Guerra espacial. Medios y protagonistas

Medios y protagonistas

La irrupción de China e India como potencias con capacidades anti satélite, unida la lógica reacción de rusos y estadounidenses ante el nuevo escenario, está provocando un efecto en cadena y un auge sin precedentes, ni siquiera durante la Guerra Fría, de los desarrollos relacionados con la guerra espacial. Conscientes de la necesidad de defender sus propios activos espaciales, otros actores como Francia, el Reino Unido o Japón se están lanzando también a implementar sus propios programas, en principio de autodefensa. Sea como fuere, la aceptación del espacio como un dominio más en pie de igualdad con los tradicionales y su progresiva militarización están dando paso a una nueva era marcada por la incertidumbre.

La carrera espacial protagonizada por los Estados Unidos y la Unión Soviética desde durante la Guerra Fría fue mucho más allá de los hitos que todos conocemos, como el lanzamiento del primer satélite artificial (1957), del primer humano (1961) o la llegada del hombre a la Luna (1969). En realidad, la búsqueda de prestigio y el interés científico, aunque importantes, apenas servían para esconder los objetivos estratégicos que realmente justificaban la ingente inversión acometida por ambos bandos.

Más allá de la propaganda, lo que realmente estaba detrás de programas como Sputnik 1 o Apolo 11 era el dominio de la misilística, la navegación, la automatización, las comunicaciones o la robótica, entre otros. Todos ellos eran -y son- campos del conocimiento susceptibles de mejorar las capacidades militares, lo que ha permitido el desarrollo de los misiles balísticos, el reconocimiento por satélite o las primeras redes informáticas como OGAS o ARPANET.

Es cierto que la batalla multidominio era todavía un sueño y el foco estaba todavía puesto en imponerse en los tres dominios tradicionales. Incluso cuando se hablaba de situar armas en el espacio, generalmente se hacía con la intención de golpear los dispositivos enemigos en tierra o, cuando menos, dentro de lo que denominamos biosfera. Es decir, que únicamente contemplaban el espacio como una extensión del terreno de juego habitual y los medios allí situados como multiplicadores, pero no lo consideraban un campo de batalla en sí mismo. Pasaría mucho tiempo hasta que el espacio fuese entendido como lo que es, un dominio necesitado de sus propios medios, modos y fines.

El espacio es y debe ser considerado como un dominio más, en igualdad con los tradicionales y el ciberespacio.

¿Qué es el dominio espacial?

Resulta curioso que hablemos con total naturalidad del espacio, casi como algo cotidiano, pero ignorando que en realidad la distinción entre lo que se considera espacio y dominio aéreo sigue siendo motivo de debate entre los expertos.

Desde el punto de vista de la geografía, el espacio exterior y la atmósfera no tienen un límite evidente, más allá de la línea de Kármán, que la Federación Aeronáutica Internacional fija como frontera entre ambos y que se sitúa a 100 kilómetros sobre la corteza terrestre. No obstante, hay otras líneas posibles a diversas alturas entre los 80 y los 120 kilómetros.

Para el caso que nos ocupa, ocurre algo parecido a lo que sucede con las montañas. Estas, desde el punto de vista militar, no son en sí relevantes, pues lo realmente importante no son las cumbres sino los collados, verdaderos cuellos de botella con gran valor militar. En el caso del espacio, lo importante no es la mayor parte de este -virtualmente infinito e inaccesible-, sino las órbitas más comunes utilizadas por los satélites.

Así las cosas, aunque se ha hablado incluso de situar armamento en la Luna y se invierten cifras ingentes en la exploración de otros planetas como Marte, por el momento todo ello queda muy lejos de los planes de las principales potencias, mucho más realistas y austeros en la mayor parte de los casos.

Como decimos, lo más relevante desde el punto de vista militar es alcanzar la capacidad de actuar en una estrecha franja que va de los aproximadamente 200 kilómetros de altitud en que se sitúa la órbita más baja posible para un satélite (las órbitas estables más bajas se encuentran a partir de 350 kilómetros) y los 35.786 kilómetros en donde se fija la órbita geoestacionaria. Dentro de este rango, por supuesto, hay zonas más relevantes que otras, como ocurre con la órbita en la que se mueven los satélites de la red GPS (20.200 km).

Por debajo de la línea de Kármán, aunque hay mucha discusión al respecto, se entiende que la responsabilidad es de las Fuerzas Aéreas, aunque últimamente hay discusiones sobre la franja exacta que corresponde a estas y a las fuerzas espaciales en algunos estados, más por motivos presupuestarios y de mantenimiento del statu quo que por otra cosa.

Por otra parte, que los activos espaciales se encuentren en su mayoría en la franja que hemos indicado no quiere decir que no se pueda actuar sobre el dominio espacial de otras formas. Precisamente una de las “gracias” del concepto de multidominio radica en la posibilidad de actuar sobre cualquiera de ellos a través del resto.

De esta forma, si bien los ataques cinéticos -u otros que describiremos- son la primera opción, cabría afectar las capacidades espaciales de un hipotético enemigo mediante ataques cibernéticos sobre sus sistemas informáticos, a través de ataques superficie-superficie o aire-superficie, recurriendo a la guerra electrónica, etc.

En resumen, el dominio espacial tiene un componente físico, sí, pero como ocurre con el resto de dominios, cada vez es más vulnerable a acciones procedentes de estos y, como veremos más adelante, los primeros intentos de guerra espacial fueron precisamente mediante misiles superficie-aire.

Existen diversos puntos de vista sobre lo que debe ser considerado o no Espacio. En el gráfico se representa la línea de Karmán como frontera. Fuente – AEMET.

La utilidad de los satélites militares

Normalmente tendemos a asociar las capacidades espaciales con el número de satélites de que dispone cada actor. Aunque en puridad esto no es así y la variedad de sistemas es más amplia, desde cohetes sonda a aparatos tan enigmáticos como el X-37B de la USAF, es cierto que los satélites son los más habituales y reconocibles.

En la actualidad hay más de 2.000 satélites orbitando la tierra. De estos, menos de un tercio son puramente militares, aunque son mucho más los que podrían tener llegado el caso, doble uso. El principal operador, a mucha distancia del segundo, es Estados Unidos, con casi un millar de satélites desplegados, cifra que se multiplicará incluso en uno o incluso dos órdenes de magnitud en las próximas décadas, gracias a las constelaciones de nano-satélites. Estos, como sus hermanos mayores, serán utilizados para las siguientes funciones:

  • Reconocimiento: desde la identificación de objetivos hasta la detección de los efectos de las detonaciones nucleares subterráneas. En la actualidad la resolución, en el caso de los más avanzados, es inferior a los 20 centímetros, lo que permite realizar análisis de una precisión sin precedentes, igualando a la fotografía aérea en algunos casos.
  • Navegación y posicionamiento: Desde la ubicación del objetivo hasta el guiado de las armas. A pesar de que los sistemas principales son el estadounidense GPS, el chino Beidou, el ruso Glonass y el europeo Galileo, cada vez son más los países que buscan su alternativa aún a escala regional, como Japón con QZSS e India con NaviC.
  • Inteligencia de señales (SIGINT): con el objeto de detectar las emisiones enemigas, algo muy útil por ejemplo para prevenir operaciones militares, o bien cuando estas ya están en marcha para localizar objetivos, para labores de inteligencia, etcétera.
  • Comunicaciones: Quizá el aspecto más sensible, pues como explicamos a propósito de la Network Centric Warfare y de la Guerra Electrónica en Rusia, los ejércitos modernos pierden buena parte de su operatividad si estas no son posibles o se ven degradadas.
  • Alerta temprana: Los sensores infrarrojos de los satélites pueden detectar misiles mediante el rastro de sus emisiones térmicas o “plumas”.
  • Meteorología: Aunque a algunos les sorprenderá que se incluyan los satélites meteorológicos dentro de este epígrafe, sin previsiones fiables sería inconcebible planificar algunas operaciones militares.
  • Cartografía: Caso similar al anterior, sin datos cartográficos lo suficientemente exactos, la conducción de operaciones militares se complica. Además, en algunos casos como el fondo marino, esto tiene una importancia capital por ejemplo en la guerra submarina.
La lista de utilidades de los satélites, tanto militares como civiles, es interminable. Fuente – EUISS.

Un nuevo escenario estratégico

En los últimos años todos los equilibrios pretéritos han saltado por los años debido a la irrupción de nuevos actores con capacidades crecientes. Lo que es peor, al rearme ruso y el auge chino no sólo se unen la irrupción de India como potencia con capacidades ASAT, sino los anuncios de potencias como Japón, Francia o el Reino Unido, países todos que ya han iniciado programas de guerra espacial aunque de signo dispar.

Quizá el aspecto más destacable, más allá de los avances de cada programa -que comentaremos a continuación-, reside en las incertidumbres provocadas por el nuevo escenario y que son al menos hasta cierto punto, equivalentes a lo que vimos respecto a la Segunda Era Nuclear. De hecho, se pueden trazar interesantes paralelismos entre el escenario nuclear anterior, caracterizado por:

  • El enorme tamaño de los arsenales.
  • La irrelevancia de las potencias medias.
  • La existencia de esferas de influencia perfectamente delimitadas.

Y el vivido hasta ahora en la confrontación espacial en el que:

  • Se recurría a armas como los pulsos EMP o los proyectiles cinéticos que limitaban el control de la escalada reduciendo también el número de posibles escenarios.
  • Únicamente los EE. UU. y la URSS tenían capacidades de guerra espacial, siendo irrelevantes las capacidades civiles del resto de actores.
  • Las esferas de influencia políticas en la Tierra tenían su reflejo en el espacio, dada la coordinación entre las agencias espaciales de los países que formaban parte del bloque occidental, mientras en el caso soviético todo dependía exclusivamente de la voluntad de Moscú.

La situación en los últimos años, como decíamos, ha cambiado hacia un escenario mucho más complejo e imprevisible en lo nuclear, caracterizado por:

  • Reducido tamaño de los arsenales, lo que aumenta la inestabilidad.
  • N jugadores
  • Dificultades para el control de armamentos

Lo que una vez más tiene su reflejo en el espacio (íntimamente relacionado, por otra parte) dado que:

  • Tendencia hacia armas menos letales y más versátiles y por ello más susceptibles de ser empleadas.
  • N jugadores
  • Dificultades para el control de armamentos, toda vez que no hay acuerdos de limitación de ningún tipo más allá del “Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares en la atmósfera, en el espacio exterior y bajo el agua”.

De esta forma, tendemos hacia un marco caracterizado por la imprevisibilidad y la inestabilidad, en el que la entrada de nuevos jugadores y el desarrollo de nuevas armas se está acelerando, augurando un futuro mucho más peligroso dada la posibilidad creciente de que se lleguen a producir enfrentamientos armados en el espacio, con el agravante de que estos podrían implicar no solo a dos actores, sino a múltiples.

Por otra parte, el hecho de que la variedad del armamento sea mayor y más versátil, sumado a las posibilidades derivadas de un escenario multidominio, hacen que los enfrentamientos además de más probables, sean también más fáciles de gestionar y, llegado el caso, los actores dispongan de herramientas adecuadas para iniciar una desescalada.

Explicación del funcionamiento de la misión Shakti india, en la cual se probó el primer interceptor ASAT de este país.

Medios ofensivos y defensivos

Hasta el momento, la mejor protección para los medios basados en el espacio, era consecuencia de las propias características del medio espacial. La necesidad de salvar la gravedad terrestre para lanzar cualquier ataque complicaba y encarecía sobremanera su realización. Del mismo modo, la distancia entre los satélites dentro de una constelación de estos, dificultaba atacarlos uno por uno.

El paso del tiempo, el desarrollo de nuevas tecnologías y la democratización del acceso al espacio han provocado que lo que antes era patrimonio de la Unión Soviética y los Estados Unidos, ahora esté al alcance de nuevos actores. Con todo, desde el punto de vista técnico, todas las aproximaciones continúan planteando retos formidables.

Lo que veremos en las próximas décadas será sin duda fascinante, con varios actores tratando de implementar soluciones propias, seguramente de varios tipos con la idea de dotar de cierta redundancia a sus sistemas, sean ofensivos o defensivos. Por otra parte, se buscará en todo momento limitar al máximo los daños colaterales que podría ocasionar la difusión de fragmentos, cuyos efectos se han comprobado tras pruebas de interceptores cinéticos. Así, entre las ideas que se manejan, podemos contar las siguientes:

  • Microondas de alta potencia: Al igual que vimos al hablar de la Letalidad Distribuida, también en el espacio la emisión de microondas será una forma relativamente incruenta de terminar con un satélite enemigo. Eso sí, se necesitará una cantidad importante de energía para emitir radiación suficiente como para superar la protección que suelen incluir «de serie» los satélites.
  • Jamming: Otra posibilidad en alza pasa por interferir los satélites enemigos o sus señales, con la ventaja añadida de que el efecto podría ser temporal y utilizarse como medio de coerción.
  • Láser: Lejos de los tiempos en que se pretendía basar grandes láseres en tierra o de la SDI de Reagan, ahora sí resulta posible, gracias a la mayor eficiencia energética, situar armas láser a bordo de satélites con los que destruir o inutilizar los medios enemigos.
  • Sprays químicos: Aunque parezca mentira, la guerra espacial podría consistir en algo a priori tan simple como rociar un spray sobre un satélite enemigo, impidiendo por ejemplo que sus placas solares puedan cumplir con su función o cegando sus sistemas ópticos.
  • Ataques cinéticos: Más allá de los misiles lanzados desde la tierra o desde aviones al objeto de golpear los satélites enemigos, podrían llegar a situarse interceptores cinéticos en el propio espacio, una solución cada vez más barata aunque requiere de bastante precisión para cumplir su función. Por otra parte, como veremos, países como Francia se plantean situar armas convencionales a bordo de sus satélites como medio defensivo, una solución que ya probó la Unión Soviética tiempo atrás.
  • Mecanismos robóticos: Solución propia de Goldfinger, consistiría en capturar un satélite enemigo mediante uno propio no con la intención de devolverlo a la tierra, sino de que la otra potencia pierda el control sobre el mismo o bien que este se aparte de su órbita.

Por supuesto, hay otro tipo de ataques como la anulación física de los centros de control enemigos, el jamming desde estaciones terrestres, los láseres basados en tierra o los ciberataques (tanto para negar el control de la red de satélites como para secuestrarla) que también se contemplan y ante los que se toman contramedidas.

La guerra espacial en el futuro próximo irá mucho más allá del lanzamiento de armas ASAT desde la superficie o mediante aviones de combate. Fuente – The Political Room.

Y hablando de medidas, toca hacer una referencia a la defensa frente a las armas espaciales. Lo cierto es que dejando de lado la protección de las estructuras en tierra, la ciberdefensa y la guerra electrónica, defenderse de un ataque ya en marcha sobre un satélite propio es harto difícil, aunque se están estudiando diversas soluciones:

  • Algunos actores están planteando soluciones como situar nanosatélites capaces de defender a los satélites principales por ejemplo «sacrificándose» al actuar como interceptores cinéticos.
  • Otra posibilidad pasa por situar cañones en los satélites propios, lo que permitiría disparar contra los objetos que se aproximen a distancias cortas.
  • También la guerra electrónica tiene aquí su lugar, por ejemplo mediante el uso de contramedidas electrónicas que inutilicen los satélites enemigos si estos se aproximan a los propios.
  • La instalación de chaffs y bengalas para confundir los medios de detección enemigos también está en estudio.

No obstante, la posibilidad más prometedora de cara al futuro, para por la distribución de la actual red de satélites, compuesta de un número limitado de objetivos de alto valor, en una constelación mucho más amplia, formada quizá por decenas de miles de mini-satélites o nano-satélites. Todo ello con las ventajas que se derivan en cuando a resiliencia del conjunto, pues aunque se dañasen decenas o incluso cientos de satélites (para lo que harían falta armas de destrucción masiva), la constelación podría seguir operando.

Un poco de historia

Durante los primeros años de la Guerra Fría las dos superpotencias hicieron diversos esfuerzos por situar armas en el espacio, generalmente sin conocer todavía a fondo las posibilidades reales de cada iniciativa, ni si eran totalmente factibles desde el punto de vista técnico. Hay que entender que hablamos de un dominio que por entonces era terra ignota y que buena parte de los programas relacionados con su exploración y uso militar o civil se movían en arenas movedizas dada su complejidad.

Esto es, ni más ni menos, lo que ocurrió con iniciativas como Starfish Prime (1962), cuando un cohete Thor envió una cabeza nuclear W49 al espacio con la intención de detonarla y comprobar los efectos del pulso electromagnético generado por la explosión. Estos, hasta entonces desconocidos aunque previstos por los científicos, resultaron ser mayores de lo esperado, destruyendo aparatos eléctricos a distancias de 1.300 kilómetros, además de afectar a diversos satélites, abriendo una prometedora vía de investigación.

No fue la única prueba, por supuesto. En realidad sólo fue una más de una larga lista que para entonces incluía ya varios experimentos desde que en 1958, en el marco de la operación Hardtack, se produjese la prueba Yucca de 1,7 kilotones. Es más, con el tiempo los EE. UU. llegaron a adaptar los conocidos misiles Nike Zeus para misiones ASAT, relevados a mediados de los 60 por una adaptación de los IRBMs PGM-17 Thor.

El gran problema de este tipo de armamento radica en su utilidad casi nula fuera de una guerra nuclear, pues en su mayor parte obliga a juegos de suma cero, limitando por completo las opciones de quienes disponen de él en sus inventarios. Dicho de otra forma, al ser armas de destrucción masiva, las posibilidades de utilizarlas de forma limitada o selectiva eran inexistentes, lo que obligó a buscar soluciones más versátiles.

Algunas pasaban por diseñar y construir vehículos orbitales tripulados, como en los proyectos Blue Gemini (EE. UU.) o Almaz (URSS). En este último caso, por ejemplo, la estación fue equipada con un cañón de 23mm similar al utilizado por los artilleros de los Tu-22, lo que permitía tanto la autodefensa, como inutilizar por ejemplo satélites enemigos.

Otras iniciativas, más conocidas, se centraban en la utilización de misiles anti-satélite como los recientemente empleados por la República Popular China o India. No debemos obviar, no obstante, que hay una diferencia de 60 años entre la primera prueba realizada por los EE. UU. y la última, llevada a cabo por India. Al fin y al cabo, el temor de los estadounidenses y soviéticos a que sus rivales basaran armas en el espacio fue real desde la puesta en órbita del Sputnik 1, por lo que no es de extrañar que se esforzasen en encontrar algún tipo de medio defensivo, tirando de lo que tenían a mano.

Concretamente fue en septiembre de 1959 cuando fue lanzado un primer misil High Virgo desde un Convair B-58 contra un satélite Explorer. Sin embargo, no tuvo éxito, según un documento presentado por Anatoly Zak en el Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme. Es cierto que la primera tentativa terminó en fracaso, pero apenas un mes después un misil Bold Orion lanzado desde un aeronave B-47 logró pasar a menos de cuatro kilómetros del satélite Explorer-6 a una altitud de 251 kilómetros, demostrando que era posible derribar satélites mediante el empleo de misiles. Mientras tanto, al otro lado del telón de acero los científicos soviético se afanaban en desarrollar su propio misil, llevando a cabo siete pruebas entre los años 1963 y 1971, lo que sirvió para afinar un modelo que se declaró operativo en 1973. Este sería posteriormente sustituido por el misil 79M6, base del sistema 30P6 Kontakt lanzado desde una variante ad hoc del MiG-31D Foxhound.

Otra de las soluciones puestas sobre la mesa durante la Guerra Fría consistió en utilizar potentes láseres, como el ruso Terra-3 (5N76), instalado en su día en el polígono de Sary Shagan y cuya función principal era la defensa antimisil, aunque protagonizó episodios curiosos. El más llamativo de todos fue quizá, en 1984, el incidente que envolvió al transbordador espacial estadounidense Challenger mientras volaba a casi 600 kilómetros de altitud y es que, al parecer, fue detectado por el láser LE-1 (5N26) y atacado, pasando algunos instrumentos a dejar de funcionar. El incidente no fue a mayores y el sistema dormiría el sueño de los justos hasta ser desmantelado por completo a mediados de la pasada década, quedando para el recuerdo.

Foco del láser Terra-3 soviético situado en Sary Shagan

La situación se complicó sobremanera en los años 80 especialmente tras el lanzamiento, por parte de la Administración Reagan de la Iniciativa de Defensa Estratégica (1983), más conocida entre el gran público como “Guerra de las Galaxias”. En este caso concreto, la idea detrás de invertir decenas (más bien centenares) de miles de millones de dólares en el desarrollo de sistemas de detección y armas cinéticas y láseres que actuarían desde el espacio, pasaba por anular la efectividad de los misiles balísticos soviéticos. Una vez más, incluso en el punto álgido desde el punto de vista del enfrentamiento tecnológico en el espacio entre las superpotencias, las armas espaciales no buscaban dominar el espacio como tal, sino que eran un apéndice de la guerra nuclear.

Si en los 60, 70 u 80 la situación, pese a la creciente ventaja estadounidense, era bastante pareja, con el colapso soviético el equilibrio cambió radicalmente, hasta el punto de que el USPACECOM (Mando Espacial de los Estados Unidos), creado inicialmente en 1985, fue disuelto en 2002 al considerarse innecesario y priorizarse otras partidas de gasto. El espacio, como el océano, era un “lago” estadounidense.

La Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan presentaba problemas técnicos insalvables para la época.

No solo la NASA contaba con un presupuesto mayor que cualquier otro de sus competidores (algo que se mantiene), sino que a este había que sumarle las partidas dedicadas al espacio que tenían las tres ramas tradicionales de sus Fuerzas Armadas o la inversión ingente de agencias como la NRO, la NGA, la propia CIA, etc. Por supuesto, el número de satélites en órbita de origen estadounidense hacía -y hace- palidecer los esfuerzos de agencias como la ESA. Además, la red GPS alcanzó su capacidad total en 1993 y en 2008 el satélite de reconocimiento USA-193 fue derribado por un misil SM-3 lanzado por el USS Lake Erie, demostrando que ya no hacían falta lanzamientos desde F-15 para alcanzar satélites en órbita. La superioridad, en definitiva, era abrumadora.

Y sin embargo, fue en esta época de liderazgo indiscutible cuando todo cambió, precisamente por la importancia creciente que fueron ganando los satélites, tanto de la red GPS, como de observación y reconocimiento, en relación a la RMA de la Información.

En el espacio de unos pocos años, durante la década anterior e inmediatamente posterior al cambio de siglo, los ejércitos más avanzados, casi todos ellos encuadrados en la OTAN, pasaron a depender en sus operaciones de sistemas que hasta entonces se habían demostrado útiles, pero no imprescindibles. Las comunicaciones o el mando y control ya no giraban en torno a la radio, del mismo modo que la búsqueda de objetivos ya no dependía tan sólo de las patrullas de reconocimiento o los medios aéreos. Según el proceso de transformación militar se ponía en marcha, todas y cada una de las actividades, desde la logística al lanzamiento de misiles, quedaba a merced de la disponibilidad de satélites, bien fuese para completar el ciclo de Boyd o para seguir un envío de papel higiénico o munición en tiempo real.

Como es evidente, esta dependencia fue rápidamente identificada por los rivales de los EE. UU., que pronto comenzaron a implementar programas cada vez más ambiciosos, conscientes de que las armas antisatélite aportaban una capacidad de disuasión y coacción mucho mayor que en tiempos pasados.

Podría decirse, sin miedo a equívoco, que los competidores de los EE. UU. identificaron a la perfección el enorme cuello de botella en que se habían convertido las comunicaciones, pues la información, la «materia prima» más valiosa para los militares, debía pasar forzosamente por una serie de nodos que podían ser anulados, interferidos, degradados, etc. La misma razón por la que los rusos han desarrollado grandes capacidades relativas a la Guerra Electrónica está detrás del auge de las armas antisatélite…

Los protagonistas de la militarización del espacio

Llegados a este punto, toca hablar de aquellos países que están protagonizando esta nueva competición. Lo primero que conviene dejar claro es que hay importantes diferencias entre todos ellos, por lo que hemos decidido dejar muchos actores de lado, para centrarnos en los ejemplos más ilustrativos, clasificados en dos grupos:

  • Aquellos que cuentan con capacidades de guerra espacial completas, tanto ofensivas como defensivas, grupo encabezado por los EE. UU., pero en el que también se incluyen la Federación Rusa, la República Popular de China y la República de la India.
  • Aquellos que únicamente aspiran (por motivos económicos, técnicos o políticos) a implementar capacidades defensivas que permitan o al menos ayuden a la supervivencia de sus activos espaciales. Es el caso de Japón o Francia, aunque en puridad el grupo es muchísimo más amplio. Sin embargo nos hemos centrado en estos dos países para ilustrar las dificultades que implica acometer proyectos de semejante envergadura, incluso cuando se cuenta con las capacidades técnicas y los recursos necesarios.

Actores que persiguen dotarse de capacidades completas (ofensivas y defensivas)

En este caso es obligado comenzar por los Estados Unidos, país que después de casi dos décadas ha recuperado recientemente su Mando de Guerra Espacial y que lo ha hecho además con energías renovadas, sabedor de que su supremacía militar descansa sobre el dominio positivo del espacio. Por esto mismo, y a diferencia de otros jugadores sobre los que también hablaremos, los EE. UU. se están dotando de un espectro completo de capacidades, tanto ofensivas como defensivas, a la vez que enmarcan todo lo referente a la guerra en el espacio dentro del concepto más amplio de batalla multidominio.

Este país, de hecho, ha publicado recientemente la versión pública de su Estrategia de Defensa Espacial (junio de 2020), un resumen muy breve en el que se apuntan algunas ideas sobre las que ya hemos incidido y que son aplicables al resto de grandes potencias, como:

  • El espacio es vital para la seguridad, prosperidad y desarrollo científico de los EE. UU.
  • Las capacidades basadas en el espacio son críticas para la vida moderna y son un componente fundamental del poder militar norteamericano.
  • El auge de estos sistemas da lugar a nuevos desafíos relacionados con el mantenimiento de su seguridad.
  • El espacio es a día de hoy un dominio independiente que necesita de sus propias políticas, estrategias, expertos o capacidades.

En otro orden de cosas, y lejos de acometer todos los esfuerzos en solitario, los EE. UU. son conscientes de la necesidad de estrechar lazos con sus aliados. Así, recientemente han llegado a un acuerdo para comenzar a compartir datos técnicos con el Reino Unido como parte de la operación Olympic Defender, lo que permitirá mejorar la conciencia situacional conjunta, al incrementar la capacidad de seguir objetos en el espacio y determinar sus trayectorias. Además, ya están negociando la posibilidad de que nuevos socios se sumen al proyecto, aportando también sus capacidades para mejorar las del conjunto.

Dado que los EE. UU. serán el país con el abanico de capacidades más amplio y el mayor número de sistemas disponibles al menos durante las próximas décadas, es muy posible que se produzca algo parecido a lo que vemos a propósito del arma nuclear y que este país termine por acoger a muchos de sus socios bajo su ala, garantizando la seguridad espacial de estos mediante una suerte de disuasión espacial extendida. Bien a través de la OTAN o de distintos tratados bilaterales algunas naciones europeas o países como Corea del Sur, Japón (caso particular) o Australia podrían beneficiarse de las capacidades norteamericanas.

Respecto a las capacidades en sí, hay poco que decir. Los EE. UU. a través de diferentes programas y agencias trabajan en el desarrollo de múltiples iniciativas, desde armamento cinético a láser y de guerra electrónica y cibernética a vehículos orbitales, nanosatélites, etc, con proyectos dedicados a cada uno de los casos que hemos comentado anteriormente, lo que le asegura ser el actor dominante en el futuro cercano.

Entre los sistemas más o menos conocidos están los ya citados SM-3, que han seguido evolucionando, o el Interceptor Basado en Tierra (Ground Based Intercetor o GBI), un sistema de misiles exoatmosféricos gestionado por la Agencia de Defensa Antimisiles y que se cree que podría alcanzar órbitas de más de 5.000 kilómetros de altitud, según algunas fuentes. No obstante, se sospecha que hay otros sistemas en servicio, algunos basados en el espacio y que podrían tener usos ocultos, como los satélites inspectores GSSAP.

Rusia es la segunda en discordia. Heredera del inmenso capital militar, industrial, intelectual y humano relacionado con las actividades espaciales que llegó a poseer la Unión Soviética, pese a la ausencia de recursos y las dudas, sigue siendo una potencia de primer nivel.

Las operaciones son gestionadas por las Fuerzas Espaciales de la Federación Rusa, un organismo que ha tenido diversos altibajos, siendo reorganizado en varias ocasiones hasta volver a ser activado por última vez en agosto de 2015, como mando dependiente de la VKS o Fuerzas Aeroespaciales Rusas.

Sus responsabilidades son inmensas, operando desde la red de satélites de reconocimiento a la constelación de satélites de posicionamiento Glonass y de los sistemas de alerta temprana y la defensa antimisil, a los medios ASAT, en cuyo desarrollo no escatima esfuerzos.

Entre otros sistemas ofensivos, cuentan con el sistema Núdol, desarrollado a en base a algunas de las tecnologías empleadas en los sistemas ABM A-135/A-235 soviéticos, pero montado sobre un chasis de camión para dotarlo de movilidad. El problema de este interceptor cinético radica en el alcance, pues al estar pensado en origen para interceptar misiles balísticos, este es limitado, permitiendo únicamente llegar a órbitas bajas de hasta un millar de kilómetros (muy lejos de los 20.000 kilómetros a los que nos sobrevuelan los satélites de la red GPS). Este sistema se probó por última vez en 2018, sin que interceptase ningún satélite, constituyendo la sexta prueba del sistema en cuatro años.

La última prueba supuestamente ASAT rusa ha sido, no obstante muy diferente. Fue a principios de este mismo año, concretamente en febrero, cuando del satélite Kosmos 2542 salió un pequeño objeto (denominado Kosmos 2453) sobre el que existe una fuerte controversia. Para unos -Rusia-, ese objeto sería una suerte de vehículo espacial destinado a inspeccionar otros satélites. Para otros -estadounidenses-, se trataría de un sistema cinético capaz de destruir los satélites estadounidenses. Es más, ni siquiera era la primera vez que Rusia probaba algo similar.

Tres años antes, en 2017, del interior del satélite Kosmos 2519 salió un segundo objeto (Kosmos 2521) y de este un tercero (Kosmos 2523). No abundaremos en estos sistemas, porque no hay nada que añadir al magnífico trabajo hecho por Daniel Marín a través de su blog Naukas, en el que cuenta este y otros incidentes con todo lujo de detalles.

Lo importante para el caso que nos ocupa es la demostración de fuerza que supone por parte rusa, al corroborar que puede acercarse a los satélites espía norteamericanos a voluntad -y dejar caer que, en su caso, podría destruirlos-. Claro está, el juego es en dos direcciones y los estadounidenses no se quedan atrás, como hemos visto.

El tercer actor en discordia, y el que tiene una postura más agresiva, es China. El gigante asiático ha dado un salto gigantesco en muy poco tiempo y así lo demuestran los numerosos hitos logrados, desde el desarrollo de los sucesivos cohetes Larga Marcha a poner en el espacio a su primer taikonauta en 2003, la puesta en marcha del sistema de posicionamiento Beidou o la construcción de una estación espacial propia.

Como no podía ser de otra forma, sus actividades espaciales no se limitan al ámbito civil. La RPC llevó a cabo su primera prueba ASAT en 2007, destruyendo el satélite metereológico Fengyun 1C (FY-1C) y desde entonces ha realizado alrededor de una media docena de pruebas con bastante éxito, a pesar de sus limitaciones. Estas, como en el caso del sistema Núdol ruso, tienen que ver con el alcance, y es que este se limitaría a los 1.000 kilómetros, por lo que están trabajando en sistemas de mayor autonomía.

En este caso, cuentan con los misiles Dong Neng 2 o DN-2, capaces de alcanzar órbitas geoestacionarias y probados a mediados de 2013. La cuestión no es baladí, en absoluto. Si el sistema tiene las capacidades que se sospecha posee, al menos sobre el papel convertiría a la RPC en el único actor con capacidad de lanzar interceptores contra cualquier órbita independientemente de su altura. Esto, por supuesto, no quiere decir que los EE. UU. o Rusia no dispongan de medios para destruir satélites en órbitas altas, pero es un dato a tener en cuenta y que dice mucho sobre las intenciones chinas.

Un aspecto en el que la RPC no parece haber avanzado demasiado por el momento es el relativo a los satélites inspectores, a imagen de los referidos sistemas rusos o estadounidenses. No obstante, sí se tiene constancia de la existencia del Shijian 17 (SJ-17) que ha maniobrado en repetidas ocasiones para acercarse a otros satélites chinos, así como del TJS-3 que ha llegado a desplegar un vehículo o pequeño satélite desde su interior.

Sea como fuere, la agresividad China en este ámbito podría no ser más que una forma de intentar compensar su debilidad, forzando a los EE. UU. a sentarse en la mesa de negociaciones, para así llegar a un acuerdo de limitación de armamentos en el Espacio que le beneficiaría al forzar una paridad que no sería tal sin dicho acuerdo y con unos EE. UU. decididos a mantener su supremacía.

India es, como sabemos, el último socio de este exclusivo club, en el que ingresó el 27 de marzo de 2019. Era la culminación a una serie de esfuerzos iniciados casi una década antes en 2010 como respuesta a las pruebas chinas, que dibujaban un nuevo y desasosegante panorama para nueva Delhi frente a un país con el que mantiene importantes contenciosos.

La prueba india, dirigida por la DRDO (Defense Research Development Organization), consistió en el lanzamiento de un interceptor PDV Mark II, el cual chocó sobre el océano Índico con el satélite Microsat-R -desarrollado al efecto de servir de blanco y recoger datos de la prueba- dejando de paso un importante reguero de desechos.

Esta prueba India fue polémica, como decimos, por su altura, y es que el objetivo estaba en una órbita inusualmente baja, quizá porque las capacidades del interceptor todavía eran limitadas, aunque se sospecha que su techo podría superar en realidad los 1.000 kilómetros de altura.

Por otra parte, hay un aspecto interesante relacionado con el creciente poder indio a la hora de operar en el espacio, y es el beneficio indirecto que esto supone para los EE. UU., en tanto perjudica a China, rival tradicional de la India y razón de ser de su programa ASAT.

Actores que buscan dotarse de capacidades puramente defensivas

En este grupo, aunque nos centremos únicamente en dos países, en realidad tendrían cabida varios más, incluyendo el Reino Unido o España. La diferencia es que, mientras Japón o Francia disponen del presupuesto, la ambición y los vectores necesarios para comenzar un programa defensivo basado que incluya armamento basado en el espacio, el Reino Unido y España están varios escalones por debajo.

En ambos casos, lo que persiguen es más bien monitorizar el tráfico espacial y las potenciales amenazas, que no poder operar en dicho dominio. Buscan aumentar su conciencia situacional logrando una información verídica y actualizada de lo que ocurre en el espacio, pues consideran con razón que esto puede repercutir en las operaciones en otros dominios. Esa es la función, grosso modo, del Centro de Operaciones de Vigilancia Espacial (COVE) del Ejército del Aire de España, creado en noviembre del pasado año.

Japoneses y franceses, por su parte, aun sin estar al nivel de las cuatro grandes potencias de las que hemos hablado, tienen demasiados intereses en el espacio y demasiados medios desplegados, como satélites de reconocimiento o comunicaciones, como para no intentar defenderlos a toda costa, algo que de hecho han anunciado que van a hacer en los próximos años.

Merece la pena detenerse un poco más en el caso japonés y francés porque en el futuro podría repetirse por ejemplo con Corea del Sur, Turquía o Israel. Todos ellos son estados que disponen de satélites de reconocimiento o comunicaciones propios y que hasta ahora han vivido un escenario mucho más tranquilo, carente de verdaderas amenazas; un mundo más estable. Sin embargo, dada la creciente militarización del espacio y los factores que hemos comentado al hablar de la nueva era que ya está aquí, es evidente que tendrán que estudiar muy a fondo los casos japonés y francés, en especial si el decoupling respecto a los EE. UU. se profundiza.

Japón es, no cabe duda, una potencia tecnológica de primer orden. Comenzó su programa espacial en los años 60 con ayuda estadounidense y desde entonces no ha dejado de avanzar, aunque siempre con un marcado carácter pacífico, en la línea con su política exterior desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que esta última está mutando como respuesta ante las nuevas amenazas, particularmente Corea del Norte y la República Popular de China, también su programa espacial está viviendo un acusado cambio de rumbo.

El programa espacial japonés se inició a principios de los 60 en colaboración con los EE. UU.. Washington autorizó a empresas como Rockwell, TRW, Thiokol o McDonnell Douglas a proporcionar componentes vitales para los cohetes nipones. Para 1962 ya habían construido el Centro Espacial Kagoshima cerca de la ciudad de Uchinoura (en la actualidad toma su nombre de esta ciudad) en la isla de Kyushu. Pocos años más tarde, en 1970, apenas 12 años después de que los EE. UU. lanzasen su primer satélite, el Explorer 1, Japón hizo lo propio con el Osumi. Este hito convirtió a Japón en la cuarta nación del planeta en lanzar un satélite tras la URSS, los EE. UU. y Francia.

Más allá de los vectores, en 1969 firmaron un acuerdo con su socio estadounidense que permitía la transferencia de tecnologías clasificadas relacionadas con las comunicaciones por satélite, lo que permitió al país lanzar sus propios satélites de comunicaciones en los 70, aunque apenas entre el 15 y el 40 por ciento de los componentes eran realmente japoneses, en función del modelo.

La situación fue cambiando durante la década siguiente, cuando el país se dedicó a incrementar sus capacidades nativas en cuanto a diseño y fabricación tanto de vectores como de satélites y todas las tecnologías relacionadas. Era normal, dado el gran crecimiento económico experimentado por entonces, a la par que los gigantes tecnológicos nipones despuntaban, expandiéndose por todo el mundo. Así, su primer satélite de comunicaciones nativo, el ETS-IV fue puesto en órbita en 1981, su primer satélite nativo de observación marítima data de 1987 y su primer satélite de reconocimiento multi-espectral, de 1995.

Los 90 fueron una década convulsa por muchos motivos. Entre 1990 y 2003 se centraron en el desarrollo de su vehículo lanzador H-2 a la vez que trabajaron en el desarrollo de nuevos satélites, sufriendo numerosos problemas y varias pérdidas que terminaron con la cancelación de programas como HOPE-X. La cadena de fracasos terminó con la creación de la actual JAXA (Japan Aerospace Exploration Agency) en 2003, en sustitución de las anteriores NASDA (National Space Development Agency), el NAL (National Aerospace Laboratory) y el ISAS (Institute of Space and Astronautical Devices). Esto permitió racionalizar los recursos y dar un nuevo impulso a la investigación espacial en el país durante los años posteriores.

En paralelo, a finales de 1998 el país había puesto en marcha una iniciativa crítica: el programa de satélites de reconocimiento. La decisión se había tomado después de que en agosto de ese año un misil Taepodong norcoreano sobrevolara territorio japonés. Es cierto, como hemos visto que ya habían desarrollado satélites de observación por ejemplo naval, pero nada de la envergadura del nuevo programa, para el que se contó con Mitshubishi como contratista principal y, nuevamente, con la colaboración norteamericana.

El primer satélite de reconocimiento de los ocho previstos, con una resolución de 1 a 3 metros y radar de apertura sintética fue puesto en órbita mediante un cohete H-2 en marzo de 2003, a lo que seguirían dos intentos fallidos que culminaron con la destrucción de sendos satélites. El programa continuó adelante pero se saldó con un relativo fracaso tras más de 2.200 millones de dólares invertidos en él.

Con todo, desde entonces los avances japoneses no han dejado de sucederse. A su participación en la Estación Espacial Internacional, en donde participa entre otras cosas con el laboratorio Kibo, hay que sumar éxitos como la sonda espacial Hayabusa en 2003 o la llegada al espacio en 2013 del primer astronauta robótico (Kirobo). De esta forma y por méritos propios, Japón se ha convertido en una potencia de primer orden que participa en numerosos programas internacionales y que utiliza sus capacidades espaciales como una herramienta más de su diplomacia. Esto queda demostrado, sin ir más lejos, con la ayuda prestada a naciones como Ghana, Bangladesh, Nigeria, Mongolia, Malasia, Filipinas o Kenia de cara a lanzar sus propios nanosatélites.

De todos los cambios vividos en estas décadas, no obstante, los más importantes y los que realmente atañen al objeto de este artículo se han sucedido desde 2008, cuando el parlamento nipón modificó la ley que rige las actividades espaciales del país, para dar respuesta a las nuevas amenazas, en línea con los cambios en otras áreas como la presupuestaria, la venta de armas al extranjero, etc. Lo que consiguió fue allanar el camino de cara a una mayor utilización militar del espacio para el país, aunque los primeros pasos efectivos todavía tardarían en llegar. Las razones para este cambio de actitud son variadas, pero cabe destacar tres:

  • Un creciente decoupling (desacople) respecto a los EE. UU., de quien se ha dependido hasta ahora para muchos componentes críticos. En Tokio no ven con buenos ojos esta dependencia, que pretenden subsanar.
  • La preocupación ante la amenaza norcoreana y china. En este último caso, además, un país que cuenta con capacidades ASAT y un presupuesto creciente dedicado a la guerra espacial.
  • La relación entre el desarrollo de capacidades espaciales y la base tecnológica del país, íntimamente relacionadas y críticas para un Japón que depende sobremanera de la tecnología para seguir siendo una potencia económica.

Por diferentes razones (presupuestarias, técnicas, políticas) Japón difícilmente llegará a ser una potencia militar en el espacio con capacidades completas. Esto no obsta para que en los últimos años haya seguido una estrategia coherente:

  • Asegurándose cierta independencia en el uso de medios espaciales aplicados a la guerra en el resto de dominios, como es el caso del desarrollo de capacidades de posicionamiento, navegación y sincronización propias y complementarias a la red GPS norteamericana, gracias al sistema Quasi-Zenith (QZSS);
  • Mejorando su red de satélites de reconocimiento (formada por dieciséis unidades, lo que les permite dos pasadas diarias sobre cualquier punto del globo) y sus medios de detección y alerta temprana, que hacen posible, entre otras muchas cosas, monitorizar los lanzamientos norcoreanos. Así, en la actualidad Japón opera una constelación de satélites de reconocimiento electro-ópticos (EO) y de radar de abertura sintética (SAR), denominada Sistema de Recopilación de Inteligencia que dota al país de unas capacidades notables.
  • Publicando un nuevo Libro Blanco de la Defensa (2018) en el que se recoge la necesidad de hacerse con la capacidad de “interrumpir el mando, el control, las comunicaciones y la información del oponente para asegurar la superioridad en el espacio”, toda una declaración de intenciones que, según los políticos japoneses, no choca en absoluto con la tradicional postura defensiva del país.
  • Ampliando las funciones de la Fuerza Aérea de Autodefensa de Japón hasta convertirla en la Fuerza Aérea y Espacial, como afirmó que haría el propio Abe, el pasado año 2019.
  • Creando el primer Escuadrón de Operaciones Espaciales del país el 18 de mayo de este mismo año. Encuadrado en la estructura de las Fuerzas Aéreas de Autodefensa de Japón, apenas cuenta en sus inicios con una veintena de oficiales y suboficiales, destinados a capacitar a los próximos integrantes de la unidad hasta lograr que esta alcance una operatividad completa, hacia 2023, ya con un centenar de integrantes. Además, Japón ha firmado un acuerdo-marco de cooperación con el Mando Espacial de los EE. UU., de tal forma que compartirán datos y procedimientos y con el que ya realizan juegos de guerra conjuntos. La misión principal de esta unidad será supervisar los satélites en órbita y recopilar información sobre las actividades espaciales de China o Rusia, logrando la necesaria conciencia situacional en un primer momento.
  • Planteándose la posibilidad, que sin duda se llevará a efecto, de situar interceptores en el espacio, es decir, armamento defensivo pensado para hacer frente a los medios ASAT rusos o chinos, pero sin ninguna vocación ofensiva a priori, algo que permitiría compaginar la salvaguarda de su red de satélites con su política marcadamente pacifista. Por el momento no han aclarado el tipo de interceptores que situarían en órbita (cinéticos, EW, dotados con láser…), pero lo más probable es que se trate de una combinación de todos ellos.

Antes de terminar con Japón, hay que aclarar un par de detalles: 1) No todos los medios relacionados con las capacidades de guerra espacial japoneses están o estarán basados en el espacio ni mucho menos. En este esfuerzo parte desde radares basados en tierra hasta sus buques de guerra, pasando por sus cada vez mejor dotadas unidades de ciberdefensa; 2) En relación con lo anterior, Japón está realizando un importante esfuerzo no sólo en lo relativo a la guerra espacial, sino en avanzar en sus capacidades multidominio, de las que ésta solo es una entre muchos otros componentes.

El caso de la República Francesa es muy parecido al de Japón. Sin capacidad de desarrollar (o más bien financiar) el espectro completo de capacidades y a la espera de que la Europa de la Defensa llegue -o no- a ser una realidad, a lo más que puede aspirar esta “potencia menguante” es a tratar de proteger sus satélites y medios relacionados de los ataques de otros.

Hay, no obstante, ciertas particularidades en el caso francés que conviene tener en cuenta. Al fin y al cabo, se trata de una potencia nuclear. Este hecho debe tenerse presente en todo momento pues: 1) supone una garantía de que las cosas no escalen hasta llegar a una confrontación abierta y; 2) en caso de fallar la primera línea de disuasión y sufrir un ataque contra sus satélites de reconocimiento o comunicaciones, podrían llegar a emplear armamento nuclear en lugar de contra el territorio del estado atacante, contra sus capacidades espaciales, incluso a pesar de los enormes daños colaterales que ello podría implicar.

Por otra parte, el hecho de ser una potencia atómica supone una carga añadida en algunos aspectos, pues su capacidad de respuesta nuclear depende en buena medida de la “salud” de sus medios basados en el espacio, como los satélites de reconocimiento o de comunicaciones. Por lo tanto, si esta red se viese atacada, la credibilidad y por lo tanto la disuasión, sufrirían en consecuencia.

Más allá de esto, Francia es, como sabemos, una potencia espacial que desde la fundación de esta agencia, en 1975, engloba la mayor parte de sus actividades dentro de la ESA (Agencia Espacial Europea), de la que es el mayor contribuyente, aportando algo más del 25% del presupuesto total. Además, no sólo la sede central de la agencia está en París, sino que el Centro Espacial Guayanés se sitúa, como sabemos, en la Guayana francesa, departamento de ultramar situado en América del Sur. Además, el país participa activamente en la Política Espacial Europea y ha liderado algunos de los programas más emblemáticos, como el programa Copérnico o la alternativa europea al GPS, conocida como Galileo, programas ambos de uso dual.

Por si esto fuera poco, el estado francés posee el 60,12% de Arianespace, la compañía encargada de la producción, operación y comercialización del lanzador Ariane 5, así como de Soyuz-2 y Vega (estos en colaboración con la empresa rusa TsSKB-Progress). Esto, en la práctica, supone que Francia es el único país de la UE con capacidad de poner en órbita sus propios ingenios, pues cuenta con todos los elementos necesarios, desde los lanzadores al centro espacial.

Respecto a los medios desplegados, es sin duda la nación europea -dejando a Rusia al margen- que dispone de los medios de observación y comunicaciones más avanzados:

  • En cuanto a reconocimiento óptico, nuestros vecinos están trabajando en el programa CSO (Composante Spatiale Optique), una constelación de observación tres satélites que debe reemplazar a los Helios 2 (programa en colaboración con España e Italia), permitiendo resoluciones de hasta 20 centímetros, obtener 280 imágenes al día de media y con un coste estimado en 1.300 millones de euros. De uso dual también están en servicio los satélites Pléiades-HR 1A y 1B desde principios de la pasada década y los Spot (uso dual), habiéndose lanzado el último de estos (Spot-7) en 2014.
  • En lo concerniente al reconocimiento electromagnético, Francia está inmersa en el programa CERES (Capacité de REnseignement Electromagnétique Spatial), que busca crear una constelación de tres satélites SIGINT (Inteligencia de Señales) que mejore las prestaciones de los actuales Essaim y Elisa.
  • Por último, respecto a las comunicaciones por satélite, además de numerosos medios civiles utilizados por compañías privadas y que también tienen su función militar, Francia ha venido operando la serie de satélites Syracuse, constelación también de tres satélites que ya va por su cuarta generación.

En resumen, Francia cuenta con importantes razones para establecer medios que permitan defender estos activos, pues buena parte de la operatividad de sus Fuerzas Armadas depende de ellos.

Así las cosas, no es de extrañar que el pasado año la ministra de defensa, Florence Parly y el Presidente de la República Francesa Emmanuel Macron, anunciaran la creación de un mando espacial -denominado Commandement de l’espace (CDE)- con base de operaciones en Toulouse y cuya financiación correrá al margen de lo recogido en el programa 2019-2025 que ya contemplaba una inversión de 3.600 millones de euros para la renovación de los medios que hemos ido describiendo. La nueva unidad, en realidad no es tan nueva como Macron quiere hacer ver, sino que sustituye al Mando Espacial Conjunto creado en 2010 y que había adolecido de graves problemas, como no llegar a establecer una única cadena de mando.

Además, deberán acometer cambios legales para que sus fuerzas armadas puedan operar en el espacio, ya que hasta ahora las actividades espaciales se consideraban como funciones de apoyo a la guerra en los dominios tradicionales y eran tradicionalmente responsabilidad de la agencia espacial civil CNES.

Los nuevos planes no serán baratos. De aquí a 2025 esperan invertir un total de 4.300 millones de euros en crear dicho mando espacial (700 millones adicionales respecto al presupuesto anterior) y dotarlo de medios adecuados para realizar su función. Es lógico, dado que si hasta el momento el esfuerzo se centraba en evitar ataques informáticos que pudiesen hacerles perder el control de sus satélites, o interferencias en sus sistemas de comunicación, etc, ahora deben ser capaces además de repeler ataques físicos.

Dado que el objetivo primordial es lograr capacidad de autodefensa (ellos la denominan “defensa activa”) en el dominio espacial, nuestros vecinos pretenden incluir sistemas cinéticos y láser como medios defensivos en sus satélites en órbita ya a partir de la próxima década. Una de las ideas manejadas por los estrategas franceses pasa por lanzar constelaciones de nanosatélites que puedan orbitar los satélites principales (comunicaciones, observación y reconocimiento) y que los protejan mediante el lanzamiento de proyectiles o el uso de láseres a la espera de dar con la solución técnicamente más adecuada, pues son varias las que se están barajando. Se ha especulado también con la posibilidad de que incluyan una panoplia de sistemas más amplia, lo que redundaría en respuestas más adecuadas a cada escenario, por ejemplo mediante el uso de chaffs y bengalas o contramedidas electrónicas.

Ahora bien, como en el caso japonés, nada de esto podría ser suficiente en función del rival y sus capacidades y ya se está hablando de lanzar, a medio plazo, sus propias constelaciones de nanosatélites, de forma que lo que ahora son redes dependientes de unos pocos satélites, queden distribuidas entre cientos o incluso miles, lo que las haría resilientes.

Más allá del nuevo mando espacial, Francia invertirá en la creación de una escuela militar ad hoc que permita formar personal especializado, además de reforzar sus capacidades de detección, complementando instalaciones como el radar GRAVES (Grand Réseau Adapté à la Veille Spatiale). Sea como fuere, para 2030 todo el conjunto debe estar plenamente operativo y Francia ha de ser capaz de defenderse en el espacio.

Por otra parte, hay flecos por resolver respecto a la financiación. Como hemos dicho, programas como Helios contaron con financiación española e italiana, mientras que iniciativas como Horus recurrieron a Alemania para reducir el coste para las arcas francesas. La búsqueda de socios es una constante en el programa espacial galo y, llegado el caso, estos mismos socios se beneficiarían de las capacidades de defensa francesas, de ahí que parte del coste se busque repercutirlo hacia estos. La otra posibilidad, en la que también se trabaja, pasa por integrar estos programas en la agenda europea de defensa, aprovechándose de los fondos comunitarios, aunque vista la situación y los recortes, no parece lo más razonable.

En resumen, lo que Francia busca en relación a la guerra espacial no es otra cosa que profundizar en esa “autonomía estratégica” que con tanto ahínco intenta que cale entre sus socios de la UE por más, eso sí, de que en su mayor parte no sea más que un triste remedo de la tradicional “grandeur” francesa.

Este último grupo es el más variopinto. En él se encuadran prácticamente todos los países con intereses en el espacio, una lista que no deja de crecer gracias a incorporaciones que van desde Nigeria e Israel a los EAU y desde Brasil a Corea del Sur o Marruecos.

Lo que tienen en común estos países -y en realidad muchos otros-, es que cada vez tienen más intereses en el espacio, bien porque hayan desarrollado programas espaciales propios, bien porque el uso de medios basados en el espacio sea vital para su economía y su sociedad.

Una pequeña reflexión final

En la última década y media la militarización del espacio ha dejado de ser un coto cerrado, para abrirse a un abanico de actores cada vez más amplio y variopinto.

Es la consecuencia lógica de la importancia creciente que los activos espaciales tienen tanto en el apartado bélico, como en el día a día de nuestras sociedades, completamente dependientes de las telecomunicaciones, los sistemas de posicionamiento o las imágenes por satélite.

Este cambio de era trae consigo importantes desafíos relacionados con la estabilidad estratégica, lo que obliga a su vez a desarrollar nuevos sistemas capaces de ejercer disuasión y, llegado el caso, de permitir a sus poseedores una gama de opciones lo más amplia posible.

Esto último queda demostrado con el interés que las principales potencias están poniendo en desarrollar e implementar nuevos tipos de armamento espacial, en algunos casos de naturaleza puramente ofensiva, en otros dual y en otros puramente defensiva.

Hasta el momento únicamente cuatro naciones (EE. UU., Rusia, China e India) cuentan con capacidades ASAT reales. Japón o Francia, por su parte, instalarán en los próximos años sistemas defensivos. Muchos otros jugadores, no obstante, podrían pasar en las décadas venideras a operar en el espacio igual que hacen ahora en el resto de dominios.

A medida que los vectores y los actores se multiplican, la posibilidad de incidentes bien por errores de cálculo, bien por cualquier otro motivo, aumenta. Hasta el momento, salvo por la prohibición de las pruebas nucleares en el espacio, no hay tratado alguno que limite la posibilidad de situar o utilizar armas más allá de la atmósfera. Quizá sea algo que deba cambiar, como ha sucedido en el pasado con la adopción de diversos acuerdos relativos a los arsenales nucleares. Por el momento, sin embargo, esto parece una quimera.

Esto último perjudica a los países o uniones de países más dependientes de los acuerdos internacionales, del multilateralismo y de la diplomacia, como es el caso de la Unión Europea, que ya financia programas militares relacionados con el espacio. En este sentido, si de verdad la UE quiere alcanzar esa «autonomía estratégica» de la que tanto se habla, el esfuerzo real deberá ser muy superior al actual e ir muchísimo más allá de los limitados planes galos, pasando a competir en igualdad de condiciones con actores como los EE. UU. o Rusia. Quizá financiar la instalación de armamento ofensivo en el espacio sea un trago amargo para muchos europeos, pero si de verdad se pretende garantizar la supervivencia de nuestra forma de vida, no hay más remedio que aceptar la realidad.

Fuentes

Christian D. Villanueva López
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