La imposible Armada Europea

Unos recursos ingentes, pésimamente aprovechados

La UE no puede ser una gran potencia careciendo como lo hace de una Armada Europea. Sin embargo, como sentenció de forma magistral Mark Eyskens, «La Unión Europea es un gigante económico, un enano político y un gusano militar». De hecho, esta frase, publicada en los días previos a la operación Tormenta del Desierto es hoy más cierta si cabe que hace casi tres décadas. Entonces muchos ejércitos europeos tenían a su disposición los stocks de material propios de la Guerra Fría. Hoy, los «dividendos de la paz», la disparidad de intereses entre los 27 socios, el peso de unas empresas capaces corromper cualquier iniciativa y las trabas ideológicas, han transformado a la UE en poco menos que una bacteria desde el punto de vista defensivo. El Brexit, por su parte, aunque la colaboración con el Reino Unido continuará siendo intensa, no hace sino agravar una herida que no parece tener cura a corto plazo. El problema más grave, no obstante, es otro: la falta de una estrategia común.

En las próximas líneas trataremos, grosso modo, de dar una idea de los recursos que la Unión Europea en conjunto tiene a su disposición en el apartado naval. Hemos elegido el plano naval como podríamos haber hecho lo propio con los ejércitos de tierra, las fuerzas aéreas o incluso el dominio espacial (aunque en este último caso habría resultado todavía más descorazonador el resultado). No pretendemos ser ni demasiado exactos, ni profundos, por lo que rogamos al lector que nos disculpe si de vez en cuando divagamos o repetimos alguna idea. Entiéndase el texto como una reflexión en voz alta…

Antes de entrar en materia conviene, sin embargo, definir un concepto básico: el de capacidades militares. En la tesis doctoral «Capacidades militares y defensa en el ámbito de la Unión Europea (1999-2014)» José Antonio Vergara Melero utiliza la definición de «military capability» que nos da el Departamento de Defensa de los EE. UU. y que viene a ser «aptitud para alcanzar un objetivo específico en guerra (ganar una guerra o batalla, destruir un objetivo)». Posteriormente, amplía la definición explicando sus cuatro componentes principales, que reproducimos a continuación:

  • La estructura de fuerza: es la cantidad, tamaño y composición de las unidades que constituyen las fuerzas armadas.
  • Modernización: está relacionada con el grado de sofisticación técnica de las fuerzas, unidades, sistemas de armas y equipamiento en general.
  • Disponibilidad: es la habilidad de las unidades para proporcionar las capacidades requeridas por sus jefes para ejecutar las misiones asignadas.
  • Sostenibilidad: es la habilidad para mantener el nivel y la duración de la actividad operativa necesarios para alcanzar los objetivos militares. Es una función derivada del mantenimiento de los niveles de disponibilidad de las fuerzas, el material y los abastecimientos necesarios para apoyar el esfuerzo militar.

A pesar de que tanto la UE como España cuentan con otras definiciones, no es nuestra intención entrar en ningún debate conceptual o terminológico, sino únicamente dar una idea general del concepto, de forma que el lector entienda que va más allá de la mera disponibilidad de medios (en este caso el número de buques): lo que importa es qué puede desplegar en una situación dada. De hecho, lo fundamental no son los medios en sí mismos, sino sino la posibilidad de utilizarlos en pos de un objetivo concreto y es aquí en donde la Unión Europea, como veremos, falla estrepitosamente.

La operación EUNAVFOR-ATALANTA comenzó en el año 2008 en el Consejo de la Unión Europea a instancias de España y Francia. Fuente – Armada Española.

Inversión en Defensa

En la actualidad, la Unión Europea, incluso tras el Brexit, cuenta con el segundo presupuesto militar a nivel mundial, muy por delante de la República Popular de China, aunque el gasto real de esta última es difícil de precisar y, al menos oficialmente, es de «sólo» 178.000 millones de dólares para el presente año.

Las cifras, para 2020, son las que siguen, siempre en miles de millones de dólares, mientras que las cifras de PIB corresponden a 2019. Todos los datos provienen de fuentes gubernamentales o, en su defecto, de organizaciones como la OTAN o instituciones como el SIPRI:

EstadoPIBPresupuestoPoblación
Alemania3.863.34454.75182.850.000
Francia2.707.07450.72966.992.000
Italia1.988.63624.48260.483.973
España1.397.78013.15646.934.632
Países Bajos902.35512.47817.118.084
Polonia565.85411.90237.976.687
Suecia528.9295.68010.120.242
Bélgica517.6094.92111.413.058
Austria447.7183.6498.822.267
Irlanda384.9408624.838.259
Dinamarca347.1764.6515.781.190
Finlandia269.6543.4925.513.130
República Checa246.9532.96710.610.055
Portugal236.4803.61310.291.927
Rumanía243.6985.05019.523.621
Grecia214.0124.94010.738.688
Hungría170.4072.0809.778.371
Eslovaquia106.5521.9055.443.120
Luxemburgo69.453395602.005
Bulgaria66.2502.1797.050.034
Croacia60.7021.0324.105.493
Eslovenia54.1545812.066.880
Lituania53.6411.1072.808.901
Letonia35.0457241.934.379
Estonia31.0386701.319.133
Chipre24.280360864.236
Malta14.85954475.701
Reino Unido2.743.58660.76166.440.000
Unión Europea 15.548.593 218.410 446.456.066
UE + RU18.292.179279.171512.896.066
Estados Unidos21.439.453730.149329.968.629
R. P. China14.140.163178.0001.386.000.000
Federación Rusa1.637.89261.400144.500.000

Como vemos, apenas un puñado de países son los que aportan el grueso de la inversión en defensa de la UE, siendo con mucha diferencia Francia y Alemania los que más destinan a este efecto, seguidos de lejos por Italia y, a mucha mayor distancia España, Polonia y los Países Bajos.

Ahora bien, el gasto bruto, tal y como figura en la gráfica que se puede ver a continuación no es, en realidad, representativo del esfuerzo que supone. Sin ir más lejos, el porcentaje respecto al PIB que dedica Francia es muy superior al que destina Alemania, resultando en un gasto parecido pese a que la economía alemana es mucho mayor que la gala.

Gasto militar en Europa. Fuente – IISS.

La comparación con los EE. UU., la República Popular de China u otros actores se puede ver, de forma más clara si cabe, en este gráfico del IISS que, aunque hace referencia al pasado 2019 y no incluye a la UE en su conjunto, resulta ilustrativo. Es fácil imaginarse que la UE-27 ocupa un lugar entre los EE. UU. y China, pese a lo cual sigue sin tener un poder militar acorde a la gigantesca inversión que realizan sus miembros cada año.

Después de los datos que hemos aportado (recordamos que son orientativos y que puede haber pequeñas variaciones en las cifras), queda también claro que si bien Europa dispone de unos recursos ingentes, estos son aportados en su mayor parte por apenas cuatro países (Alemania, Francia, Italia y España) que suponen el 64% del PIB de la UE, el 65% del presupuesto de defensa y el 57,62% de la población.

Esto no queda aquí sino que, además, estos mismos países (o más bien los tres primeros) controlan las empresas de defensa más relevantes del continente, caso de Airbus, Leonardo, Thales, Naval Group o Rheinmetall AG, todas ellas entre las 30 primeras empresas del sector por facturación a nivel global. Huelga decir que el control sobre estas empresas es desigual, algo en lo que España sale particularmente malparado.

Son también, lógicamente, los países más comprometidos con la participación en misiones internacionales y los que tienen intereses más alejados de sus fronteras, tanto por su pasado colonial, como por su propia geografía, especialmente en el caso de Francia, Italia y España. Es por ello que son los estados que más mimo dedican a sus armadas.

SNA Suffren antes de su puesta a flote (Naval Group).

La imposible Armada Europea

¿Qué medios tendría una hipotética Armada Europea? ¿Sería una armada compensada, con un correcto reparto entre medios oceánicos y costeros?¿De superficie y submarinos?¿De combate y de abastecimiento? Vamos a intentar, en la medida de lo posible, responder algunas de estas cuestiones.

Si pasamos a evaluar los sistemas concretos en manos de los miembros de la UE-27 nos encontramos, en el apartado naval, con lo recogido en las tablas III y IV. Por supuesto, se pueden discutir algunas cifras y se puede alegar que no tiene mucho sentido mezclar todos los tipos de buques de desembarco anfibio asimilando buques chinos con 40 años de servicio a modernos LHD como el Juan Carlos I. Lo mismo ocurre al meter en el mismo saco los supercarriers estadounidenses y buques como los europeos Garibaldi, Cavour o Charles de Gaulle.

Además, dejamos fuera deliberadamente los buques de apoyo pese a ser multiplicadores de fuerza vitales. En este aspecto, la disparidad de medios que podemos encontrar en Europa es tal que la clasificación pierde buena parte de su sentido, lo mismo que sucede con los patrulleros, lanchas lanzamisiles, etcétera. Además, el valor militar real de muchas de estas unidades es dudoso, por lo que hemos preferido obviarlos.

Por último, hemos optado por dejar de lado las armas estratégicas, ya que la Unión Europea no tiene una política al respecto y la les dedicamos en su día un artículo. Además, tras la salida británica, la única fuerza nuclear y con capacidades muy limitadas, es la Force de frappe francesa. Dicho esto, las cosas están como se ve a continuación, siendo los datos suficientemente representativos, a nuestro juicio:

PaísPortaavionesCrucerosDestructoresFragatas
Alemania15
Francia11111
Italia2412
España11
Países Bajos6
Polonia2
Suecia
Bélgica2
Austria
Irlanda
Dinamarca9
Finlandia
República Checa
Portugal7
Rumanía3
Grecia12
Hungría
Eslovaquia
Luxemburgo
Bulgaria4
Croacia
Eslovenia
Lituania
Letonia
Estonia
Chipre
Malta
Reino Unido20613
Unión Europea301594
UE + RU5021107
Estados Unidos1022678
R. P. China203549
Federación Rusa011510
PaísCorbetasLHA/LHD/LPDSSN / SSGNSSK
Alemania54
Francia35
Italia38
España33
Países Bajos24
Polonia13
Suecia75
Bélgica
Austria
Irlanda2
Dinamarca
Finlandia
República Checa
Portugal2
Rumanía7
Grecia11
Hungría
Eslovaquia
Luxemburgo
Bulgaria3
Croacia
Eslovenia
Lituania
Letonia
Estonia
Chipre
Malta
Reino Unido0260
Unión Europea2511540
UE + RU25131140
Estados Unidos1933560
R. P. China50441246
Federación Rusa79572322

En las tablas falta un dato concreto de importancia: el tonelaje global de las armadas, que sigue inclinándose a favor de los Estados Unidos y que, como explicamos en este artículo, tiene una incidencia capital en el valor militar del conjunto de la flota. Aunque es muy complicado estimar el tonelaje total de las armadas del conjunto de socios, sí podemos hacer lo propio al menos con los cuatro países principales que, en este caso, aportan el grueso del tonelaje y la mayor parte de los buques con algún valor militar (más allá de servir de blancos):

PaísTonelaje Total
Alemania60.860
Francia280.830
Italia124.980
España87.225
Reino Unido 407.690
UE-4553.895
UE-4 + Reino Unido961.585
Estados Unidos4.635.638
República Popular de China1.820.222
Federación Rusa1.216.547

En conjunto, la Unión Europea dispondría de una armada más que digna, aunque escaseen los buques de gran desplazamiento, lo que penaliza el resultado final. Como se ve, incluso con la participación británica, el tonelaje total es inferior al de la Federación Rusa, aunque en su caso los antiguos cruceros de la clase Kirov y destructores de la clase Slava, además del portaaviones Kuznetsov, tienen un impacto desproporcionado sobre el global, pese a que su operatividad sea mínima o nula.

Todo lo contrario ocurre con la RPC, que tiene más de 600 buques en activo, la mayor parte de pequeño desplazamiento (corbetas, lanchas lanzamisiles y patrulleros) y que solo desde hace relativamente poco tiempo ha venido construyendo buques de gran porte. Previsiblemente en pocos años se acercará mucho más a la US Navy, aunque su esfuerzo constructor ya empieza a dar signos de agotamiento y esto sigue sin ser indicativo de otros aspectos que trataremos más adelante, como el know-how.

Hay que tener en cuenta que el aporte de la mayor parte de los socios de la UE respecto a las capacidades navales, es meramente anecdótico. De hecho, sería mucho más inteligente que renunciasen a sus armadas (por duro que sea decirlo) -generalmente corbetas, lanchas lanzamisiles y patrulleros de diversos tipos- y dejasen la defensa de sus costas en manos de los socios más importantes a cambio de una cuota, pasando a ocuparse únicamente de las tareas policiales. Sería una forma inteligente de liberar recursos aunque, claro está, pocos o ningún estado renuncian así como así a su función básica, que no es otra que garantizar su propia defensa.

La cruda realidad es que solo unos pocos estados pueden alistar buques modernos y capaces, algo que se deja notar. Además, las Leyes de Agustine, aunque no se cumplan al 100%, imponen una tiranía clara y suponen que solo mediante la suma de esfuerzos se va a poder abordar el coste de los nuevos sistemas, siendo cada vez más complicado adquirir siquiera una fragata moderna para muchos de los socios. Por poner en contexto la situación, la F-105 Cristóbal Colón supuso para las arcas españolas un desembolso de 822,99 millones de euros. Esto es más que todo el presupuesto militar de Chipre, Letonia o Eslovenia. Es una comparación ventajista, cierto, pero también muy gráfica.

Hablando de los buques, de su precio y de su construcción, la Unión Europea es víctima de una capacidad de construcción naval excesiva, un número de empresas disparatado (pero que con un criterio lógico cada estado considera como elementos vitales y, por tanto, a mantener) y un catálogo de modelos demasiado diferentes entre sí en tonelaje y capacidades. Ni siquiera hay acuerdo sobre las denominaciones de los buques, algo que quizá no tiene demasiada importancia, pero es una muestra de la disparidad de enfoques y necesidades que conviven a nivel continental.

En relación con esto, si bien se ha intentado en las últimas décadas homogeneizar algunos tipos de buques (NF-90, FREMM, Horizonte o incluso la futura «Eurocorbeta») generalmente la reticencia de los socios a ceder o a arriesgar a sus empresas de bandera y las diversas doctrinas, han terminado por condenar estos programas. Ha ocurrido incluso con programas bilaterales como el portaaviones PA2, cancelado en 2013 además de por su coste y problemas técnicos, porque en realidad nada tenía ya que ver con el Queen Elizabeth británico y porque los objetivos de Helsinki (1999), que buscaban dotar a la UE de una fuerza de tres portaaviones de flota, quedaron en agua de borrajas, una vez más.

Por otra parte, aunque no se han incluido, la apuesta de muchos socios por armadas costeras -de aguas verdes en el mejor de los casos-, en las el grueso de las flotas lo forman las patrulleras o las lanchas lanzamisiles, penaliza también el esfuerzo conjunto. Ha de tenerse en cuenta que, en total, son literalmente cientos los buques de estos tipos que obran en poder de los socios de la UE. Entre todos, suponen un despilfarro importante de recursos económicos y humanos. Además, muchos de ellos ni siquiera pueden compararse, ni en armamento, ni en prestaciones, con algunos de los cutters de la Guardia Costera de los EE. UU.. Mucho menos con sus homólogos rusos, corbetas que en muchos casos cuentan con armamentos propios de clases mucho mayores.

Corbeta alemana F264 Ludwigshafen am Rhein.

Aspectos inmateriales

Resulta difícil evaluar el impacto de otros factores, como la formación del personal, a la hora de hablar sobre las capacidades de una hipotética armada europea. La realización de múltiples ejercicios, tanto bilaterales como multinacionales ha servido, durante décadas, para homogeneizar las técnicas, tácticas y procedimientos. La pertenencia de los principales socios a una organización como es la OTAN, con sus STANAG, sus requisitos y sus obligaciones, también tiene un papel a la hora de estandarizar desde los equipos, a la forma de utilizarlos.

Del mismo modo, la fluidez con que se realizan los programas de intercambio, en virtud de los cuales oficiales navales de unos países asisten a las escuelas de guerra naval del resto de socios, tiene un valor incuestionable, haciendo que las ideas más avanzadas o exitosas rápidamente calen en la oficialidad del resto de miembros. Eso por no hablar del importante número de conferencias, jornadas, cursos y demás que cada año se celebran y contribuyen a estos mismos objetivos.

Por supuesto, más allá del faro que supone para todos la US Navy, hablamos en algunos casos de armadas con siglos de experiencia acumulada a sus espaldas, algo que no es despreciable por lo que significa tanto en términos de espíritu de cuerpo y tradición, como de autoexigencia y saber hacer.

Sin embargo, no todo es positivo. Las particularidades casan muy mal con la formación de una hipotética armada comunitaria. Las diferentes escuelas navales, aunque estén influidas por las del resto de socios, siempre tienen particularidades, precisamente porque atienden a las necesidades de cada país y no de un conjunto. En este sentido, hay quienes apuestan por la negación del espacio marítimo, quienes pretenden el dominio del mar, quienes buscan una armada de compromiso, capaz de participar en misiones internacionales con uno o dos buques, pero compuesta en su mayoría por embarcaciones ligeras y baratas, etc.

Luego hay otro tipo de problemas que se relacionan más con los presupuestos y capacidad tecnológica de cada socio. Mientras países como España hacen milagros con buques como los BAM, tripulados por poco más de 50 almas, otros siguen empleando buques antiguos con tripulaciones enormes, lo que hoy en día constituye un despropósito. Por ejemplo, una fragata Búlgara de la clase Koni, con una operatividad más que dudosa necesita, ni más ni menos, que 110 tripulantes. Eso para un desplazamiento de 1.900 toneladas a plena carga (frente a los 2.760) de un BAM).

Buque de Acción Marítima «Audaz». Fuente – Armada Española.

Sin estrategia = sin futuro

Al final, más allá del número de buques, de que una armada europea naciese descompensada, de la contribución desigual entre socios o de cualquier otro problema, el gran condicionante sigue siendo la falta de una visión sobre cuál debe ser el papel de la Unión Europea en el mundo y sobre cuáles sus intereses principales. No porque se ignoren, sino porque al final pesan más los intereses particulares de los socios.

En la actualidad la Unión Europea mantiene seis misiones militares. En el plano naval, destacan las operaciones Agénor, Atalanta y Sophia (esta última en suspenso desde el 27 de marzo de 2019 por la falta de acuerdo sobre el desembarco de inmigrantes).

Además, los socios, destinan también buques a los diversos operativos de la OTAN, como Sea Guardian, así como a las Agrupaciones Navales Permanentes de la OTAN (SNFs), que incluyen dos grupos de escoltas (SNMGs) y dos grupos de cazaminas (SNMCMGs), con el objeto de proporcionar una presencia marítima permanente a la Alianza.

En ambos casos, son los socios de forma voluntaria los que aportan medios a las distintas misiones y agrupaciones, existiendo una suerte de relación bilateral entre cada país y la OTAN o la UE, respectivamente. Los estados tienen derecho de veto en todo el proceso.

Esto, en el caso de la UE, es el mayor escollo a cualquier proyecto de Fuerzas Armadas comunitarias y previsiblemente lo seguirá siendo. Los estados son reacios a deshacerse de más funciones, especialmente si son centrales, como la seguridad. Ahora bien, dado que la voluntad política de seguir adelante con el proceso de cooperación militar parece firme (aunque sin un objetivo o dirección clara más allá de la política industrial -y solo para unos pocos-) conviene detenerse en los posibles escenarios que podemos encontrarnos a futuros:

  • Creación de unas verdaderas Fuerzas Armadas de la Unión Europea: en principio, y salvo que una crisis mayor forzase su aparición, a décadas vista es muy poco plausible. Para hacerlo realidad sería necesario poco menos que un «cirujano de hierro». En el plano naval debería ser, al menos, capaz de obligar a los socios a prescindir de muchas unidades, así como a precintar bases navales, recortar plantillas, homogeneizar el material, reorganizar la industria naval con la formación de uno o a lo sumo dos grandes grupos que compitiesen entre sí, etcétera.
  • Cooperación más estrecha en busca de mayor «autonomía estratégica»: Es el escenario más probable y continuaría profundizando en la tendencia que se observa, al menos, desde la llegada de Donald Trump al poder. Ahora bien, sin ese «cirujano de hierro» del que hemos hablado, de muy dudosa aparición, o sin un estímulo exterior importante, parece evidente que solo puede dirigirse hacia el caos anunciado por nuestro colaborador Guillermo Pulido en este artículo sobre la «Incapacidad militar europea y la miseria de su autonomía estratégica».
  • Desintegración: El proceso de integración europea no es irreversible, como ha demostrado el Brexit. De hecho, es posible que el descontento siga aumentando entre diversos socios que no ven sus aspiraciones (de seguridad, económicas, políticas…) satisfechas. Así las cosas, un proceso de desintegración obligaría a aumentar la inversión de cada socio en sus propias fuerzas armadas (despertando de paso viejos recelos) a la vez que arrojaría a algunos en brazos de la OTAN, mientras que otros optarían por estar a bien con vecinos como Rusia, a la vez que aparecerían nuevas alianzas.
SSK Papanikolis de la Armada Griega

¿Qué sería necesario para formar esa Armada Europea?

Si obviásemos que posiblemente unas Fuerzas Armadas Europeas ni siquiera serían la opción más eficiente -y segura- para la defensa de sus propios miembros y contásemos además con la firme voluntad política necesaria para sortear el infernal juego diplomático que constituye el día a día de Bruselas, sería necesario tomar una serie de medidas, algunas de ellas drásticas (las que citamos a continuación no pretenden seguir un orden perfecto, sino ser más bien una tormenta de ideas que dé fe de lo faraónico del proyecto):

  • Elaboración de una estrategia: Se opte por una armada con ambiciones globales o únicamente regionales, habrá que elegir los puntos de máximo interés, aquellos que requieran de presencia naval permanente, etc.
    • Determinación de las capacidades imprescindibles: Quizá el punto crítico pasara por acordar qué capacidades serían imprescindibles y cuáles no para cumplir con la estrategia pactada. Una vez hecho esto, podría determinarse el presupuesto necesario para alcanzarlas y la participación de cada socio, pues parte de las capacidades iniciales, previas a la materialización de los programas de adquisición a largo plazo, nacerían de los medios heredados.
    • Dotación presupuestaria: Curiosamente, sería un tema menos polémico, pues en la actualidad es seguro que se invierte más de lo que sería necesario tras una profunda racionalización de medios.
  • Racionalización: Como hemos dicho, cualquier proyecto semejante requeriría de un proceso de selección y reorganización importante. Afectaría, al menos a:
    • Nueva orgánica: Está claro que para conformar una Armada Europea no sirve con añadir las unidades orgánicas que los miembros de la UE mantienen en la actualidad. La diferencia entre unidades aeronavales, de asalto anfibio, de defensa costera, el tipo de unidades que las forman, su situación sobre el mapa, etc, todo ello debería ser revisado.
    • Nueva doctrina: Al hilo de lo anterior, habría que adoptar una doctrina propia, lo que supondría, por sí mismo, algo digno de ver, ya que son varios los socios con siglos de experiencia a cuestas y que se vanaglorian de sus particularidades, como ocurre con Francia, sin ir más lejos.
    • Plan de adquisición a largo plazo: Una nueva doctrina implicaría optar por unos tipos de unidades u otros. Así, parece bastante ilógico, salvo en un primer momento y como solución de compromiso, crear grupos de portaaviones basados en el Charles de Gaulle o el Garibaldi, cuando operan aviones diferentes, la capacidad de uno está a años luz de la de otro, uno opera aviones de alerta temprana y otro no, etc. Esto es extensible a prácticamente cada tipo de buque… Por consiguiente, sería necesario fijar un plan de adquisición a largo plazo, con la financiación adecuada y teniendo en cuenta los costes operativos y de ciclo de vida, la vida útil, los periodos de mantenimiento, etc.
    • Baja masiva de los medios con escaso valor militar: Como hemos visto, buena parte de las unidades actualmente en servicio, especialmente con armadas del Este y Sur de Europa, son demasiado antiguas o casan muy mal con una armada oceánica, como sería por lógica la de la UE, de existir. Por lo tanto, habría que decidir de cuáles prescindir (seguramente decenas, si no más de un centenar de buques) y proceder a ello, pues tampoco son susceptibles de pasar a engrosar ninguna reserva naval.
    • Licenciar al personal asociado: Sería un aspecto particularmente complejo, pues hay países que hacen un uso intensivo del personal y otros, como hemos visto, que mantienen prácticas propias de hace décadas y que se verían muy perjudicados.
    • Creación de una escuela naval europea: Por razones obvias de racionalización y creación de un espíritu de cuerpo propio. Además, sería necesario imponer un idioma común -aunque el inglés actúe como lengua vehicular en nuestras armadas-.
    • Cierre de bases navales: dejando en servicio únicamente aquellas con verdadero valor operacional y estratégico. (En este sentido, cobrarían una importancia inusitada las bases con capacidad para operar SSBN y SSN, aunque preferimos dejar esta discusión de lado, ya que da para varios artículos).
    • Reorganización industrial a gran escala: Bien sea el tan manido «Airbus naval» o la creación de dos grupos, con diferentes especializaciones, la situación actual sería inviable. Como ocurrió con la creación de Airbus, algunos estados -caso de España en su día-, saldrían también perjudicados.

Son, como decíamos, solo unos pocos de los muchos aspectos que habría que tratar. Sin embargo, hay muchos más, alguno de ellos muy preocupante, como la posibilidad de que cualquier proyecto de este tipo «caduque» antes de echar a andar.

Vivimos, aunque la expresión pierda sentido, a base de abusar de ella, tiempos de cambio acelerado. Mientras países como los Estados Unidos están inmersos en un proceso de efervescencia técnica y doctrinal sin precedentes (ABMS, Guerra Mosaico, Letalidad Distribuida, armas autónomas…), como preparación para el nuevo marco de competición estratégica entre grandes potencias. El proceso necesario para poner en funcionamiento una armada europea (o un Ejército, o una Fuerza Aérea), ocuparía décadas y seguramente provocaría una brecha todavía mayor a la existente en la actualidad…

Crucero del Proyecto 1144.2 «Kirov» de la Armada Rusa junto al HMS Dragon de la Royal Navy. Fuente – Royal Navy.

Conclusiones

Una Armada de la Unión Europea es, sin duda, una idea sugerente. Sería, incluso en el peor de los casos, la tercera a nivel global y una herramienta de primer orden para la Política Exterior y de Seguridad Común.

Es cierto que las capacidades europeas no son comparables a las estadounidenses o chinas, porque buena parte de la inversión destinada a las armadas del continente se la «comen» buques demasiado añejos, el exceso de personal o el mantenimiento de muchas más instalaciones de las puramente necesarias. Con todo, siguen siendo notables.

No debemos obviar que, en la actualidad, la UE-27 invierte en defensa una cantidad más que suficiente como para alistar la segunda armada a nivel mundial, solo por detrás de la US Navy. Ni siquiera hemos entrado en aspectos como la capacidad tecnológica o científica, pero en casi todos los apartados relevantes, continúa siendo puntera. Es más, lo seguirá siendo durante décadas a poco que logre movilizar recursos en sectores clave como la Inteligencia Artificial, posiblemente la clave de cualquier desarrollo bélico futuro.

En otro orden de cosas, por fin parece que bien por convicción, bien por las amenazas que se ciernen sobre el continente, bien por un antiamericanismo sin demasiada base, o bien por estas y muchas otras razones, los astros se están alineando y hay una verdadera intención, en nuestros políticos, de reforzar la defensa del continente y buscar esa ansiada «autonomía estratégica».

Ahora bien, pretender algo, no significa estar en condición de lograrlo. No solo las resistencias a vencer son enorme en el terreno político (solo hay que ver la postura de los países del Este), sino también en el industrial, el operativo, el doctrinal e incluso el sentimental.

Curiosamente, de lograrse, sería algo parecido a cuadrar el círculo, pues al menos sobre el papel la UE podría contar con una armada oceánica, equilibrada, moderna, bien armada (aunque con algunas carencias) y, en suma, más que suficiente para cubrir sus necesidades y asegurar su defensa. Lo que es más, esto podría hacerse incluso ahorrando dinero. Por desgracia, todos sabemos que no va a ser así. No, al menos, en un plazo razonable.

No, porque no hay una estrategia clara, ni se es consciente de que hay proyectos que no entienden de equilibrios políticos, sino de cortar por lo sano. Quizá porque ni siquiera es la mejor opción, por muy bien que suene, el contar con unas Fuerzas Armadas Europeas.

Más allá de todo esto, hay una última cosa clara: cualquier iniciativa europea en el campo de la defensa (sin ir más lejos los programas armamentísticos) lleva demasiado tiempo. Y por desgracia, en un mundo acelerado, el tiempo resulta ser un factor crucial.

Christian D. Villanueva López
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