Carrera de armamentos

¿Está España inmersa en una carrera de armamentos con Marruecos y Argelia?

En demasiadas ocasiones abusamos de expresiones como «carrera armamentística» o «carrera de armamentos», al referirnos por ejemplo a la situación en el Mediterráneo y a las compras que llevan a cabo estados como Marruecos y Argelia, o Grecia, Turquía y Egipto. Es algo en lo que caemos todos -y nosotros los primeros-, pues es fácil dejarse llevar por el fragor del momento, olvidando momentáneamente el rigor. El concepto de «carrera de armamentos», no obstante, intenta explicar una realidad mucho más compleja de lo que se cree y, por lo tanto, merece cierta profundización.

Cuando empleamos el término «carrera de armamentos» entendemos, de forma intuitiva, que se trata de una situación en la que dos o más estados realizan de forma sucesiva importantes adquisiciones o desarrollos armamentísticos, en una suerte de proceso de retroalimentación en el que los avances de uno provocan que el contrario lleve a cabo nuevas inversiones en defensa. La historia nos ofrece numerosos ejemplos, siendo quizá los más destacables el de la Paz armada, entre 1871 y 1914 -que implicó un desarrollo naval y artillero sin precedentes- y la Guerra Fría, entre 1945 y 1991, con el armamento nuclear, la carrera espacial y las tecnologías de la información como aspectos clave de la competición entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. La realidad, sin embargo, es bastante más compleja y no todo lo que llamamos «carrera de armamentos» lo es, ni mucho menos.

Los primeros intentos por establecer definiciones y modelos explicativos precisamente de esta época, algo lógico dados los temores respecto a la proliferación nuclear y el aumento de los arsenales estratégicos y convencionales de ambas superpotencias. Autores anglosajones como Samuel P. Huntington (1958), Colin S. Gray (1971), Rober Jervis (1976) o Barry Buzan (1993) estudiarían el tema, ofreciendo definiciones como la que sigue y que se viene utilizando en la literatura académica desde entonces:

“Dos o más partes que se perciben en una relación de oposición, que están aumentando o mejorando sus armamentos a un ritmo rápido y estructurando sus respectivas posturas militares con una atención general al comportamiento militar y político pasado, presente y previsto de las otras partes”.

(Gray, 1971).

Como puede verse, se trata de una definición imprecisa y sujeta a malentendidos, pues podría hacer referencia, como el mismo autor reconoce, a múltiples fenómenos, desde el rearme de algunos grupos terroristas a la proliferación nuclear.

Naturalmente, desde los 70 las investigaciones, tanto desde los estudios para la paz como desde los estudios estratégicos, han seguido avanzando e incluso se han seguido desarrollando modelos matemáticos que tratan de explicar el comportamiento de los diferentes actores implicados (Aboughoushe, 1992). Estudios más modernos que el de Gray ofrecen la siguiente definición:

“Una carrera armamentista es una competencia interactiva entre dos estados rivales, usando la fuerza de sus fuerzas armadas. La competencia tiene lugar sobre cuestiones específicas, ya que ambos estados buscan la resolución de una reivindicación territorial, de régimen o política. Las competiciones sobre el territorio implican pedazos específicos de tierra; las competiciones para el cambio de régimen son lanzadas por los estados revisionistas, tratando de derrocar el liderazgo de su rival; y las carreras de armamento persiguen cambios de política que no se dirigen directamente hacia el liderazgo del rival, sino que busca alterar sus objetivos políticos. Este tema puede ser, y probablemente a menudo lo es, distinto de las cuestiones que dominan la rivalidad”.

(Gidler et al. 2005, p.136).

En España han tratado el tema autores como Rafael Calduch (1993), aunque con escasa precisión. De hecho, este autor identifica el término «carrera de armamentos» con cualquiera de las siguientes posibilidades:

  • Un incremento de los gastos militares realizados por los países.
  • Un aumento cuantitativo de los arsenales y/o tropas de los países.
  • Un cambio cualitativo de la capacidad destructiva de las armas y/o una diversificación de las categorías de armas acumuladas por los países.
  • Una creciente proliferación de los arsenales entre actores internacionales no estatales (movimientos independentistas; grupos revolucionarios; grupos terroristas; etc.).
  • Una combinación variable de todos los fenómenos anteriores.

Como sin duda el lector habrá notado, esta definición adolece de enormes limitaciones pues, como bien explica Buzan (1991, p. 102); “si el significado se amplía hasta incluir todas las relaciones de tiempos de paz, pierde la capacidad de designar la competitividad militar anormalmente intensa”.

Por otra parte, nuestro Ministerio de Defensa, en su “Glosario de Defensa”, escrito por Sheehan y Wyllie (1991), nos ofrece una completa definición que, como no podía ser de otra forma, siendo los autores anglosajones, bebe de aquellos que hemos citado anteriormente:

“Debe distinguirse de la rutinaria adquisición de armas que es parte habitual de las relaciones internacionales. Una carrera implica la realización de un esfuerzo máximo para conseguir una victoria clara. Una verdadera carrera de armamentos se caracteriza por el antagonismo mutuo entre dos Estados o alianzas empeñados en rápidos aumentos de la cantidad y/o calidad de sus fuerzas armadas, donde cada uno mide sus necesidades según los esfuerzos y los recursos del adversario”.

(Sheehan y Wyllie, 1991).

Además de ofrecernos esta definición, esta obra la enlaza con otro concepto cardinal al que haremos referencia más adelante, el de «acción-reacción» y de ahí nos retrotrae a la época de Kennedy y McNamara, a la Guerra Fría y a crisis como la de los misiles en Cuba de 1962. No deja de ser sin embargo una definición parcial y que responde a un modelo de análisis concreto, precisamente el de «acción-reacción», en el que se dejan de lado factores cruciales como los estructurales.

Para hablar realmente de una «carrera de armamentos» se necesita algo más que la mera competición entre partes -en relación con la compra de armas-, que Buzan denomina «dinámica de armamentos», pues esta se desarrolla de forma perenne y universal, como constatan otros tantos autores en sus investigaciones sobre la evolución de la guerra y la tecnología militar (Ferrill, 1987; Keegan, 2016; Losada, 2014). Al fin y al cabo, según el realismo clásico, la acumulación de poder militar es consecuencia directa de la anarquía imperante en el sistema internacional y es que como explica el profesor Javier Jordán (2013, p. 19) citando a Wolhforth “al no existir un gobierno mundial, se generan dinámicas que incentivan la autotutela (o autodefensa) y el egoísmo de los actores colectivos a la hora de alcanzar sus objetivos en la esfera internacional”.

Por otra parte, el tema de la definición, aunque importante, es solo una parte del problema. Otra dificultad radica, suponiendo que realmente se haya identificado lo que es una verdadera «carrera de armamentos», en encontrar las razones por las que esta llega a producirse, existiendo en lo básico tres tipos de modelos explicativos (Buzan, 1993), uno de los cuales ya hemos adelantado:

  • Acción/reacción: con raíces en el realismo clásico, pone el foco en la búsqueda de seguridad por parte de los estados. Es decir, que los estados fortalecen sus capacidades militares como respuesta ante las compras realizadas por sus rivales y con la intención de mantener el mismo nivel de seguridad anterior, algo que enlaza directamente con la problemática de la estabilidad estratégica, que ha sido tratado en este medio por Guillermo Pulido (2019).
  • Modelo de la estructura nacional: relacionado con el anterior, del que es un complemento, pone el acento en el funcionamiento de la industria de defensa de cada país, de su sistema político e incluso de su sociedad, para explicar el incremento en las adquisiciones o en la inversión en defensa. De esta forma, sería la presión ejercida por actores internos la que llevaría a destinar más recursos a la investigación en nuevos armamentos o a la adquisición, sirviendo las acciones de los rivales como motivación o justificación, pero no como verdadera explicación.
  • Modelo del imperativo tecnológico: en él, la propia dinámica de los avances técnicos obliga a los jugadores a innovar constantemente bajo riesgo de quedarse rezagados. Además, dada la estrechísima relación entre el desarrollo de la tecnología civil y la militar hace que el sector bélico no pueda permitirse quedar al margen de una serie de cambios e innovaciones que o bien no controla, o bien controla solo en parte. Esto es evidente hoy en día con todo lo relacionado con la cibernética, en donde los avances civiles obligan a los militares a modernizarse más que al revés.

Llegados a este punto, suponiendo que tengamos una definición y una explicación razonables sobre el fenómeno, todavía resta hablar de varios puntos. Por ejemplo, acerca de la dinámica y de las formas de controlar el proceso de escalada/desescalada o, mejor aún, de cómo las «carreras de armamentos» pueden disparar un conflicto, tanto convencional como nuclear. Sobre esto último profundizan autores como Brams y Kilgour (1989), presentando diversas posibilidades en las que este tipo de competiciones podrían llegar a “incrementar la probabilidad de guerra entre dos estados en determinadas condiciones”.

Ahora bien, la cuestión no es tan sencilla y autores como Howard (1987, p. 333), escriben en sentido contrario, admitiendo que bajo ciertas circunstancias los armamentos pueden “ser motivo de amenaza”, pero mostrando sus reservas y explicando que la suposición de que “a menos armas, más estable la paz, no resiste un examen serio”. Naturalmente ofrece después sus explicaciones basadas en la evidencia histórica, en factores tecnológicos y volviendo una y otra vez sobre el concepto de «estabilidad».

También habría que tener en cuenta otros aspectos, como la conciencia -o falta de esta- que los propios estados inmersos en una «carrera de armamentos» tengan sobre el particular. Al fin y al cabo, pueden ignorar el proceso en el que se hayan inmersos, con graves implicaciones para el «dilema de seguridad», como explica Buzan (1993, p. 125).

Del mismo modo, es relevante el asunto de las percepciones, que se deja sentir por ejemplo en relación con la postura de la fuerza. En este sentido, a igualdad de recursos, si un estado opta por mantener una postura ofensiva, generará una percepción de amenaza mayor en sus rivales que si elige otra meramente defensiva. Es más, incluso algo relativamente trivial como unas “simples” maniobras, caso de ZAPAD-17 (Pulido, 2017) puede tener un importante efecto sobre la percepción de la amenaza que supone el contrario, iniciando mecanismos de respuesta en forma de nuevas adquisiciones.

Por otra parte, las «carreras de armamentos», aunque los ejemplos históricos hablen principalmente de competiciones más o menos simétricas como la que llevaron a cabo la Alemania imperial y el Imperio Británico o la Unión Soviética y los Estados Unidos, no tienen por qué ser estrictamente así ni tampoco extenderse a todas las ramas de las Fuerzas Armadas o dominios. Por ejemplo, la República Popular de China y los Estados Unidos están inmersos en una carrera armamentística que afecta de lleno al ámbito naval y sin embargo en el apartado de las armas estratégicas Pequín está apostando por una estrategia asimétrica en la que no parece querer tratar de igualar las capacidades ni el número de vectores u ojivas estadounidense (Kristensen y Korda, 2019).

En realidad, incluso podríamos dar una vuelta de tuerca al problema de la «carrera de armamentos» y pasar a valorar su utilidad como sustitutiva de la guerra, al permitir mantener una disuasión efectiva y también un alto grado de estabilidad estratégica, tema que también trata Barry Buzan (1993).

En resumen, la cuestión de la existencia o no de «carreras de armamentos», así como de las causas por las que estas llegan a producirse, las implicaciones que tienen para la seguridad de los estados y del sistema internacional y los factores que influyen sobre las mismas, es mucho más compleja de lo que el uso generalizado del término indica. Ahora bien, todas explicaciones sirven de poco si no las aplicamos a casos prácticos, como el que, según algunos, implica a España, Argelia y Marruecos y que comentamos a continuación.

Christian D. Villanueva López
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