Bases flotantes para la US Navy

¿Herramienta básica para la guerra entre pares?

El USS "Asheville" (SSN 758) entrando en el dique flotante ARDM 5 en la Base Naval de Point Loma para su mantenimiento programado. Fuente - US Navy.

En el actual marco de competición entre grandes potencias, un enfrentamiento directo entre los EEUU y China en torno a Taiwán no es descabellado. Tampoco una lucha generalizada en toda la región Indo-Pacífico, un escenario que de una u otra forma afectaría también a las naciones europeas. La implementación de medios A2/AD, unida a la expansión de la flota china (y rusa), obligan, para poder imponerse, a mantener un alto tempo de operaciones y una alta disponibilidad por parte de los buques propios. Para ello, se antoja imprescindible volver la vista atrás, en concreto a la Segunda Guerra Mundial, aprendiendo de la experiencia ganada con las bases flotantes y de las ventajas que ofrece contar con un tren naval a la altura.

Como nuestros lectores saben, somos la única publicación en España que ha llegado a un acuerdo con el Instituto Naval de los Estados Unidos, por el cual se nos permite publicar sus artículos en Español. En virtud de dicho acuerdo, podemos elegir lo que consideramos más adecuado para nuestros intereses y darlo a conocer entre los lectores de habla hispana. En este sentido, puede sorprender que hayamos escogido un artículo acerca de algo tan lejano para una potencia media como España, como son las bases flotantes. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla.

España, es cierto, tiene una armada quizá pequeña, pero completa, moderna y equilibrada. Efectivamente, la Armada Española es una armada de aguas azules, capaz de proyectar su fuerza a gran distancia tanto en el océano, como tierra adentro. No obstante, difícilmente luchará sola contra ningún enemigo. Más bien al contrario, de enfrentar algún desafío importante lo hará a cientos o miles de kilómetros de la Península Ibérica y lo hará en coalición.

En ese caso, deberá hacer frente, bien como parte de una fuerza mayor formada con otros socios de la OTAN, bien de la Unión Europea, que está desarrollando a duras penas su propia PESCO (Política Exterior y de Seguridad Común), amenazas cada vez más complejas que, lejos de ser asimétricas, podría perfectamente tratarse de pares con capacidades muy avanzadas. En este sentido, es de señalar la proliferación de medidas A2/D2 que impiden llevar a cabo las operaciones navales, aeronavales y anfibias con la misma seguridad con que se desarrollaban en los tiempos en los que Occidente contaba con una absoluta supremacía naval.

China, Rusia, pero en menor medida también países como Irán o Corea del Norte, están desplegando progresivamente un número creciente de sistemas antiaéreos, de artillería de costa y de otros tipos que dificulta sobremanera la proyección del poder naval. De hecho, en algunos casos han ido más allá, como ocurre con la Armada del Ejército Popular de Liberación de China, al punto de disputar a la propia US Navy el control de algunas zonas del Pacífico, tendencia que no hace sino acentuarse según los astilleros chinos botan más y más buques de superficie y submarinos de nueva generación.

En este escenario, la única posibilidad real para las armadas occidentales pasa por contar con un tren naval lo suficientemente amplio y diverso como para poder afrontar el soporte logístico integral de la flota de combate en la propia mar, dependiendo solo para lo imprescindible de unas bases navales en tierra que son cada vez más vulnerables a los ataques. Una tarea titánica, la de reorientar nuestras flotas, diseñadas en muchos casos durante la Guerra Fría y para un entorno en el que el dominio marítimo se daba por hecho y en la que todos, grandes y pequeños, tenemos parte.

Ahora que Europa intenta despertar de su letargo estratégico, y si de verdad pretende pese a varapalos como la creación del AUKUS, ser una potencia con proyección militar en regiones tan distantes como Indo-Pacífico, deberá dar solución a algunos de los mismos dilemas que ocupan a los Estados Unidos, nuestro principal socio y aliado. Así, los cambios en la US Navy deberán tenerse en cuenta a la hora de fijar las prioridades por parte de nuestros planificadores navales. No se trata de copiar lo que hacen otros, pero sí de complementarlo, por si toca actuar en conjunto y de adaptarlo a nuestras particulares necesidades, que también pasan por ser capaces de proyectar nuestra fuerza allá a donde sea necesario. Por todo ello, contar con una capacidad logística adecuada, versátil y móvil será la única forma de poder desplegar nuestras propias capacidades conservando la libertad de acción. Es por esto que hemos considerado importante este artículo si no como solución, pues difícilmente llegaremos a contar con algo parecido a lo que el autor propone, sí para abrir un debate necesario.

Estados Unidos necesita una base móvil flotante

Por James W. Hammond III*

Hacia una nueva época

Por primera vez en décadas, la supremacía naval de Estados Unidos está siendo puesta a prueba. Como señaló el Jefe de Operaciones Navales, almirante John M. Richardson, “los cambios están alterando el carácter de la competencia naval y la guerra, y están siendo explotados, en diversos grados, por una amplia gama de competidores” 1. La planificación naval se está reorientando en consecuencia, para desarrollar nuestra capacidad luchar en una campaña naval contra un adversario competente y mantener -y si es necesario restablecer- el dominio en el mar2. Esto representa un cambio importante para una flota concebida para la presencia naval avanzada y la proyección del poder naval en tierra.

Para lograr la rápida innovación y el desarrollo de las capacidades que son necesarias hoy en día, la logística y las bases serán claves, especialmente lo concerniente a las capacidades de basamento naval móvil que resultaron tan exitosas durante la última época de disputa por el control del mar. Cegados por los deslumbrantes logros de las operaciones integradas de transporte, submarinos, buques de superficie y anfibios, a menudo pasamos por alto éxito y los logros cosechados por la infraestructura logística que se creó antes y durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, sobre esta firme base es sobre la cual se logró sostener una guerra de maniobras navales rápidas y altamente letales. La abrumadora victoria del poder naval de la US Navy durante dicha guerra fue, en muchos sentidos, un producto de la superioridad logística y de la movilidad, elementos ambos que permitieron a las fuerzas de combate liberar un poder implacable sobre y bajo la superficie y también desde el mar.

La capacidad de reparar los buques de guerra y de transporte rápidamente y dentro o cerca del Teatro de Operaciones, esto es, sin necesidad de remolcar los buques a largas distancias, permitió a la US Navy sostener su ritmo de operaciones, en tanto hacía posible que dichos buques volviesen al servicio en un tiempo mucho menor. Hay que tener en cuenta que un buen número de buques dañados en combate, en realidad sufrían desperfectos que no necesitaban de reparaciones demasiado complejas, por lo que contar con bases flotantes avanzadas era más que suficiente. Fuente – Wikimedia Commons.
El inmenso despliegue naval llevado a cabo por los EEUU en la Segunda Guerra Mundial, especialmente en el Pacífico, fue posible únicamente por la disponibilidad de un tren naval a la altura del desafío. En la imagen, buques estadounidenses en las Aleutianas. Fuente – US Naval Archive.

Soporte itinerante para la flota

La transición desde los barcos de madera a los buques de acero y de las velas al vapor incrementó significativamente los requisitos logísticos de las fuerzas navales, particularmente en términos de reabastecimiento de combustible y mantenimiento, dada la necesidad de reparar los componentes mecánicos más complejos de los buques modernos 3. Las bases seguras, tanto en el interior como en el exterior, adquirieron una importancia estratégica. Además, se hizo necesario un tren naval compuesto por buques auxiliares -carboneros (posteriormente petroleros y cisternas), arsenales y almacenes, buques de reparaciones, etc.- que acompañaban a la flota, lo cual aumentó su disponibilidad, empleabilidad, alcance y movilidad operativa.

La Guerra Hispanoamericana de 1898 destacó la importancia de la logística expedicionaria naval para la US Navy. Por ejemplo, el mantenimiento de un bloqueo efectivo de la flota española atrapada en Santiago de Cuba requería de la disponibilidad de una base cercana. Un batallón del US Marine Corps se apoderó de la Bahía de Guantánamo, en Cuba. Esta base avanzada proporcionó un puerto seguro para el almacenamiento, mantenimiento y reabastecimiento de los buques propios. La destrucción de la flota española, cuando intentó romper el bloqueo, fue posible en gran medida por la capacidad de la US Navy para mantener todos los elementos necesarios para asegurar la operatividad de la fuerza tan cerca de las fuerzas enemigas.

Los resultados de esta “espléndida pequeña guerra” también aumentaron las responsabilidades de la nación en el extranjero, particularmente en las vastas regiones oceánicas del Pacífico. A su vez, estos compromisos globales complicaron en gran medida los requisitos logísticos. Al carecer de la cadena de estaciones estratégicas de carbón de la que sí disponía la Royal Navy, la US Navy requirió una solución propia. En un artículo de 1904 publicado en Proceedings, titulado “La base móvil”, el ingeniero civil A. C. Cunningham argumentó que las nuevas condiciones “sugieren [la necesidad de disponer de] una base móvil que puede llevarse al teatro de operaciones y que debe suministrar todos los elementos esenciales de una base permanente completamente equipada”4. El crucero alrededor del mundo de la Gran Flota Blanca, que incluía un pequeño tren naval, reforzó a una generación de oficiales navales en su idea de que la dependencia de una red de bases navales controladas por potencias extranjeras era peligrosa.

Estas lecciones se aplicaron con más decisión si cabe durante la Primera Guerra Mundial. Mientras se discutía el valor de los barcos en reparación y mantenimiento durante el conflicto, en un artículo de Proceedings de 1932, el capitán Earl P. Jessop detalló el empleo de un buque de reparación que operaba desde Brest, Francia. Destacó la importancia operacional que para la maniobra naval tenía la existencia de un tren naval que “proporcionara el tipo de movilidad que esencial para los continuos cambios de ubicación que implicaban las operaciones navales durante la guerra” y, por la misma razón, criticaba la existencia de bases navales permanentes pues “las instalaciones de una base naval avanzada pueden ser difíciles de aprovechar cuando las operaciones se alejan de su vecindad, en comparación con la utilidad de las instalaciones móviles que operarán con plena eficiencia en ubicaciones temporales”5.

Entre los diques secos y el trabajo en los astilleros, las licitaciones en el periodo de entreguerras y los buques de reparación brindaban la posibilidad de mantener la preparación de la flota empleando las grandes bases navales. También ayudaban [a mantener la preparación] los ejercicios anuales destinados a probar nuevos conceptos. La planificación de una posible guerra en el Pacífico, específicamente mediante el desarrollo del Plan de Guerra Naranja, obligó a la US Navy a encontrar un medio para luchar sin contar con una base segura y preparada cerca de la posible acción de la flota y lejos de la costa oeste de los Estados Unidos o incluso de Hawái. Las actualizaciones sucesivas del plan, respaldadas por juegos de guerra y ejercicios, dieron como resultado durante décadas un acuerdo constante sobre la necesidad de contar con estaciones de servicio móviles flotantes y depósitos de material que podrían transportarse rápidamente a sitios austeros en tierra firme6.  El Jefe de Operaciones Navales, el Almirante William Leahy, destacó el producto de este proceso innovador en 1937: “Tenemos más que cualquier otra nación que no haya desarrollado nuestra “Base Móvil”: Tenemos buques-taller, auxiliares, naves comerciales, buques-hospital, buques frigoríficos, etc., que son parte de la flota “7.

Durante las décadas de 1920 y 1930, la capacidad de mantenimiento y reparación del tren naval de la flota consistió en hasta 23 buques auxiliares con los que atender al conjunto de destructores, submarinos, hidroaviones y buques de reparación, más otros 4 o 5 en estado de reserva8. Además, en el cambio de siglo se construyeron dos diques flotantes: el Dewey, que apoyaba a la Flota Asiática en las Filipinas; y su gemelo, para apoyar las fuerzas en los Estados Unidos continentales y que se trasladó con la flota a Pearl Harbor en 1940. Además, durante la década de 1930, la US Navy construyó y experimentó con un dique flotante todavía más móvil. Completado en 1935, el ARD-1 podría transportar barcos de hasta 2.200 toneladas de desplazamiento, es decir, buques del tamaño de los destructores en ese momento. Cuando se remolcó a una base avanzada, el muelle de reparación auxiliar era autosuficiente gracias a que contaba con bombas internas, alojamiento para la tripulación, sistemas de generación de energía, talleres de mantenimiento y grúas “para acompañar a una flota a aguas remotas”9. Después de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, estos preparativos de preguerra fueron considerados como lamentablemente inadecuados10.

El dique flotante ARD-1, basado en Pearl Harbor, permitió a la US Navy devolver al servicio rápidamente durante la Segunda Guerra Mundial los USS Pyro, USS Monssen, USS Safeguard y USS Spectacle, entre otros. Su gemelo, el ARD-5 Waterford sirvió en este mismo conflicto y también en las guerras de Corea, Vietnam y el Golfo, antes de ser transferido a la Armada de Chile en donde fue renombrado como Talcahuano.

El resto de este artículo está disponible solo para suscriptores

Si todavía no estás suscrito, aprovecha nuestra oferta


Be the first to comment

Leave a Reply