La retirada de Afganistán: una victoria de EEUU

Desmontando mitos sobre las razones y los efectos de la retirada estadounidense de Afganistán

El resultado de la guerra, pese a la retirada de Afganistán a la que estamos asistiendo prácticamente en directo, no ha sido una derrota de los EE.UU. o de Occidente en su conjunto. Por contra, la guerra destruyó a Al Qaeda y domesticó a los talibán logrando que Afganistán no vuelva a ser un santuario de yihadistas internacionales. La guerra sí fue un fracaso de la misión que apoyaba la OTAN de nationbuilding, pero no en los otro dos objetivos primordiales.

Las escenas de caos provenientes de Kabul están dando la impresión que la guerra de EE.UU. y de la OTAN en Afganistán ha tenido como resultado un fracaso absoluto de las fuerzas occidentales; que la decisión de retirada de Biden ha sido muy apresurada y contraproducente; que el yihadismo volverá a ser una amenaza para las naciones de Occidente; y que los EE.UU. han recibido un gran golpe geopolítico que amenaza su red de alianzas y hace ganar posiciones a sus competidores rusos, chinos e iraníes.

No obstante, la retirada y guerra de Afganistán están lejos de arrojar un balance tan negativo. Lo primero que debe tenerse en consideración es la definición de derrota o éxito en la misión por la que las fuerzas armadas occidentales fueron a Afganistán en 2001. El objetivo primigenio era cazar a Bin Laden, laminar a la organización terrorista Al Qaeda y evitar que Afganistán se convirtiera en un refugio seguro desde el cual el yihadismo internacional pudiera lanzar ataques contra los EE.UU. o sus aliados como los del 11-S. En ese sentido, la guerra en Afganistán ha sido un éxito. Se mató a Bin Laden y Al Qaeda quedó muy debilitada y prácticamente inoperativa.

Nelly Lahoud ha leído 96.000 documentos de los papeles de Al Qaeda capturados en Abbottabad en el asalto que culminó con la muerte de Bin Laden. Las conclusiones de Lahoud son muy contundentes, y la organización quedó operativamente casi desmantelada. Los grupos internacionales que han jurado lealtad a Al Qaeda, como se demuestra en los documentos, poco tienen que ver realmente con la organización original y se ponen bajo la égida del grupo que lideró Bin Laden únicamente por el prestigio que consiguió con los atentados del 11-S.

Después de la muerte de Bin Laden, los santuarios que le quedaban a Al Qaeda en Pakistán fueron eficaz y constantemente atacados por una contundente campaña de bombardeos desde drones entre los años 2010 y 2012. Más del 70% de los líderes de Al Qaeda murieron en dichos bombardeos y la organización tuvo que dispersarse a lugares remotos de Afganistán controlados por los talibanes afganos. Ha de tenerse en cuenta que desde hace muchos años en Occidente no se producen atentados por parte de la rama de Al Qaeda en Afganistán. Por ejemplo, el atentado contra la revista Charlie Hebdo lo ejecutó Al Qaeda en la Península Arábiga.

La principal conclusión de la campaña contraterrorista contra Al Qaeda propiamente dicha, es que la campaña de contrainsurgencia en Afganistán era innecesaria. El santuario de la organización estaba en Pakistán y no hizo falta invadir ese país para laminar a dicho grupo terrorista. Una campaña de bombardeos desde drones y un asalto de fuerzas especiales fue militarmente suficiente.

Si el objetivo primario era cazar a Bin Laden y laminar a Al Qaeda, ¿en qué momento construir un estado afgano que erradicara a los talibán se convirtió el leit motiv de la implicación de EE.UU. en Afganistán? En realidad hemos de distinguir dos momentos:

  • Un primer momento político al comienzo de la guerra y;
  • Un segundo momento militar al ampliar el alcance de la implicación occidental hacia el nationbuilding.

Ha de recordarse que la guerra en Afganistán no comenzó inmediatamente después del 11 de septiembre del 2001, sino que pasaron casi dos meses hasta que la guerra se inició realmente. Pasó casi un mes, hasta el 7 de octubre, en el que se sucedieron negociaciones con los talibán para que entregaran a Bin Laden o cooperasen en una operación contraterrorista contra Al Qaeda. Todavía hoy no están claros los detalles de esas negociaciones, pero el mulá Omar, el líder de los talibán, no se oponía frontalmente a entregar a Bin Laden y cooperar contra Al Qaeda. Esa ambigüedad del liderazgo talibán terminó por exasperar a George W. Bush, que decidió tomar una posición de fuerza a comienzos de octubre y comenzar las operaciones militares en Afganistán. Es posible que, si Bush y el liderazgo americano hubieran esperado unos meses, pudieran haber logrado concesiones de los talibán para operar contra Al Qaeda, aunque los detalles de esa parte de la guerra de Afganistán son aún oscuros.

La fase de diplomacia y negociación, antes de que la guerra se desatara completamente, aún tardaría otro mes, hasta que en noviembre cayera Mazar i Sharif, después de bombardeos masivos estadounidenses apoyando a las fuerzas uzbecas de Dostum. La mayoría del territorio de Afganistán cayó en unas dos semanas, quedando los reductos de Kandahar, Kunduz y Tora Bora. Para comienzos de diciembre, todos esos focos de resistencia fueron tomados por las fuerzas aliadas de EE.UU. y finalmente se libró una batalla en Tora Bora que causó graves pérdidas a los talibanes.

Tras la derrota de Tora Bora, Amid Karzai (que el 22 de diciembre sería presidente de Afganistán) comenzó negociaciones con el mulá Omar y otros líderes talibán. Los detalles, de nuevo, no están bien documentados y hay varias versiones sobre lo ocurrido. La versión más aceptada indica que los talibán estaban dispuestos a ceder y habían llegado a un acuerdo con Karzai para terminar la guerra, pero que los norteamericanos abortaron lo que podría haber significado el final del conflicto, al empeñarse en plantear condiciones de rendición incondicional a un grupo que había sido sufrido graves pérdidas y no implicaba, en 2001, una amenaza militar seria.

En la loya jirga del 5 de diciembre de 2001, se estableció la administración interina de lo que sería luego el nuevo estado afgano, con Karzai como líder. El pecado político irresoluble que se cometió en aquellos momentos, consistió en dejar de lado a las tribus Ghilzai que predominaban entre los talibán, para formar un acuerdo nacional entre las etnias no pastunes y algunas tribus pastunes de los Durrani (a la que pertenece Karzai y que tradicionalmente ha dado los reyes y líderes a Afganistán desde mediados del siglo XVIII).

Al dejar de lado a la tribu Ghilzai y los talibán, la misión de las fuerzas occidentales en Afganistán se transformó de una misión contraterrorista contra Bin Laden y Al Qaeda, a una guerra eterna contra la tribu más belicosa de la historia del país. La misma que ha estado siempre tras las revueltas y guerras que periódicamente asolan Afganistán.

El segundo momento fatal fue cuando se cambió la estrategia militar para controlar Afganistán desde una campaña de huella militar ligera apoyada en los señores de la guerra locales y hostiles a los talibán (hazaras, tayikos, uzbekos, etc), a una campaña militar que pasaba por controlar todo el territorio militarmente de manera directa. Esta campaña, basada en la construcción de un estado afgano (nationbuilding), se fundamentaría en la creación de una fuerzas militares y de seguridad locales de hasta 350.000 efectivos (aunque nunca se alcanzó tal tope) y el incremento de la presencia de fuerzas militares de EE.UU. y de la OTAN.

En cualquier caso, la estrategia militar estadounidense en Afganistán no siempre fue la del nationbulding y la contrainsurgencia. Los primeros años de guerra, el secretario de defensa Rumsfeld tenía muy presente que extender la presencia militar y tratar de construir un estado en Afganistán era un esfuerzo inútil, de ahí que durante esos años el contingente militar estadounidense y aliado fuese muy reducido, delegando la responsabilidad en los señores de la guerra locales. Fue en los años posteriores cuando se traspasó la misión a la OTAN (ISAF) y se inició un surge de fuerzas americanas para llevar a cabo una campaña de contrainsurgencia (COIN) siguiendo las instrucciones contenidas en el nuevo manual de COIN escrito por el general Petraus y sus edecanes.

Sin embargo, derrotar militarmente una insurgencia que tiene su base logística en Pakistán y estaba apoyada por el ISI (servicio de inteligencia paquistaní) era imposible sin invadir el propio Pakistán. Por ejemplo, para la vietnamización de la guerra de Vietnam, el presidente Nixon tenía que eliminar los santuarios del Vietcong y el Ejército de Vietnam del Norte en Camboya. Por ese motivo, en el año 1970, Nixon y Kissinger urdieron un golpe de Estado en Camboya, para que el nuevo liderazgo iniciara una guerra contra Vietnam del Norte y el Vietcong en sus áreas fronterizas de Camboya con Vietnam del Sur y Laos. Además, los EE.UU. iniciaron una campaña de bombardeos masiva e invadieron los santuarios del Vietcong y del ejército norvietnamita en Camboya. Debido a esas y otras acciones que ahora no procede detallar, la insurgencia del Vietcong fue derrotada en Vietnam del Sur, y para proseguir la guerra, Vietnam del Norte tuvo que lanzar dos invasiones convencionales a gran escala con escasas unidades de dicha insurgencia apoyando las invasiones (unidades que estaban conformadas además por efectivos venidos del Norte, no por insurgentes del Sur).

Evidentemente, invadir Pakistán con tropas americanas como hizo Nixon no era algo políticamente viable y habría llevado a la guerra a dos potencias nucleares. Por ese motivo, Obama se dio cuenta de que las recomendaciones que le hacían los generales Petraeus y McChrystal llevaban a un callejón sin salida, ya que si bien la COIN habría tenido éxito de desplegar la cantidad de tropas que pedían, solo era cuestión de tiempo que desde Pakistán el ISI volviera a organizar una insurgencia pastún, de la tribu ghilzay y los talibán. Por ejemplo, la COIN de Petraeus sí tuvo éxito en destruir las dos insurgencias en Irak (la suní y la chií) poniendo fin a su sangrienta y atroz guerra civil, pacificando el país en 2008. Pero no debemos olvidar que aquella campaña militar de contrainsurgencia estuvo apoyada por acuerdos políticos internos entre las principales facciones, así como con pactos con Irán para que dejara de apoyar la insurgencia contra las tropas de la Coalición, algo que no ha ocurrido en Afganistán.

De hecho, en Afganistán no era posible culminar la fase política de la COIN por el pecado original cometido por EE.UU. al inicio de la guerra, que imposibilitó un acuerdo con las tribus militarmente más importantes de afganistán. Tribus que desde entonces serían enemigas de un estado afgano que había sido erigido con el único propósito de someterlas. Obama entendió tal callejón sin salida y abortó la campaña de COIN en curso. Así, en 2014 declaró el fin de las operaciones militares y en 2015 inició las negociaciones de Doha con los talibán, para intentar incluirlos en un gran pacto nacional que pusiera fin a la guerra y permitiera la retirada de Afganistán.

No obstante, aun sabiendo que la guerra no podía ganarse (salvo que se tomaran decisiones radicales como la de invadir Pakistán), no se atrevió a retirar las tropas de Afganistán. Ha de recordarse que Obama ya tenía acceso a los papeles de Al Qaeda de Abottabbad (que demostraban que la organización estaba laminada) y que pese a matar a muchos de sus líderes y remanentes con ataques llevados a cabo desde drones, no se atrevió a retirarse. El conflicto de Afganistán se había transformado de una campaña contraterrorista a una guerra contrainsurgente contra los talibán y segmentos importantes de la población afgana.

El presidente Trump encaró el mismo dilema irresoluble de retirar las tropa de Afganistán sin que pareciera una derrota aunque los objetivos contraterroristas se alcanzaron en algún momento de 2010 y 2012. Por ese motivo, retomó las negociaciones de Doha y pactó en febrero de 2020 con los talibán la retirada de Afganistán. Debe recordarse que Al Qaeda ya no lanza ataques terroristas desde Afganistán y que los talibán están en guerra con otros grupos terroristas como el Estado Islámico (que pretenden hacer atentados internacionales desde Afganistán).

Los talibán entendieron hace años que si hubiesen entregado a Bin Laden en 2001 y no hubieran sido ambiguos en sus negociaciones con EE. UU. tras el 11-S, no habría estallado la guerra en Afganistán que les hizo perder el poder. Una historia muy extendida entre la población pastún y afgana, cuenta que el mulá Omar, en su lecho de muerte en Pakistán, se lamentaba de no haber pactado con los americanos en 2001 y no entregar a Bin Laden. Desde entonces, los talibán, sin dejar de tener una ideología opresiva, ultraconservadora y regresiva (es difícil catalogar ideológicamente a los talibán y no es el objeto de este artículo), comprendieron que no debían apoyar al yihadismo internacional.

En ese sentido, la guerra de Occidente en Afganistán ha sido un éxito. Primero, la guerra destruyó a Al Qaeda propiamente dicha (como demuestran sus propios documentos y la no ejecución de atentados). Segundo, las graves pérdidas sufridas por los talibán sirvió para domesticarlos y hacerles entender que por su propio interés no deberían proteger a terroristas internacionales.

 


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