La ofensiva de Járkov (I)

Un análisis preliminar

La ofensiva de Járkov ha permitido a las Fuerzas Armadas ucranianas recuperar más de 8.000 kilómetros cuadrados de territorio en un plazo de apenas una semana, lo que equivale aproximadamente el 8 por cierto del terreno que Rusia había tomado desde 2014. Lo más significativo de esta victoria operacional no es sin embargo la ominosa retirada a la que han forzado al Ejército ruso, sino la forma en que se han llevado a cabo el planeamiento, la acumulación y la campaña de desinformación que la han precedido. Todo de forma que no despertara las sospechas de una Rusia centrada en la amenaza sobre Jersón y Zaporiyia, mientras Ucrania caía con apenas unos miles de hombres sobre un objetivo de oportunidad.

El pasado día 6 de septiembre, comenzaban a llegar noticias sobre avances ucranianos en la región de Járkov, concretamente en dirección a Izium y Kupiansk, aunque era pronto para saber cuáles eran las intenciones del Estado Mayor de las AFU (Fuerzas Armadas de Ucrania). Además, desde semanas atrás, toda la atención de los analistas estaba puesta en el sur del país, en las regiones de Jersón y Zaporiyia, en tanto precisamente las AFU estaban empeñadas en una ofensiva que aunque relativamente estancada, había logrado algunos hitos interesantes tanto en dirección a la ciudad de Jersón, como en la zona de Davydiv Brid y al este del despliegue ruso al norte del río Dniéper.

Es precisamente la ofensiva ucraniana del sur la que ha permitido que la operación ucraniana más lucrativa hasta el momento -la de Járkov-, pasara desapercibida o, dependiendo de cómo lo veamos, tuviese lugar-. No obstante, conviene remontarnos unos meses atrás para entender cómo han procedido las AFU y el Gobierno ucraniano, implementando una intensa y convincente campaña de desinformación. Gracias a ella, las Fuerzas Armadas Rusas (RuAF), que llevan padeciendo problemas de escasez de personal desde los primeros compases de la invasión, se vieron impelidas a vaciar de unidades la región de Járkov y parte de la de Lugansk, trasladando estos efectivos al sur.

Una vez detectado por parte ucraniana –con ayuda de la OTAN, que sin duda ha ido suministrando a Kiev el Orden de Batalla Electrónico (EORBAT) ruso actualizado así como otras informaciones importantes- el vacío dejado por Rusia al norte, la oportunidad estaba servida para las AFU. No quedaba más que confirmar sobre el terreno mediante incursiones de unidades de Operaciones Especiales (SOF) que efectivamente no había apenas tropas rusas controlando una gran extensión de territorio al sur de la frontera norte de Járkov y al este y norte de los ríos Oskil y Donets respectivamente. Cuando los primeros informes positivos comenzaron a llegar al Estado Mayor ucraniano, se dio luz verde a la ofensiva de Járkov que, dado su éxito operacional -y estratégico si únicamente nos ceñimos al plano propagandístico y moral-, marca el pistoletazo de salida de una nueva fase de la guerra y confirma que Ucrania ha ganado la iniciativa después de más de seis meses en poder de Rusia.

La información suministrada a Ucrania por parte de aviones de reconocimiento, espionaje electrónico, AWACS y otros aparatos de los Estados miembros de la OTAN ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del conflicto. Fuente – flightradar24.com.

Formación de nuevas tropas y recepción de material

Desde el inicio de la guerra, Ucrania ha estado recibiendo asistencia en forma de inteligencia, de formación de personal y de una ingente cantidad de material bélico que va desde armas ligeras a recambios y de carros de combate u obuses a munición. Ahora bien, el tipo de ayuda proporcionada por los socios europeos y norteamericanos de Ucrania ha ido variando con el paso del tiempo de forma significativa, tanto por las diferentes necesidades de Kiev -aunque la «lista de deseos» se elaboró muy al principio de la guerra y pensando en el largo plazo-, como por las dificultades a la hora de suministrar determinados equipos y la situación de los stocks europeos.

En un primer momento, cuando ya se había generado un clima pre-bélico con la acumulación de tropas rusas en torno a las fronteras ucranianas, tanto los Estados Unidos como el Reino Unido, aunque también otros estados, enviaron un gran número de misiles contracarro (ATGM) y de lanzagranadas, así como de misiles antiaéreos portátiles (MANPADs) a Ucrania. Se buscaba en la medida de lo posible la disuasión por negación, haciendo saber a Rusia que debería pagar un importante peaje en vidas y equipos en el caso de agredir al país. Por supuesto, estas medidas no resultaron efectivas por las razones que explicamos en su día. Sin embargo, una vez iniciada la invasión, se demostraron mucho más eficaces de lo que cabía pronosticar, confirmando en parte que las ideas sobre Guerra Mosaico esbozadas por la agencia estadounidense DARPA eran correctas.

Después de las primeras semanas de guerra, se demostró que la combinación de este tipo de armas y de las capacidades de observación de los drones, junto con la habilidad táctica ucraniana basada en la movilidad y el mejor conocimiento del terreno, además de la ayuda de la OTAN en forma de información de inteligencia, habían sido suficientes para frustrar los planes de Moscú. Estos consistían en un primer momento en la decapitación del Gobierno de Zelensky y el control de las instituciones y puntos clave de Ucrania de forma parecida a lo hecho en Afganistán con la operación «Tormenta 333». Fracasado el intento, optaron por intentar una invasión que fue rechazada, pasando el Kremlin primero a una estrategia de “imposición de costes” -bombardeando las ciudades ucranianas- y hacia mediados de marzo a rebajar sus objetivos estratégicos. Esto último se consumó en abril con la retirada de Kiev y Sumy, bajo la excusa de seguir con su plan original consistente en “liberar” el conjunto del Donbás una vez “desmilitarizada” Ucrania.

La guerra estaba lejos de terminar. Después de haberse equivocado dramáticamente al no prever la invasión y no movilizar a la población, el Gobierno de Zelensky optó por todo lo contrario, comenzando una campaña diplomática y mediática destinada a convencer especialmente a las potencias europeas, de que se podía derrotar a Rusia militarmente -lo que no obsta para que en determinados momentos, estuviesen dispuestos a hacer importantes concesiones a Rusia en unas negociaciones que poco a poco se fueron torciendo-. Claro está, Ucrania debía demostrar sobre el campo de batalla que lo visto hasta entonces no era un espejismo y que enviar ayuda militar y financiera no era en balde, algo que terminó de comprobarse a mediados de abril, cuando los ucranianos fueron capaces de frenar un nuevo avance ruso en el saliente de Izium. Estas fueron, quizá, las fechas cruciales de la guerra, pues Kiev logró el compromiso de sus aliados, sin el cual tendría que haberse avenido a negociar.

El 26 de abril, se celebró la primera reunión de la Conferencia de Ramstein, en la que además de coordinar entre los aliados la ayuda a Ucrania con el liderazgo de los Estados Unidos, sin duda exigieron a Zelensky una serie de hitos que no solo tenían que ver con el desempeño en el campo de batalla, sino también con la corrupción. Con esto nos referimos a que Ucrania debía ofrecer unas mínimas garantías de trazabilidad del material enviado, especialmente del pesado.

Hacia el día 77 de guerra, es decir, hacia el 11 de mayo, ya parecía evidente que Rusia que había abandonado sucesivamente sus planes de rodear el conjunto de la JFO y posteriormente de embolsar Sloviansk y Kramatorsk, había pasado a centrarse en Severodonetsk y Lysychansk, más asequibles y con ejes de ataque procedentes desde puntos con rutas logísticas seguras. Una vez más, al intentar una penetración en profundidad, había dejado largos flancos expuestos a los ataques ucranianos, lo que a la postre terminó por condenar su esfuerzo.

Por entonces, la Administración Biden comenzó también a hablar de un sustancioso aumento de la ayuda militar que podría llegar a alcanzar los 40.000 millones de dólares y que aseguraría la continuación de las operaciones durante meses. Además, Suecia y Finlandia presentaron por esas fechas su solicitud de entrada en la OTAN. La guerra de Ucrania se había convertido definitivamente en una guerra proxy, aunque quedaban todavía muchos flecos por solucionar para hacer que la ayuda prometida no solo llegase, sino que pudiese ser aprovechada con eficacia por parte ucraniana.

Es seguro que antes de que los Estados Unidos pudiesen aprobar el fondo multimillonario de asistencia a Ucrania, se tenía muy claro en el Pentágono -en constante comunicación con Kiev- cuáles eran las necesidades de las Fuerzas Armadas ucranianas. Sin embargo no fue un camino de rosas coordinar a todos los aliados, algunos de ellos muy renuentes a enviar a reducir sus propios stocks todavía más (Alemania), mientras que otros presionaban para que la ayuda fuese mucho mayor (Polonia y Países Bálticos). Con todo, Ucrania fue logrando de sus aliados no solo envíos inmediatos de material en stock, como municiones de calibres soviéticos, equipos de protección individual, ATGM y MANPAD, además de ayuda financiera, sino poco a poco compromisos a largo plazo y el envío de plataformas en muchos casos fuera de servicio o próximas a estarlo.

Es así como comenzaron a llegar al país poco a poco carros de combate T-72, MRAPS, vehículos de combate de infantería, recambios y componentes de todo tipo -que permitieron poner de nuevo en servicio algunas células que la Fuerza Aérea ucraniana conservaba- y también sistemas antiaéreos. En resumidas cuentas, la conferencia de Ramstein sirvió para organizar la asistencia militar -aunque no solo- de forma que Ucrania tuviese una oportunidad de lograr una solución militar al conflicto. Al fin y al cabo, las exigencias rusas eran inaceptables para Ucrania tanto porque comprometían su futuro como Estado independiente y sostenible, como porque habían hecho una evaluación correcta de los problemas rusos a la hora de sostener su “Operación Militar Especial” y que tenían mucho que ver con una carencia crónica de efectivos.

Gracias a la ayuda internacional, con el paso de los meses en el oeste de Ucrania se fueron acumulando decenas de carros de combate relativamente modernos de procedencia polaca o checa, así como nuevos sistemas antiaéreos S-300 o Buk, transportes M113 en diferentes versiones, artillería de campaña autopropulsada de 155mm y remolcada de 105mm, etc. Todo pese a que una parte estaba siendo destinada inmediatamente tras su llegada al frente, como hemos podido ver día tras día. Es decir, que Ucrania utilizó -y en parte perdió- una fracción del material enviado por sus aliados, tratando de contener a las tropas rusas mientras al mismo tiempo pensaba en una contraofensiva que tardaría meses en producirse, pues antes de eso debían contar no solo con el material, sino personal suficiente y bien formado como para llevarla a cabo. Este es quizá el elemento diferenciador, junto a la superioridad tecnológica del material occidental frente a un armamento ruso que ha quedado en entredicho: la disponibilidad de miles de uniformados entrenados en el extranjero y que han podido iniciarse en materias como táctica, comunicaciones, sanidad militar, armamento moderno, cómo operar no solo a nivel táctico y de pequeñas unidades sino también a nivel de brigada o división y coordinando las acciones entre distintas armas, etcétera.

En resumen, Ucrania ha sabido tener la paciencia estratégica necesaria para intercambiar terreno por tiempo, mientras trataba de organizar unas Fuerzas Armadas capaces de lanzar ofensivas con ciertas garantías. Eso sí, no lo olvidemos, esto solo ha sido posible a base de pérdidas enormes, especialmente entre las Fuerzas de Defensa del Territorio, que han luchado en condiciones en muchos casos infrahumanas y han aguantado la superioridad artillera y material rusa a pie de trinchera con una enorme abnegación y sacrificio, pese a los episodios de protestas que hemos ido relatando.

Ucrania habría recibido alrededor de 270 carros de combate T-72 procedentes de Polonia y la República Checa. Fuente – Ukraine Weapons Tracker.

Los problemas de personal de Rusia

Entre finales de 2021 y febrero de 2022, la Federación Rusa acumuló una gran cantidad de material militar y, en las últimas semanas, con la excusa de unos ejercicios militares que debían llevarse a cabo en Bielorrusia, también de uniformados. La cifra exacta se desconoce, oscilando entre los 130.000 y 200.000 efectivos según la fuente consultada. Esto sería el equivalente a una horquilla de entre 120 y 150 Grupos de Entidad Batallón (BTG) -pues no todos los efectivos estaban integrados en uno-, para cuya formación se habían extraído unidades y recursos procedentes de todos los distritos militares del país. En total se estima que Rusia habría generado en preparación de la invasión de Ucrania hasta el 75 por ciento de los BTGs que sus fuerzas armadas eran capaces de constituir sin ordenar antes una movilización.

Respecto a estos últimos, los BTG se concibieron tras la guerra de Georgia de 2002. Se trata de unidades de carácter temporal y orientadas a la misión que se generan a partir de medios y personal extraídos de las unidades orgánicas. Cada BTG cuenta, en principio, con una compañía de carros de combate (10 carros), dos de infantería mecanizada sobre BMP, otra de infantería motorizada sobre BTR-80, una compañía contracarro, otra de ingenieros, dos baterías de artillería (tubo y cohete), una batería antiaérea, una unidad de apoyo y otra de mando y control. No obstante, el Ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, consciente de las limitaciones del concepto, llevaba tiempo tratando de volver a las Grandes Unidades, recuperando las divisiones y los cuerpos de ejército, que ni siquiera con las reformas introducidas hacia 2008 por Anatoliy Serdyukov llegaron a desaparecer

Con esos mimbres, y atendiendo a la literatura sobre doctrina rusa disponible y lo probado en maniobras como ZAPAD en sus múltiples ediciones, era lógico pensar que el Ejército ruso intentaría una penetración en profundidad posiblemente hasta Kiev desde el norte y hasta el Dniéper desde el noroeste y el sur, basada en potentes columnas blindadas con un importante apoyo de artillería, con fuertes defensas antiaéreas moviéndose al ritmo del puño blindado y con la protección de su Fuerza Aérea (VVS). No obstante, un Putin que siempre ha sido bastante reacio al uso de la fuerza, optó por una reedición de lo probado con éxito décadas atrás en Checoslovaquia y en Afganistán, tratando de decapitar al Gobierno de Kiev para sustituirlo por otro afín (explicamos todo esto con más detalle en nuestro libro sobre la guerra de Ucrania).

Aquí hay que reconocer que buena parte de la comunidad académica y de los observadores sufrimos un importante sesgo de confirmación. Más allá de que el material heredado de la Unión Soviética se haya demostrado en buena parte ineficaz, el error consistió en pensar que podían aplicar la doctrina de la penetración profunda y poner en práctica los principios del arte operacional, en base a BTGs, unidades pensadas para otros escenarios como Libia o Siria, pero poco útiles en una guerra de alta intensidad como terminó por ser la de Ucrania. También se subestimó la formación de los militares rusos profesionales, mientras que se exageraron las capacidades de su complejo de reconocimiento-fuego, así como en cuanto a Guerra Electrónica o Ciberguerra. Por otra parte, también hubo mucho de improvisación por parte rusa cuando la operación sobre el aeródromo de Hostómel fracasó al no lograr contactar a tiempo las fuerzas llegadas desde Bielorrusia con los protagonistas del asalto helitransportado.

Una vez el plan original se demostró imposible, Rusia siguió adelante con la invasión, ordenando a las unidades que ya habían comenzado a penetrar en el país desde el mismo día 24 de febrero, que siguiesen adelante, a pesar de que no tenían ni unidad en el mando, ni objetivos operacionales claros, ni la formación o los apoyos adecuados. Es así como se consumaron los fracasos en los alrededores de Kiev, en Chernígov, en Sumy o en Járkov y como las tropas rusas terminaron empantanadas en rutas de cientos de kilómetros con largos flancos totalmente expuestos a las acciones de guerrilla ucranianas. Lo peor: sufrió un importante desgaste en forma de bajas tanto humanas como materiales del que nunca logró recuperarse por completo.

Si bien las bajas materiales eran relativamente fáciles de sustituir, dada la enormidad de las reservas rusas, lo cierto es que cada plataforma salida de un depósito en la inmensidad del país era marginalmente peor que aquella a la que debía sustituir. Peores ópticas, peor sistema de tiro, falta de equipos de comunicaciones, ausencia de blindaje modular. Todo esto repercutía en las posibilidades de que Rusia se impusiese, aunque no era determinante. Lo que ha venido condenando el esfuerzo ruso ha sido en muchos casos el no atreverse a dar el paso de declarar la guerra, lo que mantenía al Kremlin atado (voluntariamente) de pies y manos, pues no podía decretar una movilización y como consecuencia, no podía cubrir las bajas. Con estos mimbres se lanzaron a lo que denominaron «Segunda Fase» de la «Operación Militar Especial», tratando de avanzar sobre Lugansk y Donetsk desde diferentes puntos, incluyendo Járkov, a través del saliente de Izium, con la intención de rodear una importante fracción del territorio y las fuerzas ucranianas. Sin embargo, fracasaron en su intento de tomar Barbinkove -clave para controlar la M03 en dirección a Sloviansk-, así como de asaltar rápidamente ciudades como Limán, aunque hay que reconocer que la situación para los ucranianos llegó a ser crítica. Lo mismo sucedía en Popasna, en donde tomó semanas y semanas doblegar la resistencia ucraniana y, en última instancia, no pudieron superar la línea de Soledar, con lo cual el gran envolvimiento se hizo imposible. Rusia no había logrado superar el desgaste de la primera fase y su Ejército se veía obligado a intentar avanzar sin que las unidades hubiesen pasado por un proceso de reconstitución adecuado.

Dado que era imposible luchar contra los ucranianos una guerra de movimientos, ya que carecían de masa y apoyos para ello, se ampararon en su gran superioridad artillera buscando reducir las bajas propias. Era la solución más lógica y razonable y de hecho, dio resultados. El avance incremental en forma de «balsa de aceite» era lento, pero seguro, aunque también costoso en términos logísticos y en última instancia, incluso humanos, pese a que una de las razones de optar por este era precisamente ahorrar vidas.

Esto se vio especialmente en Severodonetsk y Lysychansk. Quien nos haya seguido día a día sabrá que en un momento determinado, el Estado Mayor ucraniano estuvo muy tentado de ordenar un repliegue hacia la línea Siversk-Bakhmut. No obstante, finalmente optaron por la resistencia a ultranza en Severodonetsk, ordenando incluso un ataque en el último momento que implicó a unidades de voluntarios internacionales y logró alargar la batalla unos días preciosos. Pese a no lograr impedir que la ciudad finalmente cayese, el contraataque ucraniano y la decisión de resistir a ultranza supuso para los chechenos, unidades de Wagner, milicianos de Lugansk y regulares rusos un gran número de bajas -a costa también de un gran número de pérdidas propias- que Ucrania podía permitirse, pues sí había movilizado a su población.

Aunque quedará para los historiadores, con acceso a fuentes primarias, determinar qué elementos intervinieron en la controvertida decisión de Kiev, parece claro que en los debates que tuvieron lugar dentro del Estado Mayor ucraniano finalmente se impusieron quienes defendían que el «centro de gravedad» del Ejército ruso era el elemento humano o, más bien, la falta de este. Es decir, que no había un punto geográfico que tomar para cambiar el curso de la guerra, ni una opinión pública sobre la que influir, ni un tipo de sistemas que inutilizar, sino que bastante con infligir un nivel de bajas suficiente como para que Rusia se viese imposibilitada a la hora de explotar las brechas abiertas por su artillería en las defensas ucranianas por falta de infantería.

En este punto fue muy criticado el sacrificio de algunas unidades de voluntarios que contaban con una excelente formación, al tratarse de exmilitares con experiencia y que en el momento parecían pérdidas insustituibles por un objetivo -Severodonetsk- que en sí mismo no era determinante. Sin embargo, el tiempo parece haber dado la razón a los decisores ucranianos y a quienes pensaban que lo único importante para paralizar las operaciones rusas, además de castigar la logística, era causar un número de bajas tal que no pudiesen lanzar más operaciones de envergadura. Es algo que se demostró posteriormente en los ataques rusos y milicianos tanto hacia Bakhmut, como desde Donetsk hacia Pisky o Avdiivka entre otros puntos. Si bien Rusia seguía repitiendo una y otra vez la misma táctica, consistente en castigar durante tres o cuatro días las posiciones defensivas ucranianas excavadas en el suelo y en algunos casos fortificadas, para posteriormente lanzar a la infantería contra las trincheras vacías o llenas de cadáveres y heridos, lo cierto es que el resultado era cada vez más pobre.

Los ejemplos recientes de Soledar, Pisky o Vulehirska y el resto de las localidades e instalaciones en los alrededores del río Luhan son bastante significativos, pues requirieron de meses de intentos continuos y luchas casa por casa para lograr su toma pese al vapuleo constante de la artillería. Tan es así que en el caso de Soledar, pese a la implicación de los mercenarios de Wagner, el bando ruso ni siquiera ha logrado tomar más que la parte oriental de la ciudad después de varios meses. La razón la encontramos, como hemos adelantado, en una falta crónica de personal que hace que sea imposible evolucionar en condiciones pues las tareas que corresponderían a una compañía las lleva a cabo una sección, las que corresponderían a una sección debe ejecutarlas un pelotón y así ad infinitum para desesperación del Kremlin.

La imposibilidad de reemplazar las bajas humanas, al considerar a la guerra de Ucrania una «operación militar especial», ha condicionado el desempeño ruso en el conflicto.

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4 Comments

  1. Normalmente en los regímenes autocráticos, los generales temen más la ira de su líder que al propio enemigo. Aparte de la evidente falta de medios humanos en el bando ruso, ¿podría haber sucedido que el miedo a la reacción de Putin por un posible fracaso en el sur haya llevado a los generales rusos a llevar a cabo una maniobra excesivamente arriesgada, que en el contexto OTAN hubiera sido más difícil de asumir por sus mandos?

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