Unas Fuerzas Armadas para todos los españoles

Por un (relato) mínimo común en materia de Defensa

Militar español otea el horizonte. Fuente - Ministerio de Defensa
Militar español otea el horizonte. Fuente - Ministerio de Defensa

Las Fuerzas Armadas son de todos y para todos los españoles, eso es una obviedad. Sin embargo, la sociedad española está cada vez más polarizada y esto afecta también a la percepción que de ellas se tiene. Las Fuerzas Armadas, asociadas por una parte de la ciudadanía a la dictadura franquista -por más que esta sea una gota de agua en una historia de siglos y hayan demostrado una y otra vez su carácter democrático-, algo que los partidos explotan sin sonrojo, se ven especialmente afectadas por esta polarización, convirtiéndose en objeto tanto de odios infundados como, en ocasiones, de una defensa ciega. Para su supervivencia, no obstante, de lo que necesitan es de un pacto de Estado. Un acuerdo que por fuerza ha de construirse sobre la base de aquellas funciones y valores que constituyan un mínimo común múltiplo aceptable por una sociedad muy diferente a la de la Transición.

En los últimos meses las Fuerzas Armadas han vivido igual que si estuviesen montadas en una montaña rusa, pasando de ganarse el afecto de la ciudadanía gracias a su esfuerzo en la operación Balmis y ser víctimas de las salidas de tono de una serie de militares retirados en los que se hablaba sobre purgas y golpes de estado. Por supuesto, si la lucha contra el COVID-19 no es más que una parte mínima de todo lo que las Fuerzas Armadas hacen por España, su seguridad y su bienestar en el día a día -y eso es algo que no sabemos explotar como se debiera-, tampoco los comentarios de un grupo de exaltados representan a una institución que, con más de 100.000 empleados, si por algo se caracteriza es por su pluralidad. Cualquiera que haya formado parte de ella sabrá que en su seno se puede encontrar de todo, desde comunistas convencidos a votantes de extrema derecha, siendo la inmensa mayoría gente «normal» como no podía ser de otra forma. Personas con un gran amor a España y a su trabajo, pero cuyas preocupaciones están muy lejos de la política y a las que los extremismos les producen el mismo sarpullido que a quien escribe. No olvidemos que las FAS son una representación de la sociedad, incluso aunque pudiera haber entre quienes dan el paso de servir(nos) un pequeño sesgo ideológico.

Dicho esto, ya en clave de política nacional, la llegada de Podemos al Gobierno ha tenido cierto «efecto tsunami». Acostumbrados a décadas de bipartidismo y alternancia, con pactos puntuales con partidos bisagra cuando tocaba formar Gobierno en minoría, el hecho de que se haya formado un acuerdo de coalición en la que cada participante lucha a diario por imponer su propia agenda, está siendo difícil. Lo mismo ocurre en aquellas comunidades o ayuntamientos en los que se han formado coaliciones con partidos de otro corte ideológico. Es algo a lo que deberemos acostumbrarnos, porque difícilmente vamos a volver a escenarios pasados; y no pasa nada. O no debería. El Parlamente, al fin y al cabo, debe representar a la sociedad que lo elige y esta cambia.

Lo que no puede cambiar, si queremos sobrevivir, es la consideración de las Fuerzas Armadas como una herramienta fundamental no solo de cara a garantizar la soberanía, la integridad, la independencia del Estado y su ordenamiento jurídico, sino por las muchas otras funciones que desempeñan día a día y que, curiosamente, son las que mejor pueden ayudarnos a crear una nueva narrativa que ayude a que todos los grupos políticos sin excepción -y con ellos, sus votantes-, entiendan la importancia de invertir (que no gastar) en Defensa y de mantener unas Fuerzas Armadas sólidas. Hablamos de la Industria de Defensa, con su enorme efecto arrastre sobre otros sectores de la economía y hablamos de la Unión Europea y la aspiración de una defensa común todavía lejana, pero más atractiva para muchos que la idea de una defensa puramente nacional (aquí no juzgamos, solo exponemos los hechos).

En el primer caso, hay poco que decir. La industria de defensa, con su alto componente tecnológico, sus puestos de trabajo bien pagados y su papel clave para comarcas enteras es algo a proteger y a expandir. Cuando uno está en la oposición resulta muy sencillo criticar la venta de armas o sistemas a tal o cual país, pero cuando llega al Gobierno, como hemos visto por ejemplo en Cádiz, el relato debe cambiar. No olvidemos que en muchas partes de nuestra geografía un buen número de votantes -de todos los partidos- se ganan la vida en empresas que trabajan directa o indirectamente en el sector de la defensa. Y siendo polémicos, nos debe dar igual a quién se venden esas armas, siempre que no nos saltemos embargos internacionales como los impuestos por la ONU o por la UE a determinados regímenes. Si vendemos corbetas a Arabia Saudita o Buques de Vigilancia Litoral a Venezuela (y es complicado encontrar dos casos tan opuestos, ya me entienden), bienvenido sea su dinero. Ni el régimen venezolano va a dejar de encontrar suministradores en caso de que España decida no venderle nuevos buques, ni Arabia va a tener problema en comprar en Francia, en los EE. UU. o incluso en China. En las relaciones internacionales cada vez que se produce un vacío por la retirada de un actor hay otro (en realidad, muchos) dispuestos a cubrirlo. No seamos nosotros quienes hagamos la quijotada cuando lo que va en ello es el salario de decenas o cientos de miles de españoles. Trabajos que, además, están mucho mejor pagados en la mayoría de los casos y ofrecen mayores posibilidades que los de la hostelería, el sol y la playa. Así pues, las Fuerzas Armadas necesitan de un presupuesto estable suficiente para cumplir los ciclos de planeamiento y que permitan a la industria española de defensa continuar con su trabajo, mientras sigue esforzándose por exportar. Y dicho esto, no nos engañemos, pues ningún partido en el poder va a aumentar de manera significativa los presupuestos de defensa, así que más conviene diseñar unas Fuerzas Armadas acordes a la realidad presupuestaria que seguir trazando planes fantasiosos que se incumplen una y otra vez.

Christian D. Villanueva López
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