Sobre las generaciones de la guerra

Correcciones a William S. Lind

William S. Lind es uno de los teóricos de la guerra más conocidos de las últimas décadas. Más allá de sus ideas conservadoras, está detrás de alguno de los cambios doctrinales más importantes implementados por las Fuerzas Armadas de los EEUU desde los años 70 y es el padre de conceptos como el de «Guerra de Cuarta Generación». En este artículo, el autor introduce una serie de correcciones o matizaciones a las ideas recogidas por William S. Lind que, esperamos, ayuden a retomar un debate fundamental dentro de los Estudios Estratégicos.

Introducción

Aunque parezca un contrasentido, un trágico contrasentido, la guerra es y ha sido siempre una institución social. En efecto, la guerra aparece en un estadio de civilización suficientemente avanzado como para que alguien considere que algo debe ser defendido a toda costa o cuando pretende apropiarse de algo que en ese momento no le pertenece. En consecuencia, debemos pensar que hay guerras económicas, religiosas, raciales o aquellas que se hacen en defensa de ideas o proyectos políticos.[1]

Toda guerra, por tanto, se apoya en tres pivotes esenciales:

  • Elementos estructurales.
  • Elementos coyunturales.
  • Elementos motivacionales.

Los últimos son los que desembocan en el conflicto abierto y los que se presentan como argumento esencial, pero la realidad esconde los dos pivotes anteriores, mucho más importantes. A saber: Alemania atacó Polonia en 1940 con la excusa de un nimio conflicto fronterizo, pero debajo existía un evidente motivo estructural, la beligerancia intrínseca del nazismo, y otro coyuntural, ambos países, Alemania y Polonia, compartían fronteras. Sin los dos primeros, el tercero hubiera sido poco o nada relevante o, sencillamente, imposible.

Con todo, parece demasiado fácil e, incluso, un punto cínico decir, como indicaba Clausewitz, que la guerra es la política conducida por otros medios. En absoluto, la guerra no es un instrumento político, ni siquiera una continuación de la política que emplea medios diferentes. La guerra es justamente lo contrario de la política, de hecho, la guerra supone la supresión temporal de la política y su sustitución por un sistema sin garantías que se fundamenta en soluciones violentas. Esta ruptura de la estabilidad social, este no equilibrio, nos ha de hacer pensar que la guerra no es política, sino todo lo contrario, es un fenómeno que convierte a la sociedad en mero instrumento bélico, despojándola de derechos y de representación política.

Visto lo anterior, probablemente los periodos de guerra han sido más largos que los de paz, por eso no sería absurdo dedicar al estudio de la guerra mucho más espacio en historia, sociología, psicología, filosofía y política, como plantea Pablo Bonavena en el arranque de su trabajo Lo extraordinario y lo normal en las teorías sociológicas.[2]

Por supuesto que esta sugerencia también incluye a la historia de la literatura donde, desde la Ilíada hasta Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990) de Tim O’Brien, por citar una pasmosa novela de guerra de las últimas décadas, forman un arsenal ingente de materiales que, sin una aproximación acertada al fenómeno, necesariamente pasan desapercibidos.

Así, sin saber nada de cómo pudo ser la vida del soldado en campaña, multitud de detalles quedan subyugados a una mera interpretación impresionista, poco realista e incapaz de entender el auténtico drama que se está relatando. A modo de ejemplo: en la Ilíada, el material con el que están hechas las armas, el bronce, ya nos indica el estado de la metalurgia y, en consecuencia, podemos datar el momento en el que se desarrollan los hechos. Lo mismo ocurre en la novela de O’Brien: las armas dan fe del momento en el que se sitúan los acontecimientos.

Eliminar o aminorar el estudio y el impacto de las guerras, ¿no podría ser visto como tergiversación de los hechos? ¿No es un modo de ocultación, una manera cómoda de abordar otras cuestiones al tiempo que se deja apartado el estudio de la guerra y se opta por menospreciar su examen, siendo la guerra de tan capital importancia y, sin visos actuales de modificación, abiertamente conforma el acontecer cotidiano? Esta ocultación, además, entraña un error de dimensiones más que considerables, pues del conocimiento de la naturaleza de la guerra, de los tipos de guerra, dependerá sin duda la manera de abordarla, esto es, de evitarla.

En síntesis, no se puede leer Tempestades de acero de Jünger sin saber qué era y qué suponía la artillería en la I Guerra Mundial. En la biografía que André Maurois escribió de Napoleón[3] hay una nota en la que aparece un Bonaparte, en plena campaña de Rusia, momentos antes de Borodino, concentrado y pensativo. Se le acerca Ney, nervioso ante lo que ve delante. Entonces, el emperador le espeta: ¡qué tragedia son las guerras, parados en un puente y sin saber qué será de nosotros dentro de unos momentos! Eso dice el hombre que trajo la guerra a Europa, que hizo combatir a sus ejércitos por toda la geografía del continente, que luchó en Egipto y, lo que ahora nos importa, que pensaba que la guerra era un medio adecuado para extender su pensamiento, heredero, a su manera, de las ideas revolucionarias francesas. Consecuencia: no se puede seguir leyendo una vida sin atender a que, en sus más íntimas convicciones, Napoleón creía que la guerra era índice de modernidad, aunque en Rusia, lógicamente, tuviera momentos de duda. Tal binomio, guerra y cambio social, se ha mantenido en las guerras revolucionarias del siglo XX, desde China a Cuba y Nicaragua, etc.

Todo ese posicionamiento, es decir, la subrogación del estudio de la guerra a un segundo o tercer plano, que no la evita ni disminuye su rastro, es debido al influjo de autores como Comte,[4] cuyo interés en la Filosofía positiva (1830) se decantaba precisamente hacia los momentos de paz, entendiendo por ello que daba las guerras como etapa superada, punto desde luego muy poco realista, sobre todo si se atiende a las fechas ya que, desde esa época, se han sucedido decenas de conflictos armados y, a pesar de ello y contradiciendo a Comte, la humanidad ha progresado sin paliativos.

A modo de cierre, y más de un siglo después, Arnold J. Toynbee publicó War and civilization (1950). El argumento principal quizá era que una civilización es un modelo de cultura, un modus vivendi que genera un conjunto de instituciones. Pero dentro de esas instituciones, añadimos, no cabe duda que también debe considerarse la guerra. Sin embargo, Toynbee no coincide con esa apostilla, poniendo en el mismo plano guerra ―y estudio de la guerra, en consecuencia― con militarismo. Grave conflicto, se podría pensar, pues no debería confundirse en absoluto militarismo con estudio de la guerra, incluso, con estudios acerca de la teoría de la guerra. Visto así, Toynbee pone en el plano de su crítica el militarismo de corte prusiano como inmediato responsable del militarismo germánico, que tan recientemente ha perdido la guerra. De hecho, su tesis fue compartida por los aliados, pues Prusia fue borrada de la faz de Europa el 25 de febrero de 1947 por mandato de los aliados. Seguramente, Prusia fue de las pocas naciones con una historia de siglos que desapareció administrativamente tras una condena parecida.[5]

Ahora bien, Toynbee no cita el caso francés, aunque Francia haya sido seguramente la nación europea que más guerras ha suscitado desde siempre, ni tampoco a Inglaterra, un caso similar, ni, por supuesto, a la URSS, cuyo apego al militarismo, quizás en 1941 como defensa propia, pero de forma y manera abiertamente ofensiva después de esa fecha, está palmariamente probado. El militarismo en Toynbee, peligro temible, desde luego, remite a otra cosa, y dados sus posicionamientos políticos y la fecha en que escribe, la inmediata posguerra, lo hace sin rubor.

El arco que se puede trazar entre Comte y Toynbee, con mil autores por medio, ha permitido desarrollar buena parte de las consignas y los resquemores que han impedido y relegado el estudio de la guerra hasta muy avanzado el siglo XXI.

Portada del libro «War and Civilization», de Arnold J. Toybee.

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