Mitos y fábulas sobre el «General Invierno»

En los últimos días han aparecido en la prensa generalista diversas opiniones argumentando que la llegada del invierno supondrá una paralización de las operaciones, una catástrofe para la población ucraniana o una enorme ventaja militar para Rusia, por no hablar de sus efectos sobre la economía de la Unión Europea. Una y otra vez se hace referencia al «General Invierno» remontándose para ello a las Guerras Napoleónicas o a la Segunda Guerra Mundial. Más allá de que este mensaje, calculadamente derrotista, secunde algunas de las narrativas del Kremlin, resulta muy interesante contrastarlo con la realidad…

Cuando en el invierno de 1812 los restos de la Grande Armée de Napoleón volvieron a sus bases de partida en Europa central y occidental, quedaba poco de aquel enorme ejército que había cruzado el Niemen en junio. Unos 380.000 hombres de una quincena de países que lo conformaban habían perecido víctimas de los combates, del hambre, de la tierra quemada, de las tácticas de guerrilla de Kutuzov y por supuesto, del frío y la intemperie. En resumen, cientos de miles de uniformados cayeron bajo los cascos del caballo blanco del «General Invierno» ruso, implacable y temible.

Esta historia, que podríamos plagar de adjetivos hasta llevarla al paroxismo, se repitió para algunos punto por punto en la Segunda Guerra Mundial, con las fuerzas de la Alemania nazi empantanadas en Stalingrado, a las puertas de Moscú o en Leningrado, sufriendo un número terrible de bajas y en última instancia, obligadas a retirarse y derrotadas. Lo que obvian, posiblemente de forma interesada quienes sacan ambas historias a colación a propósito de la guerra de Ucrania, es que los paralelismos son más bien pocos o ninguno. Es mas, puestos a elaborar comparaciones históricas, cabría comenzar porque esta vez el agresor y el que lucha lejos de sus bases logísticas e industriales -la mayor parte de ellas repartidas por el interior del país- es Rusia. También habría que hablar sobre el apoyo recibido por la Unión Soviética, que se cifra en decenas de miles de 4×4, camiones, carros de combate, raciones y todo tipo de pertrechos y sin el cual difícilmente habría doblegado a la Alemania nazi. Por supuesto, sobre los problemas de equipación individual de los soldados alemanes, que no contaban con la uniformidad adecuada, entre muchos otros factores que jugaron en contra, por suerte, de Hitler.

Dicho lo anterior, conviene que nos detengamos en algunas de las consecuencias que el invierno tendrá para los dos bandos implicados en la Guerra de Ucrania, comenzando por la logística. En este sentido, lo primero que hemos de tener en cuenta son las capacidades en cuanto a transporte estratégico. Aquí, a diferencia de las Guerras Napoleónicas o de la Segunda Guerra Mundial, no hay GLOC (Líneas de Terrestres de Comunicación) de cientos o miles de kilómetros a través de territorio hostil y dependientes en su inmensa mayoría de la fuerza muscular, fuese de los animales de carga o incluso de los porteadores humanos. Al fin y al cabo, el Heer estaba en realidad escasamente motorizado, dependiendo de un tren logístico compuesto por centenares de miles de cuadrúpedos, algo que el ferrocarril no logró sustituir nunca por completo.

Por el contrario, la guerra de Ucrania es una guerra que se libra en zonas fronterizas y relativamente cerca de los núcleos económicos, humanos y fabriles de unos y otros, especialmente de los ucranianos puesto que la mayor parte de la industria de defensa rusa está en el interior. Además, las redes ferroviaria ucranianas continúan en servicio, pese a los ataques regulares -y muy limitados, todo hay que decirlo- que Rusia ha llevado a cabo con misiles de crucero. Así las cosas, Ucrania cuenta con medios ferroviarios y motorizados suficientes como para llevar suministros a los distintos teatros.

Y es que el problema real está no en las largas distancias -incluyendo las que van desde EEUU, Canadá o Australia hasta Polonia y Rumanía para abastecer a Ucrania- sino entre los segundos y terceros escalones y la línea de frente. Es un problema además que tiene menos que ver con el invierno o la actual raspútitsa que con la propia dinámica de los combates y que ha afectado especialmente a Rusia primero por los ataques ucranianos sobre los largos flancos de su despliegue y ahora por la acción de los M270 e HIMARS o los obuses de 155mm en misión de interdicción.

Lo que difícilmente volveremos a ver y que sí vimos durante el pasado invierno es se mostraba totalmente dependiente de las carreteras para hacer llegar suministros a sus tropas en avanzada y cómo problemas tan absurdos como el empleo generalizado de neumáticos pasados de fecha provocaba importantes problemas y atascos en los eternos convoyes de suministro. Eso ocurrió entonces porque Rusia estaba tratando de progresar rápidamente hacia el interior de Ucrania y dependía de unas pocas vías de comunicación. A día de hoy, Rusia tiene sus depósitos mucho más cerca del frente y en muchos casos, dentro del territorio ucraniano.

Del lado ucraniano la situación es todavía más halagüeña, pues Rusia no ha logrado el tipo de efectos que los HIMARS ucranianos sí han provocado sobre algunos puntos claves del esfuerzo logístico ruso. En este sentido, han demostrado saber distribuir los envíos por todo tipo de vías para minimizar las pérdidas, algo que seguirán haciendo en invierno por más que el frío pueda afectar a los vehículos. Un punto en el que también se exagera, pues prácticamente cualquier vehículo moderno está preparado para lidiar con temperaturas atroces -no hay más que ver en qué condiciones prueban los fabricantes cualquier utilitario- si se tiene la precaución de utilizar los lubricantes y líquidos adecuados a la estación, lo mismo que los neumáticos, cadenas y demás accesorios.

Respecto a la movilidad táctica, los vehículos a ruedas se verán penalizados por una parte, al ser más incapaces en terrenos complicados dadas sus cotas y generar mayor presión por centímetro cuadrado sobre el suelo que los de cadenas. Ahora bien, la ligereza que hemos visto en los medios ucranianos empleados utilizados en la ofensiva de Járkov puede ser también una ventaja. Es mucho más sencillo sacar una pick up del barro que no un carro de combate, para lo que se necesita bien otro carro de combate o bien un carro de recuperación. Eso por no hablar de que para vehículos ligeros, las servidumbres logísticas también son menores, lo que en parte contribuye a solucionar el problema principal.

Ni siquiera el tema de las temperaturas debe ser exagerado, sino que ha de ser puesto en contexto. La temperatura media de Kiev en enero es de -2.8ºC, con una mínima media de -8.2ºC. Por supuesto, se alcanzan picos mucho menores durante la noche, que pueden llegar mucho mas allá de -10ºC. En el caso de Donetsk, estos valores son de -4.1 y -6.7 respectivamente. En Jersón hablamos de -1.6 y -4.4ºC, mientras que en Lugansk serían de -4.0 y -6.8ºC.

Siendo temperaturas bajas, no lo son tanto con la equipación adecuada como para frenar a un ejército moderno. Por ponernos en situación en Herat (Afganistán), estos valores son de 0.1 y -4.0ºC y en Tallin (Estonia) de -2.9 y -5.5ºC. Estos dos últimos, son lugares en los que ha habido o hay militares españoles desplegados que, pese al frío, no han dejado de cumplir con su misión. Quien escribe pasó un invierno en Qala-e-Naw y con un mínimo de preparación tanto los Iveco Lince como los Rebecos, Vempar, el armamento o incluso los helicópteros Mangusta italianos que en ocasiones nos escoltaban, funcionaban sin mayores contratiempos, salvo en zonas puntuales como el paso de Sabzak (imagen superior) que en momentos concretos se complicaba.

Por comparar, los mismos valores en Moscú son de -6.2 y -8.7ºC, mientras que en Volgogrado (Stalingrado) son de -6.3 y -9.2ºC, a lo que se suma que el invierno de 1941-1942 fue inusualmente frío. Temperaturas, por cierto, más agradables que las invernales en algunos estados del interior de los Estados Unidos…

Por otra parte, la equipación individual de un infante moderno -y desde luego los ucranianos están disfrutando de ella- es radicalmente diferente de la de hace 40, 60, 80 y no digamos 200 años. Mejores tejidos, traspirables, más ligeros y resistentes, organizados en capas, con complementos como guantes o ropa interior completa, balaclavas o botas con Gore-Tex o Primaloft son ya lo más normal y están llegando a Ucrania en cantidades industriales donados por sus aliados. Del lado ruso, aunque han puesto a su industria a trabajar a tres turnos, es evidente que el equipo de los «mobiks» varía mucho en función del lugar de origen, lo mismo que ocurre con los milicianos de Donetsk y Lugansk.

Más impacto podría tener la reducción en las horas de luz que no el frío. Con la llegada del invierno y los días más cortos, unidos a un tiempo atmosférico más imprevisible (lluvias, tormentas, ventiscas, niebla…) la visibilidad se reducirá notablemente, algo que no disminuirá las operaciones, pero beneficiará a aquel que disponga de mejores equipos optrónicos en sus vehículos y dote de sistemas de visión nocturna a sus infantes. En este caso con una clara ventaja una vez más del lado ucraniano. Lo único que puede constituir un engorro, pero en ningún caso un problema insalvable, es la reducción en la duración de las baterías a causa del frío.

Por otra parte, se ha hablado del frío y el mal tiempo y el uso por ejemplo de drones, que podría verse limitado. Lo cierto es que la guerra comenzó en invierno, hemos ido pasando por todas las estaciones desde entonces y no se ha apreciado una reducción en este sentido, mas bien todo lo contrario. Que algo afecte en un momento y lugar determinados, es decir, que un fenómeno sea puntual -como el cierre del paso de Sabzak que hemos comentado antes- no hace de la excepción una norma.

Tampoco la vida en las trincheras se convertirá en insoportable, aunque sí en más difícil. Tendrán que habilitarse, como ya hemos visto anteriormente, hornos y estufas portátiles y mas refugios cubiertos. Deberán suministrarse en su caso raciones de campaña reforzadas e incluso suplementos vitamínicos para evitar en lo posible algunas enfermedades comunes, como la gripe, que hoy en día difícilmente degeneran en una epidemia y que tampoco son incapacitantes. Sin embargo, al menos del lado occidental, todas estas cosas son comunes desde hace décadas. También en Rusia, por cierto, aunque en algunos momentos se hayan producido quejas sobre raciones pasadas de fecha, algo que por mucha publicidad que se le quiera dar tiene una importancia mínima. Además, tampoco conviene olvidar que tanto ucranianos como milicianos del Donbás llevan librando desde 2014 una guerra de trincheras, habiendo sobrevivido sin mayores problemas a todos y cada uno de los inviernos transcurridos desde entonces.

Por último, suelen aludir al papel del «General Invierno» sobre la población civil ucraniana y las economías -incluyendo las europeas- confiriéndole poco menos que efectos morales comparables al de la bomba atómica. Es cierto que la situación de las finanzas ucranianas, como hemos ido relatando en los informes diarios, es desastrosa. Su déficit público rondaría los 5.000 millones de dólares al mes, estando además el país fuera de los mercados de deuda. Esto deja a Kiev en manos de sus aliados europeos y estadounidenses. Por el momento la Unión Europea ya trabaja en un plan para suministrar ayuda financiera por valor de 1.500 millones de dólares al mes mientras los Estados Unidos hacen lo propio.

Por otra parte, no es menos cierto que la infraestructura energética ucraniana ha resultado severamente dañada a consecuencia de las oleadas de misiles y drones lanzados por Rusia en las últimas semanas. Aun así, cuesta creer que condiciones muy difíciles puedan restar apoyos suficientes a Zelensky de cara a continuar con los combates. Incluso en esta era post-heroica sociedades como la ucraniana parecen decididas a luchar por su supervivencia como nación hasta las últimas consecuencias. Quizá porque lo determinante no es tanto el grado de sufrimiento, como la amenaza percibida y en el caso ucraniano, esta es una guerra por la propia existencia. Aquí, por volver con los paralelismos históricos del principio, el frío sin duda supondrá calamidades añadidas a los ucranianos, pero es mucho más dudoso que pueda convertirse en el factor decisivo.

Respecto a los aliados, la Unión Europea tiene, antes del plazo inicialmente previsto, las reservas de gas llenas. Habrá sobresaltos, seguramente acciones en la Zona Gris e imprevistos de todo tipo. Se afrontará una recesión técnica durante el invierno y esto generará descontento. Aun así, por más que Moscú intente alentarlo por todos los medios, tampoco parece que pueda ser suficiente como para que los principales gobiernos corten en seco el apoyo a Kiev.

Podríamos seguir enumerando factores y razones por las cuales el invierno no va a suponer una parada sustancial en la guerra, ni tampoco una hecatombe para Ucrania. Mas bien será al contrario. Dada la ventaja técnica de que disfruta Ucrania en algunos aspectos, como el de los equipos de visión nocturna; dada la necesidad de mantener el ritmo de las operaciones y la presión sobre Rusia para evitar que utilice el invierno para reorganizarse y reconstituir sus fuerzas combatiendo así en mejores condiciones en primavera; dados los problemas económicos y el abultado déficit público que obligan a buscar progresos a corto plazo; y dada la ventaja en formación que cada militar ucraniano tiene a día de hoy sobre sus homólogos rusos, es más probable que Kiev logre aprovechar el invierno en su favor que no lo contrario.

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