La Letalidad Distribuida y la Armada Española

El concepto de Letalidad Distribuida, que tratamos abundantemente en uno de nuestros primeros números, surgió en 2015 como un estudio, publicado en el Instituto Naval de los Estados Unidos, para aumentar la capacidad de combate de la US NAVY. En concreto como fórmula destinada a evitar que ésta recayera exclusivamente en unos pocos grupos de batalla o ‘Carrier Groups’ entorno a los CVN (Carrier Vessel Nuclear) o grandes portaaviones de propulsión nuclear.

Dicho estudio abogaba por incrementar los medios ofensivos en base a Grupos de Acción de Superficie (SAG o Surface Action Groups) (sorprendentemente idénticos a los que la Armada Soviética, carente de aviación embarcada entonces, planteaba durante la Guerra Fría) e incluso convirtiendo los grandes buques anfibios tipo LHA (Landing Helicopter Assault) en medios de proyección de poder aéreo a modo de portaaviones ligeros. Además incluía, y este seguramente sea el trasfondo doctrinal que ha quedado tras aquella propuesta, incrementar el número de plataformas con capacidades ofensivas, haciendo de estas la razón de ser de su existencia, y no como mero complemento de los sistemas defensivos propios de un ‘escolta’. De hecho, el punto débil de dicha teoría radicaba en la incapacidad de defenderse de muchas de estas plataformas.

Ciertamente la evolución de los medios navales desde el advenimiento del portaaviones y de la amenaza aérea en el entorno naval (con la consecuente inversión en costosos misiles antiaéreos para neutralizarla) implicó el abandono de los grandes buques de línea (acorazados y cruceros de batalla) para convertir a los buques de superficie en meros ‘escoltas’ de las unidades de alto valor o en cazadores especializados de estos últimos; entendiendo tanto a los citados buques soviéticos con pesados misiles AsUW como a todos los buques ASW de ambos bandos, encargados de combatir al otro ‘capital ship’ de las flotas modernas: el submarino lanzamisiles (otrora SSBN, hoy cualquiera que disponga de misiles de crucero).

No solo eso, la capacidad de muchos países para establecer barreras defensivas basadas en modernos misiles antiaéreos y antibuque (sistemas A2/AD o Anti-Access/Area Denial) dificultan enormemente las operaciones de proyección de fuerzas, por lo que la conveniencia de vertebrar flotas (compuestas por grandes buques portaaviones, anfibios y escoltas) para lanzar desembarcos sobre la costa está en tela de juicio.

La idea pues de la letalidad distribuida no era otra que recuperar el buque de combate de superficie, especialmente orientado a la acción litoral y de carácter eminentemente ofensivo, ajeno a la tarea de escoltar objetivos de alto valor y fuertemente armado; de ella han derivado proyectos como la transformación de algunos LCS y la construcción de las futuras FFGX.

Las fragatas lanzamisiles son la base de la capacidad de combate de la armada española, si bien se centran en la escolta y protección del tráfico marítimo. Fuente – Armada Española.

El concepto elemental de la Letalidad Distribuida

En realidad, la Letalidad Distribuida es un concepto eminentemente táctico, consistente en aumentar la capacidad ofensiva de todos los buques de la flota, pero conlleva un importante cambio estratégico a la hora de afrontar las diferentes misiones encomendadas a la misma.

En los EEUU está en marcha un debate que dura ya varios años, entorno a la figura de los grandes portaaviones, apuntando a diversos problemas que van desde su escasez a su vulnerabilidad, pasando por la previsibilidad que conlleva su uso (y emplazamiento) o la progresiva pérdida de potencial aéreo derivado de la homogeneización de las alas embarcadas y las prestaciones, especialmente en alcance, de las nuevas aeronaves.

Estos defectos vienen determinados por el nuevo entorno estratégico que afronta EEUU en el Pacífico, con el rearme de China y la llegada de nuevos sistemas de armas, como los misiles hipersónicos. Derivado de ello han surgido nuevos conceptos de combate, entre los que se destaca la DMO (Distribuyed Maritime Operations u Operaciones Marítimas Distribuidas); teoría que pretende integrar la Letalidad Distribuida en un concepto operacional más amplio, y que incluye otros como la superioridad en la maniobra electromagnética (EMW) o la Logística Distribuida.

La DMO busca integrar las crecientes plataformas ofensivas en una red de combate de apoyo mutuo que mejore el entramado defensivo, la citada EMW y la coordinación de las operaciones navales con otros dominios. Igualmente, la acción litoral, en especial la basada en desembarcos anfibios en entornos fuertemente defendidos (LOCE o Littoral Operations in a Contested Environment) obliga a variar los métodos de asalto, priorizando las operaciones OTH (Over the Horizon o Más allá del horizonte) con nuevos medios para la maniobra buque-costa, conocida por STOM (Ship To Objective Maneuver).

Así, el USMC ha adquirido grandes aeronaves de alcance extendido tipo V-22 y CH-53K, lanchones LCAC del tipo hovercraft (Francia en su lugar ha optado por catamaranes rápidos, conocidos por L-CAT) y LCU, culminando este proceso de transformación con el planteamiento de los futuros buques rápidos de desembarco LAW (Light Amphibious Warship) que, sin un nodriza que los traslade durante las travesías oceánicas, asalten la playa desde gran distancia y sin alerta previa (sobre el enemigo).

El F-35B es el único caza de combate embarcable en el JCI, otorgándole una capacidad aérea relevante, pero puede hipotecar  las capacidades del conjunto de la flota. Fuente – USMC.

Las necesidades de la Armada Española

Lógicamente, los procedimientos de la US NAVY, espejo en el que siempre se mira nuestra armada, no siempre serán aplicables para ésta, y mucho menos el entorno operativo para el que se han diseñado; sin embargo, hay no pocas similitudes.

De la Directiva de Defensa Nacional emanan unas capacidades mínimas que las Fuerzas Armadas (FAS) deben disponer para garantizar dicha defensa, y aparte del rédito político y diplomático emanado de nuestra aportación a las organizaciones multinacionales a las que pertenecemos, la proyección de fuerzas no debe ser una de ellas. Sí lo es el control de nuestros espacios marítimos de interés, aguas de soberanía y rutas de navegación (por las que recibimos la mayoría de las importaciones) así como la defensa del territorio nacional, que en términos navales implica evitar ataques disimilares sobre el litoral, la amenaza de misiles balísticos y de crucero y las acciones ofensivas contra territorios aislados y vulnerables por mar, como archipiélagos e islotes.

Parte de estas amenazas se centran en la Zona Gris del espectro de los conflictos, con acciones de desestabilización, terrorismo, manipulación de los fenómenos migratorios o maniobras de hostigamiento a la navegación (flota pesquera, piratería, etc) de efecto limitado, debido a que las reivindicaciones de nuestros enemigos potenciales están circunscritas a territorios concretos o por que la influencia de actores externos (OTAN y UE) solo les permiten una capacidad de maniobra muy limitada.

Respecto a la proyección de fuerzas, aunque los tres ejércitos han orientado su plan de acción a la consecución de la misma y tienen capacidades notables, no es menos cierto que el principal elemento para la proyección de nuestras capacidades militares es la Armada; entendiendo estas capacidades como una combinación de transporte y sostenimiento logístico autónomo, proyección de poder sobre tierra mediante desembarcos anfibios y la capacidad de ataque selectivo sobre objetivos de alto valor en cualquier parte del globo que esté a una distancia prudencial del mar.

No obstante, el coste de sostener la aviación naval, especialmente en el momento en que el Harrier deba ser relevado por un avión mucho más complejo y capaz, pero extremadamente costoso como es el F-35B, puede ser inasumible. No son pocas las voces dentro de la Armada que preconizan, en tiempos de fuertes restricciones presupuestarias, que esta capacidad debe abandonarse en favor de otras más necesarias, como las citadas de control marítimo [1].

Asumir este cambio conceptual tiene graves consecuencias en la planificación y composición de la Armada. Sucesivos AJEMA han advertido sobre este particular, asumiendo que sin la participación de aviación embarcada el modelo de intervención anfibia, y con él la capacidad expedicionaria y/o de proyección de poder sobre tierra, se ve seriamente comprometida. No obstante, los actuales métodos de desembarco, en especial en el crítico proceso STOM, son bastante anticuados y difíciles de renovar, por lo que sostener las operaciones anfibias será aún más complicado, con aviación o sin ella.

Si bien la aplicación de la Letalidad Distribuida es un concepto que va más allá, entronca directamente con la conveniencia de una estrategia basada en el componente aeronaval y la acción anfibia, que en nuestro caso supone sostener un único grupo aeronaval (que es un caso completamente distinto al de la US NAVY) como epicentro de su acción en el mar.

Sin presupuesto para sostener ambas cosas, el debate se centra en si la Letalidad Distribuida puede ofrecer una alternativa a la aviación embarcada y resolver el problema que puede provocar su desaparición. Asumida esta, no sólo toca redefinir el papel de la flota, también el modelo de fragata de escolta como buque capital en torno al que se construye [2].

Al respecto, no se pone en duda la necesidad de disponer de capacidades AAW o ASW, pero sí un concepto operativo que ha llevado a la Armada a planear la mayor fuerza de buques AAW de Europa[3] y por contra, a carecer de misiles de crucero. Este sistema de armas es la forma más segura de hacer sentir la presencia naval en tierra firme, sin necesidad de poner el pie en la misma, con los riesgos que eso conlleva.

Para cubrir esta carencia se va a introducir el Harpoon Block II ER, un arma antibuque que ahora tiene capacidad dual (incorpora un sistema de guiado GPS) y un alcance máximo de 300 km; si bien en su momento se planteó la posibilidad de emplear el Tomahawk que, con 1.500 km de alcance, se sitúa ya fuera del dominio naval, es decir: La fuerza naval es solo un vector de lanzamiento para un arma de dominio estratégico, como lo ha sido previamente el misil balístico; es pues una capacidad que la armada asumiría dentro de la acción conjunta.

No obstante, la presencia de estas armas involucra al poder naval en tanto en cuanto se emplee para negar al enemigo ese vector de lanzamiento, como ya ocurriera con los SSBN en la guerra fría y el titánico esfuerzo de los contendientes para disponer de capacidades ASW oceánicas.

Por desgracia, la presencia de estos misiles de crucero y antibuque de altas prestaciones han cruzado la barrera del lejano escenario (para nosotros) del mar de China para formar parte de naciones emergentes muy cercanas, como el caso de Argelia. En efecto, sus submarinos kilo están armados hace tiempo con misiles rusos Kalibr 3M54-E y recientemente su ejército habría puesto en servicio el misil antibuque supersónico CM-302 (versión de exportación del YJ-12) de origen chino, al menos según algunas fuentes.  Esto obliga a la Armada Española a derivar sus esfuerzos al control efectivo del mar y a neutralizar el poder de estas nuevas armas. 

El misil chino YJ-12 adquirido por Argelia supone una seria amenaza para la navegación y libertad de acción de la Armada en el Mediterráneo.

Así pues, las unidades navales deben garantizar una capacidad A2/AD muy importante, lo que cambia es la finalidad con la que se hace y el entorno operativo donde deberán ejecutarse, no siendo ya suficiente con la protección de un grupo naval (escolta) sino realizado en la totalidad de un teatro de operaciones (TO) y sobre el conjunto de nuestros efectivos.

La US NAVY opera para ello con CEC (Cooperative Engagement Capability), una red antiaérea que permite descentralizar los medios de localización y designación de objetivos de los que realizan los fuegos, convirtiendo los misiles de largo alcance (SM-6) en armas netamente ofensivas que interceptan objetivos más allá del horizonte radar del buque lanzador (o son disparados por UGV lanzamisiles carentes de AEGIS), gracias a la designación de blancos que realizarán aeronaves como el E-2D o el F-35.

En la lucha antisubmarina se están imponiendo también las redes Big Data, que integran los diferentes sensores y procesadores acústicos en un solo sistema acústico digital y descentralizado, caso de la BlueScan de la francesa Thales.

En nuestro caso, el uso de las fuerzas navales en operaciones distribuidas o DMO incluirá su integración con los cazas, aviones PMA y medios ISR (Intelligence, Surveillance, and Reconnaissance) del Ejército del Aire, así como las baterías costeras y de misiles Patriot del Ejército de Tierra. Para ello es preciso establecer una red conjunta DDS (Data Distribution System) que suministre datos a las FAS de forma bidireccional, tanto hacia los órganos de decisión (mandos componente y MOPS) como a los elementos tácticos desplegados; la Armada deberá disponer en sus buques de enlace a dicha red, pudiendo suministrar o nutrirse de estos datos durante sus despliegues en cualquier parte del globo. 

De esta forma podrá establecerse una zona A2/AD integral capaz de neutralizar la amenaza de misiles de largo alcance, así como dar cobertura a los medios ofensivos, como la búsqueda ASW activa, las incursiones sobre la costa o los ataques estratégicos con misiles. Cuando se actúe lejos del TN y por tanto sin cobertura del ejército del aire, los buques deben disponer de suficiente capacidad para defenderse de los ataques enemigos procedentes del litoral, por lo que los medios de proyección deberán disponer de la burbuja protectora de un sistema AAW de largo alcance.

Es en este entorno donde nuestros escoltas, lejos de complementarse, resultan redundantes en ciertas áreas (sistemas AEGIS), manteniendo carencias en otras (ataque a tierra). Por ello es necesario establecer un nuevo tipo de buque de acción litoral que, combinado con otro de cobertura zonal, pueda conformar un equipo de acción de superficie, bien con armas de alto poder destructivo como con pequeñas fuerzas (anfibias) de intervención [4].

Este tipo de operaciones anfibias distribuidas, definidas por el USMC como EABO (Expeditionary Advanced Base Operations), se componen de asaltos limitados en tiempo y forma, tomando posiciones estratégicas para el control/denegación del mar adyacente, como estrechos, islotes, torres de comunicaciones, aeródromos, defensas costeras, etc;  englobado sus acciones dentro de una estrategia de apoyo a las operaciones navales. Es importante entender este cambio histórico del USMC, que de fuerza expedicionaria eminentemente ofensiva (fuerza de invasión) y centrada en el combate terrestre (incluido el uso de carros de combate) y rivalizando con el US ARMY, está pasando a convertirse en lo que siempre ha debido ser; un cuerpo de infantes de marina, modificando para ello completamente su doctrina y equipamiento.

En el extremo contrario tenemos el erróneo concepto alrededor de la acción naval como parte de una operación de baja intensidad, y por tanto, que las armas empleadas deben de disponer de tecnologías y capacidades destructivas limitadas, como la guerra de minas, el fuego de apoyo naval (artillería) o la protección del tráfico mercante. En realidad, los desafíos que impone un conflicto asimétrico pueden suponer enormes retos tecnológicos y obligar a desarrollar armas de capacidades extraordinarias, tanto por la dificultad para una inteligencia de objetivos eficiente como por las prestaciones que se demanden a los sistemas de armas.

Lógicamente, un conflicto de este tipo no va a obligarnos a utilizar capacidades defensivas reseñables en sus vertientes ASW, AsuW o AAW, pudiendo dejar en manos de los cañones la lucha contra drones suicidas o lanchones y patrulleras costeras, a su vez armadas con ametralladoras o lanzacohetes CC portátiles en manos de piratas o terroristas. Pero si queremos aprovechar la ‘ventana de oportunidad’ y destruir un objetivo de alto valor (en forma de líder terrorista o de convoy que traslada mercancía ilícita) situado tierra adentro, un buque patrullando por el mar adyacente tendrá que afrontar una misión realmente exigente de targeting y ser capaz de hacer fuego a cientos de kilómetros para poder neutralizarlo.

Por tanto, el entorno asimétrico no exime de la necesidad de una alta capacidad militar si la misión lo demanda. De disponer de un gran número de plataformas que, eventualmente, se encuentren en disposición de intervenir ante una crisis (porque no haya otras fuerzas en el teatro o no estén disponibles) sí que habla la Letalidad Distribuida. Precisamente una de sus mayores ventajas es lo que en términos terrestres se denomina ‘combate de encuentro’, que en estos conflictos donde las fuerzas propias tiene asegurada la ‘superioridad en el enfrentamiento’, supone la oportunidad de trabar combate con un enemigo que, consciente de su inferioridad, opta por la práctica contraria de golpear y desvanecerse. Esperar a informar de dicho contacto y armar un ataque convencional ‘sujeto a doctrina’ con nuestros gruesos suele suponer perder dicha oportunidad de destruir al enemigo.

En el ámbito naval, esto se traduce en la capacidad que la Letalidad Distribuida ofrecerá a patrulleros y buques de acción marítima de destruir objetivos sin esperar a que se persone en el escenario una flota más poderosa equipada con aviación naval o complejos sistemas de misiles tipo Tomahawk.

Esta capacidad se ha demandado en muchas ocasiones para los buques Buque de Acción Marítima, ya que desde ciertos sectores se consideraban buques demasiado caros y grandes para desaprovecharlos en misiones exclusivamente de patrulla o protección del tráfico marítimo, siendo además muy vulnerables a ataques provenientes de embarcaciones ligeras o desde la costa [5].

Lanzamiento de un misil Harpoon, un arma eficaz y barata que debe generalizarse en todos los buques de superficie.

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