado, lo que, dicho sea de paso, es bastante habitual.
En resumidas cuentas, un documento como este se supone el intento más completo de un Estado por ordenar su visión del mundo y su defensa del interés nacional, integrando amenazas antiguas y nuevas bajo una arquitectura de prioridades que guíe decisiones, inversiones y alianzas, conduciendo al país por la senda deseada.
Las estrategias previas
Desde el final de la Guerra Fría, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos se ha convertido en el documento presidencial que sintetiza la lectura oficial del entorno internacional, fija prioridades y ordena los instrumentos diplomáticos, militares, económicos y tecnológicos del país. Aunque la ley estadounidense prevé su presentación periódica, en la práctica su publicación ha sido irregular y muy dependiente de los «momentos políticos» y, por supuesto, de las grandes sacudidas estratégicas, que no han sido pocas en estos agitados años. En cualquier caso, el conjunto de estrategias posteriores a 1989 permite seguir con bastante claridad la evolución de las preocupaciones de Washington y los cambios de lenguaje estratégico, con libros magníficos al respecto en español, como los escritos por Juan Tovar Ruiz.
En los primeros años noventa, bajo George H. W. Bush, las estrategias de 1990 y 1991 reflejaron el tránsito desde la lógica de contención de la URSS propia de los decenios anteriores, hacia una agenda más abierta. Se buscaba no sólo impedir la aparición de cualquier nuevo rival sistémico, sino también administrar el nuevo equilibrio de poder y preservar el liderazgo estadounidense en un entorno más difuso y voluble. En esos textos comenzó a visibilizarse la idea de que las amenazas a la seguridad podían ser también transnacionales y no estrictamente militares, algo que se confirmaría pocos años después, con crisis económicas, terrorismo, etc.
Con Bill Clinton, se adoptó un tono marcadamente optimista en relación con la globalización y el potencial expansivo del orden liberal. Bajo la fórmula “engagement and enlargement” se articuló la idea de que la seguridad nacional de los Estados Unidos y sus habitantes se reforzaba con base en la ampliación del círculo de democracias de mercado y el reforzamiento de las instituciones multilaterales. Frente a la transición prudente de Bush padre, Clinton asumió una lógica mucho más proactiva que buscaba aprovechar la ventana histórica que se le había ofrecido a los Estados Unidos (la era de la «hyperpuissance») para consolidar un mundo regido por normas económicas y políticas favorables a Washington, lo que llevaría de paso a distintas intervenciones limitadas en nombre de la estabilidad regional o la prevención de crisis humanitarias.
El gran punto de inflexión llegaría, sin duda, con George W. Bush, especialmente tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. La NSS de 2002 colocó el terrorismo global y la proliferación de armas de destrucción masiva en el centro del tablero, y consagró una disposición mucho mayor a actuar preventivamente ante amenazas emergentes, lo que llevaría a los Estados Unidos a enfangarse en escenarios como Irak, dilapidando de paso buena parte de su ventaja militar y económica (los realistas políticos suelen ser bastante reacios a utilizar el poder militar, precisamente por el riesgo de perderlo, algo que no asustó demasiado a los republicanos en esta ocasión). La estrategia de 2006 mantuvo ese marco y añadió una fuerte carga ideológica en torno a la democratización como antídoto a largo plazo contra el extremismo religioso. Al mismo tiempo, se pasó del optimismo institucional y la expansión gradual del orden liberal propios de los años 90 a una agenda securitizada, con mayor aceptación del unilateralismo y de operaciones militares de gran escala, pero también mucho más asertiva y pesimista.
Las estrategias de Barack Obama de 2010 y 2015 intentaron reequilibrar en parte dicha herencia. Sin abandonar la lucha contra el terrorismo, devolvieron hasta cierto punto la centralidad al multilateralismo, a la cooperación con aliados y a una comprensión más amplia de la seguridad nacional que incluía ciberamenazas, crisis financieras y cambio climático. También se percibió un aprendizaje de las guerras largas de la década anterior y una preferencia por reducir el costo de las intervenciones terrestres masivas, apostando por coaliciones, tecnologías y enfoques integrales. No olvidemos, eso sí, que fue ya entonces cuando se promulgó el famoso «Pivot to Asia» y, también, cuando Obama habló de Rusia calificándola de «potencia regional», entre otras cosas.
La Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por Donald Trump al inicio de su primer mandato, en 2017, supuso otro giro al proclamar sin ambigüedades el retorno de la competición entre grandes potencias, especialmente frente a China y Rusia. El lenguaje enfatizó la soberanía económica, el endurecimiento de fronteras y la idea de «paz mediante la fuerza», con menos confianza en la gobernanza global como marco central. Tendencias que, como veremos, se han acentuado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025.
En el interín, el documento presentado en 2022 por Joe Biden mantuvo la competencia estratégica como eje, pero con un tono más orientado a liderar coaliciones y reforzar alianzas democráticas, buscando apoyos para hacer frente a los países revisionistas, algo que ahora mismo parece haber saltado en buena medida por los aires.
En conjunto, la trayectoria desde los noventa muestra un movimiento desde la gestión del momento unipolar y la expansión del orden liberal, hacia el paradigma antiterrorista del 11-S, y luego hacia la competencia prolongada entre grandes potencias en un mundo tecnológicamente disputado y políticamente más fragmentado. También, por las mismas razones, el paso de unos Estados Unidos que buscaban liderar y se sentían cómodos en un concierto internacional amigable en el que eran admirados, a otro que no tiene miedo en hablar abiertamente del empleo de poder duro, de competición, de realinamientos estratégicos o de un «Corolario Trump» para restaurar la preeminencia estadounidense y contrarrestar la influencia extranjera en el Hemisferio Occidental.
Es decir, que como vimos al analizar la evolución, en este caso de las sucesivas estrategias de defensa británicas, lo que tenemos en realidad es una potencia más consciente de sus limitaciones y amenazas y, por ello, también más dispuesta a retirarse de algunos puntos para concentrarse en aquellos que considera más relevantes para su seguridad y su futuro. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que renuncie a su papel de potencia global, cosa que los británicos sí se vieron obligados a hacer progresivamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Las novedades de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025
Trump, el salvador
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 comienza con una crítica severa de la política exterior estadounidense desde el final de la Guerra Fría. Sostiene que las estrategias anteriores fracasaron porque eran «listas de deseos» sin prioridades claras, basadas en la suposición errónea de que la dominación global permanente de EE. UU. era tanto deseable como alcanzable. La NSS postula, además, que la primera administración del Presidente Trump demostró que estos errores no eran inevitables y que se podía corregir el rumbo.
No es de extrañar, no porque tenga razón o no, sino porque desde que llegara al poder no ha hecho sino intentar recordar o convencer al mundo de que todos los males de los Estados Unidos y de la Humanidad serían consecuencia de las políticas demócratas. Entre las frases más sonadas y recurrentes al respecto tenemos, por ejemplo, las múltiples referencias a cómo la guerra de Ucrania nunca habría tenido lugar de haber seguido él en el poder, en lugar de Joe Biden.
Dicho lo cual, y a tenor de lo que se recoge en el documento, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2024 tendría como objetivo corregir todos esos errores, para «inaugurar una nueva edad de oro» para el país, respondiendo a tres preguntas fundamentales (en este caso, no estamos respetando por completo la disposición del texto):
- ¿Qué debería querer Estados Unidos?
- ¿Cuáles son los medios disponibles para conseguirlo?
- ¿Cómo conectar fines y medios en una Estrategia de Seguridad Nacional viable?
Referencias a los fracasos posteriores a la Guerra Fría
Al inicio del artículo hablábamos sobre cómo algunos de estos documentos tienen un papel a la hora de «rendir cuentas». En este caso, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de los EE. UU. identifica varios errores de cálculo fundamentales que habrían sido cometidos por las élites norteamericanas en los años precedentes. Básicamente, los siguientes:
- Sobrecarga y sobreextensión de líneas: En el pasado, se habría sobreestimado la voluntad del pueblo estadounidense para asumir las cargas globales indefinidamente, así como la capacidad del país para financiar simultáneamente tanto el estado de bienestar como un complejo militar, diplomático, de inteligencia y de cooperación internacional masivo.
- Globalismo y Libre Comercio: Se habrían realizado «apuestas enormemente equivocadas y destructivas» en favor del globalismo y el «llamado ‘libre comercio'» (expresión literal), lo que habría resultado en el debilitamiento de la clase media y la base industrial norteamericanas, pilares de la preeminencia económica y militar del país a escala global.
- Free riders: del mismo modo, durante este periodo se habría permitido a los aliados (particularmente europeos) «descargar el costo de su defensa sobre el pueblo estadounidense», involucrando a veces a EE. UU. en conflictos ajenos a sus propios intereses.
- Sumisión a las instituciones internacionales: La política estadounidense se vio atada a una red de instituciones internacionales que a menudo exhibirían un «anti-americanismo manifiesto» y buscarían disolver la soberanía de los Estados-nación.
Objetivos nacionales
La estrategia define una visión integral para el futuro de Estados Unidos, centrada en la soberanía, la seguridad, la prosperidad y la «salud» cultural, marcando una serie de objetivos fundamentales, que podríamos resumir así:
- Soberanía y Seguridad: Garantizar la supervivencia de EE. UU. como una república soberana e independiente que asegura los derechos naturales de sus ciudadanos y prioriza su bienestar.
- Protección Nacional: Defender al país, su gente, territorio, economía y modo de vida de ataques militares e influencias extranjeras hostiles, incluyendo espionaje, prácticas comerciales predatorias, narcotráfico, propaganda y subversión cultural.
- Control de Fronteras: Ejercer un control total sobre las fronteras y el sistema de inmigración.
- Infraestructura Resiliente: Mantener una infraestructura nacional capaz de resistir amenazas naturales y extranjeras.
- Poderío Militar: Contar con el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente avanzado del mundo, respaldado por un disuasivo nuclear moderno y creíble, y defensas antimisiles de nueva generación, incluyendo una «Cúpula Dorada» (Golden Dome) para el territorio nacional.
- Dominio Económico: Poseer la economía, la base industrial y el sector energético más fuertes, innovadores y avanzados del mundo, considerando la fortaleza industrial como la «más alta prioridad de la política económica nacional».
- Liderazgo Tecnológico: Mantener el liderazgo en ciencia y tecnología, protegiendo la propiedad intelectual del robo extranjero.
- Poder Blando («Soft Power»): Mantener una influencia positiva en el mundo basada en la creencia en la «grandeza y decencia inherentes» del país, sin pedir disculpas por su pasado.
- Salud Cultural y Espiritual: Fomentar la restauración de la salud cultural, promoviendo familias tradicionales fuertes, un pueblo orgulloso y optimista, y una ciudadanía empleada que contribuya a la prosperidad nacional.
Un principio rector: «America First»
La estrategia, que habla de los EEUU con un papel todavía con capacidades, potenciales y una posición «envidiable», define una serie de elementos e intereses vitales, que veremos a continuación.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de los Estados Unidos se basa en un conjunto de principios que parecen definir un enfoque pragmático y centrado exclusivamente en los intereses de Estados Unidos. De hecho, en el propio texto se describe como una estrategia «pragmática sin ser ‘pragmatista’, realista sin ser ‘realista’, […] muscular sin ser ‘belicista’, y contenida sin ser ‘conciliadora'», en lo que no dejan de ser juegos de lenguaje más retóricos que prácticos.
Del mismo modo, en línea con lo explicado sobre el papel de Trump (el documento tiene mucho de autobombo) también destaca el legado del presidente como «El Presidente de la Paz», citando la negociación de la paz en ocho conflictos en ocho meses, incluyendo Camboya-Tailandia, Kosovo-Serbia, Pakistán-India, Israel-Irán, y el fin de la guerra en Gaza con el retorno de los rehenes.
Y muchos elementos secundarios
- Paz mediante la fuerza: La fortaleza disuade amenazas y facilita la paz porque genera respeto y apertura a la mediación estadounidense. Por ello, según el texto, EE. UU. debe contar con la economía más fuerte, tecnologías avanzadas, salud cultural sólida y, por supuesto, las Fuerzas Armadas más capaces.
- Predisposición al no intervencionismo: Los fundamentos estadounidenses priorizan la no intervención y reconocen la igualdad soberana de las naciones. Aunque no puede aplicarse de forma rígida, debe elevarse según la nueva estrategia el umbral de lo que justifica o no el intervenir.
- Realismo flexible: La política exterior debe ser realista, basándose en lo posible y lo deseable, buscando buenas relaciones y comercio pacífico sin imponer cambios democráticos o sociales ajenos a las tradiciones de otros países.
- Primacía de las naciones: El Estado-nación es la unidad política central. Es legítimo que los países prioricen sus intereses y soberanía y, por tanto, EE. UU. hará lo mismo y respaldará la soberanía frente a organizaciones transnacionales «intrusivas», promoviendo «reformas que apoyen la soberanía y los intereses estadounidenses».
- Soberanía y respeto: EE. UU. protegerá su soberanía frente a la «erosión» que estaría sufriendo por parte de diversos organismos internacionales, pero también frente a la censura extranjera, las operaciones de influencia, o los intentos de arrastrar al país a conflictos ajenos e, incluso, frente al «uso manipulador del sistema migratorio para fines políticos vinculados a intereses externos».
- Equilibrio de poder: EE. UU. no permitirá que una nación se vuelva tan dominante que amenace sus intereses. Trabajará para ello con sus aliados para mantener los equilibrios globales y regionales, evitando dominaciones peligrosas pero, eso sí, sin intentar frenar a toda potencia por defecto, reconociendo que la influencia de países más fuertes es una constante (lo que tiene su aquel desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales).
- A favor del trabajador estadounidense: La política debe ejercerse en favor de trabajador y no solo del crecimiento económico, priorizando a los trabajadores propios y reconstruyendo una prosperidad más amplia y compartida, según se declara en el texto.
- Equidad: En alianzas militares, comercio y otros ámbitos, EE. UU. exigirá trato justo y no tolerará el desequilibrios comerciales o prácticas depredadoras; tampoco que los aliados se aprovechen de los EEUU para descuidar por ejemplo su defensa. De ahí que se espere que estos inviertan una parte sustancialmente mayor de su PIB en Defensa, para corregir así desequilibrios que consideran «históricos».
- Competencia y mérito: La prosperidad y seguridad dependen de promover la competencia y el mérito, base de la innovación y del funcionamiento del sistema. Según se recoge, aquellas ideologías que sustituyan mérito por estatus de grupo (referencia al socialismo, pero también en ciertos sentido al wokismo) debilitarían gravemente al país. Eso sí, se afanan en aclarar que tampoco debe emplearse la meritocracia para abrir el mercado laboral a un “talento global” que perjudique a los trabajadores estadounidenses.
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