El alma de los espías

Pablo Zarrabeitia

A diferencia de la mayor parte de libros que comentamos en esta sección, «El alma de los espías», de Pablo Zarrabeitia, es una novela. Sin embargo, es una novela que sirve para entender un mundo y unos personajes que se caracterizan por las sombras que siembran a su alrededor.

Se dan ocasiones en que cuando un superior siente que un subordinado está haciendo demasiadas preguntas recurre a “la necesidad de saber”, a ver si así, con un poco de suerte, se calla. Uno de los problemas con esta directriz radica en que, al tratar con relaciones y organizaciones humanas es difícil dilucidar a priori qué es lo que alguien que va a realizar un oficio peligroso en un entorno hostil puede llegar a necesitar saber para sobrevivir o, sencillamente, para cumplir con su labor de forma eficaz. En lo que a seres humanos se refiere es frecuente que las cosas discurran por otros derroteros diferentes a los previstos inicialmente.

En este punto, más de uno pensará, ahí radica precisamente la profesionalidad. Por supuesto, la reserva es necesaria, incluso, conveniente, como muy bien describe Zarrabeitia en una de las cuestiones centrales de su libro. Pero ¿qué hay de malo en buscar un cierto equilibrio? Sobre todo, porque de la sinceridad nace la confianza y porque si el subordinado dispone del suficiente tiempo, y perseverancia, llegará a sus propias conclusiones. Tendrá más preguntas que ya no se atreverá a hacer. De ahí se alimenta la semilla de la desconfianza y, luego, el rencor, que lo carcome todo, como una plaga, dejando tras de sí tan solo un lugar arrasado. Algo tremendamente perjudicial, máxime cuando hablamos de un servicio de Inteligencia.

De todas las frases que jalonan “El alma de los espías” y que nos van descubriendo, poco a poco, en qué consiste el meollo del trabajo de los agentes del CNI, un auténtico ejército que se mueve entre las sombras, hemos escogido “la necesidad de saber” porque, desde otra faceta, nos permite destacar la loable labor que lleva a cabo Zarrabeitia con su novela. No se puede amar lo que no se conoce. De este modo, para que la ciudadanía para la que trabajan los hombres y mujeres del CNI, al menos, empatice con su trabajo, el riesgo y el sacrificio que supone su labor diaria, los ciudadanos “necesitan saber” algo de todo ello. Y, Zarrabeitia, página a página, va arrojando un poco de luz, la justa y necesaria, sobre ese lado oscuro de la realidad, sobre los que se dedican a desentrañar lo que subyace bajo la superficie. Eso nos da un cierto conocimiento, sin el que no puede haber ni empatía ni comprensión. Decía Aristóteles, la virtud está en el término medio, del que unas cosas pecan por exceso y otras por defecto. Hasta ahora, en lo relacionado con nuestro servicio de Inteligencia, porque es “nuestro”, de todos, se ha pecado por defecto y solo aparece en los medios de comunicación cuando algo ha salido mal. No obstante, en “El alma de los espías”, Zarrabeitia salta por encima de los problemas de la publicación de informaciones relacionadas con las acciones de los agentes de inteligencia, novelando la realidad. Así, no solo evita la necesaria reserva, sino que, además, convirtiéndola en ficción, hace la realidad más comprensible y, por tanto, accesible para que los ciudadanos que lean la novela entiendan a sus agentes, a los de carne y hueso.

Zarrabeitia lo hace siguiendo la estela de maestros del género, como el recientemente desaparecido John Le Carré, con una trama que atrapa desde el inicio y unos personajes que el lector va haciendo suyos y que reflejan diferentes vivencias (algunas de ellas dejan almas rotas). Aparte de momentos impactantes, como el “incidente con los perros de Bucarest”, que es difícil saber si impacta más por el hecho en sí o por la frialdad con la que lo cuenta el autor. Y todo en un contexto en el que se ofrece al lector un punto de vista distinto, el de dentro de un servicio de Inteligencia, de acontecimientos históricos, como el fin de la Guerra Fría o los atentados del 11-S en Estados Unidos y del 11-M en Madrid. Sin olvidar la elegancia con la que Zarrabeitia aborda un determinado hecho real que, cuando ocurre, sonroja al servicio de Inteligencia en el que se da.

El autor ahonda en el contexto de sus personajes con referencias bibliográficas que, por sí solas, suponen una buena lista de lectura para cualquiera, además de referencias cinematográficas y musicales, que ayudan a ponerle al protagonista, Marcos Madero, una cierta edad.

En definitiva, una novela que nos descubre, un poco, el alma de los espías. Esa que, se haga lo que se tenga que hacer, debe permanecer, deben cultivarla y cuidarla, para no perderla, porque hacerlo implica perderse uno mismo. Pero un alma que, también, los humaniza de cara a los demás, lo que ayuda a entenderlos. Aunque, no nos engañemos, todo aquel para el que su trabajo sea su vocación, que viva entregado a algo mayor que él mismo, a una causa, al servicio del interés nacional o que, sencillamente, haya descubierto durante el pasado 2020 que era un “trabajador esencial” y haya dado un paso al frente y todo de sí mismo por los demás, esos entenderán de lo que habla Pablo Zarrabeitia en “El alma de los espías”.

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