La UE y Rusia, ¿un binomio (im)posible?

La interdependencia energética y algún que otro problema derivado en la autonomía estratégica de la UE

La crisis de los precios de la energía, la electricidad y el gas de este otoño/invierno de 2021 en Europa ha sacado a la luz las costuras de las políticas y medidas adoptadas en los últimos tiempos al respecto. Pero, además, ha puesto de manifiesto de forma mucho más clara que en otras situaciones cuáles son algunas de las opciones geopolíticas de potencias grandes exportadoras como Rusia. La interdependencia entre la UE y Rusia en esta materia y los distintos intereses, tanto rusos como en el seno de la propia UE, afectan y generan un panorama que ha derivado en un auténtico problema de muy difícil solución. Una dificultad que perjudica, junto a otras circunstancias, la consecución la tan ansiada «autonomía estratégica» europea.

Por varios factores, y parafraseando al Ricardo III de Shakespeare, parece que nos encaminamos a un frío invierno de nuestro descontento, que nos va a hacer desear la pronta llegada de un nuevo, soleado y cálido verano. Economía, energía y geopolítica se unen para formar la tormenta perfecta que nos envuelve en estos momentos.

Otros sucesos aparte, en cuestiones energéticas nos encontramos en la Unión Europea con que: el nivel de gas almacenado es inusualmente bajo, Rusia ha estrechado su oferta, Noruega acomete operaciones de mantenimiento, Argelia renuncia a enviar gas a través de Marruecos, el mercado internacional de gas natural licuado (GNL) está muy tensionado por la demanda asiática, el precio del gas se encuentra al alza y el de las emisiones de CO2 (marcado por una creciente especulación financiera), disparado. A todo esto tampoco ayuda, en materia de renovables, la falta de viento para mover las aspas de los generadores en los últimos meses[1].

Episodios como el presente de altos precios del gas y la electricidad empiezan a repetirse y disparan las alarmas en la UE por su coste económico y, cada vez más, político. Un panorama que deja bien claras las interacciones actuales entre la transición energética, la economía y los cambios en la geopolítica, algunos producidos por las dos primeras[2].

Todo ello genera tensiones internas en la UE que se suman a las ya existentes y a un contexto internacional de competición entre potencias. En momentos de incertidumbre como el presente, la prudencia aconseja máximas tan repetidas como la que sugiere “mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca”. La cuestión principal radica en distinguir quién es amigo y quién enemigo ya que, cuando hablamos de la UE y Rusia, ambas cosas pueden cambiar con el tiempo o darse a la vez. Todo depende de lo que se esté hablando.

Un ejemplo claro de esta relación compleja es Alemania. “Esta es la forma de disuasión (..) y se ha adaptado al actual comportamiento de Rusia, vemos violaciones del espacio aéreo del Báltico y un aumento de las incursiones en el Mar Negro” afirma la ministra de Defensa alemana, Annegret Kramp-Karrenbauer, sobre el nuevo plan de defensa de la OTAN ante un posible ataque múltiple por parte de Rusia[3]. Beligerancia por un lado mientras, por el otro, Alemania defiende como necesario el gasoducto Nord Stream 2, que una vez en activo convertirá al país germano en el principal receptor del gas ruso en Europa. No hay que olvidar que, cuando se trata de las relaciones entre las naciones, la dicotomía amigo/enemigo no es la primordial, sino la consecución y defensa de los propios intereses nacionales, como apuntó con gran pragmatismo el estadista británico Lord Palmerston.

Para complicar aún más la situación y la relación con Rusia, el bloque comunitario tampoco es homogéneo. A este respecto, se reduce la capacidad en la unidad de acción europea cuando se parte de circunstancias diferentes, en algunos casos radicalmente distintas y, en no pocas ocasiones, de intereses alejados o contrapuestos, que pueden entrar directamente en competición, a veces en cuestiones esenciales. No son lo mismo las tres repúblicas bálticas y Polonia, que Alemania o Francia, Italia o España, por ejemplo. Tampoco los países tienen el mismo peso en la toma de decisiones, de ahí que se articulen diferentes bloques de países, según el tema.

Todo esto dificulta de forma considerable una actuación conjunta con respecto a Rusia, entre otras cosas, en lo relativo a la dependencia energética del gigante ruso (lo que beneficia a Moscú a la hora de negociar contratos) y también en lo que respecta a la idea de la propia “autonomía estratégica” europea.

Esto en cuanto al lado de la Unión Europea. Por parte de Rusia cabría preguntarse, en la actual coyuntura global, cuál sería su interés prioritario: si tomarse la revancha por las políticas europeas que han intentado estos últimos años reducir la dependencia de Moscú y las sanciones económicas y diplomáticas; o seguir recibiendo las divisas necesarias para su economía (que no está muy boyante, precisamente) mediante la venta de gas, como señala el analista Francisco José Ruiz González en Global Strategy[4].

Volumen de tránsito de gas y petróleo a través de los ductos que unen la UE y Rusia antes de la puesta en marcha del Nord Stream 2. Fuente – Ginnymason.com

UE y Rusia: la interdependencia energética

A día de hoy, con gas natural se genera en torno a la quinta parte de la electricidad en Europa[5]. Hace ya un año, la revista Business Insider constataba que el avance en la transición energética en la UE había llevado al gas natural a tener un papel de soporte de las energías verdes en el mix energético. Y esto, conforme Alemania y otras economías europeas se han ido desprendiendo de sus plantas de carbón (más contaminante que el gas) y de sus centrales nucleares y las han sustituido por gasoductos, como los Nord Stream I y II con Rusia[6].

A todo ello, hay que sumar que, en el contexto actual de incremento de la demanda, la oferta de gas natural licuado (GNL) se ha demostrado insuficiente y su precio se ha disparado, lo que derrumba los argumentos en torno al GNL para asegurar la llegada de gas a Europa[7]. Circunstancia que nos deja, por un lado, la necesidad de tener en cuenta la importancia de las relaciones gasísticas en el desarrollo del sector económico productivo vinculado a la energía y, por otro, que Moscú mantiene su preponderancia en el suministro de gas natural a la Unión Europea[8] y que su papel resulta decisivo cuando hablamos de la seguridad energética en la UE.

Los datos:

Fuente: Eurostat.

Aunque la idea en principio es que tienda a reducirse cada vez más con el tiempo, en este 2021 el petróleo es, de lejos, el producto energético que más importa la UE (supone el 69,8% del total), por encima del gas, que es un 19,3% y que resulta clave en el nuevo mix energético europeo como soporte de las renovables, apuntado ya más arriba, de ahí su importancia de ahora en adelante.

Como puede verse en los gráficos, con en torno al 45%, Rusia es el mayor suministrador de gas natural a la Unión Europea por delante de Noruega y Argelia. Su posición es menos dominante en lo que al petróleo se refiere (en un entorno del 25%), pero también lidera el mercado, seguido por Noruega.

Mientras, por el lado ruso, lo primero a considerar es la importancia de los recursos naturales como sostén de su propia economía. Después habría que volver los ojos hacia China. El gigante asiático es el otro gran demandante de energía externa. Pekín parece dispuesto a importar aún más gas y carbón, también desde Rusia. Algo que, unido a los problemas con la UE y su avance hacia la descarbonización, podría llevar al Kremlin a dar un giro hacia Asia y perder interés por el mercado europeo. Sin embargo, a día de hoy, China no sería suficiente como para semejante cambio. Solo hay un gasoducto que podría llevar 38.000 millones de metros cúbicos de gas al año, muy lejos de los 200.000 que Moscú puede vender a Europa. Un segundo gasoducto doblaría el volumen de gas a China, pero estaría aún a distancia de la cantidad exportada a la UE. De este modo, parece claro que Moscú depende también del mercado europeo, al menos, por un tiempo[9].

Así pues, con los datos en la mano, encontramos una clara interdependencia, al menos desde el punto de vista energético, entre la UE y Rusia. Una cuestión que no parece que vaya a desaparecer de un día para otro. Y esto a pesar de las intenciones europeas de diversificar sus fuentes de energía y reducir su demanda de combustibles fósiles. Desde la perspectiva rusa, es comprensible que el Kremlin haga todo lo que esté en su mano para mantener su posición privilegiada, y muy competitiva, con respecto al mercado europeo, a día de hoy su principal comprador, mientras estudia sus posibilidades, la evolución de la demanda asiática y la capacidad, y oportunidad, de hacer su propia transición hacia otras fuentes de energía menos contaminantes, quizá con más futuro, como el hidrógeno[10].

Algunos apuntes sobre la geopolítica del gas entre la UE y Rusia

Con esta situación de intereses cruzados y el gas en el ojo del huracán del aumento de precios, es lógico pensar en su uso geopolítico. En la coyuntura actual, esto es algo que destaca y, sin embargo, no es que se trate de nada nuevo, viene de lejos. No es objeto de este documento hacer ninguna revisión histórica, sino tan solo tratar de entender algunas de las raíces más importantes que explican las circunstancias actuales, así como algunos de los principales motivos que subyacen bajo determinadas acciones y decisiones en el marco de la energía.

Pocas dudas caben en torno a que las relaciones entre la Unión Europea y Rusia no solo no atraviesan por su mejor momento, sino que es probable que se encuentren en uno de los peores desde el fin de la Guerra Fría, sin miedo a exagerar. Circunstancia que convierte en un problema, para algunos países un auténtico quebradero de cabeza, la dependencia energética, por razones obvias. Del mismo modo, por el lado del suministro, supone también una palanca clave a accionar, o no, a la hora de conseguir determinados objetivos estratégicos.

Las conocidas como “guerras del gas” entre Rusia y Ucrania en 2006 y 2009, y que afectaron a varios países europeos, como Alemania, dejaron claras varias cosas a este respecto. Como señala Ruiz González en Global Strategy Report[11], el interés estratégico de Alemania y varios países de Europa Occidental conectados por tuberías (como Austria, el BENELUX y Francia) gira hacia buscar una conexión gasística directa con Rusia para evitar el problema con el tránsito por Ucrania, mientras tanto, para la Comisión Europea y los países de la Europa Oriental, Moscú aparece como un proveedor poco fiable.

Y esto trae aparejados diversos movimientos divergentes en el seno de Europa: Berlín y sus aliados abogan por el Nord Stream I y, posteriormente, por el Nord Stream II (lo que aumenta la conexión gasística directa con Moscú), mientras que países como Polonia presionan para mantener el tránsito del gas a través de Ucrania y la Unión Europea empieza a tomar medidas para diversificar y alejarse de la dependencia energética de Rusia (presionar para impedir nuevos gasoductos o implementar la conocida como “cláusula Gazprom”, entre otras acciones).

Con el paso del tiempo, el deterioro de las relaciones con el Kremlin es mayor, por ejemplo, tras la crisis de Crimea de 2014 y las posteriores sanciones a Rusia en diversos ámbitos. Paralelamente, la Unión Europea profundiza en la reducción de la vinculación con Rusia y empieza a dejar de suscribir contratos a largo plazo, desregula el mercado e impulsa las operaciones a corto plazo con los precios dependientes del mismo. Algo que ha beneficiado a la economía europea durante años, hasta ahora, con los precios disparados. También se pone en marcha el Pacto Verde en 2019 que supone un acelerón en el proceso de conversión energética hacia las renovables, con el gas como soporte necesario, eso sí.

Pero el Kremlin no ha asistido impasible a lo descrito en los párrafos anteriores y ha actuado en consecuencia, utilizando asimismo la energía como arma geopolítica. Desde cortes selectivos de gas natural a negociar contratos a largo plazo con ventajosas cláusulas que obligan a pagar el gas, aunque no se consuma. Primero, en su conflicto con Ucrania, considerado “pro-Occidental” y demasiado cercano a la OTAN por Moscú, lo que ha llevado a evitar que sus recursos tengan que transitar por territorio ucraniano, mientras ofrece generosos descuentos a “aliados” como Bielorrusia. Todo ello para mantener su esfera de influencia en la periferia exsoviética, pero también más allá, porque desde el punto de vista estrictamente económico es más ventajoso para Rusia negociar con los distintos países europeos diferentes contratos a largo plazo (o al mayor plazo posible) que con un bloque comunitario unido, por ejemplo. Luego, a mayor división, más beneficio. La cuestión es que esto no supone únicamente un mayor beneficio en materia económica, sino que implica una mayor influencia política también[12] (divide et impera, dice la antigua máxima). Y en este caso en lo referente a la importancia actual del gas tenemos: una gran fuente de recursos, cercana, con una infraestructura ya en marcha, a buen precio… luego, a la hora de hablar de una reducción o estabilización de los precios parecería lógico pensar que Gazprom gana.

Y no solo en el marco estrictamente europeo; lo anterior beneficia la posición estratégica de Moscú frente a Estados Unidos y sus esfuerzos por vender su gas a la Unión Europea, porque Washington también ha jugado la carta geopolítica. La administración Trump presionó todo lo que pudo en contra del gasoducto Nord Stream II, retrasando el proyecto, pero sin conseguir pararlo. El Gobierno estadounidense buscaba vender sus excedentes de GNL a Europa y, para ello, utilizó el argumento de que la nueva tubería aumentaría la dependencia energética de Rusia, lo que dañaría la seguridad energética europea. Aparte, EE. UU. ya con Biden al frente ha buscado que, al menos, con el Nord Stream II no se haga un uso en clave geopolítica contra Ucrania[13].

Con este marco de relaciones e intereses cruzados y contrapuestos en niveles como el energético, el económico y el político, llegamos a la crisis en esta segunda mitad de 2021. Y aquí vemos que, después de años de haber intentado evitar o reducir las importaciones de gas ruso, los ojos de la UE se vuelven hacia Rusia… y se encuentran con un gran jugador de ajedrez enfrente: Vladimir Putin.

Un momento en el que, ante las dificultades europeas, Moscú no es que haya precisamente levantado una gran polvareda en su carrera por auxiliar a la UE. Bien es cierto que se han cumplido los contratos a largo plazo y que, también, hay que tener en cuenta que Gazprom debe atender su propio mercado interno de cara a la inminente llegada del crudo invierno ruso.

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