La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán

Espada y escudo del régimen iraní

La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (IRGC, por sus siglas en inglés) tiene sus orígenes en la Revolución iraní de 1979, y hoy día es uno de los elementos más importantes del sistema de defensa del régimen de los ayatolás. Cuando esta revolución acabó con el régimen del shah Mohammad Reza Pahleví, se hizo necesaria la creación de una fuerza de élite destinada a defender el sistema político y religioso de la nueva república islámica para evitar cualquier intento de golpe de Estado. Así, el ayatolá Ruhollah Khomeini ordenó la creación de esta importante fuerza de élite —también conocida como pasdaran, originada en las milicias populares que le apoyaban, que hoy día ha alcanzado un inmenso poder político y militar, pero también se ha convertido en un conglomerado económico de suma importancia en el país.

Además, la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán está a cargo de la proliferación de misiles balísticos y del supuesto desarrollo de armamento nuclear. Es el cuerpo más politizado e ideologizado de las Fuerzas Armadas del país (Ottolenghi, 2011, p. III). En la actualidad, está bajo el control del líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Khamenei. Los comandantes del IRGC hasta la actualidad han sido los siguientes: Mostafá Chamran (1980-1981), Moshen Rezai (1981-1997), Yahia Rahim Safavi (1997-2007), Mohammad Alí Jafari (2007-2019) y Hossein Salami, quien vino a sustituir en 2019 a Jafari como comandante en jefe.

Que el IRGC sea el actor económico más importante de Irán ha reforzado también su influencia en las decisiones políticas. Su involucración en la economía de Irán a través de sus empresas asociadas es cada vez más importante, lo que ha hecho que su poder sea cada vez mayor. Este ascenso no hubiese sido posible sin el patrocinio del líder supremo Ali Khamenei, quien sucedió a Khomeini en 1989, y del, en su momento, presidente Mahmoud Ahmadinejad. El ayatolá Khamenei confió en el IRGC para reforzar una autoridad en declive y para bloquear cualquier reforma política de las que se intentaron durante la presidencia de Mohammad Khatami (1997-2005)[1]. La participación del IRGC en la economía de Irán comenzó durante la presidencia del ayatolá Akbar Hashemi Rafsanjani para colaborar en la reconstrucción económica del país tras la revolución y la guerra contra Irak. Con el tiempo lograron hacerse con el control de casi todos los sectores económicos del país, además de estar vinculados a decenas de empresas privadas dirigidas por veteranos del IRGC[2]. Quizá su más destacado papel sea el del control de la, por su nombre en inglés, Iran’s Defense Industry Organization (DIOMIL), con más de 20 000 trabajadores, que representa el instrumento de producción y suministro de las Fuerzas Armadas de la República de Irán (Ottolenghi, 2011, p. 49).

Como ha indicado Daniel Macías, la Revolución Islámica fue la “espita” que desencadenó la “era del islamismo” y supuso también un “tsunami político en la región”, debido a los temores a su expansión y a “la posibilidad de que los islamistas del mundo se alinearan con Teherán”, lo que empujó a Irak a atacar a Irán en 1980 y a Arabia Saudí a financiar a grupos afines al wahabismo con tal de que no siguiesen las doctrinas emanadas desde Irán. Es más, un sociólogo del prestigio de Gilles Kepel señaló en su obra La Yihad. Expansión y declive del islamismo el año 1979 como el comienzo de la expansión del islamismo (Macías, 2017, p. 168).

Las Fuerzas Armadas de Irán se dividen en dos ramas, el Artesh o fuerzas regulares, que vinieron a sustituir al Ejército imperial, y el IRGC. Si la primera se centra en la defensa contra amenazas externas, el IRGC tiene como objetivo la defensa del régimen de cualquier amenaza, ya sea externa o interna, en conjunto con el Artesh, tal como se señala en un libro editado por la Defense Intelligence Agency (DIA), titulado Iran military power (DIA, 2017, p. 10). Irán, con una población de 84 923 314 de habitantes, tiene unas fuerzas de 610 000 soldados activos, de los que 350 000 pertenecen al Ejército de Tierra[3]; 190 000 al IRGC; 180 000 a la Marina; 37 000 al Ejército del Aire, y 15 000 a la rama de Defensa Aérea. A estas cifras hay que sumar a entre 40 000 y 60 000 paramilitares, cuyas cifras se pueden ampliar en caso de guerra, y existe una reserva formada por 350 000 hombres. El Estado Mayor de las Fuerzas Armadas coordina al Artesh y al IRGC[4]. Estas cifras colocan a Irán a la cabeza en Oriente Medio en cuanto a personal militar, seguida por Egipto, con 438 500 soldados, y Arabia Saudí, con 227 000. Israel por su parte tiene unas Fuerzas Armadas integradas por 169 500 soldados, a los que habría que sumar, como sucede con Egipto y Arabia Saudí, los reservistas[5]. Y aunque The Military Balance 2021 coloca a Turquía en el capítulo cuarto, Europa, no se puede pasar por alto que este país posee unas importantes fuerzas armadas con 355 200 miembros activos[6].

La evolución del aparato militar iraní ha sido la siguiente: en 1921, se crearon los Fuerzas Armadas de Irán; dos años después nacía la Fuerza Terrestre; en 1924, la Fuerza Aérea, y en 1932, la Marina iraní. En 1979, fue creado el IRGC y las Fuerzas Armadas imperiales de Irán se transformaron en la Fuerza Terrestre de la República Islámica de Irán (IRIGF), Fuerza Aérea (IRIAF) y Marina (IRIN). En 1980, se creó el Basij, que no se incorporó al IRGC hasta 1981, quedando bajo su mando en 2007[7]. En 1985, el IRGC se dividió en una Fuerza Terrestre (IRGCGF), Aérea (IRGCAF) y Naval (IRGCN) (DIA, 2019, p. 8).

La parte tercera de la Constitución iraní de 1979 (enmendada en 1989) trata sobre el Ejército y los Guardianes de la Revolución. Su principio 143 indica que el ejército de la República Islámica es el defensor de la independencia y unidad territorial, así como del sistema de la República Islámica. Por su parte, el principio 144 señala que las Fuerzas Armadas de Irán deben ser un ejército islámico popular y con doctrina, en el que deben servir personas “dignas” que crean en los objetivos de la Revolución y estén dispuestas al sacrificio por su cumplimiento. En cuanto al principio 151, se indica que el Gobierno está obligado a proporcionar un programa de entrenamiento militar y las instalaciones necesarias a todos sus ciudadanos, en consonancia con los criterios islámicos, para garantizar que todos los iraníes en todo momento tengan capacidad para la defensa de la República Islámica de Irán. Esto está de acuerdo con el versículo del Corán que dice: “Preparad contra ellos toda la fuerza y toda la caballería que podáis para con ello atemorizar al enemigo de Dios y a otros que no conocéis, pero que Dios conoce”[8].

Las Fuerzas Armadas de Irán utilizan principalmente un equipo de origen chino, de era soviética y occidental, por lo general obsoleto debido a las sanciones y embargos, aunque también dispone de sistemas más nuevos de producción autóctona de una eficacia que en muchos casos aún está por ver. Sus puntos fuertes son el elevado inventario de misiles balísticos, sus capacidades navales litorales y sus proxies. En cuanto a sus debilidades, estas se centran en su estructura militar dual y en las dificultades que tiene para hacerse con tecnología y armamento modernos (DIA, 2019, 11). En cualquier caso, tal y como está equipado el aparato militar iraní, sería incapaz de erigirse como líder regional, que es una de las aspiraciones de Irán. Sin embargo, no se le pueden negar esfuerzos por aumentar la eficacia y operatividad de sus unidades. De este modo, se han incrementado el número de ejercicios, lo que ha sido beneficioso para la marina y la fuerza aérea, mientras que sus fuerzas terrestres continúan limitadas en “su capacidad para llevar a cabo una acción coordinada”, si exceptuamos a los elementos de élite del IRGC, que han logrado hacerse con una gran cantidad de armamentos y capacidades militares, superiores en muchos casos a las del Artesh (Fernández, 2017, p. 240).

El ejército del shah Reza Paleví estaba muy bien preparado para una guerra convencional, pero no para conflictos internos como a los que se tuvo que enfrentar durante la Revolución de 1979, algo que Khomeini, una vez en el poder, decidió no descuidar. Así, para mantener el control de las calles debido a la desconfianza que le producía el ejército del Shah, se creó el IRGC (Fernández, 2017, p. 238). Tal como reza el principio 150 de la Constitución iraní, los Guardianes de la Revolución (Sepah Pasdaran) desempeñarán el papel de salvaguardas de la revolución y sus logros y la ley se encargará de determinar las funciones de este cuerpo en conexión con las otras Fuerzas Armadas, a la vez que se insiste en la cooperación y la cooperación fraternal entre ellos[9]. Sin embargo, al comienzo de la guerra contra Irak en los años ochenta había una tensión importante entre el IRGC y el Artesh. La desconfianza del nuevo régimen hacia sus Fuerzas Armadas, a pesar de que se habían declarado neutrales, hizo que el Artesh sufriese una dura purga entre sus oficiales superiores al considerarlos afectos al depuesto shah, si bien es cierto también que debido a la guerra contra Irak se tuvo que llamar a oficiales jubilados y se sacaron de las cárceles a otros, para enviarlos al frente[10]. No obstante, al finalizar la contienda habían demostrado un gran valor y lealtad al régimen[11].

Esa neutralidad de las fuerzas regulares de Irán se debe a que en los años setenta empezaron a dejar de ser el principal sostén del régimen autocrático del shah. Los motivos fueron varios. En primer lugar, por los recortes en el gasto militar debido a la crisis económica. Por otro lado, el empleo del ejército para reprimir al pueblo acabó por desmoralizar a sus miembros al no encontrar honor y gloria “en aplastar alguna algarada o en perseguir a un puñado de guerrilleros”. Además, la guerra encubierta con Irak, “sin victorias ni reconocimientos, desmoralizaba” a los militares (Macías, 2017, p. 175).

Hoy día, tanto el Artesh como el IRGC desempeñan funciones de seguridad esenciales para Irán, lo que les obliga a coordinarse con regularidad, pero esto no ha impedido que persista cierta rivalidad, “como resultado de su acceso uniforme a los recursos, los diferentes niveles de influencia con el régimen y la superposición inherente en las misiones y responsabilidades” (DIA, 2019, P. 5). No obstante, aunque el Artesh y el IRGC se han distribuido una serie de responsabilidades, lo cierto es que “ambas estructuras son paralelas”, encontrándose en muchos casos “solapadas”. Así, las autoridades del país pueden controlar a estas dos “estructuras de poder que, en un momento dado, podrían oponerse al régimen desde dentro” (Fernández, 2017, p. 239).

De acuerdo con un documento desclasificado del Departamento de Defensa de EE. UU. sobre el poder militar iraní, desde la Revolución de 1979, la prioridad de Khomeini fue la supervivencia del régimen, pero también Irán ha buscado erigirse en la primera potencia de Oriente Medio y así poder influir en los asuntos mundiales, cosa que aún no ha conseguido. El objetivo ideológico de la teocracia iraní sería “exportar su forma teocrática de gobierno, su versión del islam chiita, y defender a los oprimidos de acuerdo con sus interpretaciones religiosas de la ley”. No obstante, en los últimos años estos objetivos se han vuelto más pragmáticos y han desarrollado una estrategia basada en la disuasión para garantizar su supervivencia. En esa estrategia juega un papel importante la guerra asimétrica y la de desgaste. También ampliando su alcance al apoyar a gobiernos y grupos opuestos a EE. UU., como ha sido el caso de su apoyo a Hezbolá en el Líbano[12].

En sus comienzos, el IRGC estuvo pobremente entrenado, pero esto cambió pronto debido a la invasión iraquí que obligó a que se profesionalizara. Para enfrentarse a sus enemigos, utilizaron tácticas guerrilleras, apoyados por las fuerzas Basij, además de lanzar oleadas humanas a lo largo del frente, que fueron muy costosas en vidas. La guerra fue devastadora para Irán, que en los ocho años de conflicto sufrió más de 200 000 bajas entre militares y civiles, además de las importantes pérdidas económicas que esta larga guerra de desgaste supuso para el país y que terminó en agosto de 1988 sin ningún vencedor. Sin embargo, para Khomeini tuvo sus ventajas, ya que sirvió para aumentar el apoyo popular a su régimen. Además, en esta guerra contó con un nuevo y sólido aliado, Siria, uno de los pocos países que brindaron su apoyo en la guerra contra Irak. De la misma se sacaron valiosos aprendizajes, ya que los despiadados ataques con armas químicas por parte de las fuerzas de Sadam Hussein, el embargo occidental a Irán y su apoyo a Irak, unido a los enfrentamientos con Estados Unidos (EE. UU.), empujaron a Irán a centrase en la guerra asimétrica y en la autosuficiencia como único modo de poder enfrentarse a sus múltiples y poderosos enemigos[13]. No solo eso, sino que se acercó a otras comunidades chiitas y otros posibles aliados en Oriente Medio, para lo que creó la Fuerza Quds del IRGC en 1990, fuerza destinada a las operaciones encubiertas en el extranjero (DIA, 2019, pp. 4-8). Por tanto, la guerra entre Irak e Irán fue un acontecimiento decisivo para las Fuerzas Armadas de Irán y aún hoy en día sirve de base para muchos aspectos de su doctrina militar[14].

Cabe destacar que el IRGC jugó un importante papel en la represión de los grupos opositores a Khomeini, entre los que destacaba por su importancia la Organización Muyahedin-e Khalq (MEK), que fue un grupo izquierdista que en un primer momento apoyó el régimen autocrático de los ayatolás, aunque acabó convirtiéndose en grupo opositor. El IRGC también reprimió con dureza otras insurrecciones de grupos de izquierda y varias insurgencias étnicas, demostrando su lealtad al régimen y su papel como defensores de la revolución, algo que también demostraron con creces durante la guerra con Irak[15]. Las fuerzas regulares y el IRGC se tuvieron que enfrentar a la rebelión de las milicias kurdas durante los primeros momentos del nuevo régimen. Así, más de 5000 milicianos kurdos y cerca de 1200 civiles cayeron en la dura represión llevada a cabo por el IRGC (Ottolenghi, 2011, p. 9).

También fueron importantes para moldear la doctrina militar iraní la Guerra del Golfo de 1991 y la invasión de Irak en 2003 liderada por EE. UU., en las que quedó patente el inmenso poder convencional de EE. UU. y la necesidad de desarrollar una doctrina capaz de “disuadir, defenderse y socavar el abrumador poder militar estadounidense”. La más importante de estas doctrinas es la denominada defensa pasiva, desarrollada después de la Guerra del Golfo de 1991 con el objetivo de evitar que aviones y misiles estadounidenses destruyesen objetivos críticos en territorio iraní. Característica también de la doctrina militar iraní es la defensa en mosaico, formulada tras la invasión de Irak en 2003 con el objetivo de evitar intervenciones exteriores, pero también para movilizar una importante fuerza guerrillera que pudiese retomar los territorios perdidos. Por otro lado, lo que muchos han denominado como antiacceso y de negación aérea (A2/AD, por sus siglas en inglés), en la que la marina del IRGC se ha centrado, ampliando la variedad de sus misiles y submarinos para amenazar las operaciones de EE. UU en su área de influencia (McInnis, 2017, p. 3). Como se ha podido comprobar, la planificación militar iraní ha sabido incorporar las lecciones de estos conflictos en su beneficio, algo que también sucedió tras la guerra entre Israel y Hezbolá en 2006 para “refinar sus propias doctrinas y estrategias”[16].

La doctrina militar iraní moderna tiene unas características generales:

  • Parece basarse en lecciones militares aprendidas para buscar soluciones efectivas a los problemas a los que ha de enfrentarse. No deriva, por lo general, de las enseñanzas islámicas, aunque sí existe un cuerpo profundamente ideologizado, como es el IRGC, y también se pueden encontrar “conceptos vinculados al martirio chiita, los fedayines (aquellos dispuestos a sacrificarse por Dios) y los muyahidines (los que libran la Yihad)[17]. Todo esto ha influido, sin duda, en el enfoque adoptado por el IRGC para la guerra asimétrica y también para la doctrina mosaico.
  • El Artesh había sido influenciado por la doctrina de EE. UU., pero tras su purga y el nacimiento del IRGC la doctrina militar iraní se hizo generalmente ad hoc, como legado de la guerra contra Irak. No obstante, en los últimos tiempos ha ido aumentado en complejidad.
  • La desconfianza entre el Artesh y el IRGC sigue siendo fuerte y el primero seguirá siendo una fuerza subordinada.
  • Se percibe cierta reticencia en las Fuerzas Armadas de Irán a ir más allá de la “defensa, disuasión y guerra asimétrica en la mayoría de las circunstancias” (McInnis, 2017, p. 3).

Por otro lado, el programa nuclear iraní y el desarrollo y adquisición de misiles hunden sus raíces en la guerra contra Irak, pues en ella se evidenciaron las carencias militares iraníes, por lo que se buscó la manera más rápida de remediarlo. El programa nuclear iraní comenzó en 1957, cuando el Shah firmó con EE. UU. un acuerdo para el desarrollo pacífico de la energía nuclear. No obstante, a partir de 1979 los ayatolás despreciaron la energía nuclear por considerarla una “ciencia occidental”. Sin embargo, pronto tuvieron que cambiar de parecer (Fernández, 2017, p. 234). Recientemente, Irán informó al Organismo Internacional de Energía Atómica (en adelante, OIEA) del inicio de la producción de uranio metálico enriquecido para fines médicos, lo que puede hacer que el pacto nuclear de 2015 entre Irán y los miembros del P5+1 (países miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas más Alemania) se vuelva a retrasar[18].

En las últimas décadas, Irán se ha convertido en una importante potencia militar en la región. Sin embargo, sus capacidades convencionales son más bien escasas, con un inventario envejecido debido a las sanciones internacionales y a las restricciones en la importación de armamento, lo que le ha obligado al desarrollo de tácticas asimétricas como única manera de enfrentarse a sus enemigos de una manera favorable en costes y resultados. A través del IRGC ejerce una importante influencia entre sus aliados, algo que no ha disminuido a pesar del asesinato con un dron estadounidense del comandante Qasem Soleimani (DIA, 2019, p. 337). Tras este hecho, Irán tomó represalias contra bases norteamericanas en Irak, aunque sin causar daños graves.

Las guerras de Siria e Irak han empujado a cambios en la doctrina militar iraní, puesto que los intentos de preservación de los regímenes aliados de Siria e Irak han puesto de relieve “la insuficiencia de la doctrina y las capacidades del ejército iraní”. Y es que esta doctrina, como ya se ha indicado, se ha basado en la guerra asimétrica a manos del IRGC, en el programa de misiles balísticos y en los sistemas A2/AD. Sin embargo, no serían suficientes para “abordar insurgencias regionales, estados fallidos y extremismo” (McInnis, 2017, p. 4).

La coerción y disuasión que Irán ha conseguido mediante la guerra asimétrica y los misiles balísticos ha dado, como bien ha señalado Guillermo Pulido, “vía libre a estrategias indirectas como apoyarse en actores interpuestos apoyando la guerra de subversión o el incremento de su fuerza política”. No se puede negar que la estrategia iraní ha tenido éxito, puesto que ha logrado extender su influencia por Irak, Siria, Líbano o Yemen sin ser atacado de manera directa por EE. UU. o Israel[19]

Según medios como el International Institute for Strategic Studies (IISS), el IRGC cuenta con cerca de 190 000[20] miembros divididos entre sus propias fuerzas terrestres, marítimas y aéreas, además de controlar a los Basij, fuerza paramilitar capaz de movilizar a 600 000 milicianos[21]. Por otro lado, ha desarrollado unas importantes capacidades para la guerra asimétrica y para las operaciones encubiertas gracias a la temida Fuerza Quds (Quds significa en árabe y farsi “Jerusalén”), compuesta por unos 5000 miembros y que se dedica a operar de manera encubierta o abiertamente en el extranjero apoyando a grupos chiíes como Hezbollah, su más importante y antiguo aliado, en Líbano, en Palestina con los guerrilleros de Hamás, en Yemen junto a las milicias hutíes y también en Siria, a los talibán y a al-Qaeda, a las milicias chiitas de Irak o al régimen sudanés en su momento (Ottolenghi, 2011, p. III).

Irán mantiene, por tanto, importantes vínculos de defensa y seguridad con actores estatales y no estatales para proyectar su poder y para apoyar a grupos y gobiernos chiitas. Sus esfuerzos por contrarrestar la influencia occidental y de Israel se han traducido en el denominado “Eje de la Resistencia”, que incluye a Siria, Hezbolá, las milicias chiitas de Irak, los huzíes y los milicianos de Hamas, aunque estos no son sus únicos aliados, ya que mantiene buenas relaciones también con dos potencias como China y Rusia, además de las mantenidas con Qatar y Venezuela (DIA, 2019, p. 15). No obstante, Irán a pesar de sus apetencias por convertirse en el país rector en la región y cobrar mayor protagonismo a escala internacional no es más que un “peón en el tablero estratégico del siglo XXI que juegan las potencias mayores como EE. UU., Rusia o China” (Fernández, 2017, p. 236).

Las cifras de miembros del IRGC dan clara muestra de la importancia que tienen para el régimen, ya que como han señalado los investigadores Roozbeh Shafshekhan y Frazan Sabet, la “Guardia Pretoriana” del régimen ha alcanzado su mayoría de edad, dejando atrás su original papel de defensa de la nueva República Islámica de Irán para convertirse en un vasto “complejo social, político, económico y de seguridad” (Roozbeh y Farzan, 2010, p. 5). También es señal de la importancia del IRGC el que se le asigne una mayor proporción del presupuesto de defensa que al Artesh. Por ejemplo, en 2019 se asignó el 29 por ciento de este presupuesto al IRGC frente al doce por ciento que recibió el Artesh (DIA, 2019).

Miembros del IRGC protegiendo a Khomeini en Qom, Irán (1979). Fuente – New York Times.

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