La batalla de Tora Bora y la fuga de Osama Bin Laden

La fuga de Osama Ben Laden

Hace casi veinte años, a finales de 2001, la atención de los medios de comunicación mundiales se centraba en la que era la mayor operación de captura o eliminación de un único individuo. Osama Bin Laden, acompañado de centenares seguidores que formaban parte de la organización terrorista Al Qaeda, junto con miembros del gobierno afgano de los talibanes, huían del acoso de las fuerzas militares más capaces del planeta. Cercados en una esquina de Afganistán muy cercana a la frontera con Paquistán y conocida como Tora Bora, vigilados por una constelación de satélites y bombardeados por los medios aéreos más poderosos, a pesar de tener todo en contra consiguieron escapar y refugiarse en el país vecino, donde se le perdió la pista durante años.

Afganistán es un país pobre, lo fue y lo será. Quizás por ello, después del intento de ocupación británico en el siglo XIX, pocos países intentaron interferir en sus asuntos nacionales.

A comienzos de la segunda mitad del siglo XX, en plena Guerra Fría, con ayuda de planes de desarrollo internaciones, de manera paulatina se sacaron adelante programas de mejoras que incluían proyectos agrícolas, hidráulicos, de comunicaciones, mineros, etcétera. El reinado de cuarenta años de Mohammed Zahir dio gran estabilidad al país y permitió la elaboración en 1964 de la primera constitución, dando paso a una monarquía parlamentaria limitada. Esa pequeña prosperidad hizo que su sociedad urbana se modernizase culturalmente, siendo percibido en la entonces Unión Soviética como una amenaza potencial en su flanco sur, temiendo que fuese un reflejo (aunque a mucha menor escala) de la occidentalizada Irán, aliado en la región de Estados Unidos.

El derrocamiento del Shah (rey) mediante un golpe de estado palaciego de un familiar, acabo con dicho periodo de desarrollo. La instauración de una república autoritaria asentó las bases para la injerencia soviética a través del partido comunista y su posterior intervención militar en 1979 para mantenerlo en el poder.

Ocupado el país asiático por las fuerzas armadas soviéticas, que mantenían a un gobierno títere, en Estados Unidos vieron la ocasión perfecta para vengarse del apoyo que durante una década habían prestado en Moscú al Vietcong y al ejército de Vietnam del Norte. Aplicando los mismos principios de guerrilla que habían padecido en las junglas vietnamitas, ahora buscarían el desangrar económicamente y socialmente a la Unión Soviética.

Los millones de desplazados por la guerra con destino a Pakistán, los mitos históricos sobre guerreros invencibles contra los británicos y el apoyo financiero sin límite concedido por las monarquías árabes, dieron origen a un caldo de cultivo del que emergió la figura del muyahidín, guerrillero musulmán que luchaba en una guerra santa para liberar a Afganistán del ocupante ateo ruso.

Tal y como ocurrió en las cruzadas hacia Tierra Santa durante la Edad Media, aunque en sentido inverso, una corriente imparable de musulmanes, la mayoría sin nada que perder y mucho que ganar, dejaban sus países para ir a Afganistán y hacer la Yihad contra el invasor.

De entre todos los extranjeros que acudieron a la llamada destacaba una personalidad en particular. Osama Bin Laden, hijo de un multimillonario muy cercano a la familia real saudí, dejó su mundo de comodidades para, teóricamente, ir desinteresadamente a luchar a favor de los pobres afganos. Mediáticamente era una acción perfecta, llevándole a convertirse en el líder de un movimiento transnacional revolucionario que amenazaría a las propias monarquías árabes que lo habían promocionado.

Hay que entender que por muy rica que fuera la familia Bin Laden, eran más de cincuenta hermanos. Además, por mucho dinero del que se pueda disponer en un país de multimillonarios, la pertenencia o no a la familia real otorga una exclusividad única discriminatoria. En el fondo, más que a los ateos soviéticos o a los herejes occidentales, a quien más odiaba Osama era a los mismos jeques árabes que, según él, habían corrompido el islam.

Con toneladas de armas y equipos procedentes de medio mundo y con millares de voluntarios dispuestos a morir, el contraataque de los muyahidines contra el gobierno afgano y sus sostenedores soviéticos comenzó a fraguarse.

En la zona sur del país, la mas favorable al encontrarse próxima a la frontera con Pakistán, los guerrilleros construyeron una serie de inmensas bases logísticas que servirían de apoyo a los futuros ataques. Estaban situadas cerca del frente, pero no directamente en la zona de combate. Su misión era la de poder concentrar a las tropas necesarias, entrenarlas, suministrarles alimentos y munición, ser la base sobre la que replegarse si el enemigo pasaba a la ofensiva, así como poder servir de hospital de campaña para los heridos en el frente. Las más conocidas fueron las situadas en Zhawar, el valle de Shah i Kot (donde tuvo lugar en 2002 la denominada Operación Anaconda que hemos narrado en esta revista) y Tora Bora, objeto de análisis en este artículo.

Afganistán a finales de 2001. Adaptado de Operación Anaconda.

Por parte de las tropas gubernamentales el objetivo estratégico principal en el sureste de Afganistán era mantener abiertas las dos líneas de comunicación principales. La primera va desde Kabul hasta Jalalabad, continuando la carretera hasta la frontera pakistaní y la importante ciudad de Peshawar. La segunda ruta parte de Kabul hasta Gardez prosiguiendo la carretera por una zona montañosa hasta Jost y la frontera.

Durante años, en sureste del país la principal acción estratégica de los muyahidines fue la de cortar las comunicaciones entre Gardez y Jost. Esta última, con más de 100.000 habitantes, situada en una planicie y rodeada de zonas montañosas, con carreteras ideales en las que realizar emboscadas a los convoyes de suministros, era imposible de abastecer salvo a través de costosísimos puentes aéreos.

Fotografía de la carretera entre Gardez y Jost en 2009. El terreno es ideal para establecer emboscadas a los convoyes de suministros. Dominio Publico.

La situación obligaba a los rusos y sus aliados a emprender cada cierto tiempo ofensivas que permitiesen abrir los caminos e introducir los suministros. Inteligentemente, los guerrilleros se replegaban a las zonas montañosas evitando ser destruidos por la superior potencia de fuego que acumulaban sus enemigos. Más adelante, de manera implacable y metódica, los muyahidines pasaban al ataque y volvían a cerrar las vías de comunicación de Jost con el exterior, quedando nuevamente cercada hasta que la situación se volviese desesperada y los soviéticos tuviesen que organizar nuevamente una operación a gran escala. La situación se mantuvo estancada durante ocho años. Uno de los últimos intentos de reabastecimiento fue la denominada Operación Magistral, lanzada a finales de 1987- principios de 1988.

La presencia de esas bases logísticas en la retaguardia eran claves para el mantenimiento de dicha estrategia, dedicando gran cantidad de recursos para ampliarlas, construir todo tipo de instalaciones y dotarlas con defensas contra posibles ataques enemigos. Precisamente en esa misión resultó providencial la experiencia que Osama Bin Laden había conseguido dentro de la empresa constructora de su padre. Maquinaria pesada de todo tipo fue enviada a aquellos lugares remotos y durante años el ruido de los equipos se podía escuchar mientras horadaban las montañas, ampliando los túneles naturales.

Conocedores de la importancia de dichas bases, los soviéticos lanzaron una serie de ataques con la intención de capturarlas. Por ejemplo, Tora Bora fue conquistada a finales de 1980 durante la Operation Shkval por tropas de la 66th Motorized Rifle Brigade con base en Jalalabad. Dicha unidad volvió a capturar la base a mediados de 1981 y en el verano de 1983.

El valle de Shah i Kot también fue atacado por los soviéticos en varias ocasiones, con breves pero intensos combates, pasando los afganos a dispersarse en las montañas cercanas cuando la presión de las fuerzas comunistas aumentaba demasiado.

Zhawar, base más importante en sus comienzos que las dos anteriores, fue reconocida por los soviéticos como una amenaza de primer orden, lanzando contra sus instalaciones dos ofensivas principales.

En septiembre de 1985 y febrero de 1986, las tropas del gobierno afgano, apoyadas por los soviéticos, intentaron destruir el objetivo. En el primer caso ni consiguieron alcanzarlo y en el segundo, tras acumular masivamente tropas, artillería y medios aéreos, consiguieron tomar la base, pero tal era la presión de los muyahidines que apenas pudieron retenerla cinco horas. En ese tiempo, a los ingenieros rusos les fue imposible destruir el arsenal descubierto, teniendo que conformarse con volar las entradas para buscar que se produjera un derrumbe.

Tras la retirada soviética de Afganistán, Tora Bora se convirtió en una especie de retiro para Osama y los demás miembros de la organización terrorista Al Qaeda. Hasta aquel lugar se dirigían voluntarios de medio mundo para perseguir su sueño de pertenecer a una Yihad mundial.

Osama Ben Laden en su refugio de Tora Bora. Imagen tomada en 1996 Fiscalía Nueva York.

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