El tabú nuclear y los tigres de papel

Las razones por las que no se ha generalizado el uso de armas atómicas (por el momento)

En agosto de 1945 se lanzaron dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, desde entonces no se ha vuelto a hacer uso del armamento nuclear, lo que representa un hecho desconcertante dado el elevado número de guerras en las que las potencias nucleares se han visto involucradas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A lo largo del siguiente artículos explicaremos las razones por las que no se ha llegado, en conflictos como el de Corea, Yom Kippur o las Malvinas a lanzar armas nucleares, debido al «tabú nuclear» y también las razones por las que esto podría estar cambiando.

Desde una perspectiva un tanto reduccionista, podría aducirse que las armas nucleares deberían usarse sin ningún tipo de restricción para lograr la máxima ventaja en el campo de batalla, dado el gran poder destructivo que el armamento nuclear proporciona. Según dicha perspectiva, el uso de armas nucleares debería estar especialmente indicado cuando un estado en posesión de armamento atómico entrase en guerra con un estado que no poseyese esa clase de bombas, y más particularmente cuando exista una superioridad militar convencional del lado de la potencia no nuclear.

Los casos más paradigmáticos en los que una potencia nuclear pudo haber empleado armas atómicas para contrarrestar una ventaja militar convencional de un estado no nuclear son lo de la Guerra de la Malvinas en 1982, la Guerra del Yom Kippur en 1973 y la Guerra de Corea entre 1950 y 1953. Sin embargo, en ninguno de esos casos las potencias nucleares emplearon un arsenal que podría haber compensado su inferioridad convencional asegurando una mayor probabilidad de victoria, destruyendo objetivos militares clave o volatizando objetivos civiles que hubieran impuesto un coste prohibitivo al estado no nuclear.

El Reino Unido podría haber intentado usar armas nucleares para destruir las bases aéreas desde las que se lanzaban los ataques contra su fuerza de tareas y su grupo de desembarco, sin preocuparse demasiado de las bajas civiles ya que ello podría aumentar el costo y disuasión contra Argentina. Israel también podría haber usado su incipiente arsenal nuclear para frenar el avance los ejércitos de Egipto y Siria. Del mismo modo, durante la Guerra de Corea, los EE.UU. podrían haber lanzado armas atómicas para derrotar la ofensiva de China en el invierno de 1950, atacando nodos de comunicación, concentraciones de fuerza y centros industriales.

Sin embargo, en esos y otros casos, las potencias nucleares se abstuvieron de aprovechar su ventaja nuclear contra estados no nucleares. Esto induce a algunos observadores de catalogar las armas nucleares de «tigre de papel», armas que al final no pueden usarse dada la existencia de facto de alguna clase de «tabú» o prohibición, de una norma que, sin cristalizar en ninguna legislación, termina cohibiendo acciones que podrían ser instrumentalmente racionales y estratégicamente beneficiosas.

El historiador y pensador de asuntos estratégicos John Lewis Gaddis en “The Origins of Self-Deterrence: The United States and the Nonuse of Nuclear Weapons, 1945–1958″, popularizó el término autodisuasión para describir el fenómeno por el cual las potencias nucleares, cuando interactúan con otras potencias en una crisis, tienden a actuar de manera extremadamente cautelosa para evitar desencadenar una escalada nuclear que acabaría en un intercambio nuclear apocalíptico en el que ninguna saldría ganando. Es decir, si cuando se enfrentan estados que poseen armas atómicas contra otros que no tienen esa capacidad ya existe una fuerte inhibición, en caso de enfrentarse dos potencias nucleares la inhibición estaría reforzada por el miedo a un intercambio nuclear.

El eminente estratega Thomas Schelling creó, pioneramente, varios juegos de guerra de crisis nuclear (para desmarcarse de los clásicos «war games» en los que la guerra ya había estallado) a finales de los año 50 cuyos parámetros prebélicos se popularizaron a nivel gubernamental para estudiar la estrategia y crisis nucleares. Unos años más tarde, Schelling dirigió un estudio que recopiló las experiencias de varios de esos juegos, simulando una crisis en Berlín, a principios de los años 60. Ya en aquel entonces, Schelling detectó que los participantes en dichos juegos demostraban una marcada «fobia nuclear», esencialmente igual al posterior concepto de autodisuasión, por la cual los decisores tenían sumo cuidado de no crear situaciones demasiado complejas que pudieran llevar a un enfrentamiento entre las dos superpotencias.

La existencia de alguna clase de tabú nuclear ya estaba latente desde el primer momento que se usaron armas nucleares. Por ejemplo, es poco conocido que el presidente Truman no autorizó el uso de una tercera bomba atómica contra una ciudad japonesa. Como dijo Henry Wallace, vicepresidente de Truman, «la idea de acabar con otras 100.000 personas era demasiado horrible. No le gustó la idea de matar a ‘todos esos niños´» (ver Bernstein, 1977, «The Perils and Politics of Surrender: Ending the War with Japan and Avoiding the Third Atomic Bomb», pág 10).

Ha de destacarse que fobia nuclear y autodisuasión no son ninguna clase de tabú nuclear. La autodisuasión es un juicio meramente instrumental que tiene en cuenta costos y beneficios probables, independientemente de cualquier moralidad. El tabú nuclear está relacionado con una norma (sin un contenido moral concreto) que prohíbe ejecutar alguna acción aunque sea beneficiosa, o algún tipo de moral que impide el empleo de armas que pueda causar estragos y matanzas en población civil (aunque conllevara un gran beneficio estratégico). Sin embargo, ambos conceptos se terminaron reforzando mutuamente para terminar derivando en concepciones del armamento nuclear como si fueran simples tigres de papel.

Nina Tannenwald es la principal académica que ha tratado el asunto de del tabú nuclear, dando una explicación constructivista (las normas predominan sobre el interés nacional) al hecho de que desde el año 1945 no se hayan usado físicamente las armas nucleares. En su famoso artículo The Nuclear Taboo: The United States and the Normative Basis of Nuclear Non-Use«, que es una exposición preliminar de su posterior libro The Nuclear Taboo. The United States and the Non-Use of Nuclear Weapons Since 1945, Tannenwald hace una brillante exposición de cómo, según ella, las explicaciones materialistas y racionalistas fallan para dar cuenta de la autorrestricción estadounidense a la hora de usar armas nucleares.

En su artículo, es especialmente ilustrativo el párrafo en el que el recién elegido presidente Eisenhower y su gabinete, se quejaban del tabú nuclear que impedía poner fin a la guerra en Corea.

Esta actitud cambió un poco cuando Eisenhower asumió el cargo. Fue durante su mandato como presidente cuando el tema del tabú nuclear se volvió bastante explícito, un tabú que él y su secretario de Estado, John Foster Dulles, deploraron y menospreciaron. Eisenhower asumió el cargo en enero de 1953 frustrado por la guerra estancada en Corea y decidido a encontrar una manera de ponerle fin. Para entonces, las armas nucleares tácticas estaban disponibles. Eisenhower las vio como una forma rápida y menos costosa de forzar el fin del conflicto. Como recordó en sus memorias, «para evitar que el ataque se volviera demasiado costoso, estaba claro que tendríamos que usar armas atómicas». Pero un »tabú» emergente planteó un obstáculo a la libertad de la administración para usar tales armas. Aquí se hace evidente la naturaleza controvertida del tabú, ya que los líderes estadounidenses percibieron que se estaba desarrollando un tabú y trataron de desafiarlo.

Sin embargo, el propio presidente Eisenhower estaba decidido a iniciar el uso de armas nucleares en Corea en caso que no se llegara a un rápido cese el fuego. Se hicieron amenazas explícitas a Pekín de que el conflicto escalaría a una guerra nuclear se no llegaba a un armisticio, y se hicieron planes para una serie de ataques nucleares sobre China y el bloqueo de sus puertos en caso que el armisticio no se hubiera producido. En sus memorias, Einsenhower concluye que no hubiera tenido reparos y estaba plenamente dispuesto al uso nuclear contra China de haberse llegado al punto de no terminarse la guerra en Corea.

Ha de recordarse que la intervención China en la guerra de Corea se hizo con el convencimiento en la cúpula china que la opinión pública impediría a Truman usar armas nucleares. En el caso coreano vemos como las normas y la moralidad, en determinados casos, pueden ser también un tipo de fuerza y de poder. La cúpula china estaba en lo cierto a la hora de evaluar el ánimo de la administración Truman cuando negó a MacArthur el uso de docenas de armas nucleares para estabilizar el equilibrio de fuerzas. Sin embargo, Einsenhower y su gabinete, de línea dura en cuanto al uso de la fuerza, ganaron as elecciones en 1952 con una fuerte retórica anticomunista, en plena época del Macartismo, por lo que las amenazas de iniciar una guerra nuclear parecían mucho más creíbles.

Por lo tanto, el caso de la Guerra de Corea expone de manera muy nítida la desgarradora tensión permanente entre el tabú nuclear, la autodisuasión y la utilidad estratégica de las armas nucleares. Mao hizo su famosa declaración de las armas nucleares como «tigres de papel» en 1946 y quizás tuvo razón en 1950, pero en 1953 y los años posteriores tuvo que hacer frente a amenazas de coerción nuclear por parte de EE.UU. que no tuvo más remedio que tomar en serio. Por ese motivo, la propia China comenzó un programa de armas nucleares para disuadir la coerción nuclear. Además, desde septiembre de 1949 la URSS ya había detonado su propio armamento nuclear y usar armas nucleares podría haber creado una escalada del conflicto que podría haber hecho intervenir a los soviéticos.

El caso de Israel en la guerra de 1973, aunque puede parecer a primera vista un caso de armas nucleares como tigres de papel, si se observa en detalle no sería uno de ellos. Como expliqué en mi artículo «La estrategia nuclear de Israel», en 1973 Israel apenas tenía unas pocas ojivas nucleares y los vectores de ataque consistían simplemente en bombas de caída libre lanzados por aviones de ataque. La utilidad táctica y operacional de esas pocas armas nucleares habría sido muy limitada. Por ese motivo, Israel tenía una estrategia nuclear meramente «catalítica».

Las estrategias nucleares catalíticas pretenden crear un miedo real de que estalle una guerra nuclear de proseguir las hostilidades de un conflicto dado (en este caso, la Guerra del Yom Kippur). De usar Israel sus armas nucleares contra ciudades árabes, la Unión Soviética habría intervenido a su vez atacando a Israel, lo que hubiera provocado a su vez la intervención de los EE.UU.. El temor a un enfrentamiento entre dos superpotencia nucleares obligó a detener las hostilidades e iniciar rondas de negociaciones diplomáticas. Por tanto, el objetivo de las armas nucleares de Israel en esos años no se dirigía directamente a la mente de los decisores árabes, sino a la de los decisores de las superpotencias.

Las armas nucleares de los israelíes fueron útiles en su función. Aunque finalmente Israel logró contener y derrotar a Egipto y Siria en 1973 con medios convencionales, de haber roto los árabes las líneas israelíes el armamento nuclear se habría usado demostrativamente y luego, quizás, contra población civil. El ministro de defensa Dayan creía que iban a ser derrotados por Siria en el Golán y recomendó por lanzar bombas atómicas en el mar para hacer una suerte de disparo al aire de advertencia que habría desencadenado el proceso catalítico estratégico. Sin embargo, Golda Meir y otros en el gabinete no vieron la situación tan desesperada y no aprobaron el lanzamiento demostrativo de bombas nucleares.

Los casos de la tercera bomba atómica sobre Japón, de la Guerra de Corea y de la Yom Kippur evidencian la realidad compleja y caleidoscópica que rodea a las armas atómicas y la estrategia nuclear. Hay una mezcla de reparos morales en matar una gran cantidad de civiles con intrincados cálculos de utilidad estratégica. No son tigres de papel o armas inutilizadas por un tabú nuclear. Pero tampoco son armas que puedan usarse como si fueran obuses de artillería.

Ha de tenerse muy presente la paradoja que existe entre el tabú nuclear y la propia disuasión nuclear. La explicación constructivista, según la cual las normas se imponen sobre los cálculos instrumentales, ya que los sujetos interiorizan las normas y la moralidad para comportarse en coherencia con ellas, renunciando a su propio interés nacional, no tiene en cuenta que si hay certeza que las armas nucleares no van a usarse, no existiría disuasión nuclear y, por lo tanto, no habría freno material (represalias nucleares) en caso que alguno de los actores sí emplease armas nucleares.

Sin embargo, la conducta de las superpotencias nucleares ha sido la de la autodisuasión para evitar provocar situaciones en las que se vean obligadas a terminar usando armas nucleares. Como expone Gaddis en su explicación de la «Larga Paz» (ausencia de guerras generales entre las principales potencias del sistema internacional) que imperó durante la Guerra Fría a pesar de un elevado grado de hostilidad entre las dos superpotencias, se establecieron una serie de límites en sus acciones para evitar choques directos entre ellas que degenerasen en una gran guerra y un apocalipsis nuclear. Las armas nucleares eran una amenaza de última instancia que sostenía, gracias al terror, todo el armazón de reglas que constreñía la política exterior de la URSS y los EE.UU.. No era realmente ningún tabú, sino un interés compartido para evitar la destrucción mutua, lo que mantenía congelado el empleo en combate de armas nucleares después de Hiroshima y Nagasaki.

En tiempos de la guerra del Yom Kippur, Israel no disponía de los sofisticados vectores que posee en la actualidad, lo que limitaba también sus opciones.

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