Programa S-80 (I) Introducción

Introducción

Programa S-80 (I)

Introducción

Christian D. Villanueva López

La historia del programa S-80 es apasionante. Posee todos los elementos de cualquier gran novela: aventura, engaños y celos , entrega, superación, fracaso y al final (aunque es pronto para asegurarlo), éxito. Lejos de seguir la rígida agenda que se espera de un proyecto militar de esta envergadura, ha sufrido retrasos, ha estado al borde de la cancelación, ha obligado a improvisar y a replantearse cada paso dado una y otra vez y a dejar de lado tecnologías poco maduras. Después de años de caminar por el desierto, a día de hoy esta historia tiene todavía un final abierto del que nadie sabe exactamente qué esperar, incluso cuando todo parece al fin encaminado y la botadura de la primera unidad está cerca…

El programa S-80 (actualmente S-80 Plus) es, además, una representación maravillosa de nuestro propio país y de la sociedad que le da forma. Desarrollado a medio camino entre dos siglos, encarnaba unas aspiraciones en las que había mucho de una España que llegó a creerse la octava potencia económica mundial. Un país que, como alguno de sus presidentes, ponía los pies encima de la mesa en las grandes reuniones internacionales, que crecía a un ritmo soberbio y gastaba como si no hubiese mañana y para el que, en definitiva, nada parecía imposible. Una España que, no lo olvidemos, pocas décadas antes era considerado un país subdesarrollado y que en pocos años vivió una apertura económica y cultural sin precedentes.

Esto, en el plano militar supuso también pasar de construir corbetas de la clase Descubierta (proyecto íntegramente desarrollado en Cartagena aunque con asistencia técnica extranjera) y fragatas clase Santa María (de diseño estadounidense) al impresionante salto tecnológico representado por la clase Álvaro de Bazán. El Ejército del Aire y la industria aeronáutica española vivieron algo parecido al pasar del notable programa FACA al Eurofighter (con sus luces y sombras, obviamente), mientras que el Ejército de Tierra trató de hacer lo propio con los programas Leopardo, Centauro, Pizarro o Tigre, sin demasiado éxito. En todos estos casos, como han hecho y siguen haciendo numerosas naciones, se comenzó con humildad, tratando de importar tecnologías y conocimiento extranjeros y de asimilarlos en la medida de lo posible mientras se desarrollaba una base industrial para, posteriormente, lanzarse al diseño y fabricación de productos propios.

Volviendo al terreno de la construcción naval, y más específicamente al de los submarinos, España se había anotado tantos importantes primero con la clase Delfín (Daphné) y posteriormente con la clase Galerna (Agosta), submarinos ambos diseñados en Francia por los técnicos de DCN (actual Naval Group) y que en España fueron construidos con apoyo francés por la antigua Empresa Nacional Bazán. Lo que es más, la posterior constitución de un consorcio entre Navantia (desgajada en 2005 de Izar, creada a su vez a partir de los astilleros militares de la antigua Empresa Nacional Bazán) y DCNS (DCN hasta 2007) para construir dos submarinos clase General O’Higgins (Scorpène) para la Armada de Chile dio alas a la empresa española, que llevaba ya tiempo trabajando en el futuro relevo de los Delfín.

Así las cosas, en una decisión no del todo lógica pero que explicaremos más adelante, se decidió acometer en solitario el diseño -basado en los planos disponibles (e incompletos) de los Scorpène– y la construcción de una nueva clase de submarinos, los S-80, que además debían contar con características distintivas, como un sistema de combate de origen estadounidense (lo que acrecentó la disputa con Francia) y, por encima de todo, un revolucionario sistema AIP (Propulsión Independiente del Aire) de factura nacional.

Como en las grandes historias, el héroe -hablaremos en más de una ocasión de este programa como si de un ser vivo se tratara- debe enfrentarse a la dura realidad antes de poder transformarse, fortalecerse y aspirar a cambiarla, completando así su ciclo. En este sentido, no cabe duda de que el programa S-80 se vio enfrentado al más duro de los escenarios con la crisis económica que desde 2008 asoló España, iniciando una Gran Recesión que ha durado prácticamente una década. Además, desde los primeros momentos su desarrollo se vio condicionado por la soberbia -o la candidez- de sus promotores, seguros de la capacidad española para sacar adelante el proyecto con sus propios medios. Retos, por tanto, no han faltado.

Decíamos al principio que el programa S-80 es una representación de España. Esto se ve a las claras con la caída de Abengoa, gigante de papel al que en su día se concedió la parte distintiva del diseño -la planta AIP que debía propulsarlo- sin tener apenas experiencia en la materia y sin que nadie haya explicado todavía de forma convincente qué razones llevaron a la Armada a confiar en su filial Hynergreen en lugar de buscar un socio tecnológico de capacidad contrastada. Es quizá el punto más oscuro de un proyecto que creció de forma incontrolada, como la burbuja económica, hasta explotar, arrastrando así al arma submarina a una de sus peores épocas, hasta el extremo de que llegó a dudarse de su futuro.

No es, sin embargo, el único punto negro. Navantia, responsable principal como diseñador e integrador que era, también falló. Además, como empresa pública que es, en algún momento deberá poner negro sobre blanco lo ocurrido no con ánimo de revancha, como suele ocurrir, sino de evitar que se repita algo parecido en un hipotético S-90. Por fortuna tanto ésta como el Ministerio de Defensa se han aplicado en buscar soluciones, recurriendo a la ayuda extranjera cuando no ha habido más remedio y acometiendo cuantos cambios han sido necesarios para reflotar el programa, incluso en un contexto de crisis económicas y finalmente de inestabilidad política que lo hacía todo más complejo si cabe.

En cualquier caso, que nadie se lleve a engaño. Si hay un culpable en todo esto, es el poder político, al que correspondía fiscalizar el desarrollo del programa y poner la nota de sensatez frente a unas empresas que, públicas o no, siempre quieren ir más lejos y que no tienen preocupación alguna por el consumo de fondos o recursos de los proyectos que emprenden cuando, como en este caso, es otro el que paga.

Por desgracia para todos, no ha sido así. Hay, además, demasiados episodios sin aclarar todavía -precisamente la ruptura con DCNS es uno de ellos- y que todo indica obedecen más a motivos políticos que de otra índole y de los que nadie se ha responsabilizado. Por otra parte, en los dos decenios de vida del Programa S-80 ha sido tal el número de responsables que han ido gestionando las diversas partes del proyecto, que se hace especialmente complicado atribuir a tal o cual persona la culpa exclusiva sobre este o aquel problema. Además, hay un otro asunto fundamental y que, sin embargo, a nadie parece importar: No parece haber voluntad alguna de esclarecer lo ocurrido.

Suele atribuirse a Napoleón Bonaparte la conocida sentencia “Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable. Si quieres que algo se demore eternamente, nombra una comisión” . Pues bien, en España ni siquiera hemos llegado a este último punto. Los miembros de la Comisión de Defensa del Congreso no han mostrado el menor interés en indagar como es debido en un programa de armamento cuyo montante se ha duplicado en la última década, hasta acercarse a los 4.000 millones de euros. Mientras tanto, el gran público se mantiene ignorante respecto a todo lo relacionado con la defensa y tampoco es muy dado a pedir explicaciones.

Tampoco conviene, no obstante, ser más pesimista o negativo de la cuenta. Llegados las fechas en las que estamos, el programa S-80 parece al fin encarrilado. Se han superado los mayores escollos a base de tesón -y de dinero-, de imaginación y de profesionalidad, llevando a la construcción naval española a una nueva dimensión, dentro del exclusivo club de naciones capaces de diseñar y construir un submarino por sus propios medios. Un submarino moderno, realmente a la vanguardia de la técnica y no un refrito como hacen Corea del Sur, Turquía o Italia. Esto, pese a todos los errores, resulta gratificante y esperanzador.

Si bien es pronto todavía para considerar al S-80 un éxito -ni siquiera ha tocado el agua y es posible que haya algún pequeño retraso más-, lo cierto es que los retrasos y sobrecostes son el precio de la innovación y la búsqueda de la excelencia. Quizá dentro de dos décadas valoremos todo este proceso de forma mucho más amable y lo veamos como lo que es: un parto complicado que puede alumbrar una criatura maravillosa, capaz de inaugurar una nueva época de éxitos exportadores a sumar a los logrados por las F-100 o el BPE. Solo el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, a lo largo de los próximos meses iremos compartiendo con nuestros suscriptores la larga y en ocasiones angustiosa historia de estos submarinos. Capítulo a capítulo desgranaremos cada etapa, desde los estudios iniciales que bien pudieron llevar a España a contar con submarinos de propulsión nuclear, hasta la ruptura con DCN. Analizaremos el contexto en el que se fraguó el programa S-80 y los problemas que han ido surgiendo, tratando de desmontar falsos mitos. Aportaremos fechas y cifras y examinaremos la actuación de los protagonistas que, para bien o para mal, han protagonizado el programa. Al final, incluso nos atreveremos con un artículo de conclusiones… ¿Preparados?

Christian D. Villanueva López
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