Introducción a la guerra urbana

Todo lo que siempre quiso saber sobre la guerra urbana y nunca se atrevió a preguntar

Marines estadounidenses ocupan una posición en un tejado durante la Segunda Batalla por Fallujah (Noviembre 2004)
Marines estadounidenses ocupan una posición en un tejado durante la Segunda Batalla por Fallujah (Noviembre 2004)

Este artículo pretende hacer una introducción básica al combate urbano -o guerra urbana-, a la perspectiva histórica que se ha tenido del problema y a su evolución. También pretende esbozar algunas de las diferentes soluciones que varios países, organizaciones, profesionales o académicos han ofrecido a los problemas específicos que se han encontrado y compartir una serie de fuentes de información con los que profundizar en el tema y adentrarse en los debates que se dan hoy en día. Se ha hecho un esfuerzo de inclusión de bibliografía para que el lector pueda profundizar si lo desea en los diferentes temas y debates relacionados con la guerra urbana. Si quisieran, a este artículo podrían también llamarlo un Estado del Arte del combate urbano.

Introducción al problema de la guerra urbana

Operar en un área rural, si me lo permite, es como tener tres bolas en una mesa de billar y tú tienes la bola blanca y tienes que golpearla. Lo más probable es que nunca toque nada más. Operar en una ciudad, […] con tu densidad, es como tener siete juegos de bolas de billar en la mesa y tú golpeas la bola blanca y no tienes ni idea de cuáles serán las consecuencias finales cuando todas empiecen a chocar unas con otras.”

Dr. Russell Glenn (Nota 1) (1)

No voy a empezar el artículo con eso de que el mundo es cada vez más urbano y que cada vez las ciudades son más grandes. Eso ya lo sabemos. El combate urbano es una realidad, nunca se fue. Cada vez lo sufrimos más, la escala del problema aumenta y sus soluciones se vuelven cada vez más complejas. Para España, el problema es quizás solo potencial: El sitio de Tenochtitlan (y en especial el asalto al distrito de Tlatelolco) (1521), la campaña operacional de asedio y toma de las ciudades de Flandes durante la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) de la casa de Austria o la lenta y agónica batalla por Madrid (1936-39) atestiguan que España tiene algo de experiencia en el tema, aunque sea histórica. El combate urbano en mayor o menor grado también nos ha acompañado a lo largo de nuestra historia, simplemente no le habíamos prestado mucha atención.

El mayor problema que encontramos cuando se habla de combate urbano, es que no se habla con la suficiente profundidad. Comprender en qué consiste el problema y porqué es importante entender su dimensión es crucial para poder estar preparados. Por suerte para nosotros, hay gente que a lo largo de la historia ya se encontrado ante estas situaciones y estos problemas ya ha sido descritos y discutidos ampliamente por varios autores en diferentes lenguas. En general, hay multitud de libros y artículos que los describen bastante bien, aunque la mayoría de las veces de manera muy fragmentada. No resulta fácil hacer un compendio o resumen para que el lector no familiarizado con el tema pueda tener claros algunos conceptos básicos, aunque algunos por desgracia, no tengan una definición acotada en la que todos podamos coincidir.

Este artículo pretende hacer una introducción básica al Combate urbano, a la perspectiva histórica que se ha tenido del problema y a su evolución. También pretende esbozar algunas de las diferentes soluciones que varios países, organizaciones, profesionales o académicos han ofrecido a los problemas específicos que se han encontrado y compartir una serie de fuentes de información con los que profundizar en el tema y adentrarse en los debates que se dan hoy en día. Se ha hecho un esfuerzo de inclusión de bibliografía para que el lector pueda profundizar si lo desea en los diferentes temas y debates. Si quisieran, a este artículo podrían también llamarlo un Estado del Arte del combate urbano.

Una instantánea de la lucha en la terminal de pasajeros en el interior del Aeropuerto de Donetsk durante la segunda batalla que tuvo lugar por la posición en 2014. Fuente: Coffeeoirdie.com

Perspectiva histórica y evolución de la guerra urbana

A lo largo de la historia, el concepto teórico de lo que significaba la guerra en ciudades o el combate urbano ha evolucionado. Es importante ser conscientes de cuál es el marco histórico y cultural sobre el que ciertos escritos se cimientan. Ciertos conceptos, como el de la ‘guerra de asedio’, son de uso común y ampliamente conocido. Sin embargo, la guerra o los combates se producían generalmente alrededor de las ciudades y raramente en su interior. La guerra de asedio fue importante por la forma en la que se combatía, y cuando se consideraba que un enemigo había penetrado en el interior de la muralla, y por tanto en la ciudad, la resistencia generalmente terminaba. El Renacimiento dio paso al arte de la construcción de las fortalezas y el perfeccionamiento de la defensa perimetral, Vauban es un ejemplo de ello. No obstante, la Edad Moderna, la pólvora y la artillería darían paso a la maestría en la destrucción de dicho perímetro. Sin embargo, la resistencia fue proyectándose cada vez más hacia el interior de las ciudades. No es de sorprender, que autores como Gerhard von Scharnhorst, ya dieran algunas indicaciones en su «Military Field Pocket Book» (1806) sobre cómo prepararse para combatir en el interior de las ciudades, una vez las murallas hubiesen sido sobrepasadas por las fuerzas enemigas. Sin embargo, aún entonces, era corriente, que una vez las murallas hubiesen caído y las tropas hubiesen entrado en las plazas fuertes, la resistencia en su interior se deteriorara rápidamente, pasando al pillaje.

Con la revolución industrial y el crecimiento de las ciudades, el perímetro urbano fue desdibujándose, haciendo desaparecer la frontera de la ciudad. Con la llegada del ferrocarril, las carreteras y las líneas de comunicación industriales, las ciudades pasaron de ser fortalezas llenas de recursos humanos y materiales a elementos nodales sobre los que plantear logísticamente sus estrategias de despliegue de tropas y suministros. Y esto se mantuvo así incluso a lo largo de la Primera Guerra Mundial, donde si bien se combatió alrededor de las ciudades, no se hizo (o muy raramente) en su interior, sino apoyándose en ellas como elementos defensivos y logísticos. Con la captura de las ciudades se buscaba el acceso al elemento nodal de la red logística enemiga para traer nuestros recursos más rápidos y hacer que el enemigo tardase más. Claros ejemplos de esto son Lieja (1914), Ypres (1914), el Marne (1914) (por París) o Gallipoli (1915-16) (por Constantinopla). (2)

No fue hasta finales de los años treinta, principio de los años cuarenta, cuando se empezó a usar el término “Street Fighting” (‘lucha callejera’ o ‘combate en las calles’). Así aparece, en multitud de panfletos y guías que fueron publicadas a lo largo de 1942 sobre todo para la Home Guard. En caso de que la Wehrmacht consiguiera cruzar el canal, la resistencia tendría que trasladarse a las ciudades inglesas. “The defence of villages & small towns”, “Defence of Houses” o “House to House fighting”, obras todas del Coronel G.A. Wade son claros ejemplos de ellos. Estas experiencias bebían principalmente de las escuelas de entrenamiento ad hoc, constituidas en su mayoría por veteranos de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil Española, en torno a Osterley Park (Londres) y Aldershot en 1940.

Durante la Segunda Guerra Mundial, ya se empezó a combatir en el interior de las ciudades de manera regular e intensiva. Se convirtió así en una herramienta para compensar la debilidad del bando en desventaja, aunque las ciudades de por sí solas tuvieran un valor político inherente. Sobra explicar los intensos combates por Shanghai (1937), Sebastopol (1941-42), Ortona (1943), Budapest (1944-45) o Breslau (1945) por mencionar algunos menos conocidos. Sin embargo, tras múltiples batallas, se comprendió perfectamente que la “Street fighting” no se producía precisamente en las calles, sino en el interior de los edificios o en sus ruinas. Esto queda claro si nos atenemos a los testimonios históricos, como por ejemplo el de Vasili Chuikov durante la batalla de Stalingrado (1942-43):

Sería un error imaginar que la lucha en la ciudad es lo mismo que la lucha en las calles. Cuando el enemigo está sólidamente establecido en la ciudad, son las casas, edificios y bloques por los que se lucha. El combate se produce… en habitaciones, en áticos, en sótanos y en ruinas – y donde menos es en las calles y plazas.”

Vasili I. Chuikov “The Battle for Stalingrad” (3) (Original en Nota 2)

O el de Walter M. Robertson, durante la batalla de Brest (1944):

El término ‘guerra callejera’ (‘street fighting’, en el original) es poco apropiado, ya que la calle era el lugar donde no podíamos ir. Las calles estaban completamente cubiertas de fortines y fuego rápido de armas de 40mm, con cada esquina cubierta por al menos cuatro posiciones defensivas. Nuestro procedimiento era ir de casa en casa volando agujeros a través de los muros con cargas explosivas”.

Mayor General Walter M. Robertson, comandante de la Second Infantry Division. (4) (Original en Nota 3)

Tras las importantes lecciones aprendidas en el interior de las ciudades durante la Segunda Guerra Mundial, se dio paso a la Guerra Fría. En general, durante este período se pensó muy poco sobre el combate en el interior de las ciudades. Se aceptaba que las ciudades serían rodeadas, aisladas y sometidas gracias al combate de maniobra. Todas estas ideas se seguirían manteniendo con mucho optimismo bien entrada la década de los 70 en el lado occidental (Hue 1968) y hasta bien entrados los 90 en el lado soviético (Grozny 1994-95).

Uno de los más acalorados debates que tuvo lugar entre los 60 y 70 (sobre todo en el lado soviético) fue el de la utilización táctica de armas nucleares también en ciudades y cómo esto casaba con el combate urbano durante un ataque general soviético. Una vez la ofensiva hubiera empezado, se producirían grandes concentraciones de tropas, población y recursos principalmente en torno a las emergentes y cada vez más extensas ciudades de la República Federal Alemana (5).

Se contempló seriamente el uso de armamento nuclear por parte de la Unión Soviética para destruir dichas ciudades, pero implicaba un riesgo de represalia demasiado alto. Estos bombardeos nucleares no solo cambiarían el carácter del asalto tal y cómo se planteaba a la manera soviética, ya que crearía una destrucción tal en el interior de las ciudades que su forma de hacer la guerra en las ciudades, penetrando rápidamente en su interior mucho antes de que una defensa fuerte pudiera organizarse, quedaría anulada en gran parte por la cantidad de escombros, incendios y contaminación que se generaría como resultado de los mismos. Además, una vez la conquista hubiera tenido lugar, habría poco o nada que dominar, pues la mayoría de los centros urbanos serían zonas de imposible acceso. Otro de los argumentos era que la sociedad europea occidental no plantearía batalla en el interior de las ciudades, ya que no arriesgarían su destrucción por el mero hecho de ganar tiempo. Realmente, no iban muy mal desencaminadas estas hipótesis, ya que la casi invisible doctrina de combate urbano de la OTAN (especialmente británica y estadounidense) no planteaba una defensa en profundidad en el interior de las ciudades (excepto testimonialmente en Berlín, que ya se encontraba rodeada), sino que se basaba en una defensa a ultranza alrededor los núcleos urbanos a través de contraataques como forma de destruir las puntas de lanza del ataque soviético alrededor de las mismas al más puro estilo de la guerra de maniobras (5).

Sin embargo, al mismo tiempo que se producía este debate, también tuvo lugar un período de descolonización en el que las fuerzas armadas de muchos de los países occidentales tuvieron que hacer frente a movimientos de liberación nacionales a través de campañas de contrainsurgencia en el interior de las ciudades. El objetivo, no era el terreno construido en sí, sino la población que habitaba en su interior. Ejemplos de esta contra insurgencia urbana, son Adén (1963-67) o Argel (1956-57).

Fue a mediados de los 70 cuando británicos y estadounidenses le pusieron un nombre algo más acertado al problema. Se empezaron a acuñar diferentes términos que empezarían a aflorar sobre todo a partir de la segunda mitad de los años 70 y hasta finales de los 90. Si bien, por el lado británico se empezaban a usar FIBUA (‘fighting in built-up areas’) u OBUA (‘operations in built-up areas’). Desde el lado americano, empezarían a aparecer otros como MOBA (‘Military operations in built-up areas’) o MOUT (‘Military operations in urban terrain’). Lo importante de estos términos es identificar que la mayoría de ellos (MOUT se seguiría usando hasta nuestros días) realmente sólo identificaban a la ciudad como un terreno más donde hacer la guerra, en su más puro sentido doctrinal (y así aparece en los documentos doctrinales), independientemente de los otros factores o peculiaridades como la presencia de población civil o la infraestructura urbana, a las que se les dedicaba un apartado final bastante somero. Realmente, no sería hasta finales de los 90 tras las experiencias de Mogadiscio (1993) y Grozny (1994-95), cuando la OTAN asignaría recursos suficientes al análisis de este tipo de lucha como para marcar la diferencia.

Esto coincidió temporalmente con la popularización del ‘Combate en espacios cerrados’ (CBC, o ‘Close Quarters Combat’), el cual se desarrolló en los 1970s y fue un fenómeno eminente de Fuerzas especiales. Tras la crisis de las Olimpiadas de Munich (1972) y el crecimiento del terrorismo internacional, los gobiernos occidentales empezarían a desarrollar una metodología común de asalto a edificios, aviones y embarcaciones con la que contrarrestar las tácticas y procedimientos que dichos grupos terroristas compartían. Fue tras el éxito del Asalto a la Embajada Iraní de Londres (1980) cuando se produjo su popularización, al mismo tiempo que se ponían unas esperanzas demasiado elevada en este tipo de actuaciones, más de carácter policial que militar. Sin embargo, muchas de estas tácticas serían incorporadas por los ejércitos actuales hasta nuestros días en el asalto de edificaciones (tanto en Afganistán como en Iraq) y que nos acercarían un paso más hacia el profesionalismo en este aspecto, pasando del “spraying and praying” (‘disparar [vaciar el cargador] y rezar’) al “five-step entry” (‘entrada de 5 pasos’) (6).

A partir de las invasiones de Afganistán e Iraq, el término UO (‘Urban Operations’ u ‘Operaciones Urbanas’)  desplazaría al del MOUT, pasando de un análisis del combate urbano desde un punto de vista meramente territorial, hacia una percepción del problema mucho más holística que incluiría sobre todo a la población y a la infraestructura. En la actualidad, el término preferido y más empleado es el de ‘Urban warfare’ (‘Combate/Guerra urbana) y que englobaría la totalidad de los aspectos identificados anteriormente e iría desde el nivel táctico hasta el estratégico, este último, mucho más reciente.

Uno de los problemas de todos estos conceptos es que realmente no existe un consenso general sobre lo que muchos de ellos significan específicamente, sino como definiciones globales cuyos límites abarcan muchos grises, lo cual genera muchos debates. Algunas de estas definiciones han sido acotadas con mayor o menor acierto a través de documentos doctrinales, principalmente los norteamericanos (1).

Tropas rusas en Grozny, Chechenia. Autor: Juriy Tutov (1995). Fuente: https://foto-history.livejournal.com/2578523.html

Conceptos básicos sobre guerra urbana

La Guerra de las tres manzanas (‘The Three Block War’). Este es el panorama en el que se luchará la batalla del siglo 21. Será un campo de batalla asimétrico. Al igual que las tribus germánicas, nuestros enemigos no nos permitirán que la lucha sea el hijo de Tormenta del Desierto, sino que nos intentarán arrastrar hacia el hijastro de Chechenia. Al mismo tiempo, nuestras fuerzas tendrán que alimentar y vestir a refugiados desplazados –proveyéndoles de asistencia humanitaria. Seguido de esto, tendrán que mantener separadas a dos facciones en disputa –realizando operaciones del mantenimiento de la paz– y, finalmente, tendrán que combatir en un combate altamente letal de intensidad media –todo el mismo día… y todo a tres manzanas de distancia.”

General Charles C. Krulak Commandant, US Marine Corps 1999 (7) (Nota 4)

A grandes rasgos, las ciudades han sido siempre los centros de poder político, económico y demográfico. Y en general, en el último siglo, también han funcionado como centros de comunicaciones y de influencia a través de los medios de masas. Resulta fácil entender por qué muchas veces han sido consideradas los principales centros de gravedad en los diferentes conflictos a lo largo de la historia. Si hay una definición en la que la mayoría de los estudiosos coinciden hoy en día, es que un entorno urbano consta de 3 elementos: edificios, población e infraestructura física. A partir de aquí la cosa se complica un poco (8).

Como ya hemos explicado, existen conceptos que aunque son fáciles de entender, no terminan de crear un consenso general sobre qué significan en concreto o cuándo se aplican. Por ejemplo, Russell Glenn, ha intentado acotar algunas de estas definiciones, y define:

1) “Área urbana” (usada generalmente para referirse a “operaciones urbanas”/”urban operations”) como “aquella entidad geográfica que al mirarla de noche se iluminaría cuando tomamos una fotografía aérea”;

2) “Terreno densamente urbano” (“dense urban terrain”), como esas áreas que están particularmente abarrotadas de población urbana y de infraestructuras físicas creadas por el hombre, sobre la superficie terrestre y también subterráneas, y;

3) “Mega ciudad” (“megacities”) como ciudades con más de 10 millones de habitantes con un alto número de población e infraestructuras físicas, gran interconectividad y que tiene gran influencia sobre las áreas urbanas que la rodean.

Esta última definición es bastante vaga y ha tenido que ser refinada por el autor añadiendo en esta categoría a las ciudades o áreas de una ciudad que tienen una densidad de población de más de 2000habitantes/km2 (1).

Aunque la mayoría  de los análisis coinciden en que las mega ciudades son una realidad, hay un debate respecto a si el combate urbano en una ciudad es una cuestión de escala, de densidad o de cualidad. Es decir, ¿a partir de qué tamaño una ciudad se considera un hecho diferencial tal, que las reglas que generalmente serían aplicables a un terreno común dejarían de aplicarse a una ciudad? Algunos autores como Daniel Hendrex o John Spencer defienden que no solo la escala y la densidad hacen del combate en una zona edificada con población algo diferente, sino que las capacidades y el entrenamiento necesarios para hacer frente a este problema se incrementan en orden de magnitud (9). Otros como Michael Evans, en su “The Case against Megacities”, aunque sí defienden que la aproximación al entorno urbano tiene ciertas peculiaridades en sí mismas (como entorno), no creen que la escala influya en la naturaleza del problema, no considera que las mega ciudades constituyan un hecho diferencial tal como para aplicar recetas diferentes a las del resto de ciudades (15). Para adentrarse en este debate quizás convendría visitar algunos de los artículos sobre el tema, como por ejemplo el “Ten Million is Not Enough: Coming to Grips with Megacities’ Challenges and Opportunities” (“Diez millones no es suficiente: Enfrentarse a los desafíos y a las oportunidades de las mega ciudades“) del anteriormente mencionado Russell Glenn (10).

Sin embargo, detrás de estas definiciones más o menos asépticas de lo que es una ciudad, existen una cantidad de autores que han tratado de caracterizarlas e identificarlas a través de diversos atributos que serían más relevantes que otros. Por ejemplo para Richard Norton, las ciudades que potencialmente podrían convertirse en futuros terrenos de batalla serían las ‘ciudades salvajes’ (‘feral cities’), donde los gobiernos serían incapaces de proveer de una infraestructura (electricidad, agua potable, saneamiento o gas) y servicios básicos (seguridad ciudadana, protección social o recogida de residuos) y que se convertirían en zonas sin control en el interior de grandes urbes (11), muy en línea con lo que también defendería Mike Davis en su “Planeta de ciudades miseria”, aunque desde un punto de vista más sociológico (12). Así mismo, David Kilcullen reinterpretaría la ciudad como un organismo vivo (concepto para nada nuevo) en el que la ciudad del presente se caracterizaría por un control limitado del espacio urbano (muy en la línea de Norton), una gran interconectividad que irían más allá de los límite físicos de la propia ciudad gracias a internet y un entorno denso, complejo y costero (13).

Pero no solo se trata de la definición en sí misma de la ciudad, también existe un debate muy interesante en torno a lo que significa combatir en su interior. Algunos autores como por ejemplo Michael Evans en su “City without joy” (2007), ya exponía que no existía en la doctrina de entonces (en este caso australiana) algo así como un planteamiento a nivel operacional-estratégico cuando se llevaban a cabo acciones militares a la que él bautizarían como MOUP (‘Military Operations as Urban Planning’ u ‘Operaciones militares como planificación urbana’). Y aunque abogaba por este enfoque alejado de lo táctico (14), también rechazaría la idea de que el tamaño importa, y por tanto según él, una mega ciudad y una ciudad, podrían ser afrontadas partiendo del mismo análisis y con las mismas herramientas (15). Aunque por esas fechas, las doctrinas anglosajonas (americana, británica y australiana) ya se habían decantado por tratar el combate en terreno urbano como algo singular (16), este debate no quedó ahí y en 2019 David Betz y Hugo Stanford-Tuck publicarían “The City is Neutral: On Urban warfare in the 21st Century” (Texas National Security Review), en el que se desligarían totalmente de la idea de que la ciudad debía ser entendida como algo especial y de que el combate urbano sólo requeriría de tácticas especiales, volviendo a la idea de que la ciudad es un tipo de terreno más en el que combatir (17).

Claramente, el artículo de Betz y Stanford-Tuck no quedaría sin respuesta y un año más tarde, John Spencer (director del Urban Warfare Project en el Modern Warfare Institute de West Point) contestaría con “The city not neutral: why urban warfare is so hard” (‘La ciudad no es neutral: porqué el combate urbano es tan difícil’) (18), en el que identificaría las fallas y contra argumentaría de una manera bastante acertada la mayoría de las afirmaciones del artículo del Texas National Security Review. Algunas de las conclusiones se plasmarían un año después en otro artículo, también por John Spencer, titulado “The eight rules or urban warfare and why we must work to change them” (“Las ocho reglas del combate urbano y por qué debemos trabajar para cambiarlas”) en el que señalaría algunos de los retos del combate urbano aún por cambiar, tales como: que el defensor tiene ventaja especialmente en entornos urbanos, la reducción de la ventaja de medios ISR (Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento) en las ciudades, la ventaja del defensor a la hora de ocultarse y atacar, la naturaleza fortificada de las ciudades, el uso de explosivos para penetrar en edificios como medio ofensivo, las restricciones al combate de maniobra, el uso del subsuelo como medio para refugiarse por parte del defensor y la dificultad de la concentración de fuerzas en entornos urbanos (19). Muchos de estos retos, han sido objeto de debate, los cuales veremos en el próximo apartado.

Una vista de la parte Oeste de Mosul, la cual resultó muy dañada tras los combates, el 29 de Mayo de 2017, casi al final de su captura. Autor: Alkis Konstantinidis (Reuters). Fuente: https://www.theatlantic.com/photo/2017/06/the-battle-for-mosul-enters-its-final-stage/532032/.

Debates

Algunos de estos debates son relativamente antiguos y por lo general, se repiten una y otra vez cada tantos años intentando estudiar los temas bajo la luz de experiencias diferentes. Uno de los problemas es que muchos de estos debates se cimientan sobre diferencias morales y culturales, que hacen realmente difícil el llegar a una conclusión con la que todo el mundo pueda sentirse satisfecho.

El combate urbano ganó peso a partir de los 70 en las doctrinas de muchos de los ejércitos de manera informal a través de artículos en revistas militares, ejercicios, entrenamientos o tácticas ad hoc. La realidad es que solo se empezaron a asignar recursos a su análisis a raíz de la traumática experiencia norteamericana en Hue (1968), en el que los soldados sur vietnamitas y norteamericanos se encontraron con un enemigo que no combatía con su mismo lenguaje, con unas Reglas de enfrentamiento (ROE) auto-impuestas que no les favorecían en absoluto, sin una doctrina militar, sin entrenamiento específico y con una merma en sus capacidades (“capabilities”). Es famoso el uso de los M50 Ontos con sus cañones múltiples sin retroceso de 106mm para paliar la escasa penetración de muros de mampostería en la parte antigua de la ciudad del armamento norteamericano, pero no es tan conocido el extenso uso del gas lacrimógeno, empleado a nivel táctico para desalojar edificios y ayudar a su asalto, combinándolo con pantallas de humo con los que ocultar el movimiento de las tropas. Ambas soluciones fueron una solución ad hoc a un problema en concreto para el que no tenían la herramienta adecuada.

La doctrina sobre guerra urbana

Probablemente, el mejor cajón de sastre sea la doctrina. La mayoría de las experiencias en las que se basaron los estudios de los años 70 en el lado occidental fueron los conflictos de descolonización más inmediatos en los que se habían visto envueltos (Jerusalem 1948, Vietnam 1946-54, Argelia 1954-1962, Vietnam 1955-75 o Santo Domingo 1965). También se usó prolíficamente la, aún fresca, experiencia de la Segunda Guerra Mundial (Stalingrado 1942, Ortona 1943, Brest 1944 o Manila 1945, por poner algunos ejemplos). Existe abundante bibliografía sobre estos conflictos y no resulta demasiado interesante detenerse en ellos en esta breve introducción al tema. Lo que sí resulta interesante es entender algo que ya se ha expuesto anteriormente, y es la reticencia, casi inconscientemente, de los diferentes ejércitos, tanto occidentales como soviéticos, hasta principios de los años 70 a aceptar que el combate urbano se había convertido en realidad y que era probable que sus ejércitos se pudieran ver envueltos en él.

Sin lugar a dudas, el que mejor situado estaba por su ingente experiencia en el Frente del Este era el Ejército Rojo, tanto desde un punto de vista defensivo entre los años 1941-42 (20), como ofensivo entre 1943-45 (21). Los soviéticos, habían desarrollado una doctrina en la que se enfrentarían a las ciudades que se encontraran en el camino con 4 recetas básicas relativamente simples:

1) Rodearlas (bypass) y dejarlas atrás;

2) rodearlas y asediarlas hasta que cayeran por falta de recursos;

3) realizar un asalto relámpago para arrebatar al enemigo la posibilidad de hacerse fuerte en su interior y destrozar toda resistencia posible y/o;

4) realizar una destrucción sistemática de las ciudades con ayuda de la artillería y el poder aéreo para posteriormente asaltarlas.

Desde el lado soviético se puso particular énfasis en la tercera opción, el asalto relámpago. Ejemplos como Budapest (1956), Praga (1968), Kabul (1979) o (salvando las distancias) Bakú (1990) ayudan a explicar lo que se produjo posteriormente en Grozny (1994-95). Esta doctrina del asalto ganaría muchos adeptos sin que existieran grandes detractores de la misma. En el lado ruso, todas estas ideas no se llegaron a plasmar en ningún documento doctrinal oficial, sino que mayormente se daban a conocer a través de artículos en revistas militares.

Desde el punto de vista occidental, la evolución de la doctrina de combate urbano sí que fue plasmada en diferentes documentos oficiales, mayormente del US Army. Aunque hubo algunos otros ejércitos con doctrina urbana ad hoc, como por ejemplo el British Army, no nos pararemos en ellas para no alargar el artículo. Uno de los primeros documentos que contuvo referencias al combate urbano fue el Manual de Campo FM 100-5 ‘Field Service Regularions: Operations’ (publicado originalmente en Mayo de 1941 y actualizado en 1944), que estaba basado en las experiencias de la Guerra Civil Española y las primeras campañas de la Segunda Guerra Mundial. Este fue el primer manual usado en combate urbano por el US Army. Ante la perspectiva del ataque al Muro Atlántico y la invasión de Italia, también se publicaría el FM 31-50 ‘Attack on a Fortified Position and Combat in Towns’ (Enero 1944) en el que se consideraba la lucha en la ciudad, algo similar al combate por posiciones fortificadas (no sin algo de razón) y con una línea claramente enfocada al combate táctico. En las siguientes décadas se publicarían diferentes actualizaciones de manuales ya existentes, actualizando su contenido (incluido el de otros manuales de campo del US Army). No fue hasta 1979 cuando se publicaría el FM 90-10 ‘Military Operations in Urban Terrain (MOUT)’, y con posterioridad en Mayo 1993 el FM 90-10-1, ‘An Infantryman’s Guide to Combat in Built-Up Areas’ (aunque sería actualizado en 1995) (22) que también abarcarían principalmente los apartados tácticos del combate urbano y que sería reemplazado por el FM 3-06.11 ‘Combined Arms Operations in Urban Terrain’ (actualización del FM 90-10-1) desde 2002 y el FM 3-06 ‘Urban Operations’ en 2003. Más tarde se publicarían otros manuales que irían algo más allá, como el Army Tactics, Techniques, and Procedures (ATTP) 3-06.11 ‘Combined Arms Operations in Urban Terrain’ (2011, versión posterior al FM 3-06.11 de 2002) orientado a un nivel de brigada. No sería hasta el énfasis del US Army en el nivel operacional con las ‘Large Scale Combat Operations’ (LSCO) en las últimas dos décadas cuando se publicaría el Joint Publication (JP) 3-06 ‘Joint Urban Operations’ (2013), en el que se sellarían algunos de los agujeros a nivel operacional de la doctrina de combate urbano norteamericana. También, con este documento, se iniciaría el estudio de las megas ciudades como lugares probables de combate urbano en un futuro no muy lejano y se haría público el Army Techniques Publication (ATP) 3-06 (MCTP 12-10B para el Marine Corps), ‘Urban Operations’ (2017), orientado también desde un punto de vista táctico (23). Como podemos ver, se produjo una lenta subida de nivel desde el nivel táctico, hasta el estratégico, pasando por el operacional (el más tardío) y esta ingente cantidad de publicaciones serían un buen abono para que florecieran una ingente cantidad de artículos y debates en el aspecto doctrinal del combate urbano en el US Army y el US Marine Corps.

Maniobra versus Asedio

Sin embargo, no sólo de doctrina vive el hombre, y la realidad es que también existe otro debate en torno a la cuestión de qué tipo de guerra debe hacer el US Army en entornos urbanos. Este debate, como ya hemos explicado, se ve muy influenciado, no solo por el tamaño de las ciudades, sino también por las fuerzas presentes en el conflicto. Así pues, existe un gran debate en torno a la guerra de asedio (o atrición), en contraposición a la guerra de maniobra (o movimiento) que el ejército norteamericano venía cultivando desde hacía varias décadas (24) (25) y que concentra entre sus producciones a los pesos pesados del pensamiento del combate urbano.

Se ha producido un acalorado debate en relación a si este tipo de guerra que tanto practica el ejército estadounidense tiene futuro o no en entornos urbanos. Algunos autores de renombre como Russell W. Glenn (uno de los pioneros del estudio del combate urbano en los años 90) ya por 2017 y analizando el tema bajo la luz de las experiencias de Afganistán e Iraq e incorporando el nuevo concepto de la Batalla Multidominio, ya advertía de que el concepto de maniobra tal y cómo se conocía en el US Army debía cambiar y adaptarse a los nuevos entornos. Según este autor, la guerra de maniobra estaría perdiendo peso en contraposición a la guerra de atrición, mucho más estática de la que se venía practicando hasta ahora por el US Army (26). También hemos visto cómo otros autores como Alec Wahlman se centraría en las fallas doctrinales a nivel operacional y planteaba ciertas preguntas aún sin respuesta para rellenar dichos vacíos (27).

La discusión parece haberse enquistado en un debate de blancos y negros en el que autores como Anthony King habla abiertamente de una posible muerte de la guerra de maniobra, entendida como una necesidad de una nueva revolución conceptual de la forma de hacer la guerra, y la reinterpretación de la Doctrina de la Batalla Aeroterrestre debido al encuentro con la ciudad, ya que la doctrina de armas combinadas sería demasiado difícil y poco adecuada debido a la creación de dilemas técnicos y morales (28).

Estas afirmaciones serían al poco tiempo discutidas por Paul Barnes (oficial del British Army y Fellow del Modern War Institute de West Point), el cual cuestionó algunos de los argumentos a los que King se refería y ponía en valor la importancia de la maniobra en las diferentes experiencias de combate urbano del US Army (desde la intervención en Panamá [1989-90] hasta la Invasión de Afganistán [2001] y la Batalla de Sadr City [2008]), para explicar que la guerra de maniobra no tiene que enfocarse necesariamente hacia las fuerzas físicas de los enemigos, sino que sus debilidades logísticas, electromagnéticas o psicológicas también pueden ser explotadas a través de dicho estilo de combate (29).

Quizás para encontrar un punto intermedio entre ambos argumentos, habría que remitirse a un último artículo, de John Spencer (también del Modern Warfare Institute de West Point, pero esta vez del Urban Warfare Project), en el que aunque no se desmentían ni las afirmaciones de King, ni las de Barnes, se hacía un llamamiento hacia un entendimiento de la guerra posicional, como un elemento (o estadio) más de la guerra de maniobra, de tal forma que una no se puede entender sin la otra. También se remarcaba el hecho de que el centro de la cuestión, casi como en todos estos debates, es el hecho de que no existe una única, clara y compartida definición de la guerra de maniobras. Y que esta última, se puede entender desde diferentes aproximaciones, pero siempre dejando claro que aún queda un largo camino que recorrer, tanto en lo que se refiere a planificación, como equipamiento y capacidades en relación al combate urbano (30). Punto que desarrollaremos más adelante.

Y es que aunque el US Army se encone en la guerra de maniobras, existen claras evidencias de que la guerra de atrición y asedio se está imponiendo en conflictos con un marcado carácter urbano como por ejemplo el del Donbás (Ilovaisk [2014], Segunda batalla del Aeropuerto de Donetsk [2014] o Debal’tseve  [2015]) o más claramente en las campañas en Iraq y Siria (Aleppo [2012-16], Raqqa [2016-17], Kobani [2014-17], Deir ez-Zor [2014-17], Mosul [2016-17] o Ghouta [2013-18]). (31)

Protección de la población civil y Reglas de Enfrentamiento (ROE)

Precisamente, por su valor político, gran parte del debate relativo a la guerra urbana se ha centrado en el papel de la población civil atrapada en las ciudades mientras un conflicto tiene lugar, en particular durante los diferentes asedios que hemos visto en los últimos años. Se han escrito bastantes artículos al respecto, y aunque algunos han sido planteados desde un punto de vista claramente acusatorio hacia la manera de actuar de los ejércitos occidentales, la realidad es que la hambruna deliberada contra la población civil  como acto de guerra está prohibida por el Protocolo Adicional I (API) de la Convención de Ginebra (1949), la practique quien la practique. Sin embargo, y aunque en la mayoría de los casos el objetivo más evidente de estas acciones son las fuerzas militares, son los de siempre, es decir, la población civil, los que más se ven perjudicados por su situación de indefensión. Es por tanto que algunos autores han planteado dudas sobre la legalidad de la guerra de asedio en los que se encuentran civiles en el terreno de operaciones. Esto contrasta fuertemente con el hecho de que a día de hoy, incluso habiendo utilizado generosas herramientas para retirar a los civiles de un teatro de operaciones, en muchos casos los civiles han decidido quedarse por múltiples y variadas razones, complicando la situación mucho más. Claro está, estos autores plantean también escasas o nulas soluciones para conflictos en los que los civiles son tomados como rehenes por las fuerzas defensoras para evitar su completa destrucción (32).

Algunos autores como Pede and Hayden han argumentado que el US Army tiene una falla en sus capacidades bélicas que aún no ha sido reconocida. Esta es, la utilización del uso de la fuerza basadas en unas ROE que fueron pensadas en los últimos veinte años para conflictos de Contrainsurgencia (COIN) y de Contraterrorismo (CT) y que difícilmente se adaptan al combate en entornos altamente densificados o a combates a gran escala (Large Scale Combat Operations o LSCO), habiendo pervertido la cadena de mando y el uso que se hace de las leyes durante un conflicto. Estos autores reclamarían un mayor espacio de maniobra en el ámbito legal, ya que consideran que ciertas ROE basadas en planteamientos morales y políticas alejadas del ejercicio militar (en general, por ONGs, según estos autores, basadas en planteamientos académicos idealizadores de la guerra y desinformados) habrían “pervertido” las ROE para combates urbanos, acostumbradas a situaciones de guerra anormales (comunicaciones seguras, transportes y suministros con relativa seguridad, etc.) y contra adversarios irregulares o alejados del “combate entre iguales” (‘peer-to-peer’). Según ellos, se habría producido una inercia de desinformación internamente en el propio estamento militar al perder de vista las leyes reales del conflicto, no clarificando cómo se aplican y poniendo a la misión y a los militares en el terreno en serio riesgo al crear una situación mental en los propios militares en la que creen no poder combatir bajo las reglas reales de la guerra. Por tanto, lo que se propone es una reinterpretación de base de las leyes de la guerra basadas en el Derecho Internacional Humanitario (DIH) para alcanzar un nuevo acuerdo como sociedad sobre lo que es aceptable o no en caso de un conflicto en las ciudades u operaciones a gran escala (33).

Evidentemente, este tipo de artículo no quedaría sin contestación, y al poco tiempo se publicó un artículo en ‘War on the Rocks’ titulado “Counter-Terrorism hangover or legal obligation? The requirement to protect civilians in war” (“¿Resaca de Contraterrorismo y obligación legal? El requisito de proteger a los civiles en la guerra”), de Muhammedally. En dicho artículo, se resaltaría que el objetivo de las afirmaciones sobre el carácter de la guerra de algunas ONGs tales como el Comité de la Cruz Roja Internacional (ICRC) o el Centro la población Civil en Conflictos (CIVIC, Center for Civilians in Conflict), con el que Pede y Hayden eran muy críticos, no sería la de reinterpretar cómo se entienden las leyes universales de la guerra, sino asegurar que cuando se toman ciertas decisiones sobre qué munición o herramientas se utilizan y en qué circunstancias (específicamente en el interior de ciudades, donde la mayoría de las bajas son civiles), se basen en buenas prácticas que ayuden a ambas partes a adherirse a las mismas reglas de la guerra y a minimizar el daño y el peligro para todas las partes en la medida de lo posible. Usando los principios de precaución, distinción y proporcionalidad del uso de la fuerza en relación a la amenaza para limitar el sufrimiento de los civiles (34). Hay que resaltar, que dichas recomendaciones realizadas por CIVIC, ICRC o incluso la OTAN (35), en general están pavimentadas en casos de estudios en los que el uso de la fuerza se realizó fuera de los límites legales, y por tanto mejorables hasta cierto grado.

No podemos olvidar que la protección de la vida y la propiedad de los civiles es una obligación fundamental de los militares durante un conflicto y no un lujo, siempre entendido dentro de estos principios anteriormente mencionados (precaución, distinción y proporcionalidad). A fin de cuentas, lo que se persigue es un entendimiento de las consecuencias por parte de los militares que tienen el poder suficiente para tomar decisiones que afectarán la vida de los civiles y sus condiciones a futuro, a través de la destrucción de la infraestructura urbana y de la ciudad misma, sin olvidar que los militares también se juegan la vida.

Sin duda alguna, uno de los libros más interesantes que se puede encontrar sobre la reflexión y estudio del combate urbano, la protección de civiles y la evolución de las Reglas de Enfrentamiento (ROE) desde el punto de vista de los ejércitos occidentales, se encuentran en el “Future War in cities. Rethinking a Liberal dilema” (2004) de Alice Hills. Entre otros temas, este libro explora los problemas intrínsecos existentes en tratar de ‘reconciliar lo irreconciliable’, esto es, la realización de campañas militares en el interior de ciudades, tratando de eliminar las diferentes amenazas, evitando daños a civiles y con un daño colateral mínimo desde una perspectiva de nuestras democracias liberales. Para ello, se discuten, entre otras cosas temas tan variados como: las diferentes estrategias a lo largo de la historia, el uso de diferentes armamentos (desde lanzallamas, armas termobáricas, bombas de racimo, las armas químicas o las minas anti persona, tratando de proponer alternativas a las mismas (36). Así como la documentación generada por ICRC, CIVIC o la NATO, en particular en relación a las prácticas y políticas para proteger civiles durante combates en áreas urbanas, precisamente desde una perspectiva práctica, sin perder de vista los diferentes puntos de vistas presentes en un conflicto en el interior de las ciudades (37).

Minimizar el daño accidental y analizar desde un punto de vista de la proporcionalidad, el daño aceptable que se puede causar a la población civil que se encuentra en un teatro de operaciones es siempre un tema complejísimo que escala rápidamente hacia el nivel político y que impactan las operaciones militares en ambos sentidos (desde abajo o nivel táctico, hacia arriba o nivel estratégico y viceversa). Es un tema complejísimo el cuándo los civiles son informados y saben que un combate está a punto de empezar y son realmente conscientes del daño y el peligro al que se enfrentan. Esto se relaciona con la gestión de la información orientada a los civiles en el área de operaciones y en torno a la planificación militar antes de realizar una operación (38). Cómo todo esto impacta las decisiones que la población civil toma, en estas situaciones, requiere un estudio pausado y en profundidad que está mucho más allá de este artículo.

Operaciones de información

La gestión de la información es otro de los aspectos clave del combate urbano en los que existe un debate muy interesante. Este es un aspecto que se popularizó con el Donbás, pero que ya se hizo patente de una manera descontrolada en batallas como la de Mogadiscio (1993) o la Primera Batalla de Fallujah (Abril-Mayo 2004), donde toda la ofensiva tuvo que ser paralizada debido al excesivo número de bajas civiles que eran mostradas por la prensa a diario. Y es que el control de la información, en especial, en las sociedades occidentales, donde se goza de una libertad de prensa mucho mayor que en otros lugares, resulta difícil, aunque ya se esté empezando a encauzar de una u otra forma. De tal forma que ya hemos asistido a algunos éxitos del control de dicha información, como por ejemplo la Segunda Batalla de Fallujah (Noviembre-Diciembre 2004) y aunque ha pasado sin pena ni gloria y es relativamente poco conocido, el control de la información jugó un papel crucial en los primeros momentos de la Batalla por Marawi (2017) y no solo logró mitigar la expansión de las revueltas en los primeros días, sino que dicho control de la información por parte del gobierno y del ejército filipino también posibilitó la salida de los civiles (en su mayoría musulmanes) de la ciudad y reducir el impacto del “rapto de la ciudad” por parte de las fuerzas de Hapilon/DAESH (39) (40) y constituyéndose así como una herramienta muy útil para minimizar el sufrimiento de civiles que se encuentran en o alrededor de los campos de batalla urbanos y garantizar el éxito de las operaciones o campañas.

Relación de fuerzas

Uno de los debates sobre los que parece haber un relativo consenso es el de la superioridad de fuerzas como multiplicador a la hora de intentar tener éxito cuando se refiere al combate en el interior de las ciudades. Si por ejemplo, ya en la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos habían establecido este ratio en torno a 5:1 para el atacante en ciudades, esto se demostró insuficiente en  el fracasado y mal planteado asalto a Grozny (1994-95) (41). Ejemplos más actuales establecerían una superioridad (no sólo de recursos humanos, sino también de medios) de entre 7:1 y 10:1 (hasta 20:1 en algunos sectores), como por ejemplo en la batalla por Mosul (2016-17). A esto hay que añadirle el hecho de que algunos autores como Arnold y Friore consideran que las ciudades actuales (no hablemos ya de las mega ciudades) son prácticamente imposibles de rodear (42). No nos sorprende pues, que haya autores como Margarita Konaev, que se refieran al combate en ciudades como “(Mega) ciudades que se tragan ejércitos”, haciendo referencia, no sólo a esta evolución en el ratio atacante/defensor requerido, sino también a la escala del problema en comparación con los recursos humanos (43) y materiales disponibles de los diferentes gobiernos (44).

Ejercicios del 43 Commando Royal Marines en el interior del Peñón de Gibraltar en el que se combinaba combate subterráneo, anfibio y asalto vertical en un entorno montañoso y urbano en el contexto del Future Commando Force. (Noviembre 2020) https://twitter.com/RoyalMarines/status/1327286369056645120

Combate subterráneo y combate en túneles (Underground warfare and tunnel warfare)

Cuando el 8 de mayo de 2014 el Hotel Carlton Citadel en Alepo, Siria voló por los aires el fantasma de la guerra de túneles en entornos urbanos se hizo presente. El ataque realizado por parte del Frente Islámico (Islamic Front [Syria]) sobre las tropas gubernamentales asediadas en torno a la ciudadela de Alepo y en el que murieron entre 14 y 50 personas. Se realizó a través de la construcción de un túnel subterráneo a través de las apretujadas líneas del frente y por debajo de los edificios al más puro estilo de la Primera Guerra Mundial. Más de 20 toneladas (sobre todo de material fertilizante) fueron acumuladas en el túnel (de entre 100 y 400 metros de longitud), y tras más de 30 días de trabajo las hicieron estallar al unísono, creando una impresionante pila de escombros (45).

Con la expansión y densificación de las ciudades y el crecimiento exponencial de las infraestructuras, era inevitable que muchas de ellas se construyesen bajo tierra y su uso se convirtiera en un recurso para ambos bandos contendientes. Sin embargo, este aspecto no es nada nuevo, desde el Asedio de Jerusalén (70dC) por las tropas romanas, pasando por los túneles de Gibraltar (s.XVIII), hasta los múltiples complejos de túneles fuera de los asentamientos (Primera Guerra Mundial, Vietnam, Iraq o Siria) o en terreno montañoso (Afganistán o Kurdistán turco), la guerra en los túneles ha sido una constante en la guerra.

Aunque en los últimos años se ha producido un aumento del interés por la guerra en túneles bajo ciudades. Este tipo de combate, requiere, no sólo equipamiento especial (desde munición especial, el uso de animales, pasando por equipos auxiliares de respiración para ambientes con oxígeno reducido, ya que los incendios o las explosiones termobáricas podrían eliminar rápidamente el existente en pequeños complejos de túneles), sino también un entrenamiento y una preparación psicológica especiales. Solo basta escuchar algunas de las entrevistas a algunos de los especialistas que han estado trabajando en el interior de dichos túneles para darse cuenta de los retos que supone en relación a la falta de orientación, comunicación, oxígeno o sonido (46) (47). Sin entrar a valorar la problemática y dificultad de la detección y neutralización (destrucción, pero no solo) de túneles existentes en entornos urbanos donde la densidad de infraestructura subterránea es enorme, el efecto que dichos artificios podrían tener en las construcciones superiores y en las redes de abastecimiento urbanos resulta relevante (48). Lo que es más, la proliferación de túneles por parte de algunos de los actores estatales (Irán, Corea del Norte o China) y no estatales (Al-Qaeda en el Magreb Islámico, Hamas, Daesh, los Cárteles mexicanos o incluso algunos movimientos ecologistas [49]), no parece que vayan a revertir esta tendencia, sino todo lo contrario.

Desde un punto de vista académico, sin duda alguna, el libro más completo que se ha escrito hasta la fecha es “Underground Warfare” (2017) de Daphné Richemond-Barak. En dicho libro, no solo se hace un repaso histórico del uso de túneles (en ambientes urbanos y no urbanos), sino que también aborda el uso de los mismos en las décadas recientes por actores sobre todo no estatales, centrándose particularmente en Oriente Medio. También se realiza un análisis legislativo (políticas, soberanía, legislación, estrategias y métodos) muy intenso centrado en el derecho actual. Cabe una mención especial el último capítulo del libro, centrado en la guerra subterránea en áreas urbanas y en la protección de la población civil (50). Desde un punto de vista táctico, puede encontrarse bastante información en algunas de las listas de lecturas recomendadas sobre el tema (51).

En los últimos años se ha puesto cada vez más énfasis en el entrenamiento en dichos entornos. Por ejemplo, no sólo el Royal Gibraltar Regiment (British Army), realizó en Octubre de 2020 los ejercicios Macaque Malice en el interior de los túneles de Gibraltar (52), sino que posteriormente el 43 Commando Royal Marines les seguiría en Noviembre (2020) con entrenamientos adicionales combinando combate subterráneo, anfibio y asalto vertical en un entorno mixto montañoso y urbano como parte del programa Future Commando Force.

Desde un punto de vista del Ejército de Tierra, la Brigada ‘Rey Alfonso XIII’ de la Legión, recibió la misión de constituir unas unidades experimentales en 2014 (53) y lleva tiempo entrenando y preparándose para este tipo de combate subterráneo. Tanto es así, que aunque ya existían algunas instalaciones preparadas para el combate en el interior de túneles, en Noviembre de 2020 se anunció que en el nuevo proyecto de campo de entrenamiento urbano en Renedo Cabezón (junto a la base militar El Empecinado), se incluiría una red de túneles subterráneos en entornos urbanos de hasta 1.500 metros (54).

Precisamente, se han desarrollado diferentes municiones especializadas para la destrucción de complejos subterráneos y búnkeres, también conocidas como bombas penetradoras, y que también se han utilizado contra edificios civiles, habida cuenta de que las múltiples capas de hormigón armado que suelen constituir las diferentes plantas de los edificios son usadas a menudo como protección por las fuerzas que en ellos se atrincheran. Este tema implicaría hablar más en profundidad sobre el uso de munición explosiva en el interior de las ciudades, lo cual haremos en el siguiente apartado.

43 Commando Royal Marines en el interior del Peñón de Gibraltar (Noviembre 2020). Fuente: https://twitter.com/RoyalMarines/status/1327286369056645120.

Explosivos, bombas y artillería

Otro de los debates que genera mayor controversia es el del uso de la artillería en ciudades. La artillería se ha usado desde la antigüedad contra ellas, pero esto no significa, en absoluto, que su uso esté siempre justificado. Es en esta justificación donde reside el núcleo de la cuestión, la cual se haya en el uso proporcional de la fuerza en relación a la eliminación de una amenaza dada. Dónde están los límites, qué evidencias han de ser recogidas (en forma de ‘Evaluación de Daños en Combate’ o ‘Battle Damage Assessment’) y hasta qué punto podemos hacer responsable a los militares de dicho uso de la fuerza, son las preguntas a responder. Encontrar un consenso general sobre qué es aceptable, resulta demasiado complicado en una sociedad donde todo el mundo quiere dar su opinión, generalmente basada en opiniones con claras orientaciones políticas ya establecidas.

En el pasado, se ha hecho un uso intensivo de artefactos explosivos en el interior de ciudades tanto desde el aire como desde tierra, y existen diferentes casos de estudios de los que se pueden sacar algunas lecciones (Hawijah 2015, Mosul 2016-17 o Raqqa 2017) (55). No obstante, los expertos en el tema, tanto académicos como militares en activo, han apuntado a la artillería de tiro tenso, como una de las herramientas más útiles en el combate urbano para la eliminación de amenazas. Por ejemplo, algunos estudios indican que el uso de artillería de tiro indirecto causaría un ratio de bajas militares versus civiles de un 90% para los primeros, y por tanto la recomendación de artillería de uso directo, parece casi obvia como opción menos mala (56). Durante las últimas décadas, la utilización de municiones de precisión (generalmente guiadas por láser) han ganado popularidad con la finalidad de disminuir el daño entre la población civil.

Sin embargo, existen algunos argumentos en contra del uso de dicho tipo de municiones. En primer lugar las municiones de precisión son caras (aunque abriríamos el debate de cuál es el precio a pagar por la muerte de civiles inocentes en relación al coste de la campaña). Y en segundo lugar, la munición de precisión es tan buena como la inteligencia en la que se basan al usarlas. Sin mencionar que las prestaciones de la mayoría de este tipo de municiones no son las mismas que la artillería convencional, ya que su carga explosiva tiende a no ser lo suficientemente potente contra edificios de piedra u hormigón armado. Tampoco lo son, obviamente, sus efectos en las áreas circundantes, lo cual es una ventaja. Sin embargo, existe una discusión interesante en torno a un fenómeno que ha sido llamado por Amos Fox la “Paradoja de la Precisión”. Según este autor, durante la Batalla de Mosul (2016-17), el problema del uso de munición de precisión presentó una falacia, ya que si bien el daño colateral de dichos ataques es reducido y golpean con una precisión muy elevada, también disminuye el nivel de neutralización de las amenazas que se pretende destruir. De tal forma que cuando nos alejamos y observamos el efecto acumulado de estas armas en el transcurso de la batalla podemos ver que el nivel de destrucción que se produce en la ciudad es muy elevado. Esto tiene que ver con que se observó que, en muchos casos, los enemigos (en este caso, los combatientes del ISIS), sobrevivían y eran capaces de huir a través de los edificios o desplazarse hacia el siguiente edificio y proseguir el combate desde su interior. Debido a la naturaleza de los edificios modernos, muchos construidos con hormigón armado, el efecto de dichas municiones sólo conseguía unos daños muy parciales, de tal forma que los combatientes, que eran el objetivo real, muchas veces no eran neutralizados y seguían con la lucha en otro lugar, creando un bucle de destrucción y creando así nuevos riesgos para los civiles presentes, aumentando también la factura a nivel de reconstrucción. Según el autor, esta paradoja creó una rutina metódica ya que las fuerzas iraquíes se limitaban a perseguir a sus enemigos con municiones precisas pero relativamente poco efectivas a lo largo de la ciudad, poniendo también en peligro el suministro logístico de dichas municiones (57) (58).

La proliferación de nuevos materiales y técnicas de construcción como el hormigón armado han propiciado que los calibres de artillería en torno de 152mm y 155mm con munición de alto explosivo se hayan planteado como las soluciones más óptimas y equilibradas entre el nivel de destrucción colateral y la neutralización de la amenaza, ofreciendo además un gran nivel de penetración para muros de hormigón armado, también para el caso de su uso para la apertura de brechas en los edificios para la introducción de infantería (59). Si bien estos calibres pueden ser seguidos muy de cerca por los 120mm y 125mm de los cañones de los carros de combate modernos, los cuales son usados regularmente como plataformas de tiro directo altamente protegidas. Las nuevas ‘municiones merodeadoras’ (‘loitering munition’, ‘suicide drone’ o ‘ kamizake drone’), armadas con diferentes sistemas y tipos de explosivos (aunque con un uso mucho más especializado dado su baja carga explosiva) darán, sin duda alguna una nueva dimensión a este debate, (60).

En ningún caso se cuestiona la utilización de la artillería en el combate urbano, lo único que queda por resolver, es su grado de empleo. Muchos profesionales se hacen la misma pregunta: ¿Por qué los militares deben destruir una ciudad para salvarla? El problema para contestar esta pregunta es que, realmente, como en todo conflicto, el contexto lo es todo. Que yo conozca, no existe a día de hoy ningún documento doctrinal (ni siquiera el de Estados Unidos, donde la bibliografía es muy extensa como hemos visto anteriormente), ni ninguna guía específica, donde se explique cómo recuperar una ciudad ocupada por el enemigo sin destruirla. Se explica cómo rodearla, cómo atacarla, cómo suprimir objetivos o cómo maniobrar en su interior, pero por desgracia, no hemos sido capaces a día de hoy de encontrar una solución no pactada políticamente para su conquista. Este hecho, pone al descubierto, la dimensión política de la guerra. Por desgracia, y basándonos en los ejemplos históricos conocidos, parece que las restricciones al uso de la fuerza en el interior de ciudades, solo han conducido a mayor destrucción en la misma, como ya hemos explicado (61). Es por esto que para encontrar potenciales soluciones al problema, hacen falta nuevas aproximaciones, nuevas herramientas y estudios desde puntos de vista totalmente diferentes, a veces incluso ilógicos, para no tener que recurrir a la destrucción de la ciudad como la única solución posible para salvarla.

Ataque israelí con municiones de precisión sobre un edificio de Gaza.

Guerra urbana: Contaminación y medio ambiente

Por último, y aunque nos pueda parecer de Perogrullo, los conflictos, particularmente dentro de las grandes ciudades, también producen una cantidad enorme de contaminación medioambiental, no sólo en su interior, sino también en y por las áreas circundantes a ellas. Ejemplos de esto son las grandes catástrofes de vertidos petrolíferos o las grandes deforestaciones cercanas a núcleos urbanos que Wim Zwijnenburg reporta regularmente en lugares como Iraq o Siria durante y después del conflicto. A esto hay que sumarle los restos de contaminación por municiones que nunca fueron recuperadas (uranio empobrecido) en lugares como Iraq, Bosnia-Herzegovina, Serbia o Kosovo (62) o las producidas por productos contaminantes usados en el pasado en la construcción (como por ejemplo asbestos o plomo) que son diseminados a través de los núcleos urbanos debido a las explosiones, la contaminación química debido al vertido y quema de productos almacenados en las urbes o usados durante su construcción y que posteriormente terminan generalmente en los cauces acuíferos superficiales y subterráneos. Sin hablar, claro está, de los mismos proyectiles explosivos no detonados (63).

Las ruinas de una mezquita en la ciudad de Marawi tras la batalla entre las fuerzas gubernamentales filipinas y las tropas del Grupo Maute/ISIS por el centro de la ciudad el 25 de Octubre de 2017. Foto: Fernando G. Sepe Junior. Fuente: https://worldnewsday.org/inside-the-battle-of-marawi/.

Guerra urbana: Herramientas y capacidades

A menudo el debate también se centra en las capacidades (“capabilities”) y herramientas que los diferentes ejércitos tienen para hacer frente al combate urbano. En la mayoría de los casos, generalmente es aceptado que los dos únicos países que tienen capacidades reales para el combate urbano son Israel y Rusia, generalmente debido a una mezcolanza de material, experiencia, entrenamiento y su versión de las reglas de enfrentamiento. Yo me atrevería a añadir a Estados Unidos, China, Francia y Reino Unido a esta lista de países, que si bien no poseen el mismo nivel que el primer grupo, sí serían capaces de llegar a niveles plenamente aceptables.

Si bien, desde un punto de vista militar, se han pedido una variada cantidad de herramientas para hacer frente a los diferentes problemas que el combate en ciudades requiere, como por ejemplo el podcast publicado el 25 de diciembre de 2020 “Todo lo que quiero por Navidades es un set de capacidades de combate urbano” (“All I want for Christmas is an Urban warfare capability set”, un claro guiño a la mítica canción de Mariah Carey “All I want for Christmas is you”) (64)(65), la realidad es que estamos muy lejos de llegar a ellas. En este apartado mencionaremos algunas de ellas y el porqué del interés que despiertan entre los profesionales.

Algunas de las herramientas que resultan imprescindibles para el combate en las ciudades ya han sido discutidas anteriormente en este artículo. Por ejemplo, la artillería autopropulsada de 152/155mm (como por ejemplo el 2S1 Gvozdika, ampliamente utilizado en los conflictos en Chechenia) (66), la importancia de una doctrina específica y simple que dote de las Tácticas, Técnicas y Procedimientos (TTP) necesarios a los combatientes cuando se enfrenten a determinados enemigos (67) o armas con capacidades explosivas suficientes como para traspasar muros de hormigón armado.

Jesus F. Román García
Últimas entradas de Jesus F. Román García (ver todo)

 


Las opiniones expresadas en este documento son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial Ejércitos.

Todos los derechos reservados. Este artículo no puede ser fotocopiado ni reproducido por cualquier medio sin licencia otorgada por la editorial. Queda prohibida la reproducción pública de este artículo, en todo o en parte, por cualquier medio, sin permiso expreso y por escrito de la editorial.


 

Be the first to comment

Leave a Reply