La versión rusa de la guerra híbrida

Mucho más que zonas grises

Fuerzas Especiales del Distrito Militar Occidental. El uso de este tipo de unidades será una constante en los próximos años (de hecho, ya lo viene siendo desde tiempo atrás), pues son una herramienta fundamental en la guerra híbrida. Fuente - Ministerio de Defensa de la Federación Rusa.

Rusia ha venido formulando sus propias soluciones a los enormes desafíos estratégicos que debe enfrentar, teniendo en cuenta sus problemas internos, su debilidad económica y demográfica y el poder de sus rivales. Las acciones en la zona gris y, de forma más general, la guerra híbrida, son algunas de ellas. A lo largo del siguiente artículo abordaremos tanto el debate teórico acerca de la versión rusa de la guerra híbrida como las aplicaciones prácticas que hasta la fecha ha tenido. También las formas y lugares en que nuevas operaciones rusas -sutiles o quizá no tanto- podrían tener lugar, pues esta concepción de la guerra ha venido para quedarse…

La teoría de la guerra híbrida: una mirada desde los EEUU

Lo que sea la guerra híbrida está aparentemente resuelto por teóricos como Frank Hoffman, quien lideró el debate que condujo a las definiciones al uso en la actualidad. De hecho, se trata de un debate muy reciente, apenas iniciado con el advenimiento del nuevo siglo, no exento de ciertos sesgos, ya que ha sido capitalizado por autores estadounidenses. Un debate que tiene mucho que ver con la creciente irracionalidad de un enfrentamiento entre grandes potencias, ya sea por el temor a una escalada nuclear, ya sea por considerar que incluso una guerra meramente convencional, pero a gran escala, sería demasiado onerosa hasta para el vencedor.

Ese debate, que ha sido trabajado con detalle en mi libro De las guerras híbridas a la zona gris: la metamorfosis de los conflictos en el siglo XXI, surge a partir de las primigenias aportaciones de Robert Walker y de Thomas Huber. Todos ellos buscaban una explicación a los cambios en la forma de hacer la guerra (warfare) acaecidos tras el final de la Guerra Fría, sin perjuicio de las conexiones que ese formato de conflicto bélico mantuviera con los conflictos derivados de la descolonización (Malasia, Argelia y Vietnam, como los más emblemáticos). E incluso con otros, todavía más lejanos, como la guerra de la independencia sostenida por las colonias británicas de América del Norte contra el Reino Unido; o nuestra guerra contra la Francia de Napoleón.

En casi todos esos casos (salvando, según como se interprete, el de Malasia), el actor aparentemente más débil acaba cubriendo sus objetivos, contra los intereses del más fuerte. Lo cual hace que ese tipo de guerras, o alguna variante contemporánea de las mismas, sean plausibles, incluso cuando son planteadas a partir del cálculo racional del más débil. Pero también, en su caso, como una estrategia aprovechable por alguna gran potencia, deseosa de evitar escaladas de dudoso resultado, cuando dicha potencia desafía el estatus quo ante, protegido por Estados que están a su mismo nivel o por encima del mismo.

En ese sentido, la principal preocupación de los autores señalados era determinar el modo en el que los EEUU podían comprender esas nuevas dinámicas, adaptarse a las mismas y, llegado el caso, salir airosos en un contexto en el que la forma americana de hacer la guerra, caracterizada por Russell Weigley en su clásico The American Way of War como la aplicación de la abrumadora potencia militar estadounidense contra sus rivales, e incluso como la puesta en marcha de “estrategias de aniquilación” … estaba quedando obsoleta por momentos.

Las tesis de Walker, Huber y Hoffman tienen ese trasfondo común, pero no son equivalentes. El primero plantea, en su obra The United States Marine Corps and Special Operations, que las guerras que habrá que enfrentar con más probabilidad son guerras que combinarán la presencia de “operaciones especiales” y de “operaciones convencionales”, partiendo de la primacía de las primeras (dato relevante) aunque Walker proponga la creación de una “fuerza militar híbrida”.

En su libro Compound Warfare: The Fatal Knot, Huber asume esa realidad bífida de la guerra, pero entiende -al contrario que Walker- que el protagonismo recae en el componente convencional (en su opinión, siempre lo habría hecho), en cuyo apoyo es necesario (decisivo, de hecho) que operen fuerzas “irregulares”. Por otro lado, Huber destaca que se trataría de fuerzas distintas, integradas a nivel estratégico, pero no necesariamente a nivel operacional ni táctico. Con lo cual, mantiene las diferencias entre los tres e incluye en su concepto guerras en las que las conexiones entre esas fuerzas son apenas sinergias funcionales, como en el caso de las tribus indias que, de modo inopinado, contribuyeron al éxito del Norte en plena Guerra de Secesión, al enfrentarse a las tropas sureñas por su cuenta y riesgo.

Finalmente, Hoffman asume en diversos de sus trabajos, entre ellos Hybrid Threats: Reconceptualizing the Evolving Character of Modern Conflict, que las principales novedades en relación con las aportaciones de Huber residen en que en el bando que plantea una guerra híbrida ya no existen dos fuerzas diferenciadas, sino una sola, plenamente integrada en todos los niveles, estratégico, operacional y táctico, hasta el punto de contribuir a su progresiva difuminación. Aunque Hoffman añade que lo convencional acaba teniendo un peso menor en comparación con las demás guerras, de modo que el protagonismo recae en las “tácticas irregulares”, e incluso en la aportación a la causa del crimen organizado, o del terrorismo.

Lo que trasluce, más allá de esas divergencias, es la sensación de que las fuerzas convencionales cotizan a la baja. Aunque sigan estando ahí, como parte de la definición de la guerra híbrida. Porque incluso en la tesis de Huber la clave de la victoria depende del buen manejo del componente irregular, que marca el hecho diferencial. Mientras que unas fuerzas armadas que desprecien ese componente, o que no lo exploten, estarían condenadas al fracaso. La evolución planteada por Hoffman no hace más que refinar el concepto, pensando más en el futuro que en el pasado. De hecho, Hoffman aduce que Huber explica magistralmente las guerras híbridas del pasado, de manera que él se concentra en las del presente y el futuro. Por consiguiente, la tendencia subyacente es la misma.

En el siguiente gráfico se puede ver cuál ha sido, según Amos C. Fox, la evolución de la doctrina rusa en los últimos años, llegando hasta la guerra híbrida. Fuente – Hybrid Warfare: the 21st Century Russian Way of Warfare. Autor – Major Amos C. Fox.

Rusia y la guerra híbrida: planteamiento de la cuestión

Hasta ahora hemos hablado de una teoría aparecida en los EEUU, aunque con pretensiones de universalidad. Sin embargo, el objeto de este análisis es otro: la guerra híbrida en Rusia. Aparentemente, debería tratarse de lo mismo. Pero ese primer veredicto, planteado a vuelapluma, puede no ser exacto.

En realidad, algunos analistas en los EEUU como Mason Clark, en su libro Russian Hybrid Warfare aportan argumentos para pensar que Rusia estaría librando una guerra híbrida contra su país. Pero eso se antoja un tanto exagerado, sobre todo si tomamos en consideración las tesis de los tres autores precedentes. O incluso si nos quedamos solamente con la de Hoffman, por ser la más consolidada. Básicamente, porque no hay atisbo de guerra abierta entre ambos Estados (la guerra híbrida es, al fin y al cabo, una guerra en toda regla). En todo caso, sería más adecuado hablar de que se abre un conflicto en zona gris entrambos. E incluso entre Rusia y diversos Estados europeos. Eso ha sido expuesto en otros artículos de esta misma revista, con lo cual no insistiré en ello en este momento.

Sin embargo, cuando Clark apela a esa retórica no lo hace aleatoriamente. Lo hace porque llevamos una década hablando de la versión rusa de la guerra híbrida. Que es en lo que habrá que centrarse en este artículo.

Pero antes de emprender esa empresa conviene tener claro que, tal como indican algunos expertos occidentales, muchos analistas rusos reniegan de la vis expansiva experimentada por el concepto de guerra híbrida a partir de las aportaciones de autores como los tres aquí citados. Esos analistas rusos entienden que todas las especulaciones que hemos traído a colación constituyen una construcción teórica excesivamente artificial, creada para desacreditar a Rusia, más que para conceptualizar las guerras del futuro. Sin perjuicio de que esa crítica también se deba a su impresión de que, en el mejor de los casos, esas teorías no explican la aproximación rusa el fenómeno de la guerra.

Esto no significa que los teóricos rusos hayan prescindido del debate. Muy al contrario, han tomado nota de la necesidad de adaptarse a escenarios en los cuales la hipótesis de un conflicto bélico a gran escala no es la más probable. De modo que han desarrollado algunas aproximaciones muy comentadas. Pensemos, sin ir más lejos, en la a veces denominada doctrina Gerasimov. Aunque, a su vez, esta suerte de piedra filosofal de la versión rusa de la guerra híbrida plantea sus propias aporías, incluso antes de poder hablar de sus detalles.

No en vano, como señala Mark Galeotti en su artículo I´m Sorry for Creating the Gerasimov Doctrinequizá ni siquiera se trate de una doctrina, en el sentido de la teoría orientada a comprender la realidad para poder alcanzar la victoria. Quizá apenas se trate de una reflexión -por incisiva que sea- acerca del modo en el que otros hacen la guerra, que es tanto como reflexionar acerca de lo que Rusia va a encontrarse en esos nuevos escenarios -o guerras- no lineales. Sirva esto para dejar claro que lo que en realidad hace Gerasimov es acusar a las potencias occidentales, con los EEUU a la cabeza, de fomentar estrategias híbridas para desestabilizar a los Estados renuentes a aceptar el liderazgo de Washington. Máxime cuando tienen tendencia a acercarse al Kremlin o a no alejarse del mismo, pese a las presiones de la OTAN y de la UE. Tal habría sido el caso de las primaveras de colores, en primera instancia y de las primaveras árabes, que eran los conflictos más recientes en el momento en el que Gerasimov pone sus reflexiones por escrito.

No es un comienzo muy prometedor: contamos con una teoría de la guerra híbrida surgida en Occidente, que los rusos interpretan como algo torticero, y con una doctrina rusa, que al parecer no es tal doctrina, pero que asume que la teoría de la guerra híbrida no era, a pesar de los pesares, una entelequia. Solamente interpretan que no van con ellos. Y, sin embargo, el texto de Gerasimov rezuma un aire curioso, al insinuar que Rusia debería hacer lo propio en el futuro.

¿Cómo se resuelve el entuerto? Lógicamente, se resuelve analizando los problemas que enfrenta Rusia en estas últimas décadas, las doctrinas que sí lo son (sin duda) en las que se enmarca su propia acción estratégica y las opciones que le quedan al Kremlin para satisfacer sus expectativas en un mundo que, como siempre ocurre, es el que es, y no el que les gustaría que fuese. Pero que, como veremos, ofrece opciones estratégicas nada desdeñables.

Valery Gerasimov es el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia desde 2012, periodo en el que ha estado detrás de operaciones magistrales como la anexión de Crimea.

La aproximación rusa a la guerra híbrida: inercias que determinan la realidad

Lo dado, para Rusia, viene de la implosión de la URSS, con la consiguiente pérdida de la mitad de su población y de un tercio de su territorio. Pero no de la pérdida de su orgullo ni de sus ansias de seguir siendo una potencia relevante en el mundo. O, como diría Brzezinski, de su aspiración a seguir siendo un actor estratégico.

Sin embargo, a lo largo de la década de los noventa del siglo XX las distancias con los EEUU se abren de inmediato, y a todos los niveles: político-diplomático, económico y militar. Tanto es así que la OTAN y la UE, bajo palio (directa o indirectamente) de Washington acercan sus fronteras a las de la propia Rusia, previa integración en ambas organizaciones de los Estados entonces denominados PECOs (Estados de Europa Central y Oriental) antiguos miembros del Pacto de Varsovia.

De ese modo, tras la triste etapa de Yeltsin en el poder, Putin se encuentra ante un reto monumental: evitar (en lo posible) la hegemonía de los EEUU (que lo fue en esos años 90 del siglo XX) y restaurar (asimismo, en lo posible) la presencia de Moscú en su “extranjero próximo”, formado sobre todo por antiguas repúblicas socialistas soviéticas independizadas en el ínterin (como poco) y con expectativas de acabar incorporadas en la OTAN y la UE (en el peor de los escenarios para Rusia). ¿Cuál fue la respuesta rusa? En esencia, la doctrina Primakov. A saber:

En primer lugar, contribuir a la generación de una coalición anti-hegemónica, cuyo objetivo (ya alcanzado, por otro lado) sea que el mundo pase de ser unipolar a multipolar y que sea gobernado en consecuencia. Ahí Rusia debía contar con el apoyo de China y, a poder ser, de India. A día de hoy, los tres son miembros de la Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS) así como de los BRICS. Aunque, lógicamente, lo decisivo ha sido el auge chino. La resiliencia rusa viene jugando un papel no menor en este desenlace.

En segundo lugar, la doctrina Primakov pretendía asegurar la primacía del Kremlin en el espacio post-soviético, integrándolo bajo su égida, ya sea mediante la creación de sus propias estructuras de seguridad, como la OTSC, o mediante acuerdos bilaterales con esos Estados.

En tercer lugar, como consecuencia de las dos primeras premisas, frenar el impulso de la OTAN, es decir, de los EEUU, poniendo límites geográficos a su expansión territorial y límites conceptuales a sus pretensiones de liderazgo mundial.

Titánica tarea para un Estado con apenas 145 millones de habitantes, no unidos étnicamente, con grandes espacios vacíos en Siberia (siendo, por ende, vulnerable), dotado con unas FFAA tendentes a la obsolescencia y con un PIB demasiado dependiente del precio de los hidrocarburos, con escaso I+D (salvo en los sectores de la defensa y el espacio) y con uno de los índices de productividad más mediocres entre los países desarrollados.

En estas circunstancias, la ambición sustantiva de la doctrina Primakov solamente podía desplegarse a través de modos más sutiles, no ya que la confrontación armada con los EEUU y la OTAN, sino incluso más sutiles que la mera provocación a los EEUU y la OTAN. De hecho, Rusia ha ido adaptando sus movimientos a los de los demás, hasta que la presión de la OTAN sobre Ucrania y Georgia -acerca de las cuales en 2008 se anticipaba su futura adhesión a la Alianza atlántica- rompió la baraja.

En ese contexto, dadas las circunstancias, Rusia tuvo que (re-)pensar el modo de evitar ese escenario. Y ese modo de proceder, a grandes trazos, sería “híbrido” … o no sería. No necesariamente en el formato descrito por Hoffman. Pero sí en uno intermedio entre la mera asunción de esos hechos cuando se consumaran y plantear una guerra convencional. De hecho, Rusia ha manejado más bien estrategias “grises” que “guerras híbridas”. Aunque ambos son mecanismos que pueden caer bajo el rótulo de las “estrategias híbridas”.

Para ello, Rusia se beneficia de la larga tradición soviética en las operaciones de influencia en el extranjero. La amplia experiencia en el fomento del quintacolumnismo para influir en terceros Estados, por ejemplo, ha sido fundamental para el despliegue de las medidas adaptadas al siglo XXI. No menos que la instrumentalización ideológica de medios de comunicación públicos. A lo que hay que sumar la importancia de las redes sociales.

Lo importante para Rusia es demostrar a sus rivales geopolíticos que puede causarles tanto daño como ellos a Rusia. Ya sea debilitando sus alianzas hasta el punto de generar disensiones internas y, en casos extremos, tratando de provocar la salida de Estados de organizaciones rivales; ya sea (re-)anexionándose territorios que en el ínterin habían dejado de estar bajo el control de Moscú; ya sea empleando proxies en conflictos en los que esas potencias occidentales tienen sus propios intereses. O, simplemente, condicionando las agendas de los demás hasta el punto de evitar (al menos, de momento) que más Estados de su “extranjero próximo” terminen integrados en eso que a veces llamamos Occidente.

Es verdad que, llegados a este punto, los expertos rusos no establecen una barrera tan clara como solemos hacer en Occidente entre la zona gris y la guerra híbrida. Los dos parámetros se establecen sin solución de continuidad. A nivel teórico, algunos expertos rusos lo exponen con naturalidad, años antes de que Walker, Huber y Hoffman plantearan sus interesantes argumentos. Por ejemplo, ya en 1995, Makhmut Gareev planteó en su libro If war comes tomorrow. The contours of future armed conflict, la necesidad de emplear la Information Warfare a modo de una inmensa cabeza de playa (virtual e ideológica) que debilite la opinión pública de las sociedades sobre las que después se actuaría militarmente, con la mirada puesta en menoscabar su voluntad de resistencia.

Años después, en 2013, esa misma lógica, aunque bastante perfeccionada, regirá las reflexiones expuestas en el artículo de Chekinov y Bogdanov The nature and content of a new-generation war. Para ellos, lo que definen como “New Generation Warfare” (NGW) debe iniciarse con campañas masivas de información, aprovechando el efecto multiplicador de las nuevas tecnologías, apenas balbuceantes en 1995. Esas campañas estarían llamadas a influir en todas las instituciones del Estado que va a ser atacado, de manera que la palabra clave aparece de inmediato: el fomento de la subversión como palanca del éxito. De un éxito que, normalmente, será explotado mediante la intervención de fuerzas militares diseñadas y entrenadas para desarrollar despliegues rápidos a grandes distancias.

Estos dos ejemplos son importantes, a fin de comprender mejor las aportaciones del más famoso de esos expertos, el general Gerasimov. En su célebre aproximación, tras criticar los métodos presuntamente empleados por los EEUU y otras potencias occidentales para favorecer las primaveras árabes, expone que las guerras del futuro responderán a ese tipo de parámetros. Es decir, el “modo de hacer la guerra del siglo XXI” (el warfare) estará presidido por algunas características que, sin ser completamente nuevas, poseen una nueva jerarquía.

Serán conflictos en los que la población civil será el principal target. No puede decirse que el enfoque no sea digno de Clausewitz (en la medida en que conecta con su teoría de la trinidad), pero esta vez no se trata de que la voluntad de luchar sea quebrada a través de una cadena de fracasos militares inaceptables para esa población. Más bien se trata de que esa población entienda que comenzar a luchar por esa causa es inútil, por excesivo. O que lo entienda cuando a duras penas aparecen las primeras bajas. De modo que no sea la derrota militar la que conlleve la fractura social, sino que sea la fractura social (previa) la que induzca la derrota militar, ya sea por incomparecencia, o por la imposibilidad de prolongar su ejecutoria.

Sin embargo, en caso de que eso no se entienda a la primera y haya que escalar, serán conflictos que, con el solo empleo de movilizaciones civiles a gran escala, algunas de ellas ciertamente violentas, conocerán niveles de desarticulación social no tan diferentes a los que tendrían lugar en un contexto de guerra convencional. Precisamente porque el campo de batalla (ni lineal ni, en principio, kinético) está en sus mismas calles y plazas: crisis económicas y desabastecimiento de productos básicos; deterioro e incluso destrucción de infraestructuras críticas; desmantelamiento de las instituciones políticas y sociales sobre las que descansan la paz y el orden sociales; incremento de la delincuencia, tanto común como del crimen organizado; aparición de sabotajes y atentados; inseguridad jurídica… Lo incisivo del diagnóstico es que esa cadena de desgracias vendría de la mano de alguna potencia capaz de movilizar esos recursos nativos, tanto humanos como materiales.

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