Sobre las generaciones de la guerra

Correcciones a William S. Lind

William S. Lind es uno de los teóricos de la guerra más conocidos de las últimas décadas. Más allá de sus ideas conservadoras, está detrás de alguno de los cambios doctrinales más importantes implementados por las Fuerzas Armadas de los EEUU desde los años 70 y es el padre de conceptos como el de «Guerra de Cuarta Generación». En este artículo, el autor introduce una serie de correcciones o matizaciones a las ideas recogidas por William S. Lind que, esperamos, ayuden a retomar un debate fundamental dentro de los Estudios Estratégicos.

Introducción

Aunque parezca un contrasentido, un trágico contrasentido, la guerra es y ha sido siempre una institución social. En efecto, la guerra aparece en un estadio de civilización suficientemente avanzado como para que alguien considere que algo debe ser defendido a toda costa o cuando pretende apropiarse de algo que en ese momento no le pertenece. En consecuencia, debemos pensar que hay guerras económicas, religiosas, raciales o aquellas que se hacen en defensa de ideas o proyectos políticos.[1]

Toda guerra, por tanto, se apoya en tres pivotes esenciales:

  • Elementos estructurales.
  • Elementos coyunturales.
  • Elementos motivacionales.

Los últimos son los que desembocan en el conflicto abierto y los que se presentan como argumento esencial, pero la realidad esconde los dos pivotes anteriores, mucho más importantes. A saber: Alemania atacó Polonia en 1940 con la excusa de un nimio conflicto fronterizo, pero debajo existía un evidente motivo estructural, la beligerancia intrínseca del nazismo, y otro coyuntural, ambos países, Alemania y Polonia, compartían fronteras. Sin los dos primeros, el tercero hubiera sido poco o nada relevante o, sencillamente, imposible.

Con todo, parece demasiado fácil e, incluso, un punto cínico decir, como indicaba Clausewitz, que la guerra es la política conducida por otros medios. En absoluto, la guerra no es un instrumento político, ni siquiera una continuación de la política que emplea medios diferentes. La guerra es justamente lo contrario de la política, de hecho, la guerra supone la supresión temporal de la política y su sustitución por un sistema sin garantías que se fundamenta en soluciones violentas. Esta ruptura de la estabilidad social, este no equilibrio, nos ha de hacer pensar que la guerra no es política, sino todo lo contrario, es un fenómeno que convierte a la sociedad en mero instrumento bélico, despojándola de derechos y de representación política.

Visto lo anterior, probablemente los periodos de guerra han sido más largos que los de paz, por eso no sería absurdo dedicar al estudio de la guerra mucho más espacio en historia, sociología, psicología, filosofía y política, como plantea Pablo Bonavena en el arranque de su trabajo Lo extraordinario y lo normal en las teorías sociológicas.[2]

Por supuesto que esta sugerencia también incluye a la historia de la literatura donde, desde la Ilíada hasta Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990) de Tim O’Brien, por citar una pasmosa novela de guerra de las últimas décadas, forman un arsenal ingente de materiales que, sin una aproximación acertada al fenómeno, necesariamente pasan desapercibidos.

Así, sin saber nada de cómo pudo ser la vida del soldado en campaña, multitud de detalles quedan subyugados a una mera interpretación impresionista, poco realista e incapaz de entender el auténtico drama que se está relatando. A modo de ejemplo: en la Ilíada, el material con el que están hechas las armas, el bronce, ya nos indica el estado de la metalurgia y, en consecuencia, podemos datar el momento en el que se desarrollan los hechos. Lo mismo ocurre en la novela de O’Brien: las armas dan fe del momento en el que se sitúan los acontecimientos.

Eliminar o aminorar el estudio y el impacto de las guerras, ¿no podría ser visto como tergiversación de los hechos? ¿No es un modo de ocultación, una manera cómoda de abordar otras cuestiones al tiempo que se deja apartado el estudio de la guerra y se opta por menospreciar su examen, siendo la guerra de tan capital importancia y, sin visos actuales de modificación, abiertamente conforma el acontecer cotidiano? Esta ocultación, además, entraña un error de dimensiones más que considerables, pues del conocimiento de la naturaleza de la guerra, de los tipos de guerra, dependerá sin duda la manera de abordarla, esto es, de evitarla.

En síntesis, no se puede leer Tempestades de acero de Jünger sin saber qué era y qué suponía la artillería en la I Guerra Mundial. En la biografía que André Maurois escribió de Napoleón[3] hay una nota en la que aparece un Bonaparte, en plena campaña de Rusia, momentos antes de Borodino, concentrado y pensativo. Se le acerca Ney, nervioso ante lo que ve delante. Entonces, el emperador le espeta: ¡qué tragedia son las guerras, parados en un puente y sin saber qué será de nosotros dentro de unos momentos! Eso dice el hombre que trajo la guerra a Europa, que hizo combatir a sus ejércitos por toda la geografía del continente, que luchó en Egipto y, lo que ahora nos importa, que pensaba que la guerra era un medio adecuado para extender su pensamiento, heredero, a su manera, de las ideas revolucionarias francesas. Consecuencia: no se puede seguir leyendo una vida sin atender a que, en sus más íntimas convicciones, Napoleón creía que la guerra era índice de modernidad, aunque en Rusia, lógicamente, tuviera momentos de duda. Tal binomio, guerra y cambio social, se ha mantenido en las guerras revolucionarias del siglo XX, desde China a Cuba y Nicaragua, etc.

Todo ese posicionamiento, es decir, la subrogación del estudio de la guerra a un segundo o tercer plano, que no la evita ni disminuye su rastro, es debido al influjo de autores como Comte,[4] cuyo interés en la Filosofía positiva (1830) se decantaba precisamente hacia los momentos de paz, entendiendo por ello que daba las guerras como etapa superada, punto desde luego muy poco realista, sobre todo si se atiende a las fechas ya que, desde esa época, se han sucedido decenas de conflictos armados y, a pesar de ello y contradiciendo a Comte, la humanidad ha progresado sin paliativos.

A modo de cierre, y más de un siglo después, Arnold J. Toynbee publicó War and civilization (1950). El argumento principal quizá era que una civilización es un modelo de cultura, un modus vivendi que genera un conjunto de instituciones. Pero dentro de esas instituciones, añadimos, no cabe duda que también debe considerarse la guerra. Sin embargo, Toynbee no coincide con esa apostilla, poniendo en el mismo plano guerra ―y estudio de la guerra, en consecuencia― con militarismo. Grave conflicto, se podría pensar, pues no debería confundirse en absoluto militarismo con estudio de la guerra, incluso, con estudios acerca de la teoría de la guerra. Visto así, Toynbee pone en el plano de su crítica el militarismo de corte prusiano como inmediato responsable del militarismo germánico, que tan recientemente ha perdido la guerra. De hecho, su tesis fue compartida por los aliados, pues Prusia fue borrada de la faz de Europa el 25 de febrero de 1947 por mandato de los aliados. Seguramente, Prusia fue de las pocas naciones con una historia de siglos que desapareció administrativamente tras una condena parecida.[5]

Ahora bien, Toynbee no cita el caso francés, aunque Francia haya sido seguramente la nación europea que más guerras ha suscitado desde siempre, ni tampoco a Inglaterra, un caso similar, ni, por supuesto, a la URSS, cuyo apego al militarismo, quizás en 1941 como defensa propia, pero de forma y manera abiertamente ofensiva después de esa fecha, está palmariamente probado. El militarismo en Toynbee, peligro temible, desde luego, remite a otra cosa, y dados sus posicionamientos políticos y la fecha en que escribe, la inmediata posguerra, lo hace sin rubor.

El arco que se puede trazar entre Comte y Toynbee, con mil autores por medio, ha permitido desarrollar buena parte de las consignas y los resquemores que han impedido y relegado el estudio de la guerra hasta muy avanzado el siglo XXI.

Portada del libro «War and Civilization», de Arnold J. Toybee.

Guerra y polemología

La excepción viene cuando se lee a Gaston Bouthoul. Desde una óptica diferente, y atendiendo a que Bouthoul no predica precisamente las bondades de la guerra, el autor francés[6] se inclina por un estudio sistemático y no lo hace desde posiciones belicistas o simplemente porque le interese desarrollar aspectos trágicos arraigados desde siempre en las oscuras esquinas del cerebro humano[7], sino porque, como argumenta en su Lettre ouverte aux pacifistes de 1972, algo tan tremendo como la guerra debe abordarse con un método científico preciso pues, en primer lugar, con tal procedimiento se consigue eliminar del concepto de la guerra esa proverbial identificación que le confiere aspectos legendarios, míticos y hasta místicos. La guerra, dice Bouthoul, no es ni contiene nada sagrado, es una institución propia de la fenomenología social que, por lo general, está mal entendida y peor estudiada. En definitiva, porque el científico odie ciertas bacterias no puede dejar de estudiarlas, precisamente para combatirlas.

Por otra parte, Bouthoul propone[8] tres problemas que impiden el abordaje polemológico con alguna posibilidad de éxito:

  • Una idea preconcebida acerca de la guerra que hace que los opinantes, aun sin haber vivido ninguna, sean capaces de lanzar argumentos intuitivamente. Tal es el énfasis de algunos críticos que un posible estudio por su parte se esfuma en ese mismo ardor.
  • El segundo problema es la creencia de que la guerra no sólo es opinable, sino que es decidible, cuando son los afectados los que están inmersos en la guerra y no los controladores del fenómeno. Jamás una batalla la deciden los soldados, a veces son los generales y la mayoría de ocasiones, las circunstancias. Luego hay que dejar un espacio a ese proceso entrópico para comprender el asunto.
  • El tercer asunto es que la guerra está regida por leyes que proceden de legislación internacional. El Derecho de Guerra no es negable, desde luego, aunque ese mismo derecho probablemente no sea capaz de detener ni siquiera un solo conflicto.

La guerra para Bouthoul tiene siempre, aunque sea en menor medida, aspectos económicos. Contrariamente a lo que podría parecer, el sociólogo francés indica que una sociedad satisfecha guarda tendencias belicistas en mayor medida que una sociedad empobrecida. Y lo dice precisamente porque esa sociedad mantiene una preponderancia tecnológica y eso le da una determinada superioridad psicológica. De hecho, Bouthoul considera la guerra como una actividad que sólo se da en sociedades con tal nivel de excedentes, tanto materiales como humanos, que es capaz de suspender sus habituales actividades económicas para consumir desaforadamente esos excedentes. 

En definitiva, Bouthoul indica que la guerra no desaparece como opción social a través de tratados o de acuerdos transnacionales, sino desplazando sus terribles consecuencias a eventos deportivos, por ejemplo, donde el impulso bélico está razonablemente controlado o a otras actividades similares. Esto último, por ingenuo que pudiera parecer, nos introduce en otro tema del que obviamente no daremos cuenta, el del deporte, la cultura o las empresas como sustitutos de la guerra.

Portada del «Tratado de Polemología» de Gaston Bouthoul.

Guerra y sociedad

Pues bien, a medida que cambia la complejidad de las circunstancias variará el modelo de defensa o de ataque. Así, en el momento en que el atacante integre armas superiores, el defensor deberá responder con algo también distinto y eficaz, de manera que se mantenga una simetría[9] capaz de hacer frente a la amenaza. El éxito del atacante o del defensor vendrá cuando se rompa esa simetría. Y tales cambios, producidos por la necesidad de responder a las circunstancias, se dan en un ambiente concreto, esto es, en un espacio ecológico preciso.

Ese espacio concreto prefigura una sociedad concreta ―una sociedad abierta, democrática, o una sociedad cerrada, gobernada por un tirano― y a cada una le corresponde un modelo diferente de guerra, como había escrito el general Clausewitz. La historia, psicología, la filosofía y la sociología también han de estudiar si diferentes sociedades hacen guerras diferentes. En otras palabras, ¿una dictadura militar guerrea de forma distinta a como lo hace una democracia? Por supuesto nos referimos a cuestiones operativas, de estrategia, de táctica y de logística, y no a aspectos derivados del estatus político.

El mantenimiento en el equilibrio de la simetría o la superación definitiva de la misma conlleva la creación de elementos capaces de hacer frente al enemigo con garantías, por eso mismo surgen novedades tales como el blindaje del combatiente, las nuevas armas o las fortificaciones.

En efecto, primero las empalizadas y después los muros,[10] suponen uno de los elementos clave de la civilización. ¿Por qué motivo? Porque la seguridad y la supervivencia son los fundamentos de esa misma civilización y porque para conseguirlas de forma operativa se emplean recursos que implican desarrollar aspectos que, de otro modo, posiblemente nunca habrían sido puestos en marcha. Valgan los inventos del telégrafo y, más recientemente, del radar como ejemplos evidentes. En otras palabras, y es la tesis de Alvin y Heidi Toffler en War and Anti War,[11] el modo en que una sociedad es capaz de hacer la guerra es el mismo en que es capaz de desarrollarse. Así, y parece una obviedad, podemos ver que a una sociedad anclada en etapas medievales corresponde un tipo de guerra también medieval, pero a medida que avanza y entra en determinado desarrollo industrial, la guerra cambia como resultado y como integración de múltiples factores, aquellos que la llevarán de una sociedad agraria a una industrial y después a un cierto nivel tecnológico.

Pero, y lo decíamos al principio, desde el preciso momento en que se da el primer conflicto armado, la guerra se vuelve una institución. Ya sea a través de individuos enrolados ocasionalmente, ya sea a través de una organización profesional, la guerra es un fenómeno al que hay que poder responder si se quiere sobrevivir. Naturalmente, existen medios de menor intensidad, véase la diplomacia, que consigue apagar el fuego de la guerra en ocasiones y que se prolonga en líneas paralelas mientras dura el conflicto, siempre dispuesta a suspender las armas y encauzar la lucha a través de negociaciones. No olvidemos, sin embargo, que al diplomático le conviene, para realizar su cometido con mayores posibilidades de éxito, que las armas hayan dispuesto una situación ventajosa que sin duda sabrá emplear.

Portada de War and Anti-War de Alvin y Heidi Toffler.

La comprensión de la guerra

Tales circunstancias pueden ser vistas desde muchos ángulos. En otras palabras, la guerra ha de ser entendida en virtud de las sociedades que la padecen y, como intercambio de variantes que al cabo es, la guerra presenta cualidades que, desde luego, integran una determinada clasificación mucho más compleja que la presentada en párrafos anteriores.

Una o muchas, porque los estudios al respecto se disgregan en diferentes opciones. Se trata, en definitiva, de un formalismo taxonómico. Unos autores discrepan de otros en virtud de circunstancias a veces discutibles, adjudicando valores y viendo diferencias donde en realidad no las hay. Por ejemplo, la batalla mecanizada puede tener muchos puntos en común con las campañas de las legiones romanas si se atiende a que no es la tecnología el elemento diferenciador, sino el concepto de guerra y ocupación del territorio.

Y, del mismo modo, la guerra de Vietnam puede asemejarse en cuanto a guerra, y no en sus características políticas, a la invasión napoleónica de España en 1808. En ambos modelos aparece el concepto de pueblo en armas, esto es, la guerra revolucionaria llevada a cabo en Vietnam por Ho Chi Ming (cuyo mentor era Mao Tse Tung, naturalmente) tiene un parangón extraordinario en la guerra de Independencia en España (1808-1814), donde el elemento regular, esto es, el ejército real, quedó en gran medida a merced de José I, sublevándose después y manteniendo escaso éxito hasta la llegada del contingente británico, a saber, Wellington y los regimientos portugueses. No obstante, y sobre todo en los últimos años del conflicto, las guerrillas comandadas por el estamento civil (véase Espoz y Mina, el Empecinado, Chaleco, etc.) supusieron para el ejército invasor una preocupación nada menor pues, si bien no combatían en batallas campales, con una estrategia reglada, su táctica era intermitente pero implacable. Se trataba, desde luego, de otro tipo de guerra, manifiestamente asimétrica, pero especialmente letal, y no era en absoluto una guerra híbrida, ni tan siquiera compuesta, pues no hubo nunca coordinación estratégica ni dirección unificada. Volveremos a este punto más adelante.

De este modo, tanto el avance de las legiones como la mecanización, si estamos de acuerdo, hay que poder ubicarlas en un mismo tramo, en una misma generación, apropiándonos del concepto de guerras de generación que puso de moda William S. Lind en sus obras.

Portada de «4th Generation Warfare Handbook» de William S. Lind y Gregory A. Thiele.

Las generaciones de la guerra según William S. Lind

Centrándonos ya en nuestro propósito más inmediato, la clasificación de las guerras, veamos que existen otras posibilidades además de la presentada por William S. Lind. Tipificaciones muchas veces obsoletas, basadas en conceptos periclitados, pero útiles en su momento: guerra no convencional, irregular, limitada, localizada, de baja intensidad, de bloques, de aproximación indirecta (Liddell Hart), de desgaste (atrición), guerra fría, blanda, híbrida (fuerzas convencionales e irregulares que combaten unidas), económica, desordenada, de maniobra, guerra nuclear (concepto desusado pero digno de memoria), guerras de primera, segunda o tercera ola.

Ahora bien, el modelo que con gran éxito introduce William S. Lind en Comprendiendo la Guerra de Cuarta Generación[12] adolece, a nuestro parecer, de varios problemas.

Tal planteamiento no es un error, desde luego, sino la deliberada consecuencia del prototipo: Lind habla de guerra moderna y, como tal, sitúa el arranque de su idea a mediados del XVII, estableciendo como guerra de primera generación un momento muy tardío, el cierre de la guerra de los Treinta Años (Paz de Westfalia, 1648), con lo que deja fuera del esquema las guerras antiguas, que sin duda deben tener lugar en una clasificación completa. Efectivamente, si la primera generación se sitúa en 1648, con el surgimiento de los estados nacionales, ¿dónde queda la batalla de las Termópilas, la guerra del Peloponeso, Canas, Zama o Lepanto?

El segundo problema supone cierta dispersión de contenidos que entorpece la comprensión de la propuesta, como sería, por ejemplo, la definición de frente o la ausencia de la ideología como factor clave de movilización, además de la decepcionante desestimación de la inteligencia militar como motor capaz de diagnosticar, prevenir y aconsejar el tipo de intervención que se puede a llevar a cabo.

En consecuencia y adaptando la terminología del propio Lind, lo que es una apropiación, si bien respetuosa, proponemos una escala mucho mayor. A saber: desde la primera generación hasta la octava. Vayamos por partes.

Guerra de primera generación es aquella en la que un ejército se enfrenta a un grupo desorganizado que se puede denominar horda, así, los movimientos de las tropas enemigas son una avalancha de cierto contingente que presiona un punto determinado. La horda acude a la batalla sin formación, como una masa resuelta que se confía al número de combatientes. El resultado de la batalla no es otro que la suma de las luchas individuales. Tal manera de combatir pronto se vio enfrentada a las falanges griegas y al orden de las legiones romanas, con el resultado de todos conocido. Tales guerras eran profundamente asimétricas, tanto desde el punto de vista de la estrategia como de la conducción de los ejércitos o en el uso de medios no convencionales.

En la guerra de segunda generación los ejércitos, que son organismos dependientes de reyes o estados, presentan elementos simétricos y son conducidos por jefes que responden a una determinada jerarquía. La simetría estriba en el uso de infantería, caballería y artillería aproximadamente en las mismas proporciones. Ambos contendientes buscan un lugar preciso, dependiendo de las conveniencias para el contacto, moviendo los ejércitos a veces durante largas marchas y contramarchas. Finalmente, los regimientos se alinean en formaciones rígidas, de difícil evolución, confiando a la cadencia de fuego la eficacia en la sucesión por escalones de los tiradores.

Estas formaciones rígidas presentan flancos muy vulnerables y su maniobrabilidad es lenta, por no decir inexistente, con lo que los comandantes ubican escuadrones en los laterales con el fin de protegerlos y disuadir al enemigo de embestirlos, dada la rapidez mucho mayor de la caballería.

La victoria depende de la capacidad de los mandos para entender la operación, el terreno sobre el que se combate y las fuerzas antagonistas. La victoria supone la destrucción del adversario, pero raramente la conclusión de la guerra. El objetivo siempre es político y depende de políticos y diplomáticos la paz y sus consecuencias. Independientemente de la potencia de fuego empleada, del acopio de artillería o de los millones de obuses disparados: tanto Waterloo como el Somme, Blenheim, Poltava o Verdun fueron batallas circunscribibles a guerras de segunda generación.

Conviene advertir que, desde la revolución francesa, la ideología forma parte del elemento emocional del combatiente. En efecto, un factor que no debe obviarse es la calidad y sobre todo la motivación de los combatientes, que pueden subvertir un planteamiento táctico muy competente a través de su empeño, aspecto que raramente sucedía con anterioridad.

Esa misma ideología se transforma en el coronel Charles Ardant du Picq en sus Études sur le combat. Combat antique et combat moderne[13] en moral del combatiente:

C’est la supériorité morale qui décide de la victoire, même avec un handicap physique.

De tal manera que el asalto masivo en formación abierta a las posiciones enemigas, tras el ablandamiento de la artillería, se convierte en doctrina que llegará hasta las trincheras de la I Guerra Mundial[14] , y que se mantuvo en boga mientras militares como Douglas Haig mandó las fuerzas británicas.

Hay que recordar que el absurdo heroísmo que Haig pretendía de sus soldados también hizo mella en comandantes norteamericanos como Pershing, quien siempre mantuvo una especial admiración por el mariscal, a pesar de que fue un joven Patton quien mandó ―durante muy poco tiempo en aquella guerra, desde luego― una de las primeras formaciones de blindados que atacaron posiciones alemanas.

Ardant du Picq planteó con semejante pensamiento un cierto reencuentro con lo que había sido el movimiento de la horda, pero ahora la cantidad del atacante tenía que desbordar la densidad del fuego de las ametralladoras, con el siguiente resultado: miles de bajas sacrificadas a una táctica completamente errónea que suponía que el ardor del soldado lo haría sobrevivir a las balas enemigas. Responsable de tal manera de combatir era el famoso silbato del comandante de batallón que hacía salir de las trincheras y correr hacia las alambradas enemigas a hombres que tenían muy pocas posibilidades de llegar con vida.

En las guerras de tercera generación aparece la velocidad como ingrediente supremo, lo que inmediatamente implica la determinación de un objetivo. Tal cúmulo de cosas exige la aparición de la estrategia como elemento clave. Así, la estrategia obliga a un determinado comportamiento táctico. La logística, que siempre ha sido clave en cualquier guerra (aquí deben incluirse tanto las líneas de abastecimiento de Napoleón en Rusia como las de Hitler en el mismo territorio), se hace indispensable: desde munición a sistemas de potabilización o lavadoras, en su versión más moderna.

La velocidad implica simultaneidad, esto es, un contingente de soldados puede combatir en un punto y, cuatro horas después, en otro muy alejado. Valga como ejemplo el uso del ferrocarril en la guerra civil norteamericana de 1861-1865 y en la franco-prusiana de 1870-1871. Uso tanto para el transporte de tropas como para el mantenimiento de una logística que ahora podía almacenarse en la profundidad de la retaguardia, y no quedar expuesta a un repentino giro de la batalla.

Pero, ¿por qué la velocidad implica una determinada estrategia? Simplemente porque el tiempo en batalla es caro, el mantenimiento de un ejército en campaña es alto[15] y un golpe certero puede precipitar la toma de decisión del enemigo, esto es, la capitulación, en palabras del general André Beaufre.[16]

Pero la velocidad puede depender de elementos no estrictamente militares ―como el telégrafo, la capacidad industrial y el ferrocarril―, sino de criterios estratégicos. A saber, una vez determinado el objetivo, la guerra de cuarta generación presenta perfiles muy diferenciados: se trata de la Batalla Profunda (Глубокая операция / glubokaya operatsiya/) pensada por Mijail Tujachevski, Vladimir Triandafillov y Georgi Isserson, entre los más señalados, y ejecutada por los generales Iván Cherniakovski y Georgi Zhukov, pese a la expresa prohibición inicial de Stalin.

Ciertamente hay semejanzas con la Blitzkrieg (que Lind asigna a la tercera generación) diseñada por el general von Seeckt[17] y puesta en marcha por Guderian, Rommel, Manstein y otros en la II Guerra Mundial. En ocasiones se ha dicho que se trata de idéntico asunto, pero desde diferentes perspectivas. Evidentemente, hay similitudes, aunque la Blitzkrieg se funda en la velocidad, esto es, en una ofensiva velocísima que produce el colapso en el enemigo.

La Batalla Profunda, no obstante, tiene elementos distintos y responde seguramente a un diseño más complejo. Ya no se trata de pensar el espacio de guerra frontalmente, sino de concebirlo en toda su extensión, esto es, incluyendo la profundidad, a saber: todo aquello que sostiene la vanguardia operativa para que pueda desarrollar determinados movimientos tácticos. El ataque en profundidad supone plantear la batalla admitiendo una tercera dimensión, no ya la longitud del frente y la anchura de los flancos, sino también la distancia y la profundidad hasta las bases del atacante. Surge necesariamente, y en ese momento, el concepto de simultaneidad que, para efectuar el ataque con posibilidades reales de éxito, debe coordinar tanto las acciones como los medios empleados.[18]

Este patrón de combate pretende causar la destrucción del enemigo desde la retaguardia hacia adelante ―atacando y destruyendo el mando, la concentración logística y las comunicaciones―, justo al contrario de los modelos anteriores, que combatían desde la vanguardia hacia la profundidad de la retaguardia. Se supone que una vez el centro de gravedad ha sido tocado ―eliminado―, el ejército enemigo colapsará en sus diversos escalones, provocando la inmediata capitulación. La Batalla Profunda se desarrolla con el ataque inicial de un primer grupo que tritura las líneas de vanguardia del enemigo, siendo seguido por un segundo bloque de fuerzas mecanizadas que apoya y perfecciona la ruptura. Entre tanto, la aviación castiga la profundidad logística y diversos grupos mantienen operaciones tácticas en los flancos, de modo que la brecha no se cierre.

En las guerras de quinta generación desaparece el frente para hacerse teatro de guerra todo el territorio enemigo, independientemente de su adscripción militar o no. Ahí tiene un papel determinante la aviación. La clave de este cambio está en el teórico italiano Giulio Douhet que, en 1927, diseñó y describió en su libro Il dominio dell’aria[19] las bases del bombardeo aéreo de ciudades, explicando que tan bárbaro expediente se hacía necesario para provocar el pánico de una población más o menos inerte (Douhet no tuvo excesivamente en cuenta la eficacia de la artillería antiaérea, muy primitiva en su época) como paso necesario para conseguir el derrumbe del mando, tanto militar como político, que se vería impelido a capitular. Los ejemplos son palmarios: Guernica y Cabra en la guerra española de 1936-39, los bombardeos alemanes en Holanda y los de los aliados en Alemania y, por fin, Hiroshima y Nagasaki. Salvando las diferencias en armamento y en los medios utilizados,[20] la extensión del concepto de campo de batalla a la población civil es idéntico.

Hasta aquí las diferentes taxonomías de la guerra presentan un ingrediente continuo: la búsqueda de la capitulación definitiva del enemigo, algunas veces, como defendía Clausewitz, tras la batalla decisiva librada en un escenario no muy grande, a pesar de que tal teoría fue definitivamente olvidada tras la I Guerra Mundial. Hasta cierto punto, la teoría de la batalla decisiva había funcionado en la guerra franco-prusiana de 1860 y en la guerra de secesión norteamericana, nos referimos objetivamente a las batallas de Sedan en la que fue capturado Napoleón III y Gettysburg, donde Lee fue derrotado por el general Meade.

De tal modo que la propia claudicación (que se va produciendo por escalones), necesariamente implica la destrucción y la aniquilación del oponente, la ocupación del territorio y las medidas consecuentes. Con independencia de la época y del grado de industrialización, como se vio en Alemania, esas son las premisas de las generaciones de guerra anteriores.

Ahora bien, y con diferencia de lo dicho y como línea divisoria absoluta, la guerra de sexta generación se caracteriza por la supresión del frente continuo en el que el enemigo se vuelve ubicuo e invisible. Se trata de una guerra difusa, a veces denominada híbrida, en la que en ocasiones ese enemigo es tratado como terrorista. Tal enemigo se mimetiza con el elemento civil y combate a su lado, utilizándolo como escudo humano. Y véase que la guerra de guerrillas se lucha desde los flancos o contra la retaguardia, jamás en el centro o frente a la vanguardia.

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