Arma Acorazada: La asignatura eternamente pendiente del Ejército español (II)

Leopardo 2E del Ejército de Tierra. Fuente - Ejército de Tierra de España.
Leopardo 2E del Ejército de Tierra. Fuente - Ejército de Tierra de España.

En España nunca se entendió el concepto de mecanización ni el valor añadido que aportan los carros a la Fuerza Terrestre, de ahí que no tengamos todavía un Arma Acorazada comparable a la de nuestros socios y aliados, pese a disponer de material de calidad y de personal bien formado. Esto, que a principios del S. XX podía entenderse al tratarse de un elemento novedoso que no todos creían adecuado, a comienzos del S. XXI carece totalmente de sentido. España necesita poner todos sus medios acorazados bajo un mismo mando, para poder así aprovechar todas sus posibilidades.

La Postguerra

Como señaló el coronel von Thoma -jefe del contingente alemán de apoyo a los carros enviados al bando nacional en la Guerra Civil-, “Los españoles aprenden deprisa…, pero olvidan rápidamente”, y así, finalizada la guerra, con base en el conjunto heterogéneo de carros que se habían integrado en el nuevo ejército victorioso, en octubre de 1939, se crearon 5 regimientos de carros, todos ellos asignados al Arma de Infantería. El material, que se encontraba en pésimas condiciones a causa de su intervención a lo largo de la Guerra Civil, fue disminuyendo rápidamente y no había forma de renovarlo. Nadie se preocupaba, lo que ocurría en los campos de batalla de Europa y el Norte de África. No iba con España. 

La situación general en España no era precisamente de bonanza. Se estaba en vías de reconstruir una nación devastada por la contienda, tanto en la infraestructura civil como en la social, y a pesar de la militarización en vigor, no había muchos recursos para acometer grandes programas ni grandes transformaciones en el Ejército. Por ello, se había organizado un Servicio de Recuperación de Material, y en lugar de adquirir medios y equipos más modernos -lo que no era fácil dado que el resto del mundo estaba ya enfrascado en la Segunda Guerra Mundial y, generalmente, no se vendía armamento a terceros-, se trataba de incorporar al Ejército todo aquel material abandonado y capturado al bando derrotado que fuera susceptible de ser reutilizado.

El resultado fue un pandemónium logístico incalculable que restaba prácticamente toda operatividad y que, de hecho, convertía a las unidades del Ejército en poco más que unidades de guarnición, de limitada eficacia que llegaba poco más allá de servir para garantizar el orden interno y dar imagen de presencia. Naturalmente muy pocos mandos se atrevían a plantear la realidad; el Ejército, a pesar de la situación, gozaba de una moral muy alta, vivía las mieles de la victoria obtenida sobre el Ejército popular republicano y no se tomaba muy en serio el asimilar las enseñanzas obtenidas en la reciente campaña alemana sobre Polonia –que había abierto la Segunda Guerra Mundial-, ni en la fulgurante victoria alemana en el frente occidental, derrotando a Francia. Es bien cierto que los ejércitos solamente aprenden con las derrotas y que la victoria enseña más bien poco y así, para un amplio sector de mandos de la Caballería española –y en general del Estado Mayor y de todo el Ejército-, en la gran contienda en curso había poco o nada que aprender.

Estamos hablando de un ejército donde el mulo y el caballo eran lo habitual, donde la tecnología había vuelto a recursos del siglo XIX, ya que algunos de los avances empleados durante la Guerra Civil se habían quedado obsoletos, y directamente ya no se podían utilizar. Con esta situación, y con los medios disponibles, no es que se pudiera hacer mucho, pero si se podía haber intentado algo tan sencillo como, por ejemplo, aprender. Se podían haber enviado oficiales, de enlace, observadores, etc.…, con las unidades alemanas en Rusia, agregados a las divisiones Panzer, y, sobre el terreno, conocer los procedimientos, los medios, y la logística. Hubiera resultado una experiencia invaluable, mientras en España se podía haber creado una escuela de aplicación de los medios acorazados, como paso previo a la creación de un Arma Acorazada en la que la Caballería sería el Arma del Reconocimiento y los carros más pesados -obviamente entonces solo los T-26[1]-, el Arma base. La Infantería sería lo que era, y lo que siempre tenía que haber sido, pero sin carros, y se podría hasta haber intentado que fuese asimilando el concepto de los Panzergrenadiere alemanes para haber podido ser un día una moderna infantería mecanizada. No se hizo nada. 

El nuevo ejército surgido entre 1939 y 1940 disponía de 10 cuerpos de ejército, que encuadraban 24 divisiones y una división de caballería, y lo formaban el equivalente a 90 regimientos de infantería, 17 de caballería, 40 de artillería de campaña y 13 de ingenieros. Este ejército, fundamentalmente a pie y a caballo, con más de la mitad de su artillería hipomóvil, tenía cinco regimientos de infantería de carros de combate independientes, en los que se encuadraron los carros supervivientes de la guerra con unos efectivos entorno a los 150 carros de combate. Esos 150 carros –Panzers, L3 y T-26-, constituían el conjunto más heterogéneo que cabía imaginar, a la par que obsoleto. Prácticamente la Caballería siguió toda a caballo, sin más modificaciones que la dotación de los antiguos regimientos de Dragones, a lo largo de 1940, con material italiano -los carros ligeros Fiat L3-, y ruso –las autoametralladoras BA-6 y algunos carros T-26-, por lo que puede considerarse este hecho como el principio, si bien tímido, de la mecanización de la Caballería en España, aunque fuera con unos medios ya anticuados. 

Los Panzer IVH llegaron a España a finales de 1943 y permanecieron en servicio hasta 1965, cuando 17 ejemplares fueron vendidos a Siria.

Quizás el único cambio relevante en lo referente a medios acorazados se produjo en 1943, cuando, como consecuencia de la visita de una comisión del Ejército a Alemania, se decidió finalmente crear una gran unidad totalmente blindada, la División Acorazada nº 1[2].  Encuadrada dentro de la Reserva General, esta unidad, básicamente de Infantería, contaba con un grupo de exploración de Caballería entre sus unidades subordinadas. Todo el material blindado en servicio en el Ejército español en 1943 no valía absolutamente para nada salvo los 20 carros Panzer IV H y 10 cazacarros StuG III[3] que se recibieron tras la visita citada a Alemania, y que permanecerían medianamente en servicio hasta 1954.

De hablar de Arma Acorazada, de nuevo nada, pero el Estado Mayor en lugar de crear una fuerza mecanizada integra y homogénea, incluso con los pocos medios disponibles, constituyó dos grandes unidades, institucionalmente distintas pero operativamente similares e incapaces, -que coexistieron varios años pero que estaba claro que no perdurarían-, como fueron la División Acorazada y una División de Caballería -que tanto a caballo, o mecanizada, estaba tomada de la doctrina francesa de antes de la guerra-. Así, en lugar de que la División de Caballería se transformase en la División Acorazada se creó una nueva División Acorazada en la que la Infantería organizó todos sus elementos blindados en batallones de carros, excepto el de reconocimiento, y quedó una División de Caballería, mitad a caballo y mitad mal mecanizada, prácticamente incapaz de operar con eficacia. Ambas divisiones se encuadraron en la Reserva General, en cualquier caso, sin quedar muy bien determinadas las misiones que deberían desempeñar cada una de ellas. En principio, dada la precariedad de medios, ninguna valía para nada, y ello sin mencionar el problema logístico que ambas suponían. En las escuelas de aplicación y tiro se estudiaban los carros[4] y había cursos técnicos, pero había un manual de empleo de carros de combate de infantería y otro de caballería, como si el carro de combate de la infantería fuera distinto del de la caballería. Estaba claro que seguía sin entenderse el concepto del Arma Acorazada.

En retrospectiva era como si se hubiera detenido el tiempo. Parecía que nadie se fijaba en las campañas de Rommel, o de von Manstein, o incluso Patton. Fue una década -la de 1940-, totalmente malgastada. El Ejército español, sin embargo, había pasado de tener 10 carros Renault en 1936, a tener casi 200 en 1945 -9 años después-, pero de cuatro tipos distintos: Fiat L3, Panzer I, T-26 y Panzer IV, con un denominador común: falta de repuestos y de apoyo logístico e incapaces de enfrentarse a los carros que las demás naciones ponían en servicio entonces ya porque estaban obsoletos. Fue un milagro que durasen hasta 1954, los que duraron, claro está.

Unidad de Panzer I.

La ayuda americana

Con varios años de retraso respecto a los países europeos integrados en la OTAN, España comenzó a recibir, en los años 1950, asistencia militar estadounidense tras la firma de los Pactos de Asistencia Mutua. No se ha escrito mucho sobre las características y evolución de la asistencia militar, las expectativas generadas y los desencuentros que produjo, o sus efectos sobre los Ejércitos en ámbitos como la mejora de la formación técnica y los sistemas logísticos, la familiarización con material y conceptos operativos modernos. Tampoco sobre los cambios introducidos en las enseñanzas y centros de adiestramiento, pero fue muy importante y provocó una transformación total de las fuerzas armadas, especialmente del Ejército de Tierra. Ciertamente, hubo un antes y un después del Ejército tras la ayuda americana.

Como se desprende de lo expuesto en el capítulo anterior, en 1953 la capacidad de disuasión militar de España se encontraba muy mermada. Su armamento carecía de homogeneidad (era una mezcla de procedencia francesa, anglosajona, alemana, italiana y rusa) y presentaba un serio estado de desgaste. El material pesado (artillería y medios blindados) resultaba deficiente, escaso y anticuado. Las fábricas de armamento apenas suministraban material ligero para la infantería y su capacidad productiva se encontraba lastrada por la falta de utillaje y especialistas. Cualquier proyecto verosímil de modernización pasaba por recibir una sustancial aportación exterior en suministros y formación. Nada nuevo bajo el sol y una situación, en lo militar, casi idéntica a la de 1936, cuando fue necesaria la ayuda de Alemania, Italia y la Unión Soviética. Ahora la ayuda venía desde Estados Unidos. En los primeros meses de 1951 observadores estadounidenses realizaron una primera estimación sobre el potencial militar español, exponiendo que la efectividad y preparación para combatir eran calificadas como “insignificantes defensivamente e inexistentes ofensivamente”.

La distribución inter-armas de los fondos privilegió inicialmente al Ejército del Aire (40 por 100 del total) frente a la Armada (30 por 100) y el Ejército de Tierra (30 por 100). El objetivo fundamental era conseguir que España contase con una serie de unidades debidamente equipadas y entrenadas en los mínimos estándares occidentales. En el Ejército de Tierra la prioridad era proveer de material y formación a tres divisiones (una mecanizada y dos de montaña), junto a catorce grupos de artillería antiaérea. El parque de medios acorazados, dado su estado, requería una resurrección urgente. El programa cuatrienal preveía además la actualización progresiva de la enseñanza militar y proporcionar el adiestramiento correspondiente a los nuevos medios.

Consecuente a la ayuda americana tuvo lugar la primera de las grandes reformas estructurales que iba a sufrir el Ejército de Tierra, la denominada organización pentómica, que significó el primer intento serio de convertir aquel obsoleto ejército en una herramienta moderna y operativa. 

La organización “pentómica” se adoptó para la división de infantería según el modelo de la división norteamericana. Su nombre provenía de la contracción de penta (sobre base 5) y atómico. Nació por el deseo estadounidense de pocos efectivos y mucha potencia de fuego, intentando utilizar al máximo el poder de las armas nucleares tácticas. Su finalidad no era otra que la de que las divisiones pudiesen combatir con garantías en un campo de batalla en el que se utilizasen armas nucleares tácticas.

Con las entregas de material se quería equipar solamente a un cuerpo de ejército de tres divisiones. Este material sirvió para que el ejército dejara de ser un museo, sin modificar su mentalidad y sus hábitos, y tampoco lo modernizó profundamente. No llegó armamento ligero, porque la intención era que llegase material que no se podía construir en esos momentos en España, como carros de combate, artillería autopropulsada, y material de transmisiones. Sin embargo, surgieron problemas a la hora de asimilar este material, pues entre 1957 y 1961 los informes que llegaban al Congreso de Estados Unidos mostraban que había importantes cantidades de equipo que el Ejército español era “incapaz de utilizar y mantener”. Las dificultades eran muchas, existiendo una carencia de personal entrenado en reparaciones, pero también faltaban conductores, gasolina, controles sobre las piezas de repuesto y municiones y los manuales de mantenimiento no estaban traducidos. La consecuencia más inmediata, no obstante, fue la creación de la llamada “División Experimental”, según el sistema americano que preveía la aparición de las armas nucleares tácticas en los campos de batalla, lo que era toda una novedad para los anticuados reglamentos españoles. En ambientes castrenses esta nueva unidad fue conocida como “División Pentómica”. 

Sección de carros ligeros M-24 de una unidad de Caballería.

La reorganización conllevó la desaparición de muchos batallones, pero quizás una de sus características más destacable fue el aumento de la potencia de fuego, comunicaciones y medios de transporte en las pequeñas unidades. En cuanto a las características de las divisiones experimentales, el ministro del Ejército[5], general Barroso, señalaba que estaban inspiradas en las pentómicas norteamericanas, pero adaptadas a las características de nuestro terreno, a nuestras posibilidades y a nuestra idiosincrasia, sin que se sepa muy bien lo que quiso decir con esas palabras.

España no disponía de armamento nuclear, pero sí recibió una batería de 4 obuses de 203/25 que podían disparar proyectiles con cabezas atómicas. Pero aun estando las divisiones experimentales dotadas solo de armamento convencional, podrían luchar en un campo de batalla donde se empleasen armas atómicas tácticas. De momento serían unas unidades experimentales hasta que las distintas maniobras y ejercicios tácticos permitiesen introducirlas definitivamente en la organización del Ejército. En esos momentos se crearon tres de esas divisiones -en Madrid, Valencia y Sevilla-, y se pretendía crear dos más. Barroso señaló que se estaba creando un “Ejército de Maniobra”, “capacitado para cumplir su misión combativa más allá de nuestras fronteras, en una cooperación eventual con nuestros aliados, si fuese preciso para nuestra defensa”. En una fase posterior, se tenía prevista la organización de un “Ejército Territorial”, que pudiese encargarse de la defensa del territorio peninsular.

Con la organización pentómica se pretendió convertir a aquel ejército español “obsoleto e ineficaz” en una organización “moderna y operativa”. La reforma de Barroso organizó una primera división experimental, la “División de Infantería Experimental Guadarrama 11”, según el modelo pentómico americano. Se probó por vez primera en julio de 1959 en las maniobras realizadas en La Mancha, conocidas como “Operación Dulcinea”, donde participaron 11.000 hombres con numerosos carros de combate y vehículos blindados, por primera vez en la historia de España. Franco pronunció un discurso en el que se aludió a las grandes unidades, indicando la necesidad de contar con estas. Así, habló de que “la primera obligación para España era la homogeneización de las grandes unidades con las unidades europeas y que contemos con algunas de esas grandes unidades[6]

En febrero de 1954 el transporte USS Northwestern Victory llegaba al puerto de Cartagena con el primer cargamento destinado al Ejército de Tierra (vehículos, carros de combate, cañones, material de transmisiones, equipamiento electrónico, piezas de recambio, etc.); fue como si hubieran llegado los “Reyes Magos” para lo militar. Aquellas entregas suponían el preludio de la mayor operación de renovación del arsenal militar español emprendida desde el final de la Guerra Civil. Era el gran salto adelante y el Ejército de Tierra español no volvería a ser el mismo. La ayuda americana había sido buscada con ahínco y concebida como un espaldarazo para superar su anquilosamiento organizativo, técnico y operativo. Sin embargo, el Ejército español no había tomado las medidas previas adecuadas para la recepción y distribución de ese material:

“A decir verdad, tras dos años de conversaciones sobre los acuerdos nada había sido preparado ni organizado en vista a recibir una ayuda exterior como la que se recibió. Las plantillas de personal y dotaciones estaban en curso de elaboración; ningún garaje, cisterna o taller había sido construido para recibir y acondicionar el equipo moderno, ni había mecánicos que supieran algo sobre motores y cajas de cambio automáticas, ni especialistas en electrónica que entendieran los equipos de radio norteamericanos. No había almacenes ni polvorines adecuados para conservar las municiones que se recibían. Entender los manuales que estaban, naturalmente, en inglés era una proeza. Todo estaba por hacer en materia de táctica, organización y logística”.[7]

Hasta 1960 no se culminó la organización pentómica, aunque desde 1958 se disponía de tres divisiones experimentales situadas en Madrid, Sevilla y Valencia. Como se ha señalado, la llegada del material americano permitió que estuviesen al completo en cuanto a material y armamento, además de haberse procedido a la instrucción del personal.


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